Sobre el lenguaje políticamente correcto

Por Ricardo Moreno Castillo
FUENTE: EFE

El Parlamento de Andalucía ha puesto en marcha planes de formación dirigidos a su personal funcionario para promover el uso de un lenguaje claro, accesible e inclusivo para la igualdad de género. Esto supone una gran desilusión para muchos ¿Es que hasta el centro derecha, en quien tantos confiamos cuando llegue la hora de desmontar todos los despropósitos de sanchistas, podemitas y demás ralea, va a caer también en los prejuicios de lo políticamente correcto?

      El lenguaje evoluciona siguiendo unas leyes que nada tienen que ver con el feminismo, ni el machismo ni el sexismo. En latín había tres géneros: Totus, tota, totum, y al caer la consonante final, el neutro coincidió con el masculino, de modo que “todos” se convirtió en una palabra polisémica (se puede referir a un colectivo formado solo por hombres o por hombres y mujeres) y “todas” siguió significando un colectivo en que sus componentes son mujeres o seres que se designan con una palabra femenina (como cuando decimos que “todas las hienas son carroñeras” y  no hace falta decir “las hienas son carroñeras y carroñeros” porque no se refiere al género, sino  a la especie, que se denomina con una palabra femenina, y nadie piensa que con esta afirmación se está excluyendo a los machos). Querer paliar esa desigualdad usando el “todes” no es más que una tontería propia de ignorantes.

       Pero por distintas razones, la evolución también ha dado lugar a palabras gramaticalmente femeninas aunque se refieran a hombres o mujeres indistintamente. Es correcto decir “todas las personas que estábamos allí nos sentíamos muy contentas”, aun cuando esas personas sean todas hombres. Sería un poco estúpido que una asociación de machos oprimidos reivindique que se ha de decir “las personas y los personos” (y ya puestos a afinar, también “les persones”, no vaya a ser que quienes poseen sexo fluido se sientan excluidas). Y decimos que “el accidente causó numerosas víctimas” aunque no todas sean mujeres, y no hace falta decir “las víctimas y los víctimos” para que las victimas de sexo masculino no se consideren menospreciadas. Y cogemos un niño en brazos decimos “¡Pero que criatura más linda!”, aunque la tal criatura sea un niño, y también decimos de alguien que “es buena gente” aunque ese alguien sea un hombre, y si ese hombre se siente ofendido porque se le ha adjudicado un adjetivo en forma femenina, pues ese hombre es un imbécil, y no alguien legítimamente preocupado por la igualdad. Y aceptamos que se diga de una mujer que “es un gran personaje” o de un hombre que “es una gran celebridad” sin que ni la primera ni el segundo (si son medianamente listos) tengan razones para sentirse ninguneados. Incluso la palabra “palabra” es femenina, aunque se refiera a un nombre masculino Decimos por ejemplo “coche es una palabra masculina”, y “masculino” va en femenino para concordar con “palabra”. ¿Habría que decir “palabras femeninas” y “palabros masculinos” para ser coherentes? Un poco de cordura, por favor.

      Curiosamente, el masculino inclusivo se usa con la mayor naturalidad cuando se trata de algo peyorativo y entonces nadie se mosquea. Si alguien dice que “hay que perseguir a los corruptos, castigar a los ladrones o encarcelar a los asesinos”, nadie entienda que no haya que perseguir a las corruptas, ni castigar a las ladronas ni encarcelar a las asesinas. ¿Por qué será?

      De hecho, en casi todos los colectivos el individuo es una palabra masculina y el colectivo se nombra con una palabra femenina: la palabra “ciudadano” es masculina, en cambio “la ciudadanía” es femenina, “el ser humano” es masculino, “la humanidad” es femenina (y si ningún hombre se siente excluido por usar la palabra humanidad, ninguna mujer tiene por qué sentirse excluida cuando se habla de “seres humanos”), “el policía” es el individuo y “la policía” es la institución. Claro que desde que hay agentes femeninos, el grupo nominal “la policía” se convirtió en polisémico, porque puede referirse tanto a la institución como a la agente de sexo femenino, pero la diferencia siempre la aclara el contexto, y no hace falta decir “las policías y los policíos”.     

      Uno de tantos despropósitos que proponen las normas promulgadas por la Junta de Andalucía es sustituir “los usuarios” por “las personas usuarias”, con lo cual se alarga innecesariamente la palabra y no se gana nada, porque se sustituye una palabra masculina, pero en este caso inclusiva, por otra palabra, igualmente inclusiva, pero femenina, y si las mujeres tienen derecho a sentirse excluidas por decir “los usuarios” idéntico derecho tienen los hombres a sentirse también excluidos por decir “las personas”.

