La amnistía que traiciona la memoria

De la reconciliación histórica a la cruda instrumentalización política de la amnistía

FUENTE: RTVE

El terrorismo criminal de ETA sumió en un dolorabilísimo eclipse a decenas de miles de familias. No fueron meros daños colaterales: fueron desgarros irreparables, sangre derramada en la conciencia colectiva. A diferencia de quienes promovieron la Transición, ETA no buscó transgredir el consenso democrático, quiso borrarlo. Fracasó en su aspiración de derrotar al Estado, pero no en su capacidad de sembrar muerte. Esa memoria es una advertencia: las balsas de la amnistía no pueden navegar sobre el silencio. 

La Ley de Amnistía de 1977 nació de un acuerdo político noble: fue el abrazo nacional que permitió pasar página, convertir enemigos en adversarios y mirar al futuro con pragmatismo. Fue, en esencia, una decisión colectiva por la concordia, no el resultado de transacciones espurias. De ella brotó el Estado Social y Democrático de Derecho que hoy disfrutamos, una gesta de cordura en una Europa sacudida por el fantasma revolucionario. 

La amnistía sanchista: distorsión y cinismo 

Sin embargo, la nueva amnistía pactada por Sánchez –aquella que Conde‑Pumpido bendice con igual indignidad– se revela como su antítesis. No busca sanar, sino consolidar un tinglado político: agradar a los sedicentes aliados independentistas, reforzar una mayoría hueca, maquillar debilidades. El Tribunal Constitucional, en su mayoría progresista, se antoja menos un guardián del Estado de Derecho que un instrumento subalterno: “gladiadores más que juristas”, han dicho algunos críticos elpais.com+1hayderecho.com+1. La vieja grandeza constitucional desemboca en un simulacro de justicia: lo legítimo no se refuerza por ser legítimo, sino cuando encaja en el reloj político. Arbitrariedad, reza el epígrafe, sin pudor ni recato. 

Un sistema democrático que adscribe la igualdad ante la ley selectivamente, según conveniencias partidistas, deja de ser democracia. Cuando los mismos magistrados que avalaron el perdón constitucional ahora legislan a golpe de necesidad gubernamental, el principio se tuerce. Felipe González no ha dudado en calificar la reforma de “acto de corrupción política”. Y el PP, el PP no recurre –simplemente cuestiona–, alta nota para la secular política de la razón: “un órgano político, no jurisdiccional” elpais.com. 

Pactos de poder versus futuro compartido 

La Transición fue, también, eso: pactos difíciles, concesiones firmes, sacrificios mutuos. Y no, no fue impunidad. Hubo verdad, hubo justicia, aunque sesgada. Fue larga y no exenta de complejidades, pero honesta. La amnistía de 2025 es la contraria: tácita rendición al tacticismo, destrucción del principio de igualdad, erosión del poder judicial a conveniencia. Se regresa al decimononismo, a la arbitrariedad, a una política esencialmente personalista –“la ley para seguir durmiendo en La Moncloa”–. 

Un día fue el 15 de octubre de 1977, cuando España entonó la canción de la reconciliación. Hoy, por el contrario, ese día pasa a ser ceniza: inauguración de un modelo de Estado ad hoc, concebido no para servir, sino para sostener. La amnistía del siglo XXI no perdona ni olvida: promueve una ruptura silenciosa con la igualdad, y convierte en mercaderes a quienes dicen servir a la patria. 

La auotamnistía y los pactos con villanos

Cuando la Moncloa se convierte en bazar de corruptelas y pactos que escapan a la Constitución

FUENTE: EFE 

España no ha sido nunca un jardín de lirios, pero jamás habíamos visto florecer tanta podredumbre con la naturalidad con la que hoy se exhibe. La actual legislatura no nació en el Congreso ni en las urnas: emergió de un cambalache de pasillos oscuros, de una confesión humillante ante la historia y de un trueque que sería cómico si no fuera trágico. 

El Gobierno de Sánchez no es fruto de la voluntad popular, sino el resultado de una transacción vergonzante: votos a cambio de impunidad, silencio a cambio de poder, olvido a cambio de permanencia. La autoamnistía se yergue como el tótem obsceno de este mercado persa institucional. 

La amnistía de 1977 fue un acto fundacional: un perdón mutuo, una tabula rasa que alumbró la democracia y permitió pasar del ruido de sables al murmullo de las urnas. Aquel perdón fue un abrazo colectivo, una apuesta compartida por un porvenir común. Lo que ahora presenciamos no es amnistía, sino una absolución unilateral y espuria, un acto de pura supervivencia. El delincuente pacta con el carcelero y redacta la llave de su propia celda. 

