Andalucía sorprende por la incógnita

La convocatoria electoral sorprende a la oposición, pero también abre una incógnita clave: si el PP puede sostener su mayoría absoluta o si empieza a reproducirse el nuevo equilibrio político nacional.

La convocatoria de elecciones en Andalucía ha cogido a casi todos con el paso cambiado. No porque no fuera previsible —la política española vive instalada en una precampaña permanente—, sino porque el momento elegido altera los cálculos de todos los actores.

El presidente de la Junta, Juanma Moreno, ha decidido anticiparse. Y en esa decisión hay una intuición política clara: ir a las urnas antes de que el desgaste sea visible y antes de que la oposición tenga tiempo de ordenarse.

Pero esa ventaja táctica no elimina el problema de fondo.

El primer efecto de la convocatoria es evidente. El PSOE andaluz llega sin un proyecto consolidado ni un liderazgo plenamente asentado. A su izquierda, el espacio político sigue fragmentado, con dificultades para articular una alternativa reconocible.

Esa debilidad estructural coloca al PP en una posición inicial favorable. Moreno ha construido durante estos años una imagen de gestión moderada, alejada del ruido nacional, que le permite competir en un terreno distinto al de la confrontación ideológica.

Sin embargo, las elecciones no se ganan sólo por comparación con el rival.

El problema del PP

El verdadero desafío para el PP no está en la oposición, sino en sí mismo.

La mayoría absoluta obtenida en las anteriores elecciones fue, en buena medida, el resultado de una combinación excepcional: hundimiento del PSOE, desaparición del espacio a la izquierda y concentración del voto de centro en torno al PP.

Reproducir ese escenario es extremadamente difícil.

El contexto político ha cambiado. La fragmentación del voto en la derecha ha vuelto a aparecer en otros territorios. Y la lógica de bloques —que parecía diluirse— ha regresado con fuerza.

Eso significa que el PP puede ganar las elecciones con claridad y, aun así, quedarse por debajo de la mayoría absoluta.

Y en ese escenario, la dependencia de Vox reaparece como factor decisivo.

El campo de batalla: el voto transversal

Andalucía no se decide sólo en los grandes núcleos urbanos. Como en otras comunidades extensas, hay un voto territorial —a medio camino entre lo rural y lo urbano— que resulta decisivo.

No es únicamente el voto agrario. Es un electorado más amplio: clases medias provinciales, pequeños municipios, votantes que valoran la estabilidad más que la ideología y que han sido clave en la mayoría absoluta del PP.

Ese es el espacio que Moreno necesita retener.

Pero también es el espacio en el que Vox intenta crecer con un discurso más identitario y donde el PSOE aspira a recuperar terreno si consigue movilizar a su electorado tradicional.

Un indicador adelantado

Más allá del resultado autonómico, estas elecciones tienen una lectura nacional evidente.

Andalucía es, por tamaño y peso electoral, uno de los mejores termómetros políticos de España. Lo que ocurra aquí anticipa dinámicas que después se reproducen a nivel general.

Si el PP logra mantener la mayoría absoluta, reforzará la idea de que puede gobernar en solitario apelando a un voto amplio y transversal.

Si la pierde, aunque gane, el mensaje será distinto: el nuevo ciclo político exige mayorías más complejas y vuelve a situar a Vox como socio imprescindible.

En el otro lado, un PSOE que no recorte distancias confirmaría sus dificultades para reconstruir una alternativa sólida, mientras que una mejora significativa abriría un escenario distinto de cara a las elecciones generales.

Lo que está en juego

Por eso Andalucía no es sólo Andalucía.

Es el primer test real en un contexto político que empieza a cambiar. Un escenario donde ya no basta con ganar, sino que importa cómo se gana y con quién.

La convocatoria anticipada busca controlar el tiempo. Pero no puede controlar el resultado.

Y en ese resultado no sólo se decidirá el futuro de la Junta, sino también una parte del relato político que acompañará a España en los próximos meses.

Bruselas deja de esperar a Trump

El nuevo discurso estratégico de Bruselas confirma un giro profundo: la Unión ya no confía en el viejo orden internacional y se prepara para defender sus intereses con autonomía política, económica y militar.
FUENTE: EFE

Durante décadas, la política exterior europea se apoyó en una convicción casi automática: el orden internacional, garantizado por Estados Unidos y por las instituciones multilaterales nacidas tras la Segunda Guerra Mundial, proporcionaba estabilidad suficiente para que Europa prosperara. Ese supuesto ha dejado de existir. Y en Bruselas ya nadie lo disimula.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo ha formulado con una claridad poco habitual: Europa ya no puede seguir actuando como “custodia del viejo orden mundial”. Ese mundo, sencillamente, ha desaparecido.

La frase no es retórica. Es la síntesis de una transformación estratégica que se acelera a medida que el escenario internacional se vuelve más incierto. Las guerras en Oriente Medio, la prolongación del conflicto en Ucrania, la competencia económica con China y, sobre todo, la imprevisibilidad de Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump han empujado a la Unión a replantearse su lugar en el mundo.