      También se aconseja alternar el orden (a veces el femenino primero, otras el masculino) para garantizar la simetría. Eso también es una mentecatez. Cuando un conferenciante se dirige a un colectivo suele decir “señoras y señores” o “damas y caballeros” (y nunca “caballeros y damas”), y no pasa nada. Si en ciertas construcciones ya está consagrado por el uso empezar por la palabra femenina, no hay razón alguna para alterarlo, y ningún varón (salvo que sea tonto de capirote) tiene motivo para sentirse arrinconado por pertenecer al colectivo nombrado en segundo lugar. También aconsejan las normas dictadas por la Junta usar las palabras “jefa”, “letrada” “ingeniera”, lo cual ya se hace desde siempre sin necesidad de normativa alguna, y esto es así porque son palabras que admiten la doble terminación (por razones puramente gramaticales, no sexistas) mientras que otras no admiten esa doble terminación: no es correcto decir “la reina regenta” ni, “el atleto”, ni “el ciclisto”, ni “la remitenta”, ni “el pediatro”, ni “el comunisto”, ni “el idioto”, ni “el gilipollos”, ni el “socialisto”, ni “el siquiatro”, ni “el nacionalisto”, ni “el patrioto”, ni “la abajo firmanta”, ni “el poeto”, ni el “novelisto”, ni “el artisto”, ni “el gimnasto”, ni “el masajisto”, ni “el periodisto” ni mucho menos (porque sonaría un poco feo) “el logopedo”. Lo mismo sucede con los nombres de animales, algunos admiten la variación de la vocal final para distinguir el macho de la hembra (como “el león y la leona” o “el lobo y la loba”) y otros no (y por ello decimos “la jirafa macho” o “el lince hembra” y no “el jirafo” o “la lincesa”), y esto no obedece a prejuicios de superioridad de unas especies sobre otras, sino a razones que solo las pueden explicar la gramática histórica y la etimología, no la zoología.

      Defendiendo una causa justa también se pueden hacer o decir tonterías, con lo cual se desprestigia la causa que se pretende defender y en consecuencia, en lugar de hacerla progresar, se la hace retroceder. Y si hay alguna a la que se está perjudicando por culpa de la estupidez de sus defensores (y nótese que no digo “y defensoras” porque se sobreentiende que la estupidez no es exclusiva del sexo masculino) es precisamente la del feminismo. Y tan es así que muchos jóvenes, al ser interrogados sobre el tema, dicen: “Yo creo que los hombres y las mujeres han de tener idénticos derechos, pero no soy feminista”. Se ha llegado a tal extremo de degradación que ya no se identifica el feminismo con la legítima lucha por la igualdad de derechos, sino con las toneladas de majaderías que se han vertido sobre una causa indiscutiblemente justa hasta dejarla irreconocible.

     Políticos de centroderecha, están ustedes cometiendo un error. Por no querer parecer demasiado reaccionarios, están asimilando algunos tics estúpidos de la izquierda. Pero entonces se vuelven más reaccionarios todavía, porque la estupidez es siempre reaccionaria, rancia y retrógrada, aunque sea sostenida por un izquierdista con el puño en alto. Solo la inteligencia es auténticamente progresista y luminosa, aunque para expresarse tenga que utilizar discursos políticamente incorrectos y poco gratos a oídos de progresistas de salón y revolucionarios de opereta. Dejen de gastar dinero y tiempo en tonterías, y traten a los electores como personas inteligentes. Eso, además, tendrá más réditos electorales que si se les trata como tontos.

 La revancha

Por Juan-José López Burniol
FUENTE: EFE

Desde hace algunos años, ha ido tomando cuerpo en España una insistente ansia de revancha de nuestra última contienda fratricida, que estalló hace noventa años. Esta revancha se libra como una nueva guerra civil, afortunadamente híbrida, en la que no se combate con ejércitos convencionales y en campos de batalla tradicionales, sino mediante la fractura social deliberada y azuzada, el bloqueo y el colapso institucionales y la polarización radical de las posturas, que desembocan en un enfrentamiento civil. Lo que se manifiesta en el alineamiento de dos bandos separados por un muro. Un maldito muro erigido en mala hora por el presidente Sánchez. Estos bandos son los mismos que definió el Pacto de San Sebastián en 1930 y se enfrentaron en 1936. Por un lado, las izquierdas de distinto octanaje, más las derechas separatistas catalana y vasca; y por otro, el resto de las derechas.

El objetivo que persigue esta revancha, iniciada ¡desde el poder! por el presidente Rodríguez Zapatero y potenciada sin límite por el presidente Sánchez, es: a) poner fin a la segunda restauración monárquica instaurada en la persona del Rey Don Juan-Carlos; b) derogar la Constitución de 1978; c) abrogar el Régimen implantado por ella; d) derrocar al Rey Don Felipe, para conectar directamente con la legalidad de la Segunda República (profanada en su día, primero por un bando y luego por el otro); y d) instaurar una Tercera República presidencialista, plurinacional y confederal, que ponga fin a España como nación, es decir, como un ámbito de solidaridad primaria e inmediata conformado por la geografía y por la historia, en el que todos los españoles son iguales.

Otra vez las malditas “dos Españas”. Y seamos claros: no son adversarias, sino que son enemigas. La resolución de su conflicto no atenderá, por tanto, a unas reglas aceptadas por todos, sino al respectivo poder de las fuerzas en presencia, con el apoyo sicario de sus respectivas tropas auxiliares mediáticas.

