Francia entra en trance de inestabilidad política 

François Bayrou lanza un órdago, un voto de confianza para defender un plan de austeridad que nadie ampara dentro de la política francesa, y arriesga no solo su gobierno, sino la supervivencia mínima de la democracia parlamentaria.

FUENTE: EFE

Bayrou ha convocado un voto de confianza para el 8 de septiembre, reclamando un pase hacia un programa con recortes de 44 000 millones de euros que incluye eliminar días festivos y congelar prestaciones sociales. Un órdago consciente: no espera respaldo, solo busca legitimidad en la retórica, margen para seguir gobernando desde el poder, aunque quede desprovisto de aval democrático. 

La democracia convertida en teatro de impotencia 

En una Asamblea fragmentada, no hay salvavidas: la ultraderecha, los verdes e incluso los socialistas han anunciado que votarán en contra. La moción no es solo probable que se pierda: el Gobierno se sostiene ya no por leyes, sino por un equilibrio inestable que solo existe en la política espectáculo. 

Mientras tanto, los mercados susurran que esto es más que una disputa política: es un colapso de credibilidad. La prima de riesgo ha escalado hasta 80 puntos básicos, superando a España, Portugal y Grecia. Cada declaración del gobierno tiembla en los mercados: frente a esta tensión, la economía no aguanta promociones retóricas ni gestos huecos. 

El cinismo de la responsabilidad política 

Macron aplaude desde la bancada presidencial, defiende la necesidad de responsabilidad fiscal y de coherencia institucional. Pero su apoyo no repara el abismo: es una foto de familia frente a un país fracturado. Si el respaldo no llega, el presidente tendrá que elegir entre ministros interinos, nombramientos de emergencia o convocar elecciones anticipadas, sabiendo que ninguna alternativa apunta a gobernabilidad, solo a caos ordenado. 

Bayrou reconoce que “es arriesgado, pero más arriesgado es no hacer nada”. Pero su frase resume el drama: no se trata de actuar, sino de actuar desde la desesperación, sabiendo que el Parlamento es un cristal frágil y vetusto. La moción no solo cuestiona su plan económico: cuestiona la funcionalidad misma de un Estado sin mayorías, sin proyectos y sin visiones colectivas. 

No es la primera crisis del curso político; es la secuela dolorosa de una república fragmentada. Tras la caída del Gobierno de Barnier en diciembre de 2024, el más breve desde 1958, Macron ya nombró a Bayrou para hallar estabilidad. Pero la paz fue solo temporal, un paréntesis político antes de que revientan los cimientos presupuestarios. 

La moción de confianza en Francia no es un espectáculo parlamentario: es un espejo de una democracia trampeada. Bayrou no representa al Parlamento, sino que se aferra al poder como náufrago en un océano de crisis. No gobierna respaldado por pactos ni consensos, sino por el rumor de la imposición, la urgencia y la supervivencia institucional. 

Francia se desliza hacia una política sin pacto, ejecutada desde el vacío del Parlamento y pillada al albur de acrobacias fiscales y teatrillos constitucionales. Si cae Bayrou, no se tambalea solo un gobierno: se resquebraja la lógica de un sistema que ya no opera desde la legitimidad, sino desde el instinto de durar, aun cuando todo se derrumba. 

Francia en la encrucijada de Macron

En el panorama político europeo, Francia ha sido tradicionalmente una nación que proyecta liderazgo y claridad, tanto sea para bien como para mal desde la perspectiva española. Sin embargo, la administración de Emmanuel Macron, a pesar de sus ambiciosas promesas de reforma y modernización, ha demostrado ser una mezcla de contradicciones y confusiones que reflejan una crisis más amplia de lo que parece.

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El liderazgo de Macron prometía una «clarificación» en medio de la «confusión», como lo expresa nuestro fundador, José María Múgica, en un reciente artículo publicado en VozPópuli. Pero la realidad ha mostrado que su mandato está plagado de contradicciones y decisiones que parecen más reactivas que proactivas. La reforma de las pensiones, por ejemplo, ha sido un punto álgido que ha sacado a relucir profundas divisiones sociales y políticas en el país. Aunque Macron ha intentado posicionarse como un reformista audaz, la implementación de estas reformas ha sido caótica y ha generado una resistencia significativa en amplios sectores de la sociedad.

