Cuando tiembla la tierra, también se derrumban las mentiras

El terremoto que ha devastado Venezuela no sólo ha dejado miles de víctimas y decenas de miles de edificios destruidos. También ha vuelto a demostrar que las catástrofes naturales no entienden de ideologías, pero sus consecuencias sí dependen de la calidad de las instituciones.
FUENTE: EFE

La tierra tiembla igual bajo una democracia que bajo una dictadura. Las placas tectónicas no distinguen entre elecciones libres y regímenes autoritarios. La naturaleza es indiferente a la política. Lo que nunca es indiferente es la respuesta de un Estado.

Las primeras estimaciones realizadas a partir de imágenes satelitales de la NASA apuntan a que cerca de 59.000 edificios podrían haber resultado dañados o destruidos por los terremotos que sacudieron Venezuela el pasado 24 de junio, una cifra muy superior a la reconocida oficialmente por las autoridades. Los hospitales han colapsado, decenas de miles de personas permanecen desaparecidas y Naciones Unidas advierte de una crisis humanitaria de enormes dimensiones. Pero el terremoto no explica por sí solo semejante devastación.

Las dictaduras no provocan los terremotos. Agravan sus consecuencias.

Existe una tentación recurrente cuando ocurre una catástrofe natural: asumir que todo forma parte de un infortunio inevitable. Es una forma cómoda de absolver a quienes llevaban años gobernando antes de que la tierra empezara a moverse. Sin embargo, los edificios no se derrumban únicamente por la fuerza del seísmo.

También se derrumban por décadas de corrupción, de controles técnicos inexistentes, de mantenimiento abandonado, de urbanismo sometido al poder político y de instituciones incapaces de hacer cumplir las normas que ellas mismas aprueban.

Las investigaciones preliminares de ingenieros y expertos apuntan precisamente a esa combinación de factores: construcciones antiguas, edificaciones de baja calidad, incumplimiento o escasa aplicación de normas antisísmicas y años de deterioro estructural agravados por la crisis económica. Incluso edificios relativamente recientes han sufrido colapsos que ahora deberán investigarse. No es una casualidad, es el resultado de un modelo político.

El legado del chavismo también está entre los escombros

Durante más de dos décadas, el chavismo convirtió la obra pública en uno de sus principales instrumentos de propaganda. Se prometieron millones de viviendas, se anunciaron planes faraónicos y se presentó al Estado como constructor de un nuevo país.

Pero las dictaduras confunden con demasiada frecuencia inaugurar con mantener, construir con conservar, propaganda con gestión…

Mientras el aparato del régimen concentraba recursos en perpetuarse, Venezuela veía deteriorarse carreteras, hospitales, redes eléctricas, servicios públicos y buena parte de sus infraestructuras básicas. La corrupción dejó de ser una excepción para convertirse en una forma de gobierno. El mérito fue sustituido por la lealtad política. Los organismos técnicos perdieron independencia y la capacidad del Estado para supervisar, inspeccionar y prevenir se fue erosionando año tras año.

Ese deterioro no ocupa titulares mientras no ocurre nada extraordinario, hasta que ocurre, y es entonces cuando aparece la factura acumulada de décadas.

El desastre también revela el estado del régimen

Las imágenes llegadas desde La Guaira son tan elocuentes como devastadoras. Voluntarios excavando entre los escombros mientras la maquinaria pesada tarda días en llegar. Hospitales improvisados en edificios privados ante el colapso sanitario. Familias buscando a sus desaparecidos sin apenas información oficial. Equipos internacionales denunciando la falta de coordinación y ciudadanos acusando al Estado de haber desaparecido precisamente cuando más se le necesitaba.

Las dictaduras suelen presumir de eficacia hasta que llega una crisis real. Ahí descubren que los años dedicados a controlar a la sociedad fueron años que dejaron de dedicarse a fortalecer las instituciones. Porque un Estado preparado no se improvisa después de un terremoto, se construye durante décadas.

No basta con culpar a la naturaleza

Habrá quien intente presentar esta tragedia como un simple accidente geológico. Y sería cierto… sólo a medias.

El terremoto era inevitable. Que un país llegue a una catástrofe con hospitales colapsados, infraestructuras deterioradas, administraciones debilitadas y una capacidad de respuesta cuestionada no lo era.

Ésa sí es una responsabilidad política.