El choque se iniciará pronto. A lo más tardar, en un año. Y este conflicto civil coincidirá quizá con el estallido de la crisis larvada y agravada de Ceuta y Melilla, que, vistos los antecedentes, acabará en un nuevo 98. Será el “Desastre” final. España estará más sola que nunca, gracias a una política exterior demencial, y no tendrá ni el consuelo de salvar su honor gracias, como siempre, al sacrificio de sus soldados, como sí se salvó en Cuba y Filipinas. ¿Y las consecuencias de esta debacle? Eso, sábelo Dios. En cualquier caso, España perderá. Y entonces, todos, absolutamente todos, podremos decir refiriéndonos a España: “Entre todos la matamos y ella sola se murió”. No habremos sabido preservar ni el legado que recibimos.

En medio de esta penosa situación, que nos aboca al despeñadero, puede ser aleccionador, e incluso ameno, leer un libro reciente del historiador Juan-Francisco Fuentes, catedrático del ramo en la Complutense, que recoge su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia. Se titula “Hambre de patria” (un título que no refleja la sutileza del texto) y recoge con minucioso rigor muchos aspectos de la peripecia vital, intelectual y sentimental del exilio republicano tras la guerra civil. Una peripecia que cristalizó en una verdad como un templo: la Transición (prescindir del pasado para pactar el futuro) se soñó en el exilio mucho antes de que los de dentro acertásemos ni tan siquiera a imaginarla. Por eso, considero hoy a muchos de los líderes republicanos de entonces como si fuesen “míos” de toda la vida, mientras que desconfío y reniego de nuestros actuales dirigentes. Son legítimos, pero carecen para mí de “auctoritas”, de credibilidad.

Ojalá un líder, tan demócrata como patriota, saque a España de este mal trance desde la ley, con la ley y por la ley. Como cuando de Gaulle levantó a Francia de su “extraña derrota” (Marc Bloch), llevándola a figurar luego entre los vencedores de la guerra. Y como cuando Churchill llevó al Reino Unido a resistir primero para vencer después. Todos necesitamos, a veces, un milagro. Así sea.

Zapatero en Gamínides

Los venezolanos no se han resignado ante el robo descarado de sus votos y, con ellos, de su dignidad. Maduro, escoltado por lo peor de cada casa, se proclamó presidente sin vergüenza. Un sentimiento desconocido para un personaje que ha mantenido un régimen cleptómano y empobreciendo un país rico como pocos en el siglo XX.

Por Nicolás Redondo Terreros

Ha pasado Venezuela de ser un país que, sin duda, despilfarró parte de su inagotable riqueza, a un país mendigo, del que se han ido millones de sus ciudadanos por sentir la falta de libertad y no tener nada que llevarse a la boca.

Lo más execrable suele permitir que sobresalgan ejemplos extraordinarios de belleza y dignidad. A Maduro le hace contrapunto María Corina Machado a la voluntad de silenciar a la sociedad venezolana. Representa la valentía de los que han decidido no callar, sino alzar la voz.

Los venezolanos han luchado contra la dictadura de Maduro y contra la indiferencia que ha impuesto el “socialismo para ricos” que domina parte de la izquierda occidental. Han pasado desapercibidos los millones de personas que han huido de Venezuela, los secuestros y detenciones de los opositores, cuando no el asesinato en la propia Venezuela o lejos del país de Bolívar.

Son ellos los que nos ha enseñado el valor del sacrificio, de la dignidad, de la libertad que les falta. Por eso, merecen toda nuestra atención y nuestra solidaridad más militante, más cuando sabemos que ya hay muertos en las calles de Caracas. Hoy vemos el verdadero rostro del dictador. No es sólo un botarate que baila bachata en los mítines o que dialoga con los pájaros y las vacas. Es un fiel y cruel servidor de una multinacional iliberal que arraiga en países como Cuba o Irán.

Siempre nos hemos preguntado cómo sistemas execrables han podido tener el apoyo de personas relevantes, pues un ejemplo de esa alianza a veces inverosímil lo tenemos en directo en Venezuela. Vemos cómo los últimos 10 años el expresidente de España José Luis Rodríguez Zapatero ha apoyado sin dudas y sin matices al régimen de Maduro. Nos dijo engolado que mucha gente hablaba de Venezuela sin conocer el país, sin darse cuenta de que es posible hoy en día estar perfectamente informado sin visitar el país y, en todo caso, todos podemos hablar de todo y sobre todo de la libertad y de la dignidad de un pueblo hermano.

Zapatero, cuando escribo esta nota, no ha hablado. Teniendo en cuenta la infinitud del universo (como él se encargaba de describir en un mitin inenarrable en San Sebastián) puede que esté en Gamínides intentando pasar desapercibido. Pero las señales de indignidad, de relaciones inconfesables con un régimen cleptómano y autoritario, están ahí para quien quiera verlas.