Durante años, Europa creyó que podía limitarse a defender normas y procedimientos. Hoy empieza a asumir que también tendrá que defender intereses.

La independencia europea

El nuevo concepto que domina la reflexión estratégica en Bruselas es la “independencia europea”. No se trata de romper alianzas ni de abandonar el sistema multilateral. Se trata de algo más pragmático: evitar dependencias que puedan convertirse en vulnerabilidades.

La lógica es clara. Si el mundo se organiza en torno a rivalidades geopolíticas cada vez más intensas, Europa no puede depender de un único proveedor para su energía, su tecnología o su seguridad. De ahí el esfuerzo por diversificar suministros, reforzar las cadenas industriales y ampliar acuerdos comerciales con regiones que van desde América Latina hasta el sudeste asiático.

Ese giro también afecta a la defensa. La Unión se ha embarcado en el mayor aumento del gasto militar de su historia reciente, con planes que prevén movilizar cientos de miles de millones de euros en la próxima década. La idea es simple: en un entorno más hostil, la paz europea ya no puede descansar exclusivamente en la protección de otros.

Comercio como instrumento de poder

El cambio no se limita al terreno militar. Bruselas empieza a tratar el comercio como una herramienta estratégica.

Durante años, la política comercial europea estuvo dominada por un discurso casi tecnocrático sobre mercados abiertos y reglas multilaterales. Ahora se presenta abiertamente como una forma de influencia geopolítica.

Los acuerdos firmados o negociados con economías emergentes —desde India hasta países africanos o latinoamericanos— responden a esa lógica. No son sólo instrumentos económicos. Son piezas de una red global de relaciones que reduzca dependencias y amplíe el margen de maniobra europeo.

En ese contexto, Europa intenta presentarse ante muchos países como un socio alternativo a las grandes esferas de influencia que representan Washington o Pekín.

El factor estadounidense

Buena parte de esta transformación tiene un origen evidente: la evolución de Estados Unidos.

La política comercial agresiva de la Administración Trump, los conflictos arancelarios y la creciente tentación del unilateralismo han actuado como una llamada de atención para los europeos. La idea de que Washington garantizará siempre el marco internacional en el que Europa ha prosperado ya no se da por descontada.

No significa ruptura, pero sí una adaptación. La Unión empieza a prepararse para un mundo en el que su principal aliado puede actuar también como un competidor.

Las tensiones internas de Bruselas

Ese cambio estratégico, sin embargo, no está exento de fricciones dentro de la propia Unión.

En Bruselas se percibe con creciente preocupación que algunos gobiernos nacionales utilizan los debates europeos para reforzar posiciones internas. En el entorno de la Comisión se ha llegado a señalar que líderes como el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, o el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, bloquean en ocasiones iniciativas comunitarias buscando réditos políticos domésticos.

Más allá de las polémicas concretas, el episodio refleja una tensión estructural: la construcción de una política exterior europea más ambiciosa exige decisiones rápidas y consensos amplios, algo que el sistema institucional de la Unión no siempre facilita.

El final de una época

La conclusión que empieza a imponerse en Bruselas es que el mundo que permitió la prosperidad europea durante décadas ya no existe. Las reglas siguen siendo importantes, pero ya no bastan por sí solas para proteger intereses ni para garantizar seguridad.

Europa entra así en una fase distinta de su historia: menos confiada en la estabilidad internacional, más consciente de sus vulnerabilidades y más dispuesta a actuar como una potencia.

No se trata de nostalgia por el pasado ni de confrontación con aliados tradicionales. Se trata, simplemente, de aceptar una realidad que se ha vuelto imposible de ignorar: en el nuevo orden internacional que está emergiendo, Europa tendrá que aprender a sostenerse por sí misma.

Castilla y León vota mirando al campo

La legislatura que termina ha estado marcada por la fragilidad parlamentaria, una oposición sin alternativa clara y una batalla electoral decisiva en el voto rural.
FUENTE: EFE

El próximo domingo los ciudadanos de Castilla y León volverán a las urnas para elegir las nuevas Cortes autonómicas. Están llamados a votar más de dos millones de electores en una comunidad que sigue siendo la más extensa de España y una de las más envejecidas y dispersas de Europa.

Las elecciones del 15 de marzo cierran una legislatura marcada por la inestabilidad política y por la ruptura del primer experimento de coalición entre Partido Popular y Vox en España.

El resultado del domingo no sólo decidirá el futuro gobierno de la comunidad. También servirá como termómetro político nacional en un año electoral intenso en varias autonomías.

Una legislatura de gobierno en minoría

La legislatura comenzó tras las elecciones de 2022 con un gobierno de coalición entre el presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, y Vox. Aquella alianza fue pionera en España y marcó un cambio en la política autonómica.

Sin embargo, la relación terminó deteriorándose. Las tensiones entre ambos socios desembocaron en la ruptura del acuerdo y en una etapa final de gobierno en minoría del PP, con dificultades para sacar adelante iniciativas clave.

El episodio más significativo fue el bloqueo presupuestario en las Cortes, síntoma de un Parlamento fragmentado y de la dificultad para construir mayorías estables.