Y conviene recordarlo porque todavía hoy existen demasiados dirigentes en Occidente que siguen presentando al chavismo como una experiencia fallida por culpa de las sanciones, de la coyuntura internacional o de la mala suerte. No.

El terremoto ha recordado algo mucho más incómodo: Las dictaduras rara vez crean prosperidad; lo que terminan construyendo es fragilidad. Y cuando la naturaleza pone a prueba un país, esa fragilidad acaba costando vidas.

Minneapolis o el ensayo autoritario de Trump

Los disturbios y la respuesta de Trump revelan algo más inquietante que un exceso retórico: la tentación de gobernar el conflicto como método y la excepción como norma 
FUENTE: EFE

Los disturbios de Minneapolis no son solo un episodio de violencia urbana ni una expresión desbordada de protesta social. Son, sobre todo, el escenario elegido por Donald Trump para ensayar una deriva autoritaria que ya no se disfraza de retórica electoral, sino que se presenta como una forma legítima de ejercer el poder. Cuando un presidente convierte el desorden en argumento político y la fuerza en lenguaje, deja de gestionar una crisis y empieza a explotar una oportunidad. 

Trump no busca apagar el incendio: necesita que arda. Necesita imágenes de caos, enfrentamientos, saqueos y miedo para justificar un discurso que reduce la complejidad democrática a una dicotomía infantil: él o el colapso. La ley y el orden no aparecen como principios constitucionales, sino como armas arrojadizas contra el adversario político y, en última instancia, contra una parte de la ciudadanía. 

La militarización del relato 

La reacción del expresidente ante Minneapolis no fue la de un jefe de Estado preocupado por recomponer la convivencia, sino la de un caudillo dispuesto a demostrar autoridad. Amenazas de despliegue militar, retórica bélica, deslegitimación sistemática de gobernadores y alcaldes, y una narrativa que presenta a los manifestantes —con independencia de su conducta— como enemigos internos. 

No es casual. El autoritarismo contemporáneo no siempre empieza con tanques en la calle; empieza con palabras. Con la normalización de la excepcionalidad. Con la idea de que, ante determinadas circunstancias, los contrapesos sobran, los procedimientos estorban y los derechos son negociables. Minneapolis sirve así como laboratorio discursivo: si el miedo funciona, se amplifica; si la tensión moviliza, se estira. 

El conflicto como combustible político 

Trump entiende algo esencial de la política contemporánea: el conflicto moviliza más que la gestión. Por eso no hay intento serio de desescalar, de distinguir entre protesta legítima y violencia criminal, de proteger derechos sin renunciar al orden público. Todo se mezcla deliberadamente en un mismo relato simplificado, emocional y agresivo. 

El problema no es solo Trump. Es lo que legitima. Cuando desde la cúspide del poder se asume que la polarización es rentable, el sistema entero se ve arrastrado hacia una lógica de trincheras. La democracia deja de ser un espacio de mediación para convertirse en un campo de batalla simbólico donde ganar justifica casi cualquier medio. 

Instituciones bajo presión 

La deriva autoritaria no se mide solo por decisiones ejecutivas, sino por el desgaste progresivo de las instituciones. Minneapolis evidenció hasta qué punto Trump está dispuesto a tensionar el equilibrio federal, a desacreditar autoridades locales legítimas y a presentar cualquier límite a su actuación como una amenaza al país. 

Ese es el salto cualitativo: no se trata de mano dura frente al delito, sino de la construcción de un liderazgo que se sitúa por encima de las reglas cuando estas no convienen. El presidente no como garante del sistema, sino como intérprete exclusivo de la voluntad popular. Todo lo demás —tribunales, prensa, gobiernos estatales— pasa a ser sospechoso. 

La tentación americana 

Durante décadas, Estados Unidos se presentó como un referente democrático precisamente por su capacidad de absorber el conflicto sin romperse. Minneapolis muestra lo contrario: que también allí existe la tentación de sacrificar pluralismo por control, derechos por eficacia, deliberación por espectáculo. 

Trump no inventa el malestar, pero lo instrumentaliza. No crea la violencia, pero la utiliza. Y al hacerlo, cruza una línea peligrosa: la que separa gobernar en democracia de gobernar contra ella. 