El chantaje como método 

El arte de la política, cuando degenera, no es otra cosa que la administración del chantaje. Sánchez ha erigido su trono sobre una montaña de cesiones, sobre la desfiguración del derecho y la prostitución de los principios. La llamada autoamnistía es el certificado de defunción de la igualdad ante la ley. De un plumazo, se arrebata al pueblo el último bastión de dignidad: la convicción de que nadie, ni el más audaz sedicioso ni el presidente más camaleónico, puede situarse por encima del marco legal. 

Mientras se reparten privilegios en Bruselas y se garabatean decretos para tapar traiciones, el Estado se desangra por dentro. El veneno no es el independentismo, sino el consentimiento pusilánime y artero de un Gobierno dispuesto a vender la nación al mejor postor. La amnistía no redime; consagra la impunidad y corrompe el tuétano de la democracia. 

La legalidad ya no es más que un papel mojado al servicio del oportunismo. El poder legislativo ha sido transformado en un taller de artesanía política donde se modela la ley como quien retuerce un alambre. La justicia, condenada al papel de espectadora muda, contempla el festín de impunidades con la venda ya no en los ojos, sino en la boca. 

Pactos hacia el oportunismo 

Algunos pretenden presentar este proceso como “un paso hacia la convivencia”. Pero la convivencia que se cimenta en la desigualdad es un fraude; el perdón que se concede sin arrepentimiento es una farsa. Aquí no hay reconciliación: hay sumisión y cobardía. No hay altura de miras: hay contabilidad de sillones. 

El actual Gobierno es, en esencia, una cleptocracia sentimental y legal, un club de mercaderes que confunden el Estado con una casa de empeños. Todo se compra, todo se vende, todo se intercambia en la subasta perpetua del poder. 

La historia mirará este capítulo con el mismo asco con el que se observa una rendición sin honra. La autoamnistía es la traición más grave que puede infligirse a un país: la conversión de la ley en papel higiénico para limpiar las manchas de la ambición. 

Hoy, España no se gobierna: se trafica. No se lidera: se mendiga. Y cada día que se prolonga este pacto infame es un latido menos en el corazón de nuestra democracia. 

Aquí no se discute izquierda o derecha, centralismo o periferia. Aquí se dirime si queremos vivir en un país digno o resignarnos a un prostíbulo de conveniencias. 

Así de sencillo. Así de terrible. 

Pedro Sánchez: el huésped permanente de La Moncloa

Pedro Sánchez no gobierna: ocupa. Su única estrategia es resistir. Y su único plan, permanecer de huésped en La Moncloa. FUENTE: EFE

La historia de los liderazgos degradados no empieza con un escándalo, sino con un silencio. Con el consentimiento pasivo de los que miran a otro lado. Con la resignación de quienes confunden la disciplina con la sumisión. Desde hace meses, incluso años, España no tiene un presidente que gobierne: tiene un huésped muy incómodo. Uno que ya no representa a un partido, sino que lo utiliza. Que no lidera una coalición, sino que la somete. Que no construye un proyecto, sino que administra su propia permanencia. 

Pedro Sánchez ha logrado algo insólito en democracia: convertir el poder en un fin en sí mismo. La resistencia como mandato. La supervivencia como doctrina. Cada decisión, cada giro, cada palabra pública se articula con un solo propósito: seguir. Y para ello, ha convertido las instituciones del Estado en una extensión de su voluntad política. 

Del Estado como garante al Estado como herramienta 

La línea entre gobernar y ocupar se cruza cuando el Estado ya no protege a los ciudadanos frente al poder, sino que protege al poder frente a los ciudadanos. Así ha operado Sánchez desde que recuperó el mando del PSOE en 2017. El Tribunal Constitucional, con un presidente que actúa más como ministro sin cartera que como garante de la legalidad, refrenda sin matices una ley de amnistía que hace volar por los aires el principio de igualdad. La Fiscalía General se ha convertido en un parapeto, no en un muro de contención. El Parlamento, reducido a notaría de urgencias. Y los medios públicos, en vehículo propagandístico sin complejos. 

Pero el problema no es solo institucional. Es también moral. España vive en un estado de excepción tácita en el que la mentira es normal, el adversario es enemigo, y la corrupción solo importa si no salpica a los míos. No hay relato de progreso que justifique esto. No hay causa social que lo redima. Porque lo que está en juego no es una legislatura, ni una reforma, ni siquiera un programa: lo que está en juego es el contrato democrático más elemental. 

