
La negociación imposible de los presupuestos catalanes revela hasta qué punto la política española ha dejado de gobernar para limitarse a sobrevivir. Illa depende de ERC; Sánchez depende de Illa. Y ambos han quedado atrapados en una aritmética que ya no administra poder, sino debilidad.
FUENTE: EFE
La política española lleva meses funcionando como una cadena de dependencias cruzadas donde nadie gobierna realmente, pero todos necesitan aparentar que aún controlan algo. Cataluña es el mejor reflejo de esa situación. Lo que allí ocurre ya no es una cuestión autonómica: es una radiografía del agotamiento del modelo parlamentario sobre el que descansa hoy el poder de Pedro Sánchez.
Porque el problema de Salvador Illa no es únicamente presupuestario. Es existencial. Su presidencia nació bajo una condición muy concreta: depender del independentismo para gobernar mientras prometía superar el “procés” y devolver estabilidad institucional a Cataluña. Pero cuanto más necesita a ERC, más se parece precisamente al esquema político que decía venir a corregir.
Y ahí aparece la verdadera dimensión nacional del problema. Illa depende de ERC para aprobar sus cuentas y Sánchez depende de Illa para sostener la ficción de normalización catalana. Y ERC depende de endurecer continuamente sus exigencias para justificar ante su electorado que sigue siendo útil después de haber entregado la Generalitat y facilitado la continuidad del sanchismo en Madrid.
El resultado es un sistema atrapado en la negociación permanente. Un poder que ya no transforma ni planifica, sino que administra vetos, cesiones y equilibrios precarios.
El presupuesto como chantaje estructural
Las últimas semanas han dejado una imagen muy reveladora: la negociación presupuestaria catalana ya no gira alrededor de prioridades económicas o modelos de gestión, sino alrededor de competencias, financiación singular, cesiones identitarias y nuevas transferencias de poder político. ERC sabe perfectamente dónde está la debilidad y la explota.
Cada vez que amenaza con bloquear las cuentas catalanas, amenaza también indirectamente la estabilidad de Sánchez. Porque el Gobierno necesita desesperadamente que Cataluña funcione como ejemplo político de la “desinflamación” del conflicto territorial. Illa era la gran prueba de que el socialismo podía volver a gobernar Cataluña sin ruptura institucional. Pero cuanto más tiempo pasa, más evidente resulta que esa estabilidad depende exactamente de quienes hicieron del conflicto su principal herramienta política.
La paradoja es evidente: el PSC ganó prometiendo pasar página del procés y ha terminado subordinado a sus herederos políticos.
Sánchez ya no arbitra: depende
Durante años, Sánchez logró convertir la fragmentación parlamentaria en una herramienta de supervivencia. Pactaba con unos y otros, desplazaba el eje político y utilizaba la necesidad mutua como mecanismo de poder. Pero esa fórmula empieza a mostrar síntomas de agotamiento. Hoy ya no es el árbitro del sistema, es rehén de él.
La negociación catalana lo demuestra de forma descarnada. El acuerdo de financiación singular exigido por ERC no responde únicamente a una lógica autonómica: responde a la necesidad del independentismo de justificar políticamente su alianza con el PSOE. Y Sánchez necesita conceder algo suficientemente relevante para mantener viva esa mayoría parlamentaria.
Por eso Cataluña ya no es sólo Cataluña, es el laboratorio donde se anticipa el futuro político nacional.
Si Illa fracasa, fracasa la gran narrativa del sanchismo territorial. Si ERC rompe, Sánchez pierde estabilidad. Y si las cesiones continúan aumentando, el coste político fuera de Cataluña seguirá creciendo en amplias capas del electorado socialista tradicional.
La geometría imposible del PSOE
El PSOE atraviesa una contradicción cada vez más difícil de sostener. Necesita al independentismo para gobernar España mientras intenta convencer al resto del país de que el independentismo ya no condiciona España y esa contradicción empieza a hacerse visible en todas partes.
Se vio con la amnistía, se ve con la financiación autonómica, se ve con las competencias fiscales y se está viendo ahora con los presupuestos catalanes. Cada cesión se presenta como un instrumento para “normalizar” la situación, pero el efecto acumulativo es justamente el contrario: aumenta la sensación de excepcionalidad permanente.
El problema no es sólo político, es institucional. Porque cuando un gobierno depende continuamente de minorías cuyo incentivo político consiste en diferenciarse del propio Estado, la lógica de funcionamiento acaba alterándose por completo. El poder deja de orientarse hacia mayorías amplias y empieza a organizarse alrededor de demandas cada vez más fragmentarias y territoriales.
Eso es exactamente lo que hoy refleja Cataluña.
Una legislatura atrapada en sí misma
Lo más significativo de todo es que nadie parece tener una salida real. ERC no puede permitirse aparecer irrelevante e Illa no puede romper con ERC sin poner en riesgo toda la estrategia del PSC. Por ende, Sánchez no puede permitirse perder Cataluña porque perdería el núcleo político que sostiene su mayoría parlamentaria en Madrid. Todos necesitan seguir, Aunque cada vez resulte más evidente que el sistema funciona peor.
Por eso la negociación presupuestaria catalana importa mucho más de lo que aparenta. No habla sólo de unas cuentas autonómicas. Habla del modelo político español surgido tras la fragmentación parlamentaria, del agotamiento del viejo bipartidismo y de un poder que ya no descansa sobre proyectos compartidos, sino sobre dependencias mutuas cada vez más difíciles de administrar.
Cataluña ya no es la excepción; empieza a ser el espejo.