Desde el exterior, esta confusión puede parecer una característica más de la política francesa, siempre vibrante y, a menudo, conflictiva. No obstante, es indicativo de un problema más profundo que afecta no solo a Francia sino a toda Europa occidental. La promesa de la Revolución Francesa de «Liberté, égalité, fraternité» parece cada vez más vacía en un contexto donde las tensiones sociales, económicas y culturales se agudizan.

El lema revolucionario ha perdido su fuerza moral y práctica. La igualdad se ve socavada por una creciente brecha económica; la fraternidad, por el aumento de la polarización social; y la libertad, por las crecientes restricciones en respuesta a crisis internas y externas. La gestión de la inmigración es un ejemplo claro de estas contradicciones. Mientras Macron intenta equilibrar las demandas humanitarias con las preocupaciones de seguridad y cohesión social, las políticas resultantes a menudo parecen ineficaces y divisivas, reflejando una Francia que lucha por encontrar su lugar en un mundo cada vez más fragmentado.

En este contexto, Francia (y por extensión Occidente) parece estar en un suicidio lento pero seguro. Las políticas erráticas y la falta de una visión coherente para el futuro están minando la confianza en las instituciones democráticas y fomentando el auge de movimientos extremistas que capitalizan el descontento popular. El caso de Francia es emblemático de una crisis de liderazgo que atraviesa todo el continente, donde los líderes parecen más preocupados por apagar fuegos inmediatos que por construir un futuro sostenible y justo.

Esta percepción de declive y desorientación se ve exacerbada por problemas estructurales internos. La crisis del sistema de transporte, por ejemplo, simbolizada por el proyecto del Canfranc, ilustra cómo la falta de inversión y planificación a largo plazo están afectando a la competitividad y cohesión territorial del país. La reactivación de la línea ferroviaria internacional entre España y Francia podría haber sido una oportunidad para revitalizar el comercio y el turismo, pero ha estado marcada por retrasos y problemas de ejecución que reflejan una incapacidad para gestionar proyectos de infraestructura esenciales.

Francia se encuentra en una encrucijada. Las promesas de modernización de Macron deben ser respaldadas por acciones coherentes y efectivas que vayan más allá de las palabras. La lucha por equilibrar la tradición con la modernidad, la seguridad con la libertad, y la igualdad con la eficiencia es una tarea monumental que requiere un liderazgo decidido y una visión clara. Sin embargo, hasta ahora, la administración de Macron ha demostrado ser más una serie de intentos fallidos de reconciliar intereses en conflicto que un plan cohesivo para el futuro.

La crisis de liderazgo en Francia no es un problema aislado, sino un síntoma de una Europa que lucha por redefinir su identidad y propósito en el siglo XXI. La promesa de una Europa unida y próspera parece cada vez más distante a medida que los desafíos internos y externos se acumulan. Para que Francia y Europa superen esta crisis, es necesario un renovado compromiso con los valores fundamentales que alguna vez inspiraron a sus ciudadanos: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Estos principios deben ser más que simples palabras; deben ser la base de políticas que promuevan un desarrollo inclusivo, sostenible y justo.

En última instancia, el camino hacia la clarificación en medio de la confusión no será fácil ni rápido. Requiere una autocrítica honesta y una disposición a enfrentar los problemas estructurales y sociales que han sido ignorados durante demasiado tiempo. Francia tiene la capacidad de liderar esta renovación, pero solo si sus líderes están dispuestos a tomar decisiones valientes y coherentes que reflejen un compromiso genuino con el bienestar de todos sus ciudadanos. Solo entonces podrá Francia, y Europa con ella, navegar con éxito las turbulentas aguas del siglo XXI.

¿En qué nos afecta la inestabilidad británica, alemana, francesa…?

El Brexit que se prometía como panacea a todos los males no ha hecho más que agudizar la crisis y dividir la sociedad. También ha engullido a cuatro primeros ministros: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson y Liz Truss. El país empieza a parecerse a Italia; un modelo que antes les daba pavor. Muchos ciudadanos y ciudadanas se preguntan a dónde se dirige su país.