Huésped sin fecha de salida 

Mientras tanto, Sánchez sigue. Impasible. Con su rostro de serenidad impostada y su discurso de hombre moderno, igualitario, feminista, europeísta. Pero tras el telón, los engranajes chirrían: socios que niegan la existencia del Estado, fugados que imponen condiciones, alcaldes implicados en tramas, asesores enriquecidos al calor del BOE. Y un partido, el PSOE, que guarda silencio. O balbucea excusas. 

No todos. Hay socialistas que no han olvidado lo que significa dignidad. Que aún creen en el pacto constitucional, en la moderación como herramienta de cambio y en la política como servicio público. No son muchos, pero existen. Y su responsabilidad, hoy más que nunca, es dejar de esperar a que todo se derrumbe para actuar. 

Porque esto no es un mal momento del sanchismo. Es su culminación. Es el final lógico de una estrategia basada en eliminar cualquier límite. En convertir el poder en refugio y el desacuerdo en traición. Sánchez no cae porque no comete errores: cae porque ha dejado de representar a nadie que no sea él mismo. 

España necesita aire. Una tregua institucional. Una política de acuerdos sin chantajes. Pero sobre todo, necesita un presidente que crea en algo más que en sí mismo. 

Y esa, a estas alturas, ya no es una opción con Pedro Sánchez. 

Cuando el poder se erosiona y la alternativa no llega 

La política no puede reducirse a elegir entre un Gobierno bajo sospecha y una oposición sin alternativa real. España necesita algo más que resignación institucional. FUENTE: EFE

A veces, lo verdaderamente dramático no es que un país atraviese una crisis, sino que no encuentre en su horizonte una salida. El debate ya no es si Pedro Sánchez puede seguir al frente del Gobierno tras el alud de escándalos que cercan a su entorno más próximo. La pregunta más profunda es si el sistema político español ofrece alguna alternativa real que merezca ese nombre. 

La UCO, el círculo y la inercia del poder 

Las últimas investigaciones de la Guardia Civil han confirmado que no hablamos de un episodio aislado ni de un exceso individual. Las conexiones entre Koldo García, Santos Cerdán y altos responsables del PSOE en torno a contratos públicos millonarios levantan serios indicios de tráfico de influencias, comisiones irregulares y posible enriquecimiento ilícito. No solo hay grabaciones; también hay transferencias bancarias, adjudicaciones sospechosas y vínculos empresariales que apuntan a una trama más amplia de lo que inicialmente se reconoció. 

El presidente ha reaccionado tarde y mal: Cerdán dimite, sí, pero sin una explicación completa. Se anuncian auditorías que suenan a mecanismo de defensa más que a voluntad de transparencia. La sensación es que el poder, una vez alcanzado, no se rinde ni cuando el suelo se hunde bajo sus pies. Y eso debilita no solo a un Gobierno, sino a la confianza en las instituciones. 

Una alternativa sin impulso 

El Partido Popular, mientras tanto, sigue instalado en una suerte de interinidad permanente. Feijóo afirma que le faltan cuatro votos para una moción de censura, como si eso excusara su falta de ambición política. Vox, por su parte, se retira del debate cuando más necesario es alzar la voz con argumentos. Y el resto de los partidos de ámbito nacional están atrapados en sus propios laberintos internos. 

Lo que debería ser un momento de reconstrucción democrática se convierte así en un tablero bloqueado, donde unos gobiernan con el agua al cuello y otros prefieren no mojarse. 

No se trata de un asunto electoral. No se trata siquiera de que el PSOE tenga que asumir responsabilidades internas. El verdadero problema es institucional. No hay peor escenario que un Ejecutivo cercado por indicios de corrupción sin una oposición capaz de ofrecer una alternativa creíble, seria y articulada. El poder sin control no es solo un desvío ético: es un fallo sistémico. 

En democracia, la alternancia no es un castigo: es una necesidad estructural. Si los ciudadanos perciben que ningún cambio es posible, lo que se erosiona no es un partido ni un líder, sino la fe en el propio sistema. 

Una exigencia, no un deseo 

España necesita más que un recambio: necesita una propuesta regeneradora. Quien aspire a gobernar debe demostrarlo no con declaraciones, sino con una estrategia de país, con pactos posibles, con valentía institucional. Porque mientras el poder se resguarda en la retórica y la oposición se limita a denunciar sin construir, la confianza pública se deshilacha. 

No hay lugar para la resignación. El país exige altura, responsabilidad y compromiso con algo más que la próxima elección. La política tiene que estar a la altura del daño que ella misma ha causado. 

