Las diez preguntas que España se lleva de vacaciones

Amnistía, Presupuestos, causas judiciales, economía y Europa: un mapa para distinguir lo que está resuelto de lo que volverá en septiembre.
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España llega a agosto con demasiados asuntos abiertos y demasiados relatos que los dan por cerrados. El Gobierno continúa, pero carece de una mayoría estable; la amnistía ha pasado por el Tribunal Constitucional y por Luxemburgo, aunque su aplicación más delicada sigue en manos de los tribunales españoles; las causas judiciales ya no caben bajo una sola etiqueta; la economía mantiene un pulso que contrasta con el deterioro político; y Bruselas entra en la recta final de los fondos extraordinarios que han acompañado a España desde la pandemia.

No faltan noticias. Falta un mapa.

Este no es un inventario de lo sucedido durante el semestre. Es un intento de separar lo que verdaderamente ha cambiado de aquello que apenas ha comenzado; lo que depende todavía de una sentencia de lo que seguirá siendo un problema político; y lo que parece una discusión agotada de aquello que volverá en septiembre con consecuencias nuevas.

1. ¿Puede el Gobierno terminar la legislatura?

Puede hacerlo, pero la continuidad del Gobierno ya no descansa sobre una mayoría parlamentaria reconocible, sino sobre la imposibilidad de sus adversarios y de sus socios de construir una alternativa común.

Las votaciones de julio ofrecen una imagen bastante precisa. El Ejecutivo consiguió evitar, por 178 votos frente a 170, que fueran devueltas las medidas sobre la asunción estatal de parte de la deuda autonómica. En esa misma sesión, sin embargo, perdió la votación de los objetivos de estabilidad necesarios para preparar los Presupuestos de 2027: obtuvo 166 votos favorables, 176 contrarios y cinco abstenciones. Los resultados oficiales del Congreso muestran que la mayoría que permite tramitar una ley puede desaparecer unas horas después ante una decisión presupuestaria.

Ésa es la naturaleza de la legislatura. El Gobierno puede reunir votos, pero no dispone de una coalición parlamentaria capaz de acompañarlo de manera estable. Cada iniciativa exige reconstruir desde cero una mayoría distinta entre partidos que discrepan sobre la política económica, la vivienda, la financiación autonómica, la inmigración o el futuro territorial de España.

Pedro Sánchez conserva una ventaja decisiva: quienes pueden bloquearle no comparten una estrategia para sustituirlo. Pero no ser capaz de derribar a un Gobierno no equivale a proporcionarle una mayoría para gobernar. La legislatura puede prolongarse precisamente porque está bloqueada.

2. ¿Se puede gobernar indefinidamente sin nuevos Presupuestos?

La prórroga presupuestaria está prevista para impedir que el Estado quede paralizado cuando las Cortes no aprueban unas cuentas nuevas. Su finalidad es asegurar la continuidad administrativa, no convertir unos Presupuestos antiguos en el programa económico permanente de gobiernos sucesivos.

España continúa funcionando sobre la prórroga de las cuentas de 2023. Entretanto, el Gobierno ha fracasado ya en la aprobación de la senda de estabilidad para 2027, primer paso de un nuevo proyecto presupuestario. El problema ha dejado de ser únicamente político: el Tribunal Constitucional admitió en febrero el conflicto promovido por el Senado por la falta de presentación de los Presupuestos de 2024, 2025 y 2026. Es la primera vez que estudia un conflicto entre órganos constitucionales basado en una omisión de esta naturaleza.

La Administración puede seguir pagando pensiones, salarios, deuda y servicios públicos. El Gobierno puede aprobar modificaciones de crédito, recurrir al decreto ley y adquirir compromisos con cargo a ejercicios posteriores. Lo que se deteriora es la función presupuestaria del Parlamento: la posibilidad de examinar de manera conjunta cuánto se recauda, en qué se gasta y qué prioridades políticas pretende financiar el Ejecutivo.

El debate no consiste, por tanto, en determinar si el Estado puede sobrevivir sin nuevas cuentas. Puede hacerlo. La cuestión es durante cuánto tiempo puede gobernarse así sin que una solución constitucional excepcional termine debilitando el principio de responsabilidad parlamentaria.

3. ¿Ha terminado el recorrido de la amnistía?

La ley ha superado sus dos impugnaciones generales más importantes, pero eso no significa que su aplicación haya concluido.

El Tribunal Constitucional fijó su doctrina en la sentencia 137/2025, que declaró la constitucionalidad esencial de la norma, aunque corrigió parte de su ámbito por razones de igualdad. Durante 2026 ha aplicado esa doctrina a otros recursos promovidos contra la ley.

El 16 de julio, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictó dos sentencias sobre las cuestiones planteadas por el Tribunal de Cuentas y la Audiencia Nacional. Luxemburgo concluyó que el Derecho de la Unión no se opone a la amnistía en las materias examinadas: la eventual malversación no presentaba la conexión exigida con los intereses financieros europeos y la Directiva antiterrorista no impedía amnistiar determinadas conductas que no hubieran causado intencionadamente graves violaciones de los derechos humanos. El comunicado oficial del TJUE delimita expresamente el control europeo a las normas concretas de la Unión afectadas.

Eso despeja una parte sustancial del camino, pero no sustituye la aplicación judicial de la ley. La amnistía no opera sobre conceptos políticos generales, sino sobre hechos, delitos y responsabilidades determinados. Cada tribunal debe decidir quién queda comprendido, qué exclusiones resultan aplicables y hasta dónde alcanza la extinción de responsabilidad.

La discusión que queda ya no es si España podía aprobar una amnistía, sino qué conductas cubre realmente la amnistía que aprobó. Ése será uno de los grandes asuntos judiciales del otoño.

4. ¿Puede regresar Carles Puigdemont?

Las sentencias europeas de julio no modifican por sí mismas su situación procesal.

El Tribunal Supremo decidió no aplicarle la amnistía por el delito de malversación al considerar que existe beneficio patrimonial cuando se utilizan fondos públicos para afrontar gastos que, de otro modo, habrían debido sufragarse con recursos particulares. El instructor mantuvo las órdenes nacionales de detención y la Sala de Apelación confirmó posteriormente esa interpretación.

El Tribunal Constitucional admitió a trámite los recursos de amparo de Puigdemont, Antoni Comín y Lluís Puig contra esas decisiones. El asunto decisivo sigue siendo, por tanto, si el Constitucional acepta el concepto de enriquecimiento utilizado por el Supremo o considera que restringe indebidamente la aplicación de la ley.

Luxemburgo ha respondido a las cuestiones que recibía de la Audiencia Nacional y del Tribunal de Cuentas. No ha resuelto la interpretación española de la excepción sobre el enriquecimiento ni ha levantado las órdenes de detención.

El regreso de Puigdemont sigue siendo políticamente imaginable, pero jurídicamente no es automático. Depende de una decisión que todavía debe producirse dentro del ordenamiento español.

5. ¿En qué punto están realmente las causas que rodean al PSOE y al presidente?

No se encuentran todas en la misma fase. Mezclarlas como si formaran una única macrocausa impide comprender tanto su importancia como sus límites.

