
El PP adelanta su Congreso nueve meses, pero sigue sin atreverse a decir lo que el país necesita oír. La contemplación, la prudencia infinita y el miedo a incomodar lo han dejado descolocado ante la gran crisis institucional que vive España.
FUENTE: EFE
El Partido Popular celebrará su Congreso Nacional en julio, nueve meses antes de lo previsto. Pero no hay que dejarse engañar: este adelanto no es reflejo de vigor político, sino síntoma de que por fin se ha encendido una alarma. La dirección de Alberto Núñez Feijóo ha pasado demasiados meses en una especie de letargo estratégico, fiando todo a que la erosión del Gobierno socialista hiciera el trabajo por ellos. Como si bastara con esperar. Como si oponerse fuera lo mismo que liderar.
Y mientras tanto, España se caía.
Se caía el Congreso como espacio de deliberación, reemplazado por decretos-ley y pactos en la sombra. Se caía la independencia judicial, triturada por la ocupación partidista de los órganos de control. Se caía la confianza en las instituciones, el prestigio exterior, la seguridad jurídica. Y el PP, mientras todo eso ocurría, miraba de reojo a Vox, con miedo de parecer blando, pero también con miedo de parecerse demasiado. Encajonado, tibio, contemplativo. Como si el país pudiera esperar.
El Congreso del PP llega, sí. Pero no está claro que llegue con rumbo. Ni con nervio. Ni con discurso. Porque si se trata solo de revalidar un liderazgo sin levantar un proyecto político que le hable de verdad a la España que sufre, será otra oportunidad perdida. La sociedad no necesita a un PP que administre la espera. Necesita a un PP que sepa lo que quiere hacer con el país. Que diga sin miedo que España está atrapada en un frentismo suicida, que los extremos se retroalimentan y que la única salida es un reformismo serio, valiente, impopular si hace falta.
Pero para eso hay que arriesgar. Hay que dejar de hablar con la calculadora en la boca y empezar a hablar con un poco de coraje. Hay que decir que el país no aguanta más propaganda, que el deterioro institucional es un hecho, que la justicia necesita descolonizarse, que las empresas públicas no pueden ser la agencia de colocación del partido de turno, que el Estado de Bienestar no sobrevivirá si no se gobierna con seriedad, aunque eso implique sacrificios.
Y hay que decir, también, que la moderación no puede ser una excusa para no hacer nada. Moderación no es resignación. No es cobardía. Es firmeza democrática. Es asumir que hay que pactar, sí, pero desde una posición clara. Que hay que convencer, no complacer. Que gobernar no es templar gaitas, sino tener un proyecto nacional que vuelva a unir a los españoles en torno a algo que no sea el odio al adversario.
El PP ha estado demasiado tiempo en pausa. En lenguaje bajo. En una especie de prudencia eterna que lo ha convertido en el partido que no molesta. Pero a estas alturas, no molestar es no existir. Si el Congreso de julio no sirve para sacudir al partido y marcar un rumbo inequívoco —reformista, valiente, institucional y ambicioso—, entonces no habrá servido para nada. Peor aún: habrá sido la confirmación de que el PP no está preparado para el momento político más grave desde la Transición.
Feijóo aún está a tiempo de reaccionar. Pero tiene que hablar claro. No a los suyos. A los que no le votan, a los que dudan, a los que están hartos de todos. Tiene que decirles que hay una alternativa que no es ruido ni resignación. Que hay un plan para que España funcione. Si no lo hace, si sigue en esta deriva de cálculo y de reflejo, la historia no se lo va a perdonar. Porque cuando todo se derrumba, quien no da un paso adelante desaparece con los escombros.