El fin de la música empieza cuando suena la caja

El PSOE no necesita elecciones: necesita recuperar el alma. España necesita una izquierda que se mueva al son de otra música.

FUENTE: EFE

No se trata de proteger alcaldes ni de escudar presidentes autonómicos del naufragio electoral que provocaría seguir remolcando el cadáver político de Pedro Sánchez. Se trata, sencillamente, de que este país no puede resistir por más tiempo la música de la mediocridad autoritaria, la corrosión institucional y la ingeniería moral que ha convertido al Gobierno en una maquinaria sectaria e implacable de poder sin escrúpulos.

La última hemorragia ética no proviene de la oposición ni de ningún laboratorio oscuro de “lawfare”: viene del interior del propio aparato socialista. La Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil ha apuntado de forma contundente a Santos Cerdán —secretario de Organización del PSOE y mano derecha de Sánchez— como uno de los vértices de una red de manipulación de las primarias que auparon al actual presidente al liderazgo del partido en 2014.

Pero eso era solo el comienzo. Lo que ha venido después —y que ahora ya no puede ocultarse ni con propaganda ni con comunicados monocordes— es una sucesión de indicios de corrupción, tráfico de influencias, y amaños en adjudicaciones públicas que retratan a un partido enfermo de poder y de servilismo.

La investigación de la UCO recoge que Cerdán gestionó personalmente el voto doble de un allegado durante las primarias que auparon a Sánchez. No fue un error. Fue una orden textual: “mete las dos papeletas sin que te vea nadie”. ¿Resultado? Un liderazgo nacido de la trampa. Y una dirección que ha construido desde entonces un castillo de lealtades ciegas, de chantajes suaves y de obediencias sin alma. El mismo Cerdán que hoy está imputado por coordinar mordidas de más de 600.000 euros a cambio de contratos públicos, con la ayuda de Koldo García y otras figuras del entorno más estrecho del Gobierno.

Con la música a otra parte

No se trata, por tanto, de adelantar elecciones. Eso sería poner el carro delante de la descomposición. Se trata de que el PSOE tenga el coraje histórico de levantarse ante Sánchez y decirle: “tú no nos representas”. Porque no es el PSOE el que está en el Gobierno: es Sánchez, con su grupo de fieles, que ha usado las siglas centenarias del partido como escudo de impunidad y coartada sentimental. El socialismo español no está llamado a convocar elecciones: está llamado a recuperar su dignidad.

A los socialistas no se les pide que rompan el Gobierno: se les pide que rompan con Sánchez. Que no sigan bailando el rigodón cortesano mientras se pudren las instituciones, mientras la Fiscalía se convierte en trinchera política, mientras el Constitucional deviene en cocina jurídica de conveniencia. Porque hay algo peor que perder el poder: es perder el alma.

España necesita que la izquierda institucional vuelva a casa. Que regrese al pacto, a la Constitución, al respeto por la ley, a la alternancia como principio de higiene democrática. Que abrace de nuevo el reformismo y la sensatez. Y eso, con Pedro Sánchez, es imposible. Lo es porque su proyecto no es político: es personal. Lo es porque su lógica no es democrática: es absolutista. Lo es porque su permanencia no se basa en ideas: se basa en controlarlo todo, hasta el último resorte.

La izquierda democrática no puede ser cómplice. El PSOE no puede seguir rehén. España no puede continuar bajo esta farsa de Estado. La caída de Sánchez no es una urgencia electoral: es una exigencia moral.

Ha llegado la hora de cambiar la música. Porque este baile, si continúa, solo puede terminar en ruina.

Ataque y defensa desde las cloacas del Estado 

De la UCO a la UDEF, pasando por filtraciones y montajes: el uso partidista de las instituciones del Estado como arma política es una práctica transversal que degrada la democracia y envenena la confianza ciudadana. 

FUENTE: EFE

La democracia, cuando se pervierte, no muere con un golpe seco. Se pudre desde dentro. Y el hedor de su descomposición no proviene solo de la corrupción económica, sino de algo más insidioso: la utilización bastarda de las instituciones del Estado como navajas oxidadas contra el adversario político. 

El último capítulo de esta novela negra lo protagoniza Leire Díez, asesora del PSOE, envuelta en una maraña de reuniones con empresarios y abogados para, presuntamente, buscar información que desacreditara a mandos de la Unidad Central Operativa (UCO) y a fiscales incómodos. ¿El objetivo? Blindar judicialmente a compañeros de partido —según se desprende de grabaciones filtradas— o, tal vez, simplemente mover fichas en una partida de poder donde las normas solo aplican a los peones. El Partido Popular ha sido rápido en denunciar el escándalo ante la Fiscalía Anticorrupción. Curioso, viniendo del partido que elevó el uso de las cloacas a categoría ministerial. 