Durante este periodo, la gestión autonómica ha girado en torno a problemas estructurales de la comunidad: despoblación, envejecimiento, servicios públicos en el medio rural o gestión de incendios forestales, cuestiones que han marcado buena parte del debate político.

La estrategia del presidente popular ha sido intentar agotar la legislatura y acudir a las urnas buscando reforzar su posición y aspirar a gobernar en solitario.

Una oposición fragmentada

En el lado de la oposición, el principal rival del PP es el PSOE, que presenta como candidato a Carlos Martínez, alcalde de Soria durante años y con un perfil más territorial que partidista.

Su estrategia ha sido presentarse como alternativa moderada y advertir del riesgo de un nuevo acuerdo entre PP y Vox tras las elecciones.

Pero el bloque de la izquierda llega fragmentado. Las formaciones a la izquierda del PSOE han tenido dificultades para consolidar un espacio político estable en la comunidad, lo que complica la posibilidad de una mayoría alternativa.

En paralelo, Vox aspira a reforzar su papel como tercera fuerza y como actor imprescindible en la formación de gobierno, una posición que ya ocupó en la legislatura anterior.

Las encuestas reflejan precisamente esa dinámica: el PP ganaría las elecciones, pero lejos de la mayoría absoluta y probablemente necesitando de nuevo apoyos para gobernar.

La batalla decisiva: el voto rural

Más allá de los equilibrios entre partidos, la verdadera clave electoral en Castilla y León sigue estando en el territorio.

La comunidad tiene más de dos mil municipios repartidos en nueve provincias, muchos de ellos con poblaciones muy pequeñas y dispersas.

Eso convierte al voto rural en un elemento decisivo. Y conviene distinguirlo del voto del sector agrario: no se trata sólo de agricultores o ganaderos, sino de una sociedad rural mucho más amplia que incluye pequeños empresarios, trabajadores de servicios o jubilados que viven en municipios cada vez más envejecidos.

Ese electorado ha sido tradicionalmente favorable al PP, pero en los últimos años se ha convertido en un terreno de competencia política creciente.

Vox intenta penetrar en ese espacio con un discurso de defensa del campo y de los sectores tradicionales. El PSOE busca recuperar terreno con propuestas sobre servicios públicos y despoblación. Y junto a ellos aparecen partidos provinciales o plataformas municipalistas que explotan el sentimiento territorial y el abandono de algunas provincias.

La campaña ha estado llena de recorridos por pequeños municipios y actos en localidades donde apenas viven unos cientos de personas. Es ahí donde se deciden muchos procuradores.

Qué puede pasar el domingo

El escenario más probable que dibujan las encuestas es una victoria del PP, pero sin mayoría absoluta, lo que abriría de nuevo la negociación con Vox para formar gobierno.

El PSOE aspira a mantenerse como segunda fuerza y a recortar distancias, aunque la fragmentación del bloque de izquierdas complica cualquier alternativa de gobierno.

La incógnita principal está en el reparto final de escaños y en el peso que puedan tener las fuerzas territoriales en algunas provincias.

Como ocurre a menudo en Castilla y León, el resultado final dependerá menos de las grandes ciudades que de cientos de pequeños municipios.

Porque en una comunidad donde el mapa político se parece mucho al mapa demográfico, las elecciones se ganan —o se pierden— en el campo.

Cuando los jueces dicen no

El Tribunal Supremo de Estados Unidos frena los aranceles de Trump y recuerda que incluso frente al poder personalista, el Estado de Derecho puede funcionar
FUENTE: EFE

La decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos de anular los aranceles impuestos por Donald Trump no es solo un revés político para el expresidente. Es algo más profundo y más incómodo para quienes han construido su poder sobre la idea de que las instituciones solo sirven mientras obedecen. El fallo corta de raíz el núcleo del discurso trumpista: la creencia de que la voluntad del líder, revestida de urgencia nacional, puede imponerse sin límites legales ni contrapesos efectivos.

El golpe es duro y tendrá consecuencias. Incrementa la incertidumbre internacional porque Trump, fiel a su estilo, buscará otro atajo legal, otro vericueto normativo, otra forma de rodear el obstáculo sin asumir el fondo del problema. Mientras tanto, los pequeños empresarios que llevaron el caso a los tribunales seguirán pagando el precio de enfrentarse al poder, y las grandes corporaciones —prudentes, silenciosas, acomodadas— continuarán evitando cualquier gesto que pueda incomodar a quien todavía controla amplias palancas políticas y sociales.

Una lección institucional incómoda

Pero el verdadero valor de la decisión no está en el comercio ni en los aranceles. Está en el mensaje institucional. El Tribunal que ha frenado a Trump es, en buena medida, el mismo que él contribuyó a configurar. Varios de sus magistrados fueron nombrados por presidentes republicanos, algunos directamente por el propio Trump. Y, sin embargo, cuando llegó el momento, votaron conforme a la Constitución y no conforme a la lealtad política.

Ese dato, tantas veces ignorado o minimizado, es la demostración de la fortaleza de un sistema donde la independencia judicial no es un eslogan, sino una práctica real. En la América de “la ciudad en la colina”, tantas veces caricaturizada y tantas veces mal entendida, no todas las luces se han apagado. La división de poderes sigue operando. Y cuando opera, lo hace incluso contra quien se considera a sí mismo todopoderoso.