Hoy la militancia por la libertad y la democracia de España respecto al “pucherazo” de Maduro pasa por retirar nuestro embajador temporalmente hasta que se reponga la voluntad de los venezolanos (por menos y por cuestiones muy privadas hemos retirado sin fecha un embajador en Argentina). La única manera de influir en la buena dirección es la presión internacional y a esa acción pacífica, democrática y ética, España no puede renunciar. Desde luego también pasa por una reflexión seria y honrada de los socialistas españoles. ¿Puede el PSOE seguir manteniendo en sus filas a una persona que ha apoyado, por los motivos que sean, una “pucherazo” a favor de un dictador?

Hemos visto como los neocomunistas se ha felicitado por el golpe de Estado protagonizado por Maduro. Pero esto no me sorprende. Esa comunión entre comunistas y dictaduras no ha sido infrecuente en la historia del siglo XX. Sin embargo, es imposible que los socialistas miremos para otro lado cuando uno de los nuestros, embozado en bellas palabras que pierden todo su significado en sus labios apoya una dictadura.

Zapatero puede rectificarme con una declaración rechazando a Maduro y todo su séquito. Si lo hace, me alegraré. Pero si sigue oculto y callado o vuelve a hablar del “valor de la palabra o del diálogo”, sabremos que su posición está junto a los líderes autoritarios e iliberales.

Manifiesto de La España que Reúne para las Elecciones Europeas

Ante las próximas elecciones europeas, deseamos expresar nuestra oposición a todos los radicalismos políticos, ya que los países progresan con políticas moderadas de centro-izquierda y centro-derecha. Es fundamental advertir sobre el peligro que representa para la Unión Europea el creciente influjo de formaciones políticas iliberales y totalitarias, sin importar si se ubican en la izquierda o la derecha.

FUENTE: EFE

La Unión Europea es el esfuerzo más grandioso de la historia europea para alcanzar una nueva realidad política por medios pacíficos, con la libertad de decisión de sus protagonistas como único instrumento. Nunca antes se había realizado una apuesta tan audaz: reemplazar las guerras por acuerdos, y la conquista por la decisión autónoma de cada Estado. Ese espíritu de pacto y colaboración, con el objetivo de mantener la paz y recuperar nuestro protagonismo histórico, debe ser defendido con los votos este domingo.

Probablemente, en los próximos años, con dramáticas guerras cercanas a nuestras fronteras, y quizá incluso dentro de ellas, nos veremos en la necesidad de defendernos a nosotros mismos, sin subcontratar cuestiones costosas o desagradables a terceros. Nos enfrentamos al desafío de ser, o mejor dicho, de volver a ser, protagonistas de la historia.

En España, cualquier voto a posiciones radicales, nacionalistas o totalitarias será un voto contra el espíritu de la Unión Europea. Desde una perspectiva nacional, que ha dominado inevitablemente la campaña electoral, debemos considerar la crisis política que enfrentamos. Ejemplos de ello son los indultos a los independentistas, la eliminación del delito de sedición del código penal, la banalización de la malversación y, en un día negro de nuestra historia, la aprobación de la amnistía.

Estos hechos nos anticipan, sin duda, nuevas y más graves concesiones a los independentistas, que pueden alterar definitivamente la solidaridad y la concordia sobre las que se fundamentan las democracias sólidas. El pacto fiscal y el referéndum, sea cual sea su formato, serían los próximos pasos. Estamos secuestrados por una minoría independentista insolidaria y decimonónica.

En estas circunstancias, los españoles deben votar para fortalecer la Unión Europea y para que el proceso de desmoronamiento de las instituciones democráticas de 1978 termine cuanto antes. Se trata de elegir entre la Unión o las tribus ideológicas, étnicas o lingüísticas. Defender la Constitución, sin engaños, es defender la Unión sin reservas. La solidaridad que promovemos en la Unión es la concordia que necesitamos en España.

La Unión representa la victoria del derecho, por lo que nos oponemos a que España desprecie la ley y se convierta en el “reino de la arbitrariedad”. La ley es el triunfo de la unión, la impugnación plena y radical del sentimentalismo, la nostalgia y el identitarismo radical como motores de la política.

En nuestra opinión, en suma, la solución reside en las alternativas moderadas y nacionales, y en el compromiso previo de los españoles con los principios universales que representa la Unión Europea, compromiso que solo puede demostrarse participando activamente en estas elecciones.

¿Por qué se menciona al PSOE cuando se quiere hablar del sanchismo?

El PSOE ha sido junto a la UCD y después el PP el principal impulsor de la Constitución de 1978 y con ello artífice del periodo de mejor convivencia en libertad de la historia de España.

Por Jesús Ballesteros

Por ello su trayectoria, en la que destacan los nombres de Felipe González, Alfonso Guerra, Joaquín Leguina, Nicolás Redondo, Virgilio Zapatero, Juan Alberto Belloch y un larguísimo etc. merece el agradecimiento de las generaciones presentes y futuras.

Esta labor de concordia y tolerancia ejemplares fue interrumpida bruscamente con la llegada al poder de Zapatero, que le dio la vuelta a todo lo anterior. Su principal preocupación fue eliminar la posibilidad de alternancia política, con el infamante pacto del Tinell promovido por el PSC y el apoyo a lo que decidiese el Parlamento catalán, fuese lo que fuese.