No hay inocentes en esta historia. Solo hipócritas. 

¿Al servicio del Estado?

Porque ya en su día fue el PP quien articuló lo que se conoció como la «Operación Cataluña», un proyecto de ingeniería política sustentado en informes apócrifos, policías patrióticos y filtraciones a medida. Desde las entrañas del Ministerio del Interior se fabricaban bulos, se retorcían investigaciones y se intoxicaba a los medios con munición envenenada. La democracia, mientras tanto, iba perdiendo sus costuras. 

Ahora es el PSOE el que coquetea con prácticas similares, como si los resortes del poder vinieran con un manual secreto que instruyera en el uso ilegítimo de herramientas legítimas. Porque eso es lo que estamos viendo: una sistemática contaminación de las instituciones —policía judicial, fiscalía, jueces, prensa— al servicio no del Estado, sino del partido que lo ocupa. 

No se trata ya de que los partidos se tiren los trastos a la cabeza: eso es el pan de cada día en cualquier democracia con algo de pulso. El problema aparece cuando en vez de argumentos se lanzan sumarios filtrados, cuando en lugar de debates se promueven querellas, y cuando las siglas UCO, UDEF o Fiscalía se convierten en armas arrojadizas y no en instrumentos de justicia. 

Esta perversión del sistema no es una anécdota ni una travesura. Es una grieta en los cimientos. Porque cuando el ciudadano deja de confiar en que la justicia es imparcial, cuando sospecha que los cuerpos de seguridad sirven más al ministro de turno que a la ley, cuando los medios dejan de fiscalizar al poder para convertirse en sus voceros… entonces estamos ante una democracia de cartón piedra, mantenida en pie por puro decorado. 

La cloaca institucional, esa red paralela donde se cuecen vendettas, chantajes y favores, no es solo una metáfora oscura: es un modus operandi. Y como toda red clientelar, necesita de silencio, complicidad y poder para sobrevivir. 

Es urgente desmantelar ese sótano húmedo donde se cultiva la podredumbre. Y eso exige una reforma profunda de los mecanismos de control institucional, una regeneración real y no cosmética. Exige que los partidos renuncien al atajo, a la trampa, al montaje. Que dejen de convertir los servicios del Estado en extensiones de su comité electoral. 

¿O acaso la democracia solo sirve mientras no estorbe? 

Si no se pone freno, un día despertaremos y descubrirán que el Estado ya no es de Derecho, sino de derecho a hundir al otro. Que la ley ya no protege, sino que persigue a discreción. Que la política, lejos de ser la noble gestión del bien común, se ha transformado en una guerra sucia librada en los sótanos del sistema. 

Y entonces sí que será demasiado tarde para limpiar. 

Cuando la Constitución se convierte en papel para fumar

El Tribunal que debe garantizar la defensa de la Constitución y la amnistía: del garante al cómplice, del intérprete al legitimador de lo ilegítimo 

FUENTE: IA

Las filtraciones de la ponencia que debe avalar la constitucionalidad de la ley de amnistía no solo han desvelado el sentido del fallo —más que previsible—, sino algo mucho más preocupante: la concepción del poder que subyace en la doctrina que el Tribunal está dispuesto a consagrar. Una doctrina que reescribe, de forma subrepticia pero demoledora, el equilibrio de la Carta Magna, y que convierte el silencio de la Constitución en carta blanca para el ejercicio del poder más puro, más bruto y menos democrático: el poder sin límite. 

La lógica que se esconde tras esa ponencia no es nueva, pero sí alarmantemente explícita. Si la Constitución no prohíbe la amnistía, entonces la amnistía es válida. Bajo ese principio, el Parlamento puede hacer cuanto le plazca, siempre que el texto constitucional no lo prohíba con precisión quirúrgica y en negrita.

Esta lectura revienta de raíz la arquitectura del Estado de Derecho, donde el poder —cualquier poder— está limitado, tasado, subordinado a un marco normativo que no solo enumera prohibiciones, sino que define un perímetro de acción positiva. Cuando se invierte esa lógica, cuando al poder se le permite todo salvo lo que se le veda expresamente, lo que se consagra es una forma de despotismo legalista, formalmente limpio pero sustancialmente arbitrario. 