No es la primera vez que ocurre. El Supremo estadounidense ya se enfrentó en el pasado a presidentes en el momento álgido de su poder. Lo hizo con Roosevelt, lo hace ahora con Trump. Esa continuidad histórica es la que sostiene la confianza cívica de una parte mayoritaria de la sociedad estadounidense, como se ha visto en las movilizaciones recientes en grandes ciudades y en la persistencia de una cultura política que distingue entre el Gobierno de turno y el sistema que lo contiene.

Aquí no hay jueces heroicos ni gestos épicos. Hay algo más valioso: normalidad constitucional. La idea de que un tribunal existe precisamente para decir “no” cuando el poder ejecutivo cruza una línea, incluso —o sobre todo— cuando lo hace envuelto en retórica patriótica y urgencias fabricadas.

El contraste que incomoda

La comparación resulta inevitable. Mientras el Tribunal Supremo estadounidense mantiene una concepción férrea del control del poder y de la aplicación recta de la Constitución, en otros países asistimos a un espectáculo muy distinto: parlamentos poblados de diputados dóciles, serviciales, dispuestos a justificar cualquier arbitrariedad del Ejecutivo o, peor aún, a callarla con disciplina partidista.

Allí, los jueces recuerdan al presidente que no todo vale.
Aquí, demasiados representantes públicos se esfuerzan en explicar por qué todo vale.

Por eso la decisión del Supremo americano no es solo una noticia jurídica ni un episodio más de la batalla política en Estados Unidos. Es un recordatorio incómodo de que la democracia no se defiende con discursos, sino con instituciones que funcionan incluso cuando molestan. Y de que la grandeza de un Estado de Derecho se mide, precisamente, en su capacidad para frenar a los poderosos cuando creen que ya no necesitan límites.

El ejemplo de Willy Brandt

La responsabilidad política como frontera moral entre la democracia y la impunidad
FUENTE: EFE

La política española vive instalada en una confusión interesada entre responsabilidad penal y responsabilidad política. Una confusión que no es casual, sino funcional. Permite a la guardia pretoriana de Pedro Sánchez permanecer cohesionada, cerrada como un bloque de hoplitas: nadie retrocede porque cualquiera que lo haga pone en peligro la supervivencia del grupo. El poder se convierte así en un ejercicio colectivo de autoprotección.

La diferencia entre un Estado que se defiende y uno que se degrada no está en la ausencia de errores, sino en la forma de afrontarlos. En Estados Unidos, estos días, el Tribunal Supremo ha recordado que incluso el presidente está sometido a límites. En España, sin embargo, el poder político ha optado por otra vía: confundir deliberadamente responsabilidad penal con responsabilidad política para que nadie tenga que asumir nada.

Fernando Grande-Marlaska representa de forma paradigmática esa degradación. Cuando afirma que solo dimitirá si se lo pide la víctima, no solo elude su responsabilidad política: traslada una presión inadmisible a quien ya ha sufrido suficiente. La dimisión deja de ser una exigencia institucional para convertirse en una cuestión moral privada, casi sentimental. Es una perversión del concepto mismo de responsabilidad pública.

Conviene aclararlo sin ambages. En este momento no se está juzgando si Marlaska encubrió un presunto delito. No se trata de imputarle una complicidad penal que no corresponde determinar en el debate político. Lo que se juzga es algo mucho más elemental: el ministro es responsable del nombramiento del DAO de la Policía Nacional. Y no solo responsable en abstracto. Insistió con extraordinaria intensidad en ese nombramiento, estableciendo una relación directa, clara y verificable entre su decisión política y las consecuencias posteriores de esa gestión.

Todo nombramiento abre una responsabilidad para quien lo hace. Siempre. No porque el nombrado cometa necesariamente un delito, sino porque el poder político no es neutro: elige, avala y confiere autoridad. Cuando esa elección fracasa de forma grave, la responsabilidad política es inmediata, aunque no exista reproche penal alguno. Negarlo es vaciar de contenido la idea misma de gobierno responsable.

Aquí es donde el contraste histórico resulta devastador. Willy Brandt no espió para la Alemania comunista durante la Guerra Fría. No cometió traición alguna. Pero dimitió cuando se descubrió que Günter Guillaume, un asesor muy cercano a la Cancillería, era un espía al servicio de la RDA. Brandt entendió algo que hoy parece incomprensible: que la responsabilidad política no se delega, no se diluye y no se negocia.

Aquella dimisión no fue un gesto teatral. Fue una expresión de lo que podría llamarse el nervio moral del poder. Brandt asumió que su autoridad quedaba dañada, aunque no hubiera culpa penal. Esa cultura política es la que permite que las democracias resistan cuando las instituciones funcionan. Cuando desaparece —como hoy ocurre en España— no hacen falta autoritarios declarados: basta con dirigentes que se niegan sistemáticamente a responder.