En junio, el Tribunal Supremo condenó a José Luis Ábalos a más de 24 años de prisión y a Koldo García a 19 por organización criminal, cohecho, malversación y tráfico de influencias. La sentencia fue adoptada por unanimidad. La investigación sobre las adjudicaciones de obra pública relacionadas con Santos Cerdán continúa en una pieza diferente y ha recibido nuevas diligencias durante julio.

La situación de Begoña Gómez es distinta. La Audiencia Provincial de Madrid ha ordenado que continúe el procedimiento con jurado por presuntos delitos de tráfico de influencias y malversación, pero ha sobreseído las imputaciones por corrupción en los negocios y apropiación indebida. Todavía debe completarse la fase procesal que conduce a la apertura del juicio oral.

David Sánchez, hermano del presidente, fue condenado en primera instancia a nueve años de inhabilitación por prevaricación administrativa en relación con su contratación en la Diputación de Badajoz. Fue absuelto del delito de tráfico de influencias y la sentencia puede recurrirse.

Ninguno de estos procedimientos acredita por sí mismo una responsabilidad penal de Pedro Sánchez. Su efecto político procede de otro lugar: de la acumulación de condenas, investigaciones y procedimientos alrededor de antiguos dirigentes del partido, colaboradores próximos y miembros de su familia. El problema para el Gobierno no es que todos los casos sean iguales, sino que cada vez resulta más difícil presentarlos todos como episodios inconexos.

6. ¿Por qué la economía resiste mejor que la política?

Porque la economía no reacciona al mismo ritmo que las instituciones y porque España conserva todavía varios motores de crecimiento.

El PIB aumentó un 2,7 % interanual durante el primer trimestre. La demanda nacional aportó más de tres puntos al crecimiento, mientras la contribución exterior fue negativa. Los datos de Contabilidad Nacional del INE muestran una economía sostenida fundamentalmente por el consumo y la inversión internos.

El mercado laboral ha vuelto a ofrecer cifras históricas. Según la EPA publicada el 28 de julio, España alcanzó los 22.779.000 ocupados en el segundo trimestre, 510.200 más que un año antes. El paro descendió hasta 2.495.300 personas y la tasa se situó en el 9,87 %.

El cuadro no está exento de debilidades. El Banco de España prevé que la economía mantenga un crecimiento sólido durante 2026, pero advierte de una inflación general y subyacente todavía elevada y de un contexto internacional especialmente incierto.

La fortaleza económica concede tiempo a la debilidad política. Mientras crezcan el empleo y la actividad, la inestabilidad parlamentaria puede parecer un fenómeno encerrado en Madrid. La verdadera prueba llegará cuando desaparezcan algunos de los impulsos extraordinarios que han sostenido la inversión pública y cuando el deterioro institucional empiece a encarecer decisiones que hasta ahora podían posponerse.

7. ¿Qué ocurre cuando terminan los fondos Next Generation?

El calendario ya no admite grandes aplazamientos. Los Estados deben completar antes del 31 de agosto de 2026 todos los hitos y objetivos del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia. La última solicitud de pago deberá presentarse antes del 30 de septiembre y la Comisión tendrá hasta el 31 de diciembre para efectuar los desembolsos finales. Así lo establece la guía de cierre publicada por la Comisión Europea.

Tras la aprobación del sexto desembolso, España habrá recibido más de 77.000 millones de euros, aproximadamente el 76 % de los fondos del mecanismo que tiene asignados. Ese último pago reconocido asciende a 7.021 millones y está vinculado al cumplimiento de 73 hitos y objetivos. Los datos figuran en la información oficial del Plan de Recuperación.

El final del mecanismo no significa que desaparezcan todas las inversiones europeas. Significa que termina el gran instrumento extraordinario que desde 2021 ha permitido financiar digitalización, energía, movilidad, industria, vivienda y modernización administrativa sin depender únicamente de los recursos presupuestarios ordinarios.

A partir de septiembre comenzará una evaluación más exigente. Ya no bastará con saber cuánto dinero se ha adjudicado o cuántas convocatorias se han publicado. Habrá que comprobar qué inversiones han mejorado la productividad, qué capacidades administrativas permanecerán y qué proyectos podrán sobrevivir sin una financiación excepcional.

8. ¿Está cambiando la Justicia sin que apenas se perciba?

Mientras la atención pública se concentraba en las causas políticas, España ha empezado a sustituir la estructura tradicional de juzgados unipersonales por tribunales de instancia.

La Ley Orgánica 1/2025 de eficiencia del Servicio Público de Justicia reorganiza los órganos judiciales, transforma los antiguos juzgados de paz en oficinas de justicia municipales y modifica el funcionamiento de las oficinas judiciales. El propósito es permitir una distribución más flexible de los asuntos y reducir la dependencia de cada procedimiento respecto de un único juzgado aislado.

En julio, el Gobierno aprobó la creación de 500 nuevas unidades judiciales y 200 plazas fiscales. Las unidades judiciales suponen un incremento del 8,5 % de la planta y se incorporarán gradualmente entre diciembre de 2026 y noviembre de 2027.

La reforma puede ser más importante a largo plazo que muchas de las sentencias que ocupan diariamente las portadas. Su éxito, sin embargo, dependerá de cuestiones menos visibles: sistemas informáticos compatibles, personal suficiente, criterios de reparto eficaces y coordinación entre el Estado y las comunidades con competencias transferidas.

Cambiar el nombre de los órganos es sencillo. Conseguir que una nueva organización reduzca los retrasos, homogeneice las cargas y mejore la experiencia del ciudadano será la verdadera medida de la reforma.

9. ¿Qué Europa comienza a aplicarse este verano?

La Unión está pasando de aprobar grandes normas a comprobar si puede ejecutarlas.

El Pacto sobre Migración y Asilo comenzó a aplicarse el 12 de junio. Introduce nuevas reglas sobre tramitación de solicitudes, procedimientos fronterizos, responsabilidad de los Estados y solidaridad con los países sometidos a mayor presión. El primer contingente anual de solidaridad contempla 21.000 reubicaciones o contribuciones económicas equivalentes a 420 millones de euros.

El 2 de agosto empiezan a aplicarse también las reglas de transparencia del Reglamento de Inteligencia Artificial. Los ciudadanos deberán poder identificar determinadas interacciones con sistemas de IA y ciertos contenidos generados o manipulados artificialmente. Ese mismo día entran en funcionamiento las facultades sancionadoras de la Comisión sobre los proveedores de modelos de propósito general.

La migración y la inteligencia artificial parecen materias alejadas, pero someten a Europa al mismo examen: si es capaz de convertir una legislación común en procedimientos coherentes dentro de veintisiete administraciones distintas.

Durante años la Unión ha medido su ambición por el número de reglamentos, pactos y estrategias aprobados. A partir de ahora empezará a ser juzgada por algo bastante menos solemne y mucho más difícil: si todo eso funciona.

10. ¿Qué crisis exterior puede alterar el escenario español?

La más inmediata continúa siendo la energía. La crisis de Oriente Próximo y las amenazas a la navegación por el estrecho de Ormuz han recordado hasta qué punto Europa sigue expuesta a cualquier interrupción de las rutas de suministro. La propia Unión ha señalado la necesidad de reducir su vulnerabilidad respecto de Ormuz mediante la diversificación de fuentes y rutas energéticas.