Y ahí está el giro. Porque lo que debería ser una interpretación restrictiva, garantista, propia de un tribunal que vela por que nadie —ni siquiera el legislador— cruce ciertas líneas, se convierte en una exégesis complaciente, en una plasticidad interpretativa al servicio del momento político. La Constitución, entonces, no es norma; es sugerencia. Un marco maleable donde todo cabe si conviene, si es útil, si resuelve una urgencia parlamentaria o una investidura imposible. 

Esta visión del Derecho es profundamente corrosiva. Porque si el poder puede hacer todo salvo lo que le está expresamente vedado, entonces deja de ser poder limitado para convertirse en poder constituyente. Y un poder constituyente sin contrapesos es, sencillamente, un poder absoluto. No hay diferencia esencial entre eso y la voluntad de una mayoría ocasional decidida a reinterpretar la legalidad según su necesidad más inmediata. Ya no hay fronteras entre lo legal y lo legítimo. Todo es cuestión de votos. Y donde todo es posible, nada está a salvo. 

La ponencia, además, practica un silencio significativo y estratégico sobre el delito más incómodo: la malversación. Se evita, se aparca, se escamotea. Porque ahí es donde chirría el engranaje, donde la máquina jurídica se queda sin aceite.

La sedición ya ha sido amortiguada mediante ingeniería penal. Pero la malversación —el uso espurio de dinero público para financiar un proceso de ruptura institucional— permanece como un escollo que ni los más habilidosos redactores constitucionales pueden suprimir sin sonrojo. Y ante eso, la táctica es clara: no pronunciarse, dejar correr el tiempo, permitir que la amnistía actúe mientras Europa mira y, quizá, reacciona. 

Pero esa omisión no es inocente. Es una decisión política envuelta en el celofán de la neutralidad jurídica. Y es ahí donde más se revela la naturaleza del problema: el Tribunal Constitucional no está ya interpretando, sino blindando. No analiza, sino que construye un relato jurídico para justificar lo que se ha decidido en otro lugar. Se convierte así en notario de lo inevitable, en firmante de una ficción de constitucionalidad que no resiste un examen de fondo mínimamente riguroso. 

Porque aceptar que lo que no está prohibido está permitido equivale a asumir que el poder puede todo lo que la Constitución no haya tenido tiempo o detalle de negar. Y eso significa, sencillamente, acabar con el Estado de Derecho tal como lo hemos entendido hasta ahora. Significa que el Parlamento —si tiene mayoría suficiente— puede amnistiar, indultar, despenalizar, retroceder o arrasar, siempre que no lo contradiga una línea explícita del texto constitucional. Es la victoria del vacío sobre el principio. Y es, sobre todo, la derrota del ciudadano frente al poder. 

Lo que se legitima con esta ponencia no es solo una ley; es una forma de gobernar. Una forma de gobernar sin límites, sin pudor, sin el freno que debería imponer la conciencia jurídica de un tribunal que nació precisamente para eso: para decir “hasta aquí”. Pero no. Aquí se ha dicho: “pasen, no hay frontera”. 

Y cuando no hay frontera, lo que hay es selva. 

Despertar tarde no basta: el PP ante su Congreso

El PP adelanta su Congreso nueve meses, pero sigue sin atreverse a decir lo que el país necesita oír. La contemplación, la prudencia infinita y el miedo a incomodar lo han dejado descolocado ante la gran crisis institucional que vive España. 

FUENTE: EFE

El Partido Popular celebrará su Congreso Nacional en julio, nueve meses antes de lo previsto. Pero no hay que dejarse engañar: este adelanto no es reflejo de vigor político, sino síntoma de que por fin se ha encendido una alarma. La dirección de Alberto Núñez Feijóo ha pasado demasiados meses en una especie de letargo estratégico, fiando todo a que la erosión del Gobierno socialista hiciera el trabajo por ellos. Como si bastara con esperar. Como si oponerse fuera lo mismo que liderar. 

Y mientras tanto, España se caía. 

Se caía el Congreso como espacio de deliberación, reemplazado por decretos-ley y pactos en la sombra. Se caía la independencia judicial, triturada por la ocupación partidista de los órganos de control. Se caía la confianza en las instituciones, el prestigio exterior, la seguridad jurídica. Y el PP, mientras todo eso ocurría, miraba de reojo a Vox, con miedo de parecer blando, pero también con miedo de parecerse demasiado. Encajonado, tibio, contemplativo. Como si el país pudiera esperar. 

El Congreso del PP llega, sí. Pero no está claro que llegue con rumbo. Ni con nervio. Ni con discurso. Porque si se trata solo de revalidar un liderazgo sin levantar un proyecto político que le hable de verdad a la España que sufre, será otra oportunidad perdida. La sociedad no necesita a un PP que administre la espera. Necesita a un PP que sepa lo que quiere hacer con el país. Que diga sin miedo que España está atrapada en un frentismo suicida, que los extremos se retroalimentan y que la única salida es un reformismo serio, valiente, impopular si hace falta. 