El sanchismo es la perfecta continuidad del zapaterismo en lo que se refiere a la intensificación del enfrentamiento entre los españoles y simultáneamente la creación de un régimen clientelar en el que sólo cuenta la obediencia férrea al líder y el enriquecimiento mutuo sin ideología alguna. Como escribió Pilar Marcos Domínguez, en “El taxidermista y su biombo” (The Objetive, 12.12.23) Sánchez llevó a cabo una autentica labor de disecación del PSOE para convertirlo en una gran agencia de colocación, Sánchez S.A. al servicio de su afán infinito de dominio.

Esta desnaturalización del partido se ha podido ver en el numeroso grupo de personas arrepentidas de su voto al sanchismo. Según encuesta de Sigma Dos para ‘El Mundo’, se trataría de 1.752.000 personas, un 22,4% de los ciudadanos que apoyaron a Sánchez en julio y que ya no volverían a votarle si hoy se repitiesen los comicios. Es muy fácil saber quiénes son. Los que creyeron honesta y quizá ingenuamente que el sanchismo era la continuidad de aquel PSOE al que votaron sus antepasados y han comprobado luego que no había tal continuidad.

El Partido Sanchista es una auténtico club clientelar a los que nunca abandona. Un ejemplo entre mil es el de Miquel Iceta, del PSC, apartado del Consejo de Ministros, pero compensado inmediatamente con la Embajada de España en la UNESCO.

Lo malo del caso para el gobierno es que estos votantes entusiastas no son suficientes para mantener en la Moncloa al jefe, razón por la cual éste debe mostrar una sumisión total a los partidos separatistas, claramente supremacistas, que le explotan en detrimento del conjunto de la población española, dado que las prebendas que Sánchez les concede son con cargo a los presupuestos generales del Estado, que pesan sobre las familias, los autónomos, la pequeña y mediana empresa, que lógicamente ha reducido en 50.000 su número desde que Sánchez ostenta el cargo.

La subida de impuestos y la desmesura en el gasto público nada tienen que ver con la ideología, mal que le pese a la volátil y desleal Yolanda Díaz sino con el mantenimiento del régimen clientelar.

Lo más maravilloso del presente español es que Sánchez presenta a sus socios /supremacistas y a sus votantes/clientes como progresistas, mientras que los partidos de la oposición serían peligros reaccionarios.
En esta patológica deriva en la que hemos entrado se llega a diferenciar los tipos de terroristas, los que se pueden homologar con sus socios de gobierno pasan a ser terroristas buenos, mientras los jueces empeñados en perseguirles son acusados de corrupción, y posiblemente sean sometidos a tribunales populares.

El sanchismo es la antítesis del PSOE clásico, al negar la igualdad entre los españoles concediendo la amnistía a unos cuantos privilegiados, y destruyendo la mayor parte de los presupuestos a esos mismos privilegiados, que una vez enriquecidos desean separarse de España.
Los tres ejes del sanchismo son el régimen clientelar, la pretensión de excluir a la oposición de toda opción de gobierno y el vasallaje a las minúsculas minorías supremacistas catalanes y vascas.

Ninguna de estas tres tristes realidades tienen que ver con la historia del PSOE. Razón por la cual sería de simple sentido común no mencionar este nombre al referirse a la mafia sanchista.  

*Jesús Ballesteros es Catedrático Emérito de Filosofía del Derecho y Filosofía Política en la Universidad de Valencia.

Política y ética pasan de líquido a gas

La conferencia política que ha celebrado el PSOE en La Coruña este fin de semana tiene varios aspectos que merecen un análisis pormenorizado.

FUENTE: EFE

En primer lugar, tanto el acto en sí como los discursos que se realizaron en él son una muestra fiel del actual ciclo político. Los partidos occidentales a lo largo de los años han utilizado este tipo de convenciones para discutir los temas fundamentales, confrontar visiones opuestas y obtener una síntesis razonable y coherente para la sociedad en general, no sólo para el consumo interno de sus afiliados.

Éste no es el caso del acto de La Coruña. Más bien, todo lo contrario. Un mitin continuo de los dirigentes actuales que buscan protegerse debajo de la figura de su líder, ya que su supervivencia política depende de ello. Un acto en el que el tiempo se empleó en buscar argumentos que sirvan para simular una «normalidad» que dejó de existir hace mucho tiempo.

Es más, hacen creer que estamos ante una “nueva normalidad” mucho mejor que la anterior (por supuesto, combativa y contraria a todo lo que no sea gobernar), ya que supuestamente se asume la pluralidad del Estado, cosa que teóricamente antes no se hacía. Éste es el último giro de guión que los estrategas del presidente han encontrado para apuntalar los días posteriores a la que fue la peor sesión parlamentaria del actual régimen del 78, la del miércoles 10 de enero.