El Fondo Monetario Internacional advirtió en su actualización de julio de que la desinflación mundial se ha estancado y de que un nuevo deterioro en Oriente Próximo podría elevar los precios de las materias primas, alterar las cadenas de suministro y endurecer las condiciones financieras.

A esa incertidumbre se añaden la guerra de Ucrania, las tensiones comerciales y el aumento del gasto militar. El Gobierno sostiene que España ha consolidado en 2026 una inversión en defensa equivalente al 2 % del PIB, con un gasto nominal de 35.419 millones de euros. Es la cifra recogida en el informe presentado por La Moncloa antes de la cumbre de la OTAN.

La política española puede pasar agosto discutiendo sobre su mayoría parlamentaria. Su margen presupuestario y económico, sin embargo, dependerá también de decisiones tomadas en Bruselas, Washington, Moscú, Kiev y Oriente Próximo. Los acontecimientos internacionales no necesitan formar parte del debate nacional para alterar por completo sus condiciones.

Agosto no resolverá ninguna de estas preguntas. Lo que ofrece es algo más modesto y quizá más útil: tiempo para dejar de confundir cada novedad con un desenlace. España no se va de vacaciones con diez crisis recién nacidas, sino con diez procesos que llevan meses avanzando. Septiembre no los traerá. Simplemente volverá a ponerlos delante.

Un Congreso sin voz (ni voto)

El veto de la Mesa a una iniciativa impulsada por el PP y respaldada por Junts para reclamar elecciones anticipadas vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿dónde termina la voz parlamentaria y dónde empieza la protección política del Gobierno?
FUENTE: EFE

La noticia parece menor. Apenas una discusión procedimental más en una legislatura que lleva meses instalada en la excepcionalidad. Una enmienda rechazada. Una votación que no llegará a celebrarse. Un nuevo choque entre Gobierno y oposición; nada especialmente novedoso.

Y sin embargo, precisamente ahí reside el problema.

Porque lo relevante no es que el Congreso no vaya a votar si Pedro Sánchez debe convocar elecciones anticipadas. Lo relevante es que cada vez resulta más difícil distinguir si determinadas decisiones parlamentarias responden a criterios institucionales o a necesidades políticas del Ejecutivo.

La iniciativa nacía de una moción registrada por el Partido Popular sobre la situación política del Gobierno. Sobre ella, Junts presentó una enmienda para que el Congreso instara a Sánchez a disolver las Cortes y convocar elecciones. Posteriormente, el propio PP registró otra enmienda prácticamente idéntica. Ambas fueron inadmitidas por la Mesa gracias a la mayoría de PSOE y Sumar.

La justificación oficial es conocida. La convocatoria de elecciones constituye una prerrogativa exclusiva del presidente del Gobierno y ninguna cámara parlamentaria puede sustituirle en esa decisión. Jurídicamente, el argumento tiene fundamento. Nadie discute que la facultad de disolver las Cortes corresponde al jefe del Ejecutivo, pero tampoco era eso lo que planteaba la iniciativa.

Y ése es precisamente el detalle que convierte este episodio en algo más interesante de lo que parece.

Una votación sin efectos jurídicos

La enmienda de Junts estaba redactada precisamente para intentar sortear esa objeción. El texto reconocía expresamente que la convocatoria electoral seguía siendo competencia exclusiva del presidente y subrayaba el carácter político y no vinculante de la iniciativa. Lo que pretendía era que el Congreso se pronunciara. Nada más y nada menos.

Naturalmente, una votación así no habría obligado a Sánchez a hacer absolutamente nada. Las elecciones seguirían dependiendo exclusivamente de su voluntad y, por tanto, la legislatura seguiría viva.

La Constitución seguiría intacta.

Pero habría producido algo que en estos momentos parece más temido que una derrota parlamentaria: una fotografía política.

Porque la imagen de una parte de la mayoría de investidura apoyando una petición de elecciones habría sido devastadora para el relato de estabilidad que La Moncloa intenta sostener desde hace meses.

Y es ahí donde aparece la duda razonable; no sobre la constitucionalidad de la iniciativa, sino sobre las razones reales que explican su bloqueo.

La transformación silenciosa de la Mesa

Durante décadas la Mesa del Congreso fue un órgano esencialmente administrativo: ordenaba debates, calificaba escritos y garantizaba el funcionamiento de la Cámara. Sus decisiones podían generar controversias puntuales, pero rara vez ocupaban el centro de la discusión política. Eso ha cambiado.

La actual legislatura ha convertido a la Mesa en uno de los actores más relevantes del sistema institucional. No porque sus competencias hayan aumentado, sino porque su capacidad para condicionar el ritmo parlamentario se ha vuelto decisiva.

Ampliaciones sucesivas de plazos, iniciativas paralizadas durante meses, leyes retenidas en trámites previos, conflictos con textos procedentes del Senado y recursos que han terminado llegando al Tribunal Constitucional han ido construyendo una sensación cada vez más extendida: la de que la Mesa ya no se limita a ordenar el debate político, sino que empieza a influir sobre su propia existencia.

El problema no es jurídico. Es institucional.

Porque una democracia parlamentaria funciona sobre una premisa muy sencilla. Las mayorías sirven para ganar votaciones. Cuando empiezan a utilizarse para impedir que ciertas votaciones lleguen siquiera a celebrarse, la discusión cambia de naturaleza.

Ya no trata sobre quién tiene más apoyo, trata sobre quién decide qué puede discutirse.

La paradoja de la mayoría

Lo más llamativo de todo es que el Gobierno probablemente habría sobrevivido sin demasiados problemas a esa votación.

Sánchez ya ha repetido en numerosas ocasiones que piensa agotar la legislatura hasta 2027. La iniciativa carecía de efectos vinculantes. Incluso aunque hubiera prosperado, nada habría cambiado desde el punto de vista institucional.

Precisamente por eso el veto resulta tan significativo. Porque transmite la sensación de que el Ejecutivo ya no se conforma con ganar las votaciones importantes. Necesita evitar también aquellas cuyo único efecto sería evidenciar su creciente debilidad parlamentaria.

Eso revela contradicciones difíciles de ignorar: un Gobierno convencido de su fortaleza no suele temer debates simbólicos; un Gobierno convencido de su mayoría no necesita impedir determinadas fotografías; y un Gobierno seguro de sí mismo deja que las votaciones se celebren y después las gana.

El precedente

Quizá dentro de unos meses nadie recuerde esta iniciativa. Probablemente no alterará el rumbo de la legislatura. Tampoco decidirá unas elecciones.

Pero sí encaja en una tendencia más amplia; la de unas instituciones que progresivamente parecen orientadas a proteger la continuidad del Gobierno antes que a garantizar el pleno funcionamiento de los mecanismos de control parlamentario.

La degradación institucional rara vez comienza con grandes rupturas constitucionales. Lo habitual es algo mucho más discreto, las normas siguen existiendo, los procedimientos permanecen intactos, las formas se respetan… Lo único que cambia es el propósito con el que se utilizan.