Un partido a la deriva

Cuando un partido histórico renuncia a corregirse y decide acompañar la deriva
FUENTE: EFE

Si en otros sistemas democráticos la responsabilidad política actúa como mecanismo de corrección, en España ha sido abolida de facto. No por una ley, sino por una práctica. Y cuando esa renuncia deja de ser individual y pasa a ser colectiva, el problema ya no es un dirigente concreto, sino el partido que lo sostiene.

Las recientes declaraciones de Felipe González tras los resultados electorales en Aragón se han utilizado como cortina de humo. Como la crisis es profunda, el partido ha recurrido a viejos reflejos: personalizar, desviar, buscar culpables alternativos. Se ha sacado a escena al siempre dispuesto Óscar López para señalar al difunto Lambán y evitar mirar el fondo del problema.

Pero el fondo es evidente. En Aragón ha ocurrido lo mismo que en Extremadura, solo que de forma más agravada. La candidata no era una figura autónoma ni territorial: era la representación casi literal del jefe. El resultado no es un castigo personal, sino político. Y lo mismo ocurrirá en Castilla y León. Y será aún peor en Andalucía.

Si el problema fuera solo Sánchez, la solución sería relativamente sencilla. Cambiar de candidato, corregir el rumbo, reconstruir. Pero el problema ya no es de personas. Es de proyecto. El PSOE ha tomado decisiones estructurales que lo han alejado de sus principios históricos y de cualquier noción progresista compatible con el Estado constitucional.

El PSOE ha aprobado una ley de amnistía incompatible con el principio de igualdad ante la ley a cambio de unos votos. Ha aceptado una financiación autonómica que consagra comunidades de primera y de segunda, ciudadanos privilegiados y ciudadanos condenados al furgón de cola. Todo ello sin una sola dimisión relevante, sin una asunción de costes políticos, sin un solo gesto de responsabilidad institucional.

Ha paralizado de facto la política de inmigración para satisfacer a los independentistas. Ha asumido, parcial pero definitivamente, un marco autonómico de relaciones laborales que rompe la unidad de la clase trabajadora y fortalece al nacionalismo vasco, incluido el sindicato heredero del entorno del terrorismo. Ha aceptado, en suma, el desguace del Estado en parcelas negociables.

Todo ello no es coyuntural. No es un error táctico. Es una deriva. Por eso ya no basta con cambiar nombres ni con apelar a la nostalgia del pasado. Sin una refundación profunda, general y dolorosa, el PSOE ha dejado de ser un partido útil para España. Ha dejado de ser progresista para convertirse en reaccionario. Y ha pasado de defender el interés general a servir, con disciplina y silencio, a quienes tienen como objetivo debilitarlo.

Cuando Willy Brandt dimitió, protegió a su país de algo peor que un error: la normalización de la irresponsabilidad. Hoy, el PSOE ha optado por el camino contrario. No corrige, no responde y no se interroga. Acompaña. Y cuando un partido histórico deja de exigirse responsabilidad a sí mismo, deja de ser una solución y pasa a ser parte del problema.

El problema ya no es Sánchez. El problema es que el partido ha decidido acompañarlo.

Portugal, el espejo que nadie quiere mirar 

Las elecciones presidenciales portuguesas dejan menos ruido que advertencias, pero su lectura resulta incómodamente cercana para la política española 
FUENTE: EFE

Portugal ha votado presidente y, como casi siempre que ocurre algo relevante al otro lado de la frontera, en España apenas se ha prestado atención. Sin embargo, el resultado merece algo más que una nota a pie de página. No por lo que dice de Portugal, sino por lo que anticipa sobre un ciclo político que España ya ha empezado a recorrer. 

La elección presidencial portuguesa confirma una tendencia que se repite en toda Europa occidental: el agotamiento de los consensos tradicionales, la fragmentación del espacio político y la creciente dificultad de las fuerzas clásicas para representar mayorías sociales estables. La figura presidencial, en teoría moderadora y arbitral, se convierte así en un termómetro del malestar y no en su corrector. 

El fin del refugio institucional 

Durante años, Portugal fue presentada como una excepción. Un país capaz de gestionar crisis económicas durísimas sin caer en la radicalización extrema, con una izquierda que pactaba sin romper y una derecha contenida, casi técnica. Esa imagen empieza a resquebrajarse. Las presidenciales muestran que ni siquiera las instituciones diseñadas para amortiguar el conflicto están a salvo del desgaste político y social. 

El voto expresa algo más profundo que una preferencia personal: revela desconfianza hacia las élites, fatiga con el lenguaje político tradicional y una creciente tentación de castigo al sistema. No es un fenómeno portugués. Es europeo. Y España no solo no es ajena: va por delante en muchos de esos procesos. 

La normalización de los extremos 

Uno de los datos más relevantes es la consolidación de fuerzas que hace una década eran marginales. En Portugal, como en España, el descontento no se canaliza ya únicamente hacia la abstención, sino hacia opciones que cuestionan directamente los consensos básicos del sistema. No siempre con un proyecto claro, pero sí con un discurso eficaz: ruptura, denuncia y simplificación. 