Para intentar convencer a la ciudadanía (especialmente, aquella que está llamada a las urnas en los próximos meses) de que el camino correcto es el suyo, primero necesitan autoconvencerse. ¿Cómo hacerlo? Muy sencillo. En el momento en que las convicciones políticas y éticas se ponen al servicio del ciclo político actual, éstas pasan del estado líquido (no podemos decir que vinieran del estado sólido, ya se habían deteriorado suficientemente por el camino de los últimos 20 años) al gaseoso.

En esta transición hay una actitud clave que hace unas semanas pronunciaba una conocida periodista: “si todos los días es todo tan grave, quiere decir que no pasa nada”. Una vez logrado ese convencimiento, viene el momento de vender unos resultados en términos de gestión económica y política social que, salvo en muy pocos aspectos, no han supuesto una mejora real de la vida de los ciudadanos.

No es de recibo que el Gobierno que ha contado con el mayor volumen de recursos económicos de la Historia (en torno a un billón de euros entre gasto público directo y financiación de deuda pública a un coste muy bajo) haya obtenido unos resultados tan pírricos.

Desde 2019, los ingresos de las familias en términos reales han bajado un 2,4% mientras la media europea subió un 1,4% volviendo oficialmente al «club de los países pobres» de la UE al caer nuestra renta per cápita al 85% de la media UE; el único de los grandes países europeos donde la inversión empresarial ha caído mientras la media europea ha subido más de un 10%, la productividad (lo que de verdad hace crecer un país) ha caído un 2,3% entre 2020 y 2022, la deuda del sistema público de pensiones ha pasado de 17.000 millones en 2016 a 106.000 millones al cierre de septiembre de 2023…

Con lo cual, ni siquiera el argumento económico o el de política social pueden justificar que se haga lo que sea necesario para mantener al Gobierno en el poder, instalado en una lógica permanente de «frente amplio». Nunca es fácil que alguien que ostenta la responsabilidad de Gobierno tenga la capacidad de autocrítica, voluntad de enmendar su proceder y rectificar su rumbo atendiendo a los problemas reales de la ciudadanía. No se ha hecho en La Coruña, y probablemente no se haga tampoco en los próximos meses, salvo que se produzca una contundente derrota electoral

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Puigdemont y el ‘mando a distancia’ sobre la próxima legislatura 

Hoy, sin embargo, no es un día para lamentarnos, es un día para reivindicar los valores de la Transición y, para muchos ciudadanos, los de una izquierda reformista, institucional, nacional, y que mire al futuro.

FUENTE: EFE

Puigdemont dijo que necesitaba hechos comprobables antes de la elección de la mesa del Congreso. Es evidente que sus pretensiones han tenido satisfacción. Pero lo importante es comprobar que hemos aceptado que el árbitro de la política española sea un personaje que oscila entre el carlismo decimonónico y Trump. Es inadmisible que los españoles dependamos de un político independentista fugado para no presentarse ante la justicia española. El PSOE debería saber que en política no se puede hacer todo lo que no es un delito. No se debió modificar la legislatura pasada el Código Penal para satisfacer necesidades parlamentarias, pero es todavía más intolerable que el Gobierno de España se deje secuestrar por un prófugo.

El acuerdo de todos los partidos anticonstitucionales ha funcionado en la mesa del Congreso y funcionará para la investidura de Pedro Sánchez. Pero la cuestión mayor y más grave es ética, dado que se planteó cuando el segundo partido (el PSOE) en las elecciones del 23-J, quiso apurar todas las posibilidades, hasta la de negociar la viabilidad del gobierno de España con una persona que si pisara   suelo español sería detenido. Todos los indicios indican que la legislatura que iniciamos ayer, con la elección de la mesa, se situará en la lista de los episodios más bochornosos de nuestra historia moderna. 

Todo lo que ha sucedido el día de ayer es lamentable, nos devuelve a la España retrasada, de pandereta, la que el resto de los europeos vieron durante tiempo como una anomalía.  Los llamados «progresistas» nos han devuelto al siglo XIX. Dime con quién andas y te diré quién eres, dice el refranero. Los socialistas, siendo el eje de esta alianza, se sitúan con quiénes frecuentemente en nuestra historia frustraron las ilusiones de progreso de los españoles, porque en el siglo XIX fue el carlismo y hoy es un integrismo nacionalista egoísta, xenófobo y antieuropeo.

Lo razonable, lo que permitiría que los españoles durmieran tranquilos sería que los partidos nacionales llegaran a acuerdos, impidiendo unas elecciones anticipadas y evitando la ignominia de depender de un fugado.

Se ha consumado el dislate, han introducido la política española en el “callejón del Gato” de Valle Inclán. Es evidente que la política española está dominada por pícaros, desvergonzados y ahora delincuentes. Han convertido la política en un negocio que es necesario preservar y esto ha sucedido impulsado por un PSOE que no representa la izquierda que necesita España.

La igualdad, la libertad de parte de los ciudadanos españoles, el respeto a la ley y a los usos democráticos, quedan suspendidos en España. La concordia mínima para que una democracia funcione, disuelta. La posibilidad de una política reformista, que haga de España un país capaz de enfrentarse al futuro, abolida.