Esa es la sospecha que empieza a extenderse sobre la Mesa del Congreso, o que esté vulnerando abiertamente la ley. Algo potencialmente más preocupante para un sistema parlamentario: que esté dejando de parecer neutral.

Porque cuando el Parlamento pierde incluso la capacidad de pronunciarse sobre la continuidad de una legislatura, la cuestión ya no es si habrá elecciones antes o después.

La cuestión es qué papel le queda al Congreso cuando el Gobierno empieza a sentirse más cómodo administrando los debates que afrontándolos.

La moción imposible y el largo desgaste de Sánchez

Mientras la corrupción ocupa el centro de la conversación pública, parte de la oposición vuelve a refugiarse en la tentación de una moción de censura. El problema es que no existen los números, no existe una mayoría alternativa y, sobre todo, no existe ningún incentivo para que quienes sostienen a Sánchez derriben ahora el sistema que les ha otorgado más poder que nunca.
FUENTE: EFE

La política española atraviesa uno de esos momentos en los que la ansiedad amenaza con imponerse al análisis. Las investigaciones judiciales, las declaraciones de testigos, el deterioro institucional y la sensación de agotamiento que rodea al Gobierno han generado una presión creciente sobre Pedro Sánchez. Y precisamente por eso ha reaparecido una vieja tentación: la moción de censura.

La propuesta tiene algo de acto de purificación colectiva. Como si bastara con registrar una iniciativa parlamentaria para limpiar el ambiente político, devolver la dignidad a las instituciones y ofrecer una salida inmediata a una legislatura cada vez más erosionada. El problema es que la política no funciona como la literatura moral. Las mociones de censura no sirven para expresar estados de ánimo. Sirven para sustituir gobiernos. Y hoy no existe ninguna mayoría capaz de hacerlo.

Por eso la discusión resulta tan llamativa. España vive probablemente la mayor crisis política del sanchismo desde su llegada al poder y, sin embargo, buena parte del debate gira alrededor de una herramienta que carece de recorrido práctico. Es una paradoja profundamente española: cuanto más grave parece el problema, más energía se dedica a soluciones imposibles.

El muro que Sánchez construyó sigue intacto

La principal fortaleza del presidente no es ya su Gobierno. Tampoco su partido. Ni siquiera su popularidad. Su principal fortaleza es la aritmética parlamentaria que construyó durante los últimos años.

Porque mientras la conversación pública se concentra en los escándalos, la estructura política que sostiene al Ejecutivo permanece prácticamente inalterada. Los socios independentistas continúan obteniendo concesiones. Los nacionalistas siguen acumulando influencia. La izquierda alternativa mantiene posiciones institucionales que desaparecerían con un cambio de mayoría.

En esas condiciones, plantear una moción de censura equivale a pedir a todos los beneficiarios del actual sistema que voten contra sus propios intereses.

No existe ninguna evidencia de que ERC quiera facilitar un gobierno alternativo. Tampoco Junts. Mucho menos Bildu o el PNV. Al contrario: buena parte de las negociaciones que hoy ocupan la agenda política —la financiación singular catalana, los acuerdos competenciales o las transferencias pendientes— dependen precisamente de que Sánchez continúe en La Moncloa.

La realidad es mucho más sencilla que la épica parlamentaria. Quienes han obtenido más poder con Sánchez difícilmente serán quienes provoquen su caída.

La tentación de la política simbólica

Eso no significa que la oposición carezca de argumentos. Significa que corre el riesgo de confundir la denuncia con la estrategia.

Una moción condenada al fracaso puede generar titulares durante unos días. Puede movilizar a los convencidos. Puede incluso ofrecer una imagen de iniciativa política. Pero también puede producir el efecto contrario: reforzar a un Gobierno que necesita desesperadamente cambiar de conversación.

No sería la primera vez que sucede. La historia parlamentaria española está llena de iniciativas concebidas para desgastar al adversario que terminaron permitiéndole reagruparse. Cuando una operación nace sin posibilidad matemática de éxito, el riesgo de convertirse en un simple espectáculo es enorme.

Y además existe otro problema más profundo. Cada semana dedicada a discutir una moción inviable es una semana menos dedicada a explicar por qué la situación política ha llegado hasta aquí. La corrupción deja de ocupar el centro del escenario y la atención se desplaza hacia una batalla parlamentaria cuyo desenlace conocen todos antes incluso de empezar.

La oposición gana ruido. El Gobierno gana tiempo.

El desgaste verdadero está en otro lugar

La paradoja del momento actual es que Sánchez parece más débil políticamente de lo que indican los números del Congreso y más fuerte parlamentariamente de lo que sugiere el deterioro de su imagen.

La legislatura muestra signos evidentes de agotamiento. La ausencia de Presupuestos, las dificultades para aprobar reformas, la creciente dependencia de acuerdos bilaterales con los socios nacionalistas y la acumulación de escándalos han erosionado el relato gubernamental. Pero ninguna de esas dificultades altera todavía la mayoría que sostiene al Ejecutivo.

Por eso el verdadero desafío para Sánchez no está en una hipotética moción de censura. Está en el paso del tiempo.

Cada mes adicional aumenta el desgaste institucional. Cada negociación extraordinaria encarece el precio de la supervivencia parlamentaria. Cada nueva polémica agrava la percepción de un poder que dedica más energía a resistir que a gobernar.

Y ése es precisamente el motivo por el que la impaciencia puede convertirse en un error estratégico para sus adversarios.

La política tiene sus tiempos

Existe una diferencia fundamental entre una crisis política y una caída política. La primera puede durar meses o incluso años. La segunda suele producirse de manera abrupta, cuando las condiciones que la hacían posible se agotan de golpe.

Hoy Sánchez atraviesa una crisis evidente. Lo que todavía no existe es una mayoría alternativa que permita convertir esa crisis en una sustitución inmediata del Gobierno.

Por eso la moción de censura se parece más a una válvula emocional que a una solución real. Permite expresar indignación, pero no resolver el problema. Permite escenificar una ruptura, pero no construir una alternativa.

Y quizá ahí resida la principal enseñanza de este momento político. No todas las crisis se solucionan acelerando los acontecimientos. Algunas se resuelven dejando que el propio desgaste haga su trabajo.

Porque la triste realidad para el PSOE es que cuanto más se prolongue esta situación, más difícil será reconstruir su posición política. Y la triste realidad para Sánchez es aún más simple: puede sobrevivir a una moción de censura imposible, pero resulta mucho más complicado sobrevivir indefinidamente al desgaste de la realidad.

La cuestión ya no es cuánto puede resistir el Gobierno. La cuestión es cuánto puede resistir el sistema político construido para sostenerlo. Y ésa es una pregunta mucho más incómoda que cualquier moción condenada a perderse en una tarde parlamentaria.

Andalucía sorprende por la incógnita

La convocatoria electoral sorprende a la oposición, pero también abre una incógnita clave: si el PP puede sostener su mayoría absoluta o si empieza a reproducirse el nuevo equilibrio político nacional.

La convocatoria de elecciones en Andalucía ha cogido a casi todos con el paso cambiado. No porque no fuera previsible —la política española vive instalada en una precampaña permanente—, sino porque el momento elegido altera los cálculos de todos los actores.