La diferencia es que Portugal aún conserva ciertos reflejos institucionales que España ha ido perdiendo. Allí, el presidente sigue siendo una figura que, al menos formalmente, intenta preservar equilibrios. Aquí, la jefatura del Ejecutivo se ha convertido en el principal factor de polarización, colonizando todos los espacios y reduciendo los contrapesos a obstáculos. 

Gobernar sin mayoría social 

Las presidenciales portuguesas ponen sobre la mesa un problema común: se gobierna —o se aspira a gobernar— sin una mayoría social clara. Las victorias son cada vez más estrechas, más frágiles y más dependientes de alianzas defensivas. Eso debilita la legitimidad política y empuja a los gobiernos a refugiarse en el control del relato, la ocupación institucional y la excepcionalidad permanente. 

España conoce bien ese camino. Cuando un sistema deja de producir mayorías reconocibles, la tentación es sustituir el consenso por el procedimiento, la política por la aritmética y la responsabilidad por el cálculo. Portugal empieza a ver los síntomas. España ya convive con ellos. 

La lección que no queremos aprender 

Lo interesante del caso portugués no es quién gana o pierde, sino lo que todavía no ha ocurrido. Aún no se ha cruzado la línea de la ruptura institucional abierta. Aún no se ha normalizado la deslegitimación sistemática del adversario. Aún no se ha convertido el Estado en un botín repartido sin pudor. Pero las señales están ahí. 

España debería mirar a Portugal no con condescendencia, sino con atención. Porque lo que allí empieza a tensarse, aquí ya está en fase avanzada. Y porque cuando las presidenciales dejan de ser un espacio de consenso y se convierten en un campo de batalla simbólico, lo que se erosiona no es una figura concreta, sino la confianza en el sistema. 

Portugal vota. España mira hacia otro lado. 
Pero el espejo está ahí. Y no devuelve una imagen tranquilizadora. 

El silencio como forma de seguir manteniendo el poder 

Aragón confirma que el deterioro político no siempre se expresa con estruendo: a veces avanza envuelto en obediencia, resignación y silencio 
FUENTE: EFE

El Partido Popular no ha logrado su objetivo principal en Aragón: un gobierno monocolor y estable. Con 26 diputados, dos menos de lo necesario, se ve obligado a pactar en un escenario fragmentado que refleja algo más profundo que un simple ajuste electoral. El PP gana, pero no gobierna como quería. Y haría bien en preguntarse por qué, incluso cuando vence, no logra trascender unas siglas que hoy parecen insuficientes para articular una alternativa sólida en un sistema agotado. 

Porque el problema ya no es solo Aragón. Hoy, el llamado sistema del 78 depende más que nunca de un pueblo concreto y de un partido concreto. No de consensos amplios, no de una cultura constitucional compartida, sino de equilibrios frágiles sostenidos por minorías que han aprendido a convertir su posición en palanca de poder permanente. Esa es la gran anomalía de nuestro tiempo político. 

El silencio después de cada cesión 

Tras los indultos a los responsables del golpe de 2017 hubo silencio. Tras la peregrinación política de Pedro Sánchez a Waterloo, silencio. Después llegó la ley de amnistía, aprobada haciendo corresponsables al Congreso, al Tribunal Constitucional y a la Fiscalía General del Estado. Y, de nuevo, silencio. Antes y después, Sánchez había firmado pactos con el PNV, ERC y con el propio Puigdemont que arrojaban a la papelera no solo la historia de España, sino también la del PSOE, sus principios fundacionales y las creencias más arraigadas de quienes todavía se reconocían en ese proyecto. 

Nada de aquello generó una reacción proporcional a su gravedad. No hubo rebelión interna, ni ruptura, ni un debate político de altura. Hubo disciplina, cálculo y miedo. Todo envuelto en un silencio espeso, casi avergonzado, que acabó funcionando como coartada colectiva. 

El pacto que no se enseña 

El acuerdo con Bildu ni siquiera se ha explicitado públicamente. Pero su contenido es conocido. Por ese pacto, tan secreto como ignominioso, los terroristas irán abandonando las cárceles sin cumplir íntegramente sus condenas, y los herederos políticos de ETA unirán sus fuerzas al PSOE de Sánchez para impedir que el centro-derecha gobierne Pamplona o Navarra. No es una hipótesis: es una estrategia. 

Y, sin embargo, tampoco aquí hubo una reacción acorde a la magnitud del hecho. Ni dimisiones, ni ruptura de consensos básicos, ni una línea roja que no se cruzara. Solo silencio. Un silencio que ya no es pasividad, sino complicidad. 

La demolición discreta 

La cesión de competencias de inmigración a Cataluña, el marco autonómico de relaciones laborales entregado al PNV —rompiendo la unidad de la clase trabajadora que dicen defender—, y la erosión constante de los pilares constitucionales avanzan del mismo modo: sin ruido, sin debate público, sin una explicación honesta al país. 

Sabemos que lo siguiente será poner formalmente en cuestión el marco del 78. Y también sabemos cómo se hará: en silencio. Como todo lo demás. Mientras una inmensa mayoría de dirigentes calla, mira hacia otro lado o se justifica con argumentos que no convencen ni a quienes los pronuncian. 