Cuando el remedio es peor que la enfermedad 

El desorden es un problema. La violencia lo es aún más. Pero la respuesta autoritaria no los soluciona: los cronifica. Un poder que se alimenta del miedo acaba necesitándolo para sobrevivir. Y cuando eso ocurre, la excepción deja de ser provisional y se convierte en identidad política. 

Minneapolis no es solo una ciudad en crisis. Es un aviso. Porque cuando un líder utiliza el caos para reforzarse, lo que está en juego no es el orden público, sino la salud misma de la democracia. 

Acontecimientos que parecían imposibles

La reunión entre Sánchez y Feijóo sobre política exterior y Defensa obliga a recuperar algo que parecía olvidado: el diálogo de Estado en un momento de incertidumbre internacional extrema
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El presidente del Gobierno ha llamado al líder de la oposición para hablar de política internacional y de Defensa después de años sin comunicación relevante entre ambos. Que Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo se sienten a abordar estos asuntos se percibe hoy como una anomalía positiva, síntoma del grado de deterioro institucional alcanzado en los últimos años, cuando el diálogo estratégico entre las principales fuerzas políticas ha sido sustituido por la confrontación permanente.

Probablemente, esta iniciativa sea obligada después de haberse comprometido a participar en un eventual despliegue militar en Ucrania. No se trata de una cuestión menor ni coyuntural, sino de una decisión de enorme calado político, estratégico y moral. En un contexto internacional tan volátil, con una guerra en suelo europeo y con una arquitectura de seguridad en plena revisión, ningún presidente debería dar pasos de este tipo sin compartir información, objetivos y límites con la oposición.

Mayorías, no gestos

Esta iniciativa, como otras de gran calado, debería depender de una mayoría clara y explícita. Por eso resulta inevitable señalar lo que no ha ocurrido: ni convocatoria de elecciones ni propuesta de una moción de confianza que permita al Congreso pronunciarse de forma ordenada sobre la orientación general de la política exterior y de Defensa. Y, aun así, que los líderes nacionales dialoguen sobre estas materias es una buena noticia. España necesita acuerdos amplios que definan marcos generales de actuación, especialmente en ámbitos que no admiten improvisaciones ni cálculos a corto plazo.

Ahora bien, si la conversación se limita a apoyar una cuestión concreta, es obligado un acuerdo general sobre la materia. No se puede pedir respaldo puntual sin ofrecer una visión de conjunto. Más aún en un momento de cambios profundos, donde las certezas de hace apenas unos años han saltado por los aires y donde las decisiones que se tomen hoy condicionarán a varias generaciones.

Requeriría un acuerdo el eventual despliegue de tropas en Ucrania, país europeo amigo y socio, pero también la política de gasto en Defensa y el cumplimiento de las obligaciones asumidas con nuestros socios de la OTAN. Durante demasiado tiempo hemos pospuesto este debate como si fuera incómodo o secundario, cuando en realidad afecta directamente a nuestra credibilidad internacional y a nuestra propia seguridad. No se puede hablar de compromisos militares sin hablar de recursos, planificación y prioridades.

Europa, China y el flanco sur

Tampoco deberían olvidar la necesidad de una política europea común respecto a China, un actor central en el equilibrio global, ni el presidente puede eludir informar al líder de la oposición sobre el cambio de posición respecto a Marruecos. Ese giro, realizado sin consenso ni explicación suficiente, sigue siendo una de las decisiones más opacas y trascendentes de la política exterior reciente, y merece algo más que silencios o apelaciones genéricas al interés nacional.

Venezuela: sin eufemismos

No puede quedar fuera de la conversación el futuro próximo de Venezuela. Y aquí conviene ser claro. Venezuela solo puede avanzar si se produce la liberación de los presos políticos. No valen eufemismos ni fórmulas diplomáticas diseñadas para no molestar. Y después, elecciones libres, con garantías reales, tras un periodo de transición que se apoye en los resultados electorales de los últimos comicios de julio de 2024. Cualquier otra cosa es prolongar una ficción que solo beneficia a quienes se aferran al poder.

Ojalá esta reunión no sea un gesto aislado ni una necesidad táctica impuesta por las circunstancias. Ojalá marque el inicio de una forma distinta de abordar los grandes asuntos de Estado. Porque hay acontecimientos que parecían imposibles no porque lo fueran, sino porque durante demasiado tiempo se decidió que no eran necesarios. Y eso, en política exterior y en Defensa, siempre acaba teniendo un coste.