El presidente de la Junta, Juanma Moreno, ha decidido anticiparse. Y en esa decisión hay una intuición política clara: ir a las urnas antes de que el desgaste sea visible y antes de que la oposición tenga tiempo de ordenarse.

Pero esa ventaja táctica no elimina el problema de fondo.

El primer efecto de la convocatoria es evidente. El PSOE andaluz llega sin un proyecto consolidado ni un liderazgo plenamente asentado. A su izquierda, el espacio político sigue fragmentado, con dificultades para articular una alternativa reconocible.

Esa debilidad estructural coloca al PP en una posición inicial favorable. Moreno ha construido durante estos años una imagen de gestión moderada, alejada del ruido nacional, que le permite competir en un terreno distinto al de la confrontación ideológica.

Sin embargo, las elecciones no se ganan sólo por comparación con el rival.

El problema del PP

El verdadero desafío para el PP no está en la oposición, sino en sí mismo.

La mayoría absoluta obtenida en las anteriores elecciones fue, en buena medida, el resultado de una combinación excepcional: hundimiento del PSOE, desaparición del espacio a la izquierda y concentración del voto de centro en torno al PP.

Reproducir ese escenario es extremadamente difícil.

El contexto político ha cambiado. La fragmentación del voto en la derecha ha vuelto a aparecer en otros territorios. Y la lógica de bloques —que parecía diluirse— ha regresado con fuerza.

Eso significa que el PP puede ganar las elecciones con claridad y, aun así, quedarse por debajo de la mayoría absoluta.

Y en ese escenario, la dependencia de Vox reaparece como factor decisivo.

El campo de batalla: el voto transversal

Andalucía no se decide sólo en los grandes núcleos urbanos. Como en otras comunidades extensas, hay un voto territorial —a medio camino entre lo rural y lo urbano— que resulta decisivo.

No es únicamente el voto agrario. Es un electorado más amplio: clases medias provinciales, pequeños municipios, votantes que valoran la estabilidad más que la ideología y que han sido clave en la mayoría absoluta del PP.

Ese es el espacio que Moreno necesita retener.

Pero también es el espacio en el que Vox intenta crecer con un discurso más identitario y donde el PSOE aspira a recuperar terreno si consigue movilizar a su electorado tradicional.

Un indicador adelantado

Más allá del resultado autonómico, estas elecciones tienen una lectura nacional evidente.

Andalucía es, por tamaño y peso electoral, uno de los mejores termómetros políticos de España. Lo que ocurra aquí anticipa dinámicas que después se reproducen a nivel general.

Si el PP logra mantener la mayoría absoluta, reforzará la idea de que puede gobernar en solitario apelando a un voto amplio y transversal.

Si la pierde, aunque gane, el mensaje será distinto: el nuevo ciclo político exige mayorías más complejas y vuelve a situar a Vox como socio imprescindible.

En el otro lado, un PSOE que no recorte distancias confirmaría sus dificultades para reconstruir una alternativa sólida, mientras que una mejora significativa abriría un escenario distinto de cara a las elecciones generales.

Lo que está en juego

Por eso Andalucía no es sólo Andalucía.

Es el primer test real en un contexto político que empieza a cambiar. Un escenario donde ya no basta con ganar, sino que importa cómo se gana y con quién.

La convocatoria anticipada busca controlar el tiempo. Pero no puede controlar el resultado.

Y en ese resultado no sólo se decidirá el futuro de la Junta, sino también una parte del relato político que acompañará a España en los próximos meses.

El silencio como forma de seguir manteniendo el poder 

Aragón confirma que el deterioro político no siempre se expresa con estruendo: a veces avanza envuelto en obediencia, resignación y silencio 
FUENTE: EFE

El Partido Popular no ha logrado su objetivo principal en Aragón: un gobierno monocolor y estable. Con 26 diputados, dos menos de lo necesario, se ve obligado a pactar en un escenario fragmentado que refleja algo más profundo que un simple ajuste electoral. El PP gana, pero no gobierna como quería. Y haría bien en preguntarse por qué, incluso cuando vence, no logra trascender unas siglas que hoy parecen insuficientes para articular una alternativa sólida en un sistema agotado. 

Porque el problema ya no es solo Aragón. Hoy, el llamado sistema del 78 depende más que nunca de un pueblo concreto y de un partido concreto. No de consensos amplios, no de una cultura constitucional compartida, sino de equilibrios frágiles sostenidos por minorías que han aprendido a convertir su posición en palanca de poder permanente. Esa es la gran anomalía de nuestro tiempo político. 

El silencio después de cada cesión 

Tras los indultos a los responsables del golpe de 2017 hubo silencio. Tras la peregrinación política de Pedro Sánchez a Waterloo, silencio. Después llegó la ley de amnistía, aprobada haciendo corresponsables al Congreso, al Tribunal Constitucional y a la Fiscalía General del Estado. Y, de nuevo, silencio. Antes y después, Sánchez había firmado pactos con el PNV, ERC y con el propio Puigdemont que arrojaban a la papelera no solo la historia de España, sino también la del PSOE, sus principios fundacionales y las creencias más arraigadas de quienes todavía se reconocían en ese proyecto. 

Nada de aquello generó una reacción proporcional a su gravedad. No hubo rebelión interna, ni ruptura, ni un debate político de altura. Hubo disciplina, cálculo y miedo. Todo envuelto en un silencio espeso, casi avergonzado, que acabó funcionando como coartada colectiva. 

El pacto que no se enseña 

El acuerdo con Bildu ni siquiera se ha explicitado públicamente. Pero su contenido es conocido. Por ese pacto, tan secreto como ignominioso, los terroristas irán abandonando las cárceles sin cumplir íntegramente sus condenas, y los herederos políticos de ETA unirán sus fuerzas al PSOE de Sánchez para impedir que el centro-derecha gobierne Pamplona o Navarra. No es una hipótesis: es una estrategia. 

Y, sin embargo, tampoco aquí hubo una reacción acorde a la magnitud del hecho. Ni dimisiones, ni ruptura de consensos básicos, ni una línea roja que no se cruzara. Solo silencio. Un silencio que ya no es pasividad, sino complicidad. 

La demolición discreta 

La cesión de competencias de inmigración a Cataluña, el marco autonómico de relaciones laborales entregado al PNV —rompiendo la unidad de la clase trabajadora que dicen defender—, y la erosión constante de los pilares constitucionales avanzan del mismo modo: sin ruido, sin debate público, sin una explicación honesta al país. 

Sabemos que lo siguiente será poner formalmente en cuestión el marco del 78. Y también sabemos cómo se hará: en silencio. Como todo lo demás. Mientras una inmensa mayoría de dirigentes calla, mira hacia otro lado o se justifica con argumentos que no convencen ni a quienes los pronuncian. 

De Extremadura a Aragón: la derrota muda 

En Extremadura, desastre electoral y silencio. En Aragón, debacle y silencio. El patrón se repite. El propietario sigue con el látigo en la finca y la nomenclatura obedece, convencida de que la supervivencia individual es preferible al riesgo de la dignidad política. 

