
El derrumbe del Partido Socialista portugués y el ascenso ultra en el Este de Europa son señales inequívocas: la moderación está en peligro, y España no puede permitirse ignorarlo.
FUENTE: EFE
Europa está perdiendo el equilibrio. No hablamos de mercados o tratados, sino de algo más profundo y más grave: su alma democrática, tejida durante décadas a base de consensos, renuncias mutuas y una apuesta decidida por la moderación frente al extremismo.
Lo que ha ocurrido en Portugal no es una anécdota electoral ni una mera reorganización parlamentaria: es una grieta en el suelo sobre el que se construyó la democracia portuguesa tras la Revolución de los Claveles. El Partido Socialista, uno de los dos pilares históricos de la gobernabilidad del país, ha sido superado por la extrema derecha. Y no por un descuido o un error táctico: por una desconexión profunda entre las fuerzas del centro y una sociedad que, sintiéndose ignorada o abandonada, ha comenzado a coquetear con los extremos.
Este no es un fenómeno aislado. Polonia acaba de salir de una década de deriva iliberal, pero el regreso del europeísmo moderado apenas resiste frente a una oposición populista cada vez más agresiva. En Rumanía, el discurso ultra ya no es marginal: es alternativa real de poder. Y todo esto ocurre mientras Bruselas, en su eterna lógica tecnocrática, sigue subestimando la velocidad a la que se descompone el proyecto europeo cuando fallan los diques centristas.
La lección que Portugal, Polonia y Rumanía nos ofrecen no puede ser más clara: cuando los partidos moderados pierden el contacto con la realidad social, cuando ya no son capaces de ofrecer un horizonte ni de ilusionar, el vacío lo ocupa la furia. No hay espacio político que quede desierto. Allí donde no llegan la política del pacto ni la pedagogía democrática, llegan los que venden certezas absolutas y enemigos claros.
Por eso el caso portugués debe preocupar especialmente a España. Porque en Portugal no ha ganado la extrema derecha: ha fracasado el centroizquierda. Y eso debería encender todas las alarmas en un país como el nuestro, donde la política también se ha vuelto un tablero de trincheras, donde las posiciones templadas se perciben como debilidad, y donde los discursos del “contra” pesan más que las propuestas del “para”.
Es hora de que los partidos moderados —los que creen en Europa, en la democracia liberal, en el pluralismo— entiendan que el tiempo de la complacencia ha terminado. El centro no puede limitarse a administrar lo heredado. Tiene que volver a inspirar. Tiene que volver a construir un relato de país, de futuro, de justicia. Y tiene que hacerlo no desde la nostalgia del pasado, sino desde la valentía de afrontar los desafíos del presente: el malestar social, la crisis del clima, la precariedad económica, la desinformación masiva.
Portugal nos ha dado una advertencia. Polonia y Rumanía, también. España aún está a tiempo. Pero solo si quienes creen en la moderación entienden que no basta con existir: hay que luchar, persuadir y representar. Porque cuando cae el centro, no solo se tambalean los gobiernos. Se tambalea Europa entera.