Por la Libertad de Venezuela y el fin del régimen chavista

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Ahora más que nunca reafirmamos nuestro compromiso por la libertad del pueblo venezolano y el fin del régimen chavista. Hoy más que nunca, libertad para ese pueblo orgulloso, valiente y sometido desde hace dos décadas a un régimen que usurpó el poder hace un año y medio y sobre el cual Estados Unidos ha desplegado su fuerza de ataque.

Es el momento para la democracia en Venezuela que ha luchado por ella con todas sus fuerzas. Apelar al Derecho Internacional cuando lo que había al frente del país era un régimen ilegítimo que ha usado la fuerza sin contemplaciones contra su pueblo vulnerando los derechos humanos básicos reconocidos en los tratados internacionales es, cuanto menos, un error y un intento de desenfocar la realidad. La prioridad es la restauración de la democracia arrebatada al pueblo venezolano en la época de Chávez y mantenida subyugada por una coalición de delincuencia internacional con Maduro, los hermanos Rodríguez o Cabello al mando.

Hoy expresamos nuestro deseo de que los más de 8 millones de venezolanos en el exilio -el mayor éxodo del siglo XXI- puedan volver a su país. Hoy más que nunca los venezolanos deben sentir todo el apoyo de los demócratas españoles verdaderos y no de los impostados que, muy probablemente, saldrán en los próximos días conforme se vea una transición pacífica.

Esperamos que, cuanto antes, los venezolanos puedan expresarse libremente, posibilidad negada por la dictadura, sus adláteres ideológicos y los que se han aprovechado de su la miseria para hacer negocios. Que se materialice la decisión de las urnas que hicieron presidente a Edmundo González Urrutia con más del 75% de los votos tal como refrendaron las actas auditadas y publicadas por los más prestigiosos observadores políticos internacionales como el Centro Carter; la vuelta de María Corina Machado, flamante Premio Nobel de la Paz, símbolo moral y de prestigio de los demócratas venezolanos y la salida de agentes tóxicos como algunos expresidentes bien conocidos por todos nosotros y potencias extranjeras anti democráticas.

Cuando la paciencia se acaba

María Corina Machado recibe el Nobel y Washington, con Trump recién regresado, decide que se acabó su paciencia y el tiempo de jugar a la diplomacia. Cuando un país se hunde en manos de un tirano, el mundo deja de mirar hacia otro lado… o decide que mirar sirve para algo. 
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Hay dictadores que envejecen en su propia caricatura, y luego está Maduro, que ha logrado una categoría propia: la del tirano que destruye un país entero mientras se presenta como mártir.  Venezuela no es una crisis política: es un desastre humanitario provocado deliberadamente

Inflación salvaje, hambre estructural, represión policial, miles de presos políticos, millones de exiliados. Un saqueo continuado de recursos naturales, un Estado convertido en máquina de enriquecimiento, un régimen que funciona como cartel.Y precisamente por eso, la decisión de Estados Unidos de designar al Cartel de los Soles como organización terrorista no es solo un acto jurídico: es la formalización internacional de que Maduro dirige un narco-régimen

No hay que edulcorarlo. 
Maduro no es un presidente autoritario. 
Maduro es un criminal con poder estatal

María Corina Machado: el Nobel como permiso moral 

El Premio Nobel de la Paz concedido a María Corina Machado no es un galardón simbólico: es una declaración internacional de que la oposición legítima de Venezuela tiene un rostro, un nombre y una causa que no puede seguir siendo ignorada. Es también un recordatorio inconveniente para quienes, en Europa, miran hacia otro lado: esta mujer representa a un país secuestrado. 

Estados Unidos lo ha entendido perfectamente: la líder más clara, más firme y más limpia de la oposición venezolana acaba de recibir el equivalente político de un escudo internacional. 

Con Guaidó, Washington apostó por la vía diplomática. Con Machado, apuesta por la vía realista: presión económica total, aislamiento del régimen, amenazas creíbles, y, si es necesario, intervención quirúrgica. 

La diferencia es abismal. Guaidó era promesa. Machado es última llamada

Trump vuelve, Venezuela importa, y el reloj corre 

Estados Unidos nunca interviene donde no tiene interés. No hay mística, no hay altruismo, no hay romanticismo democrático. Hay petróleo, hay geopolítica, hay seguridad hemisférica. Y Venezuela, desde hace una década, se ha convertido en el agujero negro perfecto: refugio de iraníes, base de operaciones del narcotráfico, plataforma para Rusia y China, y punto débil del control regional de Washington. 