De Extremadura a las elecciones generales, el PSOE de Sánchez se irá desangrando lentamente, sin estridencias, sin autocrítica y sin rectificación. Un vía crucis político recorrido en silencio, estación tras estación, hasta el desenlace final. Sólo con un mínimo ruido muy puntual como las terribles declaraciones del ministro de Transformación Digital y secretario general del PSOE de Madrid, Óscar López, derivando la responsabilidad hacia el fallecido Javier Lambán.

¿Se hará todo el camino sin levantar la voz? Todo indica que sí. Porque en este tiempo, el silencio no es ausencia de palabras: es una forma de poder. 

Acontecimientos que parecían imposibles

La reunión entre Sánchez y Feijóo sobre política exterior y Defensa obliga a recuperar algo que parecía olvidado: el diálogo de Estado en un momento de incertidumbre internacional extrema
FUENTE: EFE

El presidente del Gobierno ha llamado al líder de la oposición para hablar de política internacional y de Defensa después de años sin comunicación relevante entre ambos. Que Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo se sienten a abordar estos asuntos se percibe hoy como una anomalía positiva, síntoma del grado de deterioro institucional alcanzado en los últimos años, cuando el diálogo estratégico entre las principales fuerzas políticas ha sido sustituido por la confrontación permanente.

Probablemente, esta iniciativa sea obligada después de haberse comprometido a participar en un eventual despliegue militar en Ucrania. No se trata de una cuestión menor ni coyuntural, sino de una decisión de enorme calado político, estratégico y moral. En un contexto internacional tan volátil, con una guerra en suelo europeo y con una arquitectura de seguridad en plena revisión, ningún presidente debería dar pasos de este tipo sin compartir información, objetivos y límites con la oposición.

Mayorías, no gestos

Esta iniciativa, como otras de gran calado, debería depender de una mayoría clara y explícita. Por eso resulta inevitable señalar lo que no ha ocurrido: ni convocatoria de elecciones ni propuesta de una moción de confianza que permita al Congreso pronunciarse de forma ordenada sobre la orientación general de la política exterior y de Defensa. Y, aun así, que los líderes nacionales dialoguen sobre estas materias es una buena noticia. España necesita acuerdos amplios que definan marcos generales de actuación, especialmente en ámbitos que no admiten improvisaciones ni cálculos a corto plazo.

Ahora bien, si la conversación se limita a apoyar una cuestión concreta, es obligado un acuerdo general sobre la materia. No se puede pedir respaldo puntual sin ofrecer una visión de conjunto. Más aún en un momento de cambios profundos, donde las certezas de hace apenas unos años han saltado por los aires y donde las decisiones que se tomen hoy condicionarán a varias generaciones.

Requeriría un acuerdo el eventual despliegue de tropas en Ucrania, país europeo amigo y socio, pero también la política de gasto en Defensa y el cumplimiento de las obligaciones asumidas con nuestros socios de la OTAN. Durante demasiado tiempo hemos pospuesto este debate como si fuera incómodo o secundario, cuando en realidad afecta directamente a nuestra credibilidad internacional y a nuestra propia seguridad. No se puede hablar de compromisos militares sin hablar de recursos, planificación y prioridades.

Europa, China y el flanco sur

Tampoco deberían olvidar la necesidad de una política europea común respecto a China, un actor central en el equilibrio global, ni el presidente puede eludir informar al líder de la oposición sobre el cambio de posición respecto a Marruecos. Ese giro, realizado sin consenso ni explicación suficiente, sigue siendo una de las decisiones más opacas y trascendentes de la política exterior reciente, y merece algo más que silencios o apelaciones genéricas al interés nacional.

Venezuela: sin eufemismos

No puede quedar fuera de la conversación el futuro próximo de Venezuela. Y aquí conviene ser claro. Venezuela solo puede avanzar si se produce la liberación de los presos políticos. No valen eufemismos ni fórmulas diplomáticas diseñadas para no molestar. Y después, elecciones libres, con garantías reales, tras un periodo de transición que se apoye en los resultados electorales de los últimos comicios de julio de 2024. Cualquier otra cosa es prolongar una ficción que solo beneficia a quienes se aferran al poder.

Ojalá esta reunión no sea un gesto aislado ni una necesidad táctica impuesta por las circunstancias. Ojalá marque el inicio de una forma distinta de abordar los grandes asuntos de Estado. Porque hay acontecimientos que parecían imposibles no porque lo fueran, sino porque durante demasiado tiempo se decidió que no eran necesarios. Y eso, en política exterior y en Defensa, siempre acaba teniendo un coste.

Demasiadas coincidencias para mirar a otro lado

Tras la derrota del PSOE en Extremadura, la agenda pública gira de golpe: causas del PP reactivadas, condenas por corrupción y un freno judicial al caso que rodea a la mujer del presidente. La justicia debe actuar siempre, pero nunca convertirse en cortina de humo.
FUENTE: EFE

Hay días en los que la política española parece escrita con una coreografía demasiado precisa como para atribuirla al azar. Días en los que los acontecimientos no solo se suceden, sino que se ordenan, se encadenan y se refuerzan mutuamente con una eficacia narrativa que desarma cualquier explicación ingenua. El día después de la derrota socialista en Extremadura fue uno de ellos.

El resultado electoral fue claro, rotundo y difícil de maquillar. No se trató de un simple desgaste ni de un ajuste marginal, sino de un aviso serio que cuestiona el rumbo político del Gobierno y, sobre todo, la desconexión creciente entre el PSOE y una parte sustancial de su electorado tradicional. Apenas digerido el golpe, la conversación pública giró bruscamente de dirección. Ya no se hablaba de urnas, de errores estratégicos ni de responsabilidad política. Se hablaba de tribunales.

En cuestión de horas, la actualidad judicial tomó el mando del relato. Se anunció que Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid y figura emblemática de una etapa de poder hoy ampliamente cuestionada, será juzgado por presuntos delitos vinculados al Canal de Isabel II. Al mismo tiempo, se conocieron condenas firmes a varios exalcaldes madrileños por su implicación en la trama Púnica, una de las expresiones más descarnadas de la corrupción política de los últimos años. Y, casi en paralelo, un tribunal superior frenó la iniciativa del juez que pretendía investigar de forma masiva los correos electrónicos de Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, marcando límites claros a la instrucción.

Todo el mismo día. Todo después de Extremadura.

Conviene insistir, para evitar lecturas interesadas, en una premisa básica: la justicia debe actuar siempre, sin atender a calendarios electorales ni a consecuencias políticas. Nadie sensato puede cuestionar el derecho —y el deber— de los tribunales a juzgar delitos, por antiguos que sean, ni a corregir excesos procesales cuando se producen. Pero tan importante como la independencia judicial es la honestidad del debate público que se construye alrededor de esas decisiones.

Porque una cosa es la actuación legítima de la justicia y otra muy distinta el uso político de sus tiempos, de sus resoluciones y de su impacto mediático. Y ahí es donde las coincidencias empiezan a resultar, como mínimo, incómodas.

Los casos del PP que resurgen no son nuevos. Llevan años transitando despachos, sumarios y aplazamientos. Las condenas de Púnica llegan más de una década después de destaparse la trama. El juicio a Ignacio González se anuncia cuando los hechos investigados pertenecen a otra época política. Nada de eso invalida su importancia, pero sí plantea una pregunta legítima: ¿por qué ahora ocupa todo el espacio?