Pero para eso hay que arriesgar. Hay que dejar de hablar con la calculadora en la boca y empezar a hablar con un poco de coraje. Hay que decir que el país no aguanta más propaganda, que el deterioro institucional es un hecho, que la justicia necesita descolonizarse, que las empresas públicas no pueden ser la agencia de colocación del partido de turno, que el Estado de Bienestar no sobrevivirá si no se gobierna con seriedad, aunque eso implique sacrificios. 

Y hay que decir, también, que la moderación no puede ser una excusa para no hacer nada. Moderación no es resignación. No es cobardía. Es firmeza democrática. Es asumir que hay que pactar, sí, pero desde una posición clara. Que hay que convencer, no complacer. Que gobernar no es templar gaitas, sino tener un proyecto nacional que vuelva a unir a los españoles en torno a algo que no sea el odio al adversario. 

El PP ha estado demasiado tiempo en pausa. En lenguaje bajo. En una especie de prudencia eterna que lo ha convertido en el partido que no molesta. Pero a estas alturas, no molestar es no existir. Si el Congreso de julio no sirve para sacudir al partido y marcar un rumbo inequívoco —reformista, valiente, institucional y ambicioso—, entonces no habrá servido para nada. Peor aún: habrá sido la confirmación de que el PP no está preparado para el momento político más grave desde la Transición. 

Feijóo aún está a tiempo de reaccionar. Pero tiene que hablar claro. No a los suyos. A los que no le votan, a los que dudan, a los que están hartos de todos. Tiene que decirles que hay una alternativa que no es ruido ni resignación. Que hay un plan para que España funcione. Si no lo hace, si sigue en esta deriva de cálculo y de reflejo, la historia no se lo va a perdonar. Porque cuando todo se derrumba, quien no da un paso adelante desaparece con los escombros. 

Cuando cae el centro, cae Europa

El derrumbe del Partido Socialista portugués y el ascenso ultra en el Este de Europa son señales inequívocas: la moderación está en peligro, y España no puede permitirse ignorarlo.

FUENTE: EFE

Europa está perdiendo el equilibrio. No hablamos de mercados o tratados, sino de algo más profundo y más grave: su alma democrática, tejida durante décadas a base de consensos, renuncias mutuas y una apuesta decidida por la moderación frente al extremismo. 

Lo que ha ocurrido en Portugal no es una anécdota electoral ni una mera reorganización parlamentaria: es una grieta en el suelo sobre el que se construyó la democracia portuguesa tras la Revolución de los Claveles. El Partido Socialista, uno de los dos pilares históricos de la gobernabilidad del país, ha sido superado por la extrema derecha. Y no por un descuido o un error táctico: por una desconexión profunda entre las fuerzas del centro y una sociedad que, sintiéndose ignorada o abandonada, ha comenzado a coquetear con los extremos. 

Este no es un fenómeno aislado. Polonia acaba de salir de una década de deriva iliberal, pero el regreso del europeísmo moderado apenas resiste frente a una oposición populista cada vez más agresiva. En Rumanía, el discurso ultra ya no es marginal: es alternativa real de poder. Y todo esto ocurre mientras Bruselas, en su eterna lógica tecnocrática, sigue subestimando la velocidad a la que se descompone el proyecto europeo cuando fallan los diques centristas. 

La lección que Portugal, Polonia y Rumanía nos ofrecen no puede ser más clara: cuando los partidos moderados pierden el contacto con la realidad social, cuando ya no son capaces de ofrecer un horizonte ni de ilusionar, el vacío lo ocupa la furia. No hay espacio político que quede desierto. Allí donde no llegan la política del pacto ni la pedagogía democrática, llegan los que venden certezas absolutas y enemigos claros. 

Por eso el caso portugués debe preocupar especialmente a España. Porque en Portugal no ha ganado la extrema derecha: ha fracasado el centroizquierda. Y eso debería encender todas las alarmas en un país como el nuestro, donde la política también se ha vuelto un tablero de trincheras, donde las posiciones templadas se perciben como debilidad, y donde los discursos del “contra” pesan más que las propuestas del “para”. 