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El serio desbarajuste que vive hoy en día la política en el Reino Unido va a tener consecuencias tanto en Escocia como en Irlanda del Norte. Desde ambos territorios se ve al Parlamento de Westminster como un lugar con mucho ruido, que lejos de dar respuestas a estos tiempos de crisis se enfanga en luchas intestinas por el poder. Pero no son solo los ciudadanos de Escocia o de Irlanda del Norte. Todos están hartos, los propios ingleses también lo están.

Olaf Scholz se hunde en las encuestas. Emmanuel Macron está debilitado tras las últimas elecciones legislativas. La derecha gana en Italia con Giorgia Meloni. Liz Truss no ha durado ni un mes y medio. Pedro Sánchez vive elecciones el próximo año. Y desde el inicio de su mandato, a Joe Biden le persigue una profunda falta de popularidad con graves errores de comunicación y estrategia interna. Occidente hace frente a una crisis de liderazgos.

Los ciudadanos de los países más desarrollados sufren las consecuencias de la inestabilidad que asola a Europa con la guerra en Ucrania y el derivado alza de los precios en todo el planeta.

La convulsión en los palacios presidenciales de estos líderes contrasta con la situación en países gobernados por otros abiertamente populistas e iliberales. La guerra en Ucrania ha favorecido al Ejecutivo polaco comandado por el PiS, quien comparte grupo con Vox en la Eurocámara, para mejorar su maltrecha relación con Bruselas. En Hungría, el indomable Víktor Orbán ha declarado el estado de emergencia aumentando sus poderes y haciendo de su oposición a la estrategia europea contra Rusia uno de sus puntos fuertes para ganar apoyo dentro de casa. Y en la lejana Turquía, Recep Tayyip Erdogan está jugando con el veto de Finlandia y Suecia a la OTAN para que estos países extraditen a combatientes kurdos.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, intenta asumir el liderazgo político de la UE, aprovechando la erosión de la influencia de Berlín y París. Von der Leyen se ha mostrado especialmente activa en promover paquetes de duras sanciones contra Rusia, que siguen la agenda de EEUU que no depende de la energía importada como la UE, pero infravaloró el masivo impacto en las empresas y ciudadanos europeos de esas sanciones y las previsibles represalias rusas.

No hay presidentes en los grandes países occidentales que estén capacitados para revertir las situaciones que atraviesan sus naciones. Mientras, la población asiste atónita a este gran circo de inestabilidad los gobiernos iliberales los atraen con sus discursos populistas, muy atractivos en periodos de tensión constante.

Es cierto que hay variables que afectan al contexto y que son incontrolables, y hasta que estas no estén resueltas Occidente no podrá notar fielmente el reflejo de un liderazgo nuevo moderado que obtenga la estabilidad necesaria en su propio país.

La insostenibilidad de la situación italiana… y europea

Italia se fractura con la falta de apoyo a Mario Draghi y su posterior dimisión como primer ministro italiano. La complicada situación que atraviesa Europa en estos momentos y que hemos ido repasando en las anteriores newsletters (autonomía estratégica, guerra entre Rusia y Ucrania, subida de tipos de interés, así como escándalos que se suceden en diversos países), está afectando de manera asimétrica a cada país, empezando por Italia.

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La marcha de uno de los hombres con más reconocimiento en Europa en materia económica se ha notado con fuerza en los mercados, con una banca que se hunde y una prima de riesgo disparada. El exbanquero ya ha dicho que no repetirá y el país se acerca a nuevas elecciones. Italia tiene una larga tradición de crisis y en otras ocasiones se ha citado la frase de escritor Ennio Flaiano: “La situación política italiana es grave pero no es seria”.

Esta frase cobra más fuerza desde la irrupción del Movimiento 5 Estrellas (M5E) o de la Liga Norte de Matteo Salvini. Desde 2018, estos movimientos populistas han intervenido en los gobiernos italianos con independencia de su ideología en búsqueda del tan ansiado poder, sin pensar en sus actos y en cómo afectan a la economía y a los ciudadanos. Una tragicomedia política.

Los grandes países del viejo continente no están viviendo su mejor momento político en cuanto a gobiernos se refiere. Boris Johnson ha tenido que abandonar su cargo por su desgobierno en Inglaterra, la política del espectáculo y las fiestas covid, que han acabado forzando su salida del 10 de Downing Street.