De Extremadura a Aragón: la derrota muda 

En Extremadura, desastre electoral y silencio. En Aragón, debacle y silencio. El patrón se repite. El propietario sigue con el látigo en la finca y la nomenclatura obedece, convencida de que la supervivencia individual es preferible al riesgo de la dignidad política. 

De Extremadura a las elecciones generales, el PSOE de Sánchez se irá desangrando lentamente, sin estridencias, sin autocrítica y sin rectificación. Un vía crucis político recorrido en silencio, estación tras estación, hasta el desenlace final. Sólo con un mínimo ruido muy puntual como las terribles declaraciones del ministro de Transformación Digital y secretario general del PSOE de Madrid, Óscar López, derivando la responsabilidad hacia el fallecido Javier Lambán.

¿Se hará todo el camino sin levantar la voz? Todo indica que sí. Porque en este tiempo, el silencio no es ausencia de palabras: es una forma de poder. 

Minneapolis o el ensayo autoritario de Trump

Los disturbios y la respuesta de Trump revelan algo más inquietante que un exceso retórico: la tentación de gobernar el conflicto como método y la excepción como norma 
FUENTE: EFE

Los disturbios de Minneapolis no son solo un episodio de violencia urbana ni una expresión desbordada de protesta social. Son, sobre todo, el escenario elegido por Donald Trump para ensayar una deriva autoritaria que ya no se disfraza de retórica electoral, sino que se presenta como una forma legítima de ejercer el poder. Cuando un presidente convierte el desorden en argumento político y la fuerza en lenguaje, deja de gestionar una crisis y empieza a explotar una oportunidad. 

Trump no busca apagar el incendio: necesita que arda. Necesita imágenes de caos, enfrentamientos, saqueos y miedo para justificar un discurso que reduce la complejidad democrática a una dicotomía infantil: él o el colapso. La ley y el orden no aparecen como principios constitucionales, sino como armas arrojadizas contra el adversario político y, en última instancia, contra una parte de la ciudadanía. 

La militarización del relato 

La reacción del expresidente ante Minneapolis no fue la de un jefe de Estado preocupado por recomponer la convivencia, sino la de un caudillo dispuesto a demostrar autoridad. Amenazas de despliegue militar, retórica bélica, deslegitimación sistemática de gobernadores y alcaldes, y una narrativa que presenta a los manifestantes —con independencia de su conducta— como enemigos internos. 

No es casual. El autoritarismo contemporáneo no siempre empieza con tanques en la calle; empieza con palabras. Con la normalización de la excepcionalidad. Con la idea de que, ante determinadas circunstancias, los contrapesos sobran, los procedimientos estorban y los derechos son negociables. Minneapolis sirve así como laboratorio discursivo: si el miedo funciona, se amplifica; si la tensión moviliza, se estira. 

El conflicto como combustible político 

Trump entiende algo esencial de la política contemporánea: el conflicto moviliza más que la gestión. Por eso no hay intento serio de desescalar, de distinguir entre protesta legítima y violencia criminal, de proteger derechos sin renunciar al orden público. Todo se mezcla deliberadamente en un mismo relato simplificado, emocional y agresivo. 

El problema no es solo Trump. Es lo que legitima. Cuando desde la cúspide del poder se asume que la polarización es rentable, el sistema entero se ve arrastrado hacia una lógica de trincheras. La democracia deja de ser un espacio de mediación para convertirse en un campo de batalla simbólico donde ganar justifica casi cualquier medio. 

Instituciones bajo presión 

La deriva autoritaria no se mide solo por decisiones ejecutivas, sino por el desgaste progresivo de las instituciones. Minneapolis evidenció hasta qué punto Trump está dispuesto a tensionar el equilibrio federal, a desacreditar autoridades locales legítimas y a presentar cualquier límite a su actuación como una amenaza al país. 

Ese es el salto cualitativo: no se trata de mano dura frente al delito, sino de la construcción de un liderazgo que se sitúa por encima de las reglas cuando estas no convienen. El presidente no como garante del sistema, sino como intérprete exclusivo de la voluntad popular. Todo lo demás —tribunales, prensa, gobiernos estatales— pasa a ser sospechoso. 

La tentación americana 

Durante décadas, Estados Unidos se presentó como un referente democrático precisamente por su capacidad de absorber el conflicto sin romperse. Minneapolis muestra lo contrario: que también allí existe la tentación de sacrificar pluralismo por control, derechos por eficacia, deliberación por espectáculo. 

Trump no inventa el malestar, pero lo instrumentaliza. No crea la violencia, pero la utiliza. Y al hacerlo, cruza una línea peligrosa: la que separa gobernar en democracia de gobernar contra ella. 

Cuando el remedio es peor que la enfermedad 

El desorden es un problema. La violencia lo es aún más. Pero la respuesta autoritaria no los soluciona: los cronifica. Un poder que se alimenta del miedo acaba necesitándolo para sobrevivir. Y cuando eso ocurre, la excepción deja de ser provisional y se convierte en identidad política. 

Minneapolis no es solo una ciudad en crisis. Es un aviso. Porque cuando un líder utiliza el caos para reforzarse, lo que está en juego no es el orden público, sino la salud misma de la democracia. 