No confundir diligencia y gestión con manipulación en Correos

La avalancha de peticiones de voto por correo está evidenciando multitud de problemas en la gestión del servicio postal en España. Pero una cosa es esto -cuestión de gestión y diligencia en facilitar un derecho fundamental – y otra cosa muy distinta algunas dudas sembradas sobre la manipulación del voto, cosa inaceptable.

FUENTE: El Norte de Castilla

En algunos casos por falta de claridad, en otros por manipulación intencionada, y en otros simplemente por desconocimiento de cómo funciona Correos, lo cierto y verdad es que el protagonismo que ha adquirido esta sociedad estatal no debería haberse producido. Cuando hay Elecciones (y más aún con la importancia de las que se celebran este 23 de julio) lo que menos hay que hacer en un país democrático es poner en duda los procedimientos del voto, ya que siembran dudas sin fundamento en los electores y tiene capacidad de modificar su intención de voto.

Llegados a este punto, es necesario clarificar lo que está sucediendo con el servicio postal. España es un país en el que los meses de julio y agosto se convierten en un problema para la administración pública (pero también para muchas empresas privadas) por la coincidencia en los mismos períodos de la mayor parte de la masa salarial de vacaciones. En este sentido, cubrir puestos vacantes de manera circunstancial o incluso llamar a personas que están de vacaciones para que se puedan incorporar durante unos días, se convierte en algo muy complejo.

Pero si a ello se añade que Correos es una de las empresas más grandes que hay en España y con una estructura especialmente rígida, entonces lo complejo se vuelve en casi imposible. Desde el punto de vista de la gestión de la compañía, sólo queda esperar la movilización de bolsas de trabajo temporal y, junto con ello, intentar aprobar un plan de incentivos que «recompense» las horas extra y los problemas que a los carteros les va suponer el proceso electoral.

Aunque a partir del 23 de julio los procesos electorales vuelvan a celebrarse sin sobresaltos, el nuevo Gobierno deberá abordar la revisión de transferencias presupuestarias como el «servicio postal universal», de modo que Correos deje de ser una empresa con tanta rigidez, se someta a una disciplina de mercado mayor y contemple compensaciones adicionales del Estado ante problemas como este colapso de las oficinas a la hora de enviar y gestionar el voto por correo. Probablemente, a futuro, el voto por correo continuará creciendo, con lo cual es necesario estar muy preparados e introducir tecnología para hacer eficientes los procesos electorales.

Los debates de Sánchez

Como si de un juego se tratara, el incumbente (el presidente Sánchez) ha sido hábil a la hora de jugar sus cartas, amoldando el escenario de los debates que se producirán y lanzando un órdago al aspirante (Núñez Feijóo) a sabiendas de que éste va a buscar un desvío que le pueda ser beneficioso. 

Los seis debates propuestos por el presidente Sánchez es la pura imagen de la exageración política, instalada en este clima electoral que se dilatará sobremanera en el tiempo. No sólo importa el número de debates propuestos sino su composición. Un debate a dos escenifica la vuelta del bipartidismo, mientras que un debate a cuatro (incluyendo a Vox y al resultado que salga de Podemos y Sumar) profundiza la política de bloques por la que se ha caracterizado la legislatura que está acabando.

Núñez Feijóo parte, a priori, como favorito ante el hartazgo de la sociedad española del Gobierno de coalición. Pero, cuidado, el que más tiene que perder es el líder popular, el cual cuenta actualmente con una probabilidad más alta de ganar las próximas Elecciones. Ante este escenario, el planteamiento de los debates debe hacerse desde dos perspectivas. Por un lado, desde el punto de vista político-estratégico, los candidatos favoritos suelen ser los más reticentes a aceptar estos debates. Es lo que le sucedió al propio Sánchez con Casado en abril de 2019, teniendo que compartir escenario con Iglesias y Rivera, los cuales tuvieron su máxima representación en votos y escaños. Con lo cual, el favorito arriesga una posición que le puede llevar a la derrota.

El ejemplo más claro al respecto de los debates electorales es el Kennedy-Nixon de 1960, que fue el primer debate televisado. Todo el mundo está de acuerdo en que la clave para que John F. Kennedy se alzase como indiscutible ganador en aquel primer enfrentamiento en televisión fue, precisamente, su aspecto. Pero era Nixon quien, antes de este debate, partía como favorito sobre un joven Kennedy.

JFK supo seducir a los espectadores con armas con las que Richard Nixon no contaba. Para empezar, un control sobre sus nervios que le hizo sonar más tranquilo, elocuente y firme en sus afirmaciones. Su oponente, en cambio, no dejaba de sudar, algo que fue perceptible al otro lado de la pantalla, y erró en diversas ocasiones al hablar. Sí, los nervios traicionaron a Nixon.

Por otro lado, más allá del posible resultado de los debates, desde el punto de vista ciudadano tiene sentido un encuentro cara a cara de los dos candidatos con mayores posibilidades de superar una sesión de investidura para que la ciudadanía contraste estilos, argumentos, propuestas y hasta convicción en la defensa de los proyectos. 

