
Cuando el poder se sirve de los datos fiscales para premiar a aliados y castigar a disidentes, ya no estamos ante una democracia deteriorada, sino frente a un Estado capturado por prácticas autoritarias.
FUENTE: EFE
Hay algo profundamente obsceno —y peligroso— en el modo en que Cristóbal Montoro dirigió el Ministerio de Hacienda. Durante años, este alto cargo del Partido Popular utilizó su posición en el engranaje del Estado no para proteger el interés general, sino para convertir los datos personales de los ciudadanos en armas de intimidación política. La información tributaria, que debe ser sagrada en cualquier democracia, fue manipulada y filtrada según conveniencia ideológica o empresarial. No fue solo corrupción: fue un abuso estructural de poder, ejecutado desde el corazón del Estado.
El Estado como coartada, Hacienda como garrote
Montoro no redactaba leyes: confeccionaba privilegios. El escándalo revela que su despacho privado, Equipo Económico, operaba como una central de beneficios fiscales a medida para empresas afines. Se diseñaban reformas tributarias con nombre y apellidos, con efectos retroactivos incluso, premiando a grupos concretos con deducciones que rozaban el 85 % y generaban “comisiones legales” millonarias. Pero lo más nauseabundo no son los beneficios: es que esas decisiones se tomaban mientras desde el ministerio se perseguía, vigilaba y filtraba información de quienes no eran aliados.
Durante su mandato, periodistas críticos y rivales políticos sufrieron inspecciones fiscales selectivas, filtraciones ilegales a medios, y un uso institucionalizado del miedo. Era la versión digital del “que viene Hacienda”, convertida en política de Estado. En lugar de promover la equidad fiscal, Montoro convirtió los ficheros de la Agencia Tributaria en una red de chantaje y venganza. Y lo peor: no lo hizo en la sombra, sino con el aplauso cerrado del Consejo de Ministros.
No exageremos: este escándalo no es una anécdota más, no es “otro caso de corrupción”. Es una línea roja cruzada. Cuando un ministro tiene el poder de manipular la ley, espiar ciudadanos y condicionar con información sensible el comportamiento del resto de actores políticos y sociales, el sistema ha dejado de ser democrático. Se ha convertido en una arquitectura de dominación con apariencia de institucionalidad.
El problema no es solo Montoro. Es el tipo de poder que una democracia débil permite a sus gobernantes. El poder de saber lo que ganas, lo que heredas, lo que donas, lo que gastas, con quién te asocias, en qué empresa trabajas, a quién ayudas. El poder de utilizar esa información no para redistribuir riqueza, sino para redistribuir miedo. No se trata de un exceso personal, sino de una concepción despótica del Estado, que se siente legítimo para castigar la disidencia y premiar la servidumbre.
El silencio institucional es cómplice
¿Dónde estaba el Consejo de Transparencia? ¿La Inspección General del Estado? ¿Y los órganos de control parlamentario? La respuesta es simple: estaban colonizados o adormecidos. El verdadero escándalo es que ninguno de estos abusos habría salido a la luz sin una instrucción judicial filtrada y casi clandestina. La democracia no se defendió a sí misma: tuvo que ser sacudida a golpes de sumario.
Montoro ya no está en el Gobierno, pero su forma de gobernar ha dejado una huella indeleble. Más allá del personaje, ha establecido un precedente inquietante: que los datos del ciudadano pueden ser convertidos en expediente político, en forma de presión, en castigo o recompensa. Que lo que entregamos al Estado para construir sociedad, puede ser usado para dinamitarla desde dentro.
El “ministerio del miedo” que construyó Montoro no debería archivarse como una etapa oscura, sino como una lección fundacional: una democracia sin controles férreos sobre el uso de datos no es democracia, sino una fachada de suplantación. No basta con condenar penalmente: hay que refundar políticamente.
Si el Estado se convierte en una máquina de inspeccionar enemigos y blindar amigos, no es un Estado fallido: es un Estado corrupto desde el alma. Y si la ciudadanía no responde, entonces el miedo habrá ganado el combate que la democracia nunca debió permitir.