Es hora de que los partidos moderados —los que creen en Europa, en la democracia liberal, en el pluralismo— entiendan que el tiempo de la complacencia ha terminado. El centro no puede limitarse a administrar lo heredado. Tiene que volver a inspirar. Tiene que volver a construir un relato de país, de futuro, de justicia. Y tiene que hacerlo no desde la nostalgia del pasado, sino desde la valentía de afrontar los desafíos del presente: el malestar social, la crisis del clima, la precariedad económica, la desinformación masiva. 

Portugal nos ha dado una advertencia. Polonia y Rumanía, también. España aún está a tiempo. Pero solo si quienes creen en la moderación entienden que no basta con existir: hay que luchar, persuadir y representar. Porque cuando cae el centro, no solo se tambalean los gobiernos. Se tambalea Europa entera. 

La consulta que no consulta: el ensayo general del referéndum permanente

Pedro Sánchez convierte una operación empresarial en un simulacro de referéndum, mientras el Estado de Derecho se diluye entre encuestas y pactos de pasillo.

FUENTE: EFE

Hay gestos que no engañan. Cuando un Gobierno decide convocar una “consulta pública” sobre una operación empresarial como la OPA del BBVA al Sabadell —una herramienta sin amparo jurídico real, sin consecuencias vinculantes, sin más propósito que disfrazar con ropaje democrático lo que no es más que propaganda— uno no puede sino preguntarse: ¿qué es esto si no un ensayo general del referéndum permanente? 

El presidente Sánchez, siempre atento a las musas del tacticismo, ha convertido una operación de mercado —sujeta a leyes, reguladores y accionistas— en un teatrillo deliberativo donde el decorado es la participación ciudadana y el texto lo escribe Waterloo. Porque no nos equivoquemos: esta consulta no es sobre banca ni economía; es sobre poder. Y más específicamente, sobre cómo mantenerse en él al precio que sea. 

Nos dicen que es por transparencia. Que es por responsabilidad. Pero ya no cuela. Estamos ante un nuevo acto de esa larga obra que comenzó cuando el CEO de Telefónica fue cesado en la Moncloa, como si volviéramos a los tiempos en que el Gobierno nombraba a obispos y dictaba a las empresas desde los ministerios.

Hoy asistimos a la siguiente escena: un Ejecutivo que se erige en árbitro moral de la economía privada, que pregunta a los ciudadanos lo que ni la ley ni la lógica del mercado les llama a decidir. Es el populismo empresarial, una variante moderna del intervencionismo de toda la vida, ahora aliñado con encuestas y algorítmica demoscópica. 

Pero, ¿quién cree que esta consulta cambiará algo? Nadie. Y precisamente ahí está el problema. Lo que debería indignar no es sólo el abuso de formas, sino la banalización del fondo. Una democracia madura no se juega en consultas ad hoc que enmascaran cesiones políticas ni se simula con preguntas decorativas.

Si esta fórmula prospera, mañana podríamos consultar sobre fusiones energéticas, pasado sobre la cotización del Ibex y al final —no lo duden— sobre la soberanía nacional. Porque esto no va de bancos, sino de ensayo, error y captura de relato. 

Lo dijimos cuando se arrojó sobre las eléctricas la responsabilidad de un apagón gubernamental. Lo dijimos cuando Beatriz Corredor, después del caos, ni dimitió ni fue cesada. Lo repetimos hoy: un Estado que se parapeta tras las empresas, que delega su deber en la encuesta y que cede su soberanía a los nacionalismos, no gobierna: sobrevive. Y lo hace de forma indigna. 

Mientras tanto, los españoles seguimos atrapados en una comedia bufa donde todo debe pasar por Cataluña, como si la legitimidad nacional necesitase cada día ser convalidada en el Palau o refrendada en Bruselas. Todo, hasta una OPA. Pero no se engañen: esto no es por el Sabadell, es por el poder. Y lo que parece pintoresco es, en realidad, peligroso. La participación fingida es más corrosiva que la dictadura abierta: al menos esta última no se disfraza de virtud. 

Sánchez, que no convoca elecciones porque sabe que las perdería, se entretiene en simularlas bajo otras formas. Hoy consulta si el BBVA puede comprar el Sabadell; mañana nos preguntará si debe seguir gobernando. Pero la respuesta ya la sabe. La pregunta real es cuándo dejaremos de tolerar que un país entero sea rehén de una campaña electoral que nunca termina. 

Señor presidente: no nos tome por idiotas. Si quiere preguntar algo de verdad, convoque elecciones. Lo demás son consultas de atrezo. Son trampantojos. Son, al fin y al cabo, la antesala de una democracia que se desliza, lenta pero segura, hacia el autoritarismo plebiscitario. Y eso, aunque venga envuelto en papel de consulta, no se vota: se denuncia.