La gran potencia alemana tampoco se libra de problemas políticos. Alemana es uno de los países más afectados por la crisis energética provocada por Rusia, y el canciller alemán Olaf Scholz se encuentra en la vuelta a las políticas austeras y proteccionistas propias de una gran crisis. La salida de Merkel, una de las grandes figuras de la política europea en lo que llevamos de siglo ha sido un gran varapalo, ya no solo para el país, también para la Unión Europea. Cuando se inició la guerra, muchos apostaban por Merkel para tomar partido en las negociaciones con su ‘amigo’ Putin. Ya que era la única personalidad política europea con la que el líder ruso tenía una gran relación.

En Francia, a pesar de haber ganado las elecciones, Macron ha perdido la mayoría de la Cámara y tendrá muy complicado gobernar y sacar adelante sus medidas electorales. El ascenso de los populismos y extremismos ha puesto en jaque al Elíseo y la ciudadanía francesa, que ya no confía en Macron, se deja engatusar por enemigos de la libertad y la democracia.

En esta situación de crisis política permanente e inestabilidad, España tristemente fue pionera desde el inicio de la actual legislatura. Aunque es improbable que Sánchez convoque elecciones anticipadas a no ser que un gran escándalo o una situación insostenible en el país lo provoque, es evidente la recta final de la legislatura.

De qué hay que preocuparse tras la victoria de Macron

De nuevo, Francia sale de estas elecciones con la sensación de que ‘se han librado’ de lo peor con, probablemente, la mejor opción posible para el electorado: la victoria de Emmanuel Macron.

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El resultado fue lo esperado por las encuestas publicadas los días antes a los comicios, con una victoria para el candidato de centro, con el 58,1% de los votos; aunque lo más destacable (y como también se esperaba) fue la participación, del 72%, la más baja desde 1969.

La figura del presidente francés ha estado en los últimos tiempos muy cuestionada por sus políticas, tanto económicas como sociales, las cuales abría la posibilidad a la ‘moderada’ extrema derecha, y decimos moderada porque todavía existía una opción más iliberal y a la derecha de Marine Le Pen.

Macron y los franceses deben estar contentos sabiendo que han ganado a pesar del ascenso de la extrema derecha, por lo que no hay lugar para celebraciones. Ahora, solo el presidente puede tratar de revertir la actual situación en los próximos cinco años, devolviendo la confianza de los franceses en las políticas moderadas y serias ante el alza de la política del miedo y populismo. El 12 de junio los franceses volverán a acudir a las urnas para las elecciones legislativas, y es aquí donde podremos ver si finalmente Macron podrá gobernar o los partidos extremistas frenarán el progreso de la nación durante los próximos cinco años.

Lo que se dio el pasado fin de semana en Francia es el miedo de todo país europeo a la llegada de los partidos extremistas, iliberales y anti europeístas. El cansancio generalizado de la ciudadanía con su clase política está provocando esta peligrosa tendencia al alza de estas ideas, que llegan tanto a jóvenes como a adultos y que ahora dinamitarán la vida política de Francia, alzándose como segunda fuerza política. Le Pen ha conseguido desde las pasadas elecciones ocupar el hueco de la derecha clásica, como de su modo lo ha logrado Melenchon con la izquierda clásica. Los ciudadanos franceses no pueden caer en el engaño iliberal, que solo perjudicará el crecimiento y avance del país y, en su defecto, de Europa.

Ahora en Francia la vida será diferente, con una cámara de representantes con un gran poder de los extremos y que no pondrán nada fácil la gobernabilidad, igual que sucede en el resto de países en lo que son oposición o en los que presiden, como Polonia y Hungría, y en el que las libertades de las personas se ven menguados por sus políticas iliberales y excluyentes.

Estos cambios de tendencia no son cosa de Francia o de una minoría de naciones, ya que en los resultados de sus pasadas elecciones podíamos apreciar un panorama semejante al nuestro; con cuatro o cinco formaciones apoyadas por un gran número de votantes. Finalmente, en Francia el poder social lo concentran tres grandes partidos, dos extremistas y un partido que ocupa con fuerza el centro político.

