Pedro Sánchez: el huésped permanente de La Moncloa

Pedro Sánchez no gobierna: ocupa. Su única estrategia es resistir. Y su único plan, permanecer de huésped en La Moncloa. FUENTE: EFE

La historia de los liderazgos degradados no empieza con un escándalo, sino con un silencio. Con el consentimiento pasivo de los que miran a otro lado. Con la resignación de quienes confunden la disciplina con la sumisión. Desde hace meses, incluso años, España no tiene un presidente que gobierne: tiene un huésped muy incómodo. Uno que ya no representa a un partido, sino que lo utiliza. Que no lidera una coalición, sino que la somete. Que no construye un proyecto, sino que administra su propia permanencia. 

Pedro Sánchez ha logrado algo insólito en democracia: convertir el poder en un fin en sí mismo. La resistencia como mandato. La supervivencia como doctrina. Cada decisión, cada giro, cada palabra pública se articula con un solo propósito: seguir. Y para ello, ha convertido las instituciones del Estado en una extensión de su voluntad política. 

Del Estado como garante al Estado como herramienta 

La línea entre gobernar y ocupar se cruza cuando el Estado ya no protege a los ciudadanos frente al poder, sino que protege al poder frente a los ciudadanos. Así ha operado Sánchez desde que recuperó el mando del PSOE en 2017. El Tribunal Constitucional, con un presidente que actúa más como ministro sin cartera que como garante de la legalidad, refrenda sin matices una ley de amnistía que hace volar por los aires el principio de igualdad. La Fiscalía General se ha convertido en un parapeto, no en un muro de contención. El Parlamento, reducido a notaría de urgencias. Y los medios públicos, en vehículo propagandístico sin complejos. 

Pero el problema no es solo institucional. Es también moral. España vive en un estado de excepción tácita en el que la mentira es normal, el adversario es enemigo, y la corrupción solo importa si no salpica a los míos. No hay relato de progreso que justifique esto. No hay causa social que lo redima. Porque lo que está en juego no es una legislatura, ni una reforma, ni siquiera un programa: lo que está en juego es el contrato democrático más elemental. 

Huésped sin fecha de salida 

Mientras tanto, Sánchez sigue. Impasible. Con su rostro de serenidad impostada y su discurso de hombre moderno, igualitario, feminista, europeísta. Pero tras el telón, los engranajes chirrían: socios que niegan la existencia del Estado, fugados que imponen condiciones, alcaldes implicados en tramas, asesores enriquecidos al calor del BOE. Y un partido, el PSOE, que guarda silencio. O balbucea excusas. 

No todos. Hay socialistas que no han olvidado lo que significa dignidad. Que aún creen en el pacto constitucional, en la moderación como herramienta de cambio y en la política como servicio público. No son muchos, pero existen. Y su responsabilidad, hoy más que nunca, es dejar de esperar a que todo se derrumbe para actuar. 

Porque esto no es un mal momento del sanchismo. Es su culminación. Es el final lógico de una estrategia basada en eliminar cualquier límite. En convertir el poder en refugio y el desacuerdo en traición. Sánchez no cae porque no comete errores: cae porque ha dejado de representar a nadie que no sea él mismo. 

España necesita aire. Una tregua institucional. Una política de acuerdos sin chantajes. Pero sobre todo, necesita un presidente que crea en algo más que en sí mismo. 

Y esa, a estas alturas, ya no es una opción con Pedro Sánchez. 

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