Pero también lo tiene saber las sintonías o disonancias que los unan o separen de sus potenciales aliados ante un escenario competitivo entre los dos grandes partidos como el que abren las elecciones del 23-J, donde el PP presumiblemente necesitará a Vox y donde el PSOE presumiblemente necesitará a Sumar a su izquierda.

Ahora bien, ¿tienen el suficiente peso los debates electorales como para cambiar la intención del voto? En este caso, y teniendo en cuenta la abstención y los indecisos que hay en España tras las elecciones del 28-M, los debates que se puedan producir pueden provocar que una parte de ese ejército nutrido que es la abstención, del 36% en la regionales y municipales, se decanten, principalmente, por una de las dos opciones mayoritarias, PP y PSOE; Sánchez y Núñez Feijóo. Ambos son los que más tienen que demostrar respecto al otro porque, de esta población indecisa y que se abstuvo en las pasadas elecciones, puede salir la llave del próximo Gobierno de España. 

En ningún caso los debates cambian la intención de voto hacia un bloque u otro, teniendo en cuenta la polarización que hay en el espectro político español, más allá de movimientos residuales de extremos a los principales partidos y viceversa.

A parte de otros debates con candidatos de más formaciones, los españoles deben de tener la oportunidad de poder ver un cara a cara entre Núñez Feijóo y Sánchez, donde ambos candidatos intenten convencer al electorado y reducir la abstención, que es un claro efecto de falta de calidad democrática y hartazgo con la política y sus representantes.

Sí, se puede

La decisión de entrar en una medida tan controvertida en el espectro político como la Ley del ‘sí es sí’, es algo como para darle la importancia que se merece.

Feijóo ha demostrado que el PP puede hacer política de Estado si así lo ve necesario y está dispuesto a tender puentes para evitar la mano de Podemos para culminar una reforma que puede ser beneficiosa para el país. Es responsabilidad de los partidos tomar parte de la democracia y sus decisiones, aunque no formen parte del Gobierno. Porque hacer política es algo más que discutir en las Cortes.

Ahora toca que Sánchez sea valiente y haga lo mismo con su Gobierno. Si Sánchez quiere hacer algo por intentar ganar estas elecciones que olvide a Podemos y a Díaz para buscar otras opciones para seguir al frente del Ejecutivo.  Sin olvidar la larga lista de políticas aplicadas y no aplicadas que están ahogando a los españoles y sus empresas.

Que Podemos se revuelva contra la decisión del Gobierno denota la sapiencia de que saben que se les está acabando el cuento, con una Yolanda Díaz dispuesta a llenar su hueco y con la que los socialistas deben intentar distanciarse. 

Un acuerdo insólito si analizamos el devenir de esta legislatura. A lo largo de los últimos años se ha repetido con insistencia que en España la política se dirime entre bloques ideológicos permanentemente enfrentados y sin resquicio para hallar puntos en común. La positiva novedad no debería representar una simple excepción. Un pacto entre los dos principales activos que representan el sentir de la mayoría no puede ser motivo de vergüenza sino de esperanza. Hay que ponerle límites a la crispación permanente que se vive. Con la contribución principal de formaciones nacidas a los extremos de socialistas y populares. PSOE y PP están llamados a relevarse en el poder y en asuntos cruciales deberían estar condenados a entenderse.

Después de haber aprobado en su momento la ley con el recelo de varios nombres fuertes de su equipo de Gobierno, como eran Carmen Calvo y Juan Carlos Campo. En ese momento Sánchez se olvidó de la inseguridad jurídica que más tarde provocó, rebajando condenas a criminales sexuales. A día de hoy, 1.000 condenas rebajadas y 100 excarcelaciones a delincuentes sexuales. Un gran descrédito ante la opinión y aunque Podemos se negaba a reformar la ley había que hacerlo. Sánchez debía rectificar y ha podido hacerlo con el apoyo de la segunda lista más votada.

Pero Feijóo también ha ganado políticamente con esta decisión. Después de cerrarse en la renovación del Constitucional, se ha hecho bueno con el PSOE y se ha desmarcado de la extrema derecha. El ajedrez electoral ha comenzado y hay que captar a la gran cantidad de votantes moderados que quieren ejercer un voto útil y centrado en el que ya no entra Ciudadanos.  Un perfil de votante muy importante en estas elecciones y para los partidos constitucionalistas.

Con las vistas ya puestas en la primera parada, el 28M, no vamos a entrar con Tezanos y sus encuestas, que hacen contraste (curiosamente) con el resto. Sánchez y Feijóo tienen su primer examen en las urnas y lo mismo para los extremos. Un primer resultado de lo que se respira para las elecciones, sobre todo en las comunidades más pobladas. No es creíble pensar en acuerdos entre los grandes partidos para gobernar un territorio, pero sí, quizás, para facilitar la gobernabilidad sin amigos peligrosos y reducir la influencia de los extremos con las vistas puestas en unas generales que cerrarán el año.Sí, se puede