Irresponsabilidad y dejadez como ‘modus operandi’ del Gobierno

El Gobierno de Sánchez ha hecho de la huida permanente su forma de gobernar: cuando llega el fallo, siempre hay un culpable… excepto quien manda 
FUENTE: EFE

Cuando llegó la hora de los adultos, estos no comparecieron. España está gobernada desde hace años por un grupo de adolescentes políticos cuyo único programa real es ‘estar’. No gobernar mejor, no asumir costes, no rendir cuentas: simplemente permanecer. Detentan —porque lo ostentan de forma cada vez más despótica— el poder apoyándose en una batería de herramientas retóricas y organizativas propias del populismo contemporáneo, suficientes para controlar el día a día de un país que se desliza, casi sin ruido, por una pendiente de degradación institucional. 

Ese sistema funciona mientras nada se tuerce. Mientras el relato aguanta. Mientras los problemas pueden ser reinterpretados, desplazados o atribuidos a terceros. El problema surge cuando la realidad irrumpe con la fuerza de lo tangible: un tren que descarrila, una red eléctrica que falla, carreteras cada vez más inseguras, servicios públicos que se deterioran, infraestructuras envejecidas que ya no admiten parches. Ahí el discurso empieza a resquebrajarse. 

El ventilador de la culpa 

La ‘era Sánchez’ está jalonada de crisis gestionadas siempre del mismo modo: nadie en la cúspide asume responsabilidad política. Nunca. La respuesta sistemática es activar el ventilador de la culpa. Buscar un cargo intermedio, una empresa concesionaria, una comunidad autónoma, un gobierno anterior o una circunstancia imprevista. Todo vale con tal de que la responsabilidad no ascienda. 

Este mecanismo ha funcionado en situaciones excepcionales. Pandemias, catástrofes naturales, episodios extremos permiten diluir responsabilidades porque el ciudadano medio, saturado de información y miedo, tiene dificultades para pensar en términos contrafactuales: qué decisiones se tomaron, cuáles no, qué se pudo hacer de otro modo. Siempre hay margen para la coartada. 

Pero el problema para el Gobierno es que no todo es un cisne negro. 

Cuando lo extraordinario es lo cotidiano 

¿Qué ocurre cuando lo inesperado no es una pandemia, sino algo tan común como el deterioro del sistema ferroviario? ¿Qué sucede cuando los apagones, los accidentes o el colapso de servicios dejan de ser episodios aislados y se convierten en síntomas? Que ya no hace falta un ejercicio intelectual sofisticado. El ciudadano no necesita informes ni comisiones para entender lo evidente: si las infraestructuras fallan de forma recurrente, es porque no se mantienen, no se invierte y no se gestiona bien. 

Aquí no hay relato que aguante. No hay ‘herencia recibida’ creíble tras más de seis años en el poder. No hay adversario al que culpar cuando los presupuestos han sido diseñados, aprobados y ejecutados por el mismo Gobierno que hoy busca responsables ajenos. Y no hay excusa cuando los avisos han sido constantes y las prioridades presupuestarias han ido por otro lado. 

Propaganda, control y redes de poder 

Durante años, el Ejecutivo ha confiado en que el control del relato sería suficiente. Uso intensivo de los medios a través del presupuesto público y su regulación en el BOE, colonización de organizaciones supuestamente civiles convertidas en grupos de presión, creación de realidades paralelas en ámbitos clave como el mercado laboral, la educación o las pensiones. A ello se suma una ambición de transformación social acelerada, no siempre respaldada por la capacidad real del Estado, y una negativa persistente a afrontar problemas estructurales como la inmigración ilegal o el déficit de vivienda. 

Ese ecosistema se completa con redes de reparto de poder y dinero público que hoy ya no son una sospecha política, sino un objeto de investigación judicial. Todo ello ha servido para resistir. Para sobrevivir. Pero no para gobernar mejor. 

El tren como metáfora 

El problema de los trenes no es solo técnico. Es simbólico. Representa el punto en el que la irresponsabilidad política choca con la experiencia directa del ciudadano. Cuando alguien pierde horas, conexiones, seguridad o confianza, el discurso deja de importar. Y cuando además aparece —o aparece la sospecha— una correlación entre el deterioro del servicio público y el desvío de recursos, el daño ya no es solo material: es moral. 

Por eso esta vez será más difícil escapar. Porque aquí no hay que imaginar escenarios alternativos. Basta con mirar alrededor. 

Gobernar es responder 

Asumir responsabilidades no es dimitir a la primera dificultad, pero tampoco es esconderse siempre detrás de otros. Gobernar implica responder, explicar, corregir y, llegado el caso, pagar un precio político. Lo que distingue a un Gobierno adulto de uno adolescente no es la ausencia de errores, sino la forma de enfrentarlos. 

La irresponsabilidad permanente puede funcionar durante un tiempo. Pero cuando los fallos se acumulan y afectan a lo esencial, el castillo de naipes se viene abajo. Y entonces ya no basta con buscar culpables: alguien tiene que asumir que mandar también significa responder.