La respuesta no está en los tribunales, sino en la política. Cuando un Gobierno sufre una derrota electoral clara y carece de un relato convincente para explicarla, la tentación de refugiarse en la corrupción ajena es casi automática. Es un mecanismo conocido: desplazar el foco, reactivar viejas sombras del adversario y reconstruir el marco moral desde el que presentarse como mal menor.

En ese contexto, la resolución que limita la investigación sobre el entorno familiar del presidente adquiere una dimensión simbólica inevitable. No porque pruebe nada —no lo hace— ni porque implique privilegios demostrables, sino porque refuerza el contraste. Severidad retrospectiva con los adversarios políticos; extrema cautela cuando la investigación roza al poder en ejercicio. La justicia puede ser impecable en ambos casos, pero la percepción pública no es un detalle menor en democracia.

El riesgo es evidente: convertir a los tribunales en un escenario más de la batalla política. No porque los jueces lo pretendan, sino porque los partidos aprenden a leer, amplificar y encuadrar cada decisión según convenga. Cuando eso ocurre, la justicia pierde centralidad como poder independiente y gana protagonismo como instrumento narrativo. Y ese es un terreno resbaladizo.

La derrota de Extremadura no se corrige recordando, una vez más, los pecados del pasado del PP. Tampoco se neutraliza blindando el presente frente a cualquier sospecha incómoda. Las urnas hablan de otra cosa: de fatiga, de desencanto y de una percepción creciente de que el poder se ha vuelto autorreferencial, más preocupado por sobrevivir que por gobernar.

Demasiadas coincidencias no prueban conspiraciones. Pero sí hacen desconfiar del relato. Y en una democracia madura, desconfiar del relato oficial no es atacar al Estado de derecho, sino ejercerlo. Porque la justicia debe ser siempre un pilar, nunca una cortina. Y la política, cuando pierde elecciones, debería mirarse primero en el espejo antes de señalar al archivo judicial del adversario.

El país de las leyes que no llegan

El Congreso funciona como un laberinto sin salida: las leyes se atascan, los apoyos se erosionan y el poder se convierte en teatro de decisiones que nunca llegan a serlo. 
FUENTE: EFE

España lleva meses con el motor político gripado. El Ejecutivo presume de crecimiento, pero en el Congreso vive navegando en círculos: no se debaten leyes, se difuminan. En lo que va de año, apenas cinco leyes aprobadas por parte del Gobierno, muchas de ellas redactadas en comisión y aparcadas en el limbo de enmiendas, mientras los plenos terminan antes de tiempo sin actividad legislativa sobresaliente. 

¿Acaso no hay plan social? Sí. ¿Acaso no hay urgencias como vivienda o pobreza infantil? Sí. ¿Acaso no hay consenso social incluso ciudadano? También. Pero, en la práctica, el Congreso es una cámara de espera donde las reformas mueren por inanición política

Un Gobierno hecho de pactos imposibles 

Sánchez gobierna con una minoría que depende de socios tan dispares como Junts, ERC, EH Bildu o Sumar. Esa torre de alianzas es frágil y contradictoria: acuerdos contrapuestos que bloquean más que suman. El ejemplo más claro: la Ley del Suelo, impulsada como solución técnica extensamente respaldada, se estrelló contra la imposibilidad de pactar ni siquiera lo evidente. El Ejecutivo bajó los brazos antes de pelearla en la tribuna. 

La agenda social, pedida a gritos por Sumar, languidece. Su portavoz reclama un “impulso” urgente o incluso un reseteo de relaciones con el PSOE: una legislatura demasiado débil para cambiar vidas

Proyectos como la regulación del alquiler turístico, la derogación de la ley mordaza o el Estatuto del Becario llevan meses, incluso años, congelados en ponencias, en enmiendas abismales, en falta de voluntad política. No hay discursos: hay excusas. No hay avance: hay miedo a perder aliados o desesperanza por ganar. El Congreso se ha convertido en tumba para las reformas. 

El voto del bloqueo: decreto antiapagón como símbolo 

En el último pleno, el rechazo al decreto antiapagón, apoyado por un bloque extraño: PP, Vox, Junts y hasta Podemos, fue una bofetada simbólica al Ejecutivo. La norma pretendía reforzar el sistema eléctrico, atraer inversiones y proteger a los consumidores tras el gran apagón del 28 de abril. El rechazo no sólo representa un fracaso técnico: es el síntoma de un Parlamento que no coincide en nada esencial con el Gobierno. Ese voto fue el acto más claro de un poder en resistencia total

La legislatura se empantana en crisis internas. El escándalo de Santos Cerdán, acusado, ha tensado la coalición entre PSOE y Sumar hasta el punto de ruptura. La reunión de emergencia entre ambos fue un fracaso. Ninguna tregua, ningún acuerdo firme: solo reproches y desorientación. La coalición amenaza con una ruptura si no hay medidas inmediatas. Mientras tanto, leyes bloqueadas (familias, vivienda, empleo) quedan pendientes sin respuesta política eficaz

El Gobierno, consciente del atasco, ha adoptado la fórmula de la norma urgente o decreto-ley para sortear el bloqueo. Pero el camino provisional se convierte en norma, y lo ordinario en excepción. Gobernar con decretos deslegitima al Parlamento, instala la discrecionalidad, erosiona la deliberación. El Ejecutivo deja de convocar debates y aprieta botonazos: es la victoria del poder ejecutivo sobre el legislativo. 

Una democracia suspendida de leyes hasta 2027 

A pesar de todo, Sánchez insiste en agotar la legislatura hasta 2027, con mayorías frágiles y sin Presupuesto nuevo. Defiende que el 86 % de las votaciones parlamentarias han sido exitosas, aunque eso incluya nombramientos o decretos triviales. Esta insistencia revela dos cosas: que no piensa convocar elecciones y que redefine gobernabilidad como imposición minimalista en lugar de pacto constructivo. 

España vive una legislatura convertida en espera. Las leyes se atascan, los aliados desertan, los escándalos paralizan. El Congreso ya no es foro democrático: es atril de esperas sin ejecución. 

Solo una refundación del Legislativo puede romper ese ciclo: control real sobre los decretos, calendario cerrado de leyes clave, obligación de pactos claros o elecciones anticipadas. Si no, el país seguirá navegando sin rumbo. Y lo peor de todo: sin gobierno efectivo. 

Porque cuando la política deja de ser sistema y se convierte en espera, no solo pierde su sentido: pierde el tiempo del futuro. 

Montoro y la política como chantaje de Estado 

Cuando el poder se sirve de los datos fiscales para premiar a aliados y castigar a disidentes, ya no estamos ante una democracia deteriorada, sino frente a un Estado capturado por prácticas autoritarias. 

FUENTE: EFE

Hay algo profundamente obsceno —y peligroso— en el modo en que Cristóbal Montoro dirigió el Ministerio de Hacienda. Durante años, este alto cargo del Partido Popular utilizó su posición en el engranaje del Estado no para proteger el interés general, sino para convertir los datos personales de los ciudadanos en armas de intimidación política. La información tributaria, que debe ser sagrada en cualquier democracia, fue manipulada y filtrada según conveniencia ideológica o empresarial. No fue solo corrupción: fue un abuso estructural de poder, ejecutado desde el corazón del Estado. 

