
Los venezolanos no se han resignado ante el robo descarado de sus votos y, con ellos, de su dignidad. Maduro, escoltado por lo peor de cada casa, se proclamó presidente sin vergüenza. Un sentimiento desconocido para un personaje que ha mantenido un régimen cleptómano y empobreciendo un país rico como pocos en el siglo XX.
Por Nicolás Redondo Terreros
Ha pasado Venezuela de ser un país que, sin duda, despilfarró parte de su inagotable riqueza, a un país mendigo, del que se han ido millones de sus ciudadanos por sentir la falta de libertad y no tener nada que llevarse a la boca.
Lo más execrable suele permitir que sobresalgan ejemplos extraordinarios de belleza y dignidad. A Maduro le hace contrapunto María Corina Machado a la voluntad de silenciar a la sociedad venezolana. Representa la valentía de los que han decidido no callar, sino alzar la voz.
Los venezolanos han luchado contra la dictadura de Maduro y contra la indiferencia que ha impuesto el “socialismo para ricos” que domina parte de la izquierda occidental. Han pasado desapercibidos los millones de personas que han huido de Venezuela, los secuestros y detenciones de los opositores, cuando no el asesinato en la propia Venezuela o lejos del país de Bolívar.
Son ellos los que nos ha enseñado el valor del sacrificio, de la dignidad, de la libertad que les falta. Por eso, merecen toda nuestra atención y nuestra solidaridad más militante, más cuando sabemos que ya hay muertos en las calles de Caracas. Hoy vemos el verdadero rostro del dictador. No es sólo un botarate que baila bachata en los mítines o que dialoga con los pájaros y las vacas. Es un fiel y cruel servidor de una multinacional iliberal que arraiga en países como Cuba o Irán.
Siempre nos hemos preguntado cómo sistemas execrables han podido tener el apoyo de personas relevantes, pues un ejemplo de esa alianza a veces inverosímil lo tenemos en directo en Venezuela. Vemos cómo los últimos 10 años el expresidente de España José Luis Rodríguez Zapatero ha apoyado sin dudas y sin matices al régimen de Maduro. Nos dijo engolado que mucha gente hablaba de Venezuela sin conocer el país, sin darse cuenta de que es posible hoy en día estar perfectamente informado sin visitar el país y, en todo caso, todos podemos hablar de todo y sobre todo de la libertad y de la dignidad de un pueblo hermano.
Zapatero, cuando escribo esta nota, no ha hablado. Teniendo en cuenta la infinitud del universo (como él se encargaba de describir en un mitin inenarrable en San Sebastián) puede que esté en Gamínides intentando pasar desapercibido. Pero las señales de indignidad, de relaciones inconfesables con un régimen cleptómano y autoritario, están ahí para quien quiera verlas.
Hoy la militancia por la libertad y la democracia de España respecto al “pucherazo” de Maduro pasa por retirar nuestro embajador temporalmente hasta que se reponga la voluntad de los venezolanos (por menos y por cuestiones muy privadas hemos retirado sin fecha un embajador en Argentina). La única manera de influir en la buena dirección es la presión internacional y a esa acción pacífica, democrática y ética, España no puede renunciar. Desde luego también pasa por una reflexión seria y honrada de los socialistas españoles. ¿Puede el PSOE seguir manteniendo en sus filas a una persona que ha apoyado, por los motivos que sean, una “pucherazo” a favor de un dictador?
Hemos visto como los neocomunistas se ha felicitado por el golpe de Estado protagonizado por Maduro. Pero esto no me sorprende. Esa comunión entre comunistas y dictaduras no ha sido infrecuente en la historia del siglo XX. Sin embargo, es imposible que los socialistas miremos para otro lado cuando uno de los nuestros, embozado en bellas palabras que pierden todo su significado en sus labios apoya una dictadura.
Zapatero puede rectificarme con una declaración rechazando a Maduro y todo su séquito. Si lo hace, me alegraré. Pero si sigue oculto y callado o vuelve a hablar del “valor de la palabra o del diálogo”, sabremos que su posición está junto a los líderes autoritarios e iliberales.









