La auotamnistía y los pactos con villanos

Cuando la Moncloa se convierte en bazar de corruptelas y pactos que escapan a la Constitución

FUENTE: EFE 

España no ha sido nunca un jardín de lirios, pero jamás habíamos visto florecer tanta podredumbre con la naturalidad con la que hoy se exhibe. La actual legislatura no nació en el Congreso ni en las urnas: emergió de un cambalache de pasillos oscuros, de una confesión humillante ante la historia y de un trueque que sería cómico si no fuera trágico. 

El Gobierno de Sánchez no es fruto de la voluntad popular, sino el resultado de una transacción vergonzante: votos a cambio de impunidad, silencio a cambio de poder, olvido a cambio de permanencia. La autoamnistía se yergue como el tótem obsceno de este mercado persa institucional. 

La amnistía de 1977 fue un acto fundacional: un perdón mutuo, una tabula rasa que alumbró la democracia y permitió pasar del ruido de sables al murmullo de las urnas. Aquel perdón fue un abrazo colectivo, una apuesta compartida por un porvenir común. Lo que ahora presenciamos no es amnistía, sino una absolución unilateral y espuria, un acto de pura supervivencia. El delincuente pacta con el carcelero y redacta la llave de su propia celda. 

El chantaje como método 

El arte de la política, cuando degenera, no es otra cosa que la administración del chantaje. Sánchez ha erigido su trono sobre una montaña de cesiones, sobre la desfiguración del derecho y la prostitución de los principios. La llamada autoamnistía es el certificado de defunción de la igualdad ante la ley. De un plumazo, se arrebata al pueblo el último bastión de dignidad: la convicción de que nadie, ni el más audaz sedicioso ni el presidente más camaleónico, puede situarse por encima del marco legal. 

Mientras se reparten privilegios en Bruselas y se garabatean decretos para tapar traiciones, el Estado se desangra por dentro. El veneno no es el independentismo, sino el consentimiento pusilánime y artero de un Gobierno dispuesto a vender la nación al mejor postor. La amnistía no redime; consagra la impunidad y corrompe el tuétano de la democracia. 

La legalidad ya no es más que un papel mojado al servicio del oportunismo. El poder legislativo ha sido transformado en un taller de artesanía política donde se modela la ley como quien retuerce un alambre. La justicia, condenada al papel de espectadora muda, contempla el festín de impunidades con la venda ya no en los ojos, sino en la boca. 

Pactos hacia el oportunismo 

Algunos pretenden presentar este proceso como “un paso hacia la convivencia”. Pero la convivencia que se cimenta en la desigualdad es un fraude; el perdón que se concede sin arrepentimiento es una farsa. Aquí no hay reconciliación: hay sumisión y cobardía. No hay altura de miras: hay contabilidad de sillones. 

El actual Gobierno es, en esencia, una cleptocracia sentimental y legal, un club de mercaderes que confunden el Estado con una casa de empeños. Todo se compra, todo se vende, todo se intercambia en la subasta perpetua del poder. 

La historia mirará este capítulo con el mismo asco con el que se observa una rendición sin honra. La autoamnistía es la traición más grave que puede infligirse a un país: la conversión de la ley en papel higiénico para limpiar las manchas de la ambición. 

Hoy, España no se gobierna: se trafica. No se lidera: se mendiga. Y cada día que se prolonga este pacto infame es un latido menos en el corazón de nuestra democracia. 

Aquí no se discute izquierda o derecha, centralismo o periferia. Aquí se dirime si queremos vivir en un país digno o resignarnos a un prostíbulo de conveniencias. 

Así de sencillo. Así de terrible.