El Estado como coartada, Hacienda como garrote 

Montoro no redactaba leyes: confeccionaba privilegios. El escándalo revela que su despacho privado, Equipo Económico, operaba como una central de beneficios fiscales a medida para empresas afines. Se diseñaban reformas tributarias con nombre y apellidos, con efectos retroactivos incluso, premiando a grupos concretos con deducciones que rozaban el 85 % y generaban “comisiones legales” millonarias. Pero lo más nauseabundo no son los beneficios: es que esas decisiones se tomaban mientras desde el ministerio se perseguía, vigilaba y filtraba información de quienes no eran aliados

Durante su mandato, periodistas críticos y rivales políticos sufrieron inspecciones fiscales selectivas, filtraciones ilegales a medios, y un uso institucionalizado del miedo. Era la versión digital del “que viene Hacienda”, convertida en política de Estado. En lugar de promover la equidad fiscal, Montoro convirtió los ficheros de la Agencia Tributaria en una red de chantaje y venganza. Y lo peor: no lo hizo en la sombra, sino con el aplauso cerrado del Consejo de Ministros. 

No exageremos: este escándalo no es una anécdota más, no es “otro caso de corrupción”. Es una línea roja cruzada. Cuando un ministro tiene el poder de manipular la ley, espiar ciudadanos y condicionar con información sensible el comportamiento del resto de actores políticos y sociales, el sistema ha dejado de ser democrático. Se ha convertido en una arquitectura de dominación con apariencia de institucionalidad

El problema no es solo Montoro. Es el tipo de poder que una democracia débil permite a sus gobernantes. El poder de saber lo que ganas, lo que heredas, lo que donas, lo que gastas, con quién te asocias, en qué empresa trabajas, a quién ayudas. El poder de utilizar esa información no para redistribuir riqueza, sino para redistribuir miedo. No se trata de un exceso personal, sino de una concepción despótica del Estado, que se siente legítimo para castigar la disidencia y premiar la servidumbre. 

El silencio institucional es cómplice 

¿Dónde estaba el Consejo de Transparencia? ¿La Inspección General del Estado? ¿Y los órganos de control parlamentario? La respuesta es simple: estaban colonizados o adormecidos. El verdadero escándalo es que ninguno de estos abusos habría salido a la luz sin una instrucción judicial filtrada y casi clandestina. La democracia no se defendió a sí misma: tuvo que ser sacudida a golpes de sumario. 

Montoro ya no está en el Gobierno, pero su forma de gobernar ha dejado una huella indeleble. Más allá del personaje, ha establecido un precedente inquietante: que los datos del ciudadano pueden ser convertidos en expediente político, en forma de presión, en castigo o recompensa. Que lo que entregamos al Estado para construir sociedad, puede ser usado para dinamitarla desde dentro. 

El “ministerio del miedo” que construyó Montoro no debería archivarse como una etapa oscura, sino como una lección fundacional: una democracia sin controles férreos sobre el uso de datos no es democracia, sino una fachada de suplantación. No basta con condenar penalmente: hay que refundar políticamente. 

Si el Estado se convierte en una máquina de inspeccionar enemigos y blindar amigos, no es un Estado fallido: es un Estado corrupto desde el alma. Y si la ciudadanía no responde, entonces el miedo habrá ganado el combate que la democracia nunca debió permitir. 

Despertar tarde no basta: el PP ante su Congreso

El PP adelanta su Congreso nueve meses, pero sigue sin atreverse a decir lo que el país necesita oír. La contemplación, la prudencia infinita y el miedo a incomodar lo han dejado descolocado ante la gran crisis institucional que vive España. 

FUENTE: EFE

El Partido Popular celebrará su Congreso Nacional en julio, nueve meses antes de lo previsto. Pero no hay que dejarse engañar: este adelanto no es reflejo de vigor político, sino síntoma de que por fin se ha encendido una alarma. La dirección de Alberto Núñez Feijóo ha pasado demasiados meses en una especie de letargo estratégico, fiando todo a que la erosión del Gobierno socialista hiciera el trabajo por ellos. Como si bastara con esperar. Como si oponerse fuera lo mismo que liderar. 

Y mientras tanto, España se caía. 

Se caía el Congreso como espacio de deliberación, reemplazado por decretos-ley y pactos en la sombra. Se caía la independencia judicial, triturada por la ocupación partidista de los órganos de control. Se caía la confianza en las instituciones, el prestigio exterior, la seguridad jurídica. Y el PP, mientras todo eso ocurría, miraba de reojo a Vox, con miedo de parecer blando, pero también con miedo de parecerse demasiado. Encajonado, tibio, contemplativo. Como si el país pudiera esperar. 

El Congreso del PP llega, sí. Pero no está claro que llegue con rumbo. Ni con nervio. Ni con discurso. Porque si se trata solo de revalidar un liderazgo sin levantar un proyecto político que le hable de verdad a la España que sufre, será otra oportunidad perdida. La sociedad no necesita a un PP que administre la espera. Necesita a un PP que sepa lo que quiere hacer con el país. Que diga sin miedo que España está atrapada en un frentismo suicida, que los extremos se retroalimentan y que la única salida es un reformismo serio, valiente, impopular si hace falta. 

Pero para eso hay que arriesgar. Hay que dejar de hablar con la calculadora en la boca y empezar a hablar con un poco de coraje. Hay que decir que el país no aguanta más propaganda, que el deterioro institucional es un hecho, que la justicia necesita descolonizarse, que las empresas públicas no pueden ser la agencia de colocación del partido de turno, que el Estado de Bienestar no sobrevivirá si no se gobierna con seriedad, aunque eso implique sacrificios. 

Y hay que decir, también, que la moderación no puede ser una excusa para no hacer nada. Moderación no es resignación. No es cobardía. Es firmeza democrática. Es asumir que hay que pactar, sí, pero desde una posición clara. Que hay que convencer, no complacer. Que gobernar no es templar gaitas, sino tener un proyecto nacional que vuelva a unir a los españoles en torno a algo que no sea el odio al adversario. 

El PP ha estado demasiado tiempo en pausa. En lenguaje bajo. En una especie de prudencia eterna que lo ha convertido en el partido que no molesta. Pero a estas alturas, no molestar es no existir. Si el Congreso de julio no sirve para sacudir al partido y marcar un rumbo inequívoco —reformista, valiente, institucional y ambicioso—, entonces no habrá servido para nada. Peor aún: habrá sido la confirmación de que el PP no está preparado para el momento político más grave desde la Transición. 

Feijóo aún está a tiempo de reaccionar. Pero tiene que hablar claro. No a los suyos. A los que no le votan, a los que dudan, a los que están hartos de todos. Tiene que decirles que hay una alternativa que no es ruido ni resignación. Que hay un plan para que España funcione. Si no lo hace, si sigue en esta deriva de cálculo y de reflejo, la historia no se lo va a perdonar. Porque cuando todo se derrumba, quien no da un paso adelante desaparece con los escombros.