El resultado de estas elecciones debe ser un mensaje claro para los partidos constitucionalistas europeos, el electorado se siente infantilizado y termina sucumbiendo ante aquellos políticos que les prometen cambiar la situación a mejor en medio del descontrol que en estos momentos asola Europa, con independencia de los que está ocurriendo en suelo ucraniano. Los partidos moderados y europeistas deben tomar nota y recuperar la confianza de los ciudadanos para devolver a la sombra a los extremistas, ya sean de izquierdas o de derechas.

La irrupción de las ideas rupturistas, tanto con Europa como con las políticas moderadas, es la otra guerra que se está librando en la Unión. Los discursos dinamitadores, agresivos y del miedo, están calando en la sociedad, cansada de que sus políticos no luchen por el bien común, y los partidos constitucionalistas corren el peligro, como en Francia, de verse relegados a la nada. En el caso de España, si crecen los extremos sobre las derechas e izquierdas clásicas, no tenemos un centro fuerte, en la actualidad, que sea capaz de soportar la presión y el discurso de estas formaciones iliberales. Deben (los políticos) y debemos (la sociedad) trabajar y luchar para que esto no suceda, evitando la ruina de nuestros países y del conjunto de Europa.

Conciliar vacunación y seguridad ciudadana con su libertad 

Hace un año, en declaraciones al diario Le Parisien, el presidente de Francia, Emmanuel Macron señaló que la vacuna Covid-19 no sería obligatoria. Sin embargo, Macron asegura que fuerzan a quienes no están vacunados al limitar su vida social y compartió la información de que más del 90 % de los adultos están vacunados.

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El presidente de Francia, Emmanuel Macron dijo: «Quiero molestar a quienes no tienen su vacuna (Covid-19). Seguiremos haciendo esto hasta el final. Esa es la estrategia. No los enviaré a la cárcel, no los vacunaré por la fuerza. No obstante, a partir del 15 de enero (de 2021), no podrán ir al restaurante, no podrán tomar café (en la cafetería), no podrán ir al teatro y al cine». 

Esa propuesta es lo que se conoce en Francia como pase sanitario, pero, ante la grave incidencia de esta sexta ola, el presidente del país vecino se ha propuesto crear un pase de vacunación que estreche más la actividad de aquellas personas que se hayan decidido no vacunar. En otra entrevista a Le Monde, un año después, fue un poco más duro y directo con sus palabras, cargando contra los no vacunados. “Tengo ganas de fastidiarlos”.

Emmanuel Macron recibió una respuesta masiva a sus declaraciones sobre los no vacunados. Cientos de miles de personas se juntaron en las calles para exigir «respeto» a las libertades individuales de los ciudadanos. En las calles francesas, los manifestantes coreaban que ellos también se iban a encargar de «fastidiarlo», al tiempo que muchos agitaban carteles en los que se podía leer: «no al pase de vacunación».  

Las protestas se dan poco tiempo después de que la Asamblea Nacional aprobara el proyecto de ley, aprobado definitivamente el pasado lunes 18 de enero, que establece que los mayores de 12 años que no hayan recibido la vacuna no podrán entrar en múltiples espacios como restaurantes, museos, gimnasios, cines, ni a ciertos transportes públicos. Esta medida se diferencia del pase sanitario porque no acepta una prueba negativa para poder acceder a dichos lugares. 

En cuanto a sus desafortunadas palabras, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, asumió “por completo” sus polémicas declaraciones de esta semana sobre las personas no vacunadas contra el COVID-19. Como se recuerda, el mandatario francés las calificó nuevamente de “irresponsables” a tres meses de las elecciones presidenciales. “Algunos pueden haberse sentido impresionados por una manera de hablar que parece coloquial y que asumo por completo”, dijo Macron en rueda de prensa junto a la titular de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, sobre la presidencia francesa de la Unión Europea (UE). 

La amenaza de restricciones a aquellos que no se vacunaron, entre las que se encontraban la imposibilidad de ir a un bar o restaurante, o de montar en transporte público, ha calado entre la población francesa y ha traído consigo un incremento del número de primeras dosis de la vacuna contra la COVID-19.  Hace dos semanas se vacunaron por primera vez 230.000 personas, según el responsable de Sanidad.  

La medida se ha hecho notar, pero las palabras de Macron le pueden costar mucho en estos tres meses, con el aumento de intención de voto para la extrema derecha francesa, los cuales tienen grandes semejanzas con el discurso la extrema derecha española.