Con la vuelta de Trump, la paciencia diplomática se transforma en prisa. La prisa tiene una razón muy concreta: Venezuela está estratégicamente disponible y moralmente justificable

Si Estados Unidos interviene —de forma militar, económica o híbrida— no será por piedad hacia los venezolanos, sino porque Maduro ha convertido a Venezuela en un riesgo real para los intereses estadounidenses

Y ahí está la diferencia fundamental con Guaidó: entonces el enemigo era tomado simplemente como incómodo. Ahora, el enemigo es útil… como justificación para intervenir. 

Maduro no es víctima: es el responsable de que la paciencia de Estados Unidos haya terminado 

Se puede debatir sobre la legitimidad de la intervención americana, se puede cuestionar la oportunidad, se puede recordar el historial de intervenciones fallidas de Washington… pero hay una verdad imposible de esquivar: si Estados Unidos mueve ficha en Venezuela es porque Maduro ha convertido el país en un estercolero geopolítico

Cuando un régimen se alía con organizaciones terroristas, trafica con droga a escala continental, hunde su economía para enriquecer a una cúpula criminal, persigue, encarcela y exilia, y destruye la estructura social hasta la desesperación total…entonces la discusión deja de ser moral y pasa a ser inevitable: Maduro no deja ninguna vía que no sea su salida

Y si no cae por dentro —porque ha destruido cualquier mecanismo institucional que pudiera desplazarlo— tarde o temprano cae por fuera. 

Cuando un dictador convierte su país en un arma, no puede quejarse cuando empiezan a apuntarle a él 

María Corina Machado se prepara para recibir el Nobel con la dignidad que Maduro destruyó en su país. Y al mismo tiempo, Trump prepara la fase final de presión sobre el régimen. No es casualidad. No es justicia divina. No es “el mundo despertando”. Es causa y efecto: Maduro convirtió a Venezuela en un problema internacional y ahora Venezuela será tratada como un problema internacional. 

No hay héroes en esta historia. Pero sí hay un villano claro. Y su nombre no está en Oslo; está en Miraflores, atrincherado entre lingotes, generales corruptos y un país exhausto. 

Y cuando Estados Unidos decide que ya ha tenido suficiente, el final no es bonito, pero sí es inevitable. 

‘Ganar’ como en Venezuela o ganar unas elecciones

En un ejercicio que desafía tanto la ética política como el sentido común, José Luis Rodríguez Zapatero se posiciona como el gran interlocutor de Nicolás Maduro, utilizando su «capacidad de diálogo» como escudo para justificar una relación que muchos consideran cómplice de un régimen que oprime. a su pueblo.

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Esta admisión, lejos de aportar claridad, oscurece aún más su postura frente a una dictadura que encarcela, tortura y priva de derechos básicos a miles de venezolanos, entre ellos menores de edad como Mariana González y Chelsea Correa. 

Zapatero evita pronunciarse sobre si Maduro es un dictador o un demócrata, refugiándose en frases vacías como que “ha ganado muchas elecciones”. Este tipo de comentarios no solo eluden la responsabilidad de condenar un sistema electoral profundamente cuestionado, sino que también muestran una peligrosa ambigüedad frente a los atropellos de un régimen que ha desmantelado las instituciones democráticas en Venezuela. Al negarse a «hacer ni de órgano electoral ni de juicio electoral», Zapatero no se mantiene neutral, sino que valida, por omisión, un sistema que perpetúa la represión y el sufrimiento. 

En sus declaraciones, Zapatero asegura que su trabajo está «comprometida con los opositores», pero esta afirmación choca con su silencio frente a las violaciones sistemáticas de derechos humanos y la falta de libertades en Venezuela. ¿Cómo puede alguien que dice estar del lado de los opositores evitar condenar públicamente al régimen que los persigue? Este doble discurso es una confrontación no solo a los venezolanos, sino también a los valores democráticos que Zapatero, como expresidente de una democracia consolidada, debería defender sin ambages. 

En paralelo, Zapatero parece extender esta ambigüedad moral a su postura sobre la política interna de España. Su confianza en Carles Puigdemont, al que describe como alguien que «habla claro» y está en un «proceso de nueva actitud», refleja una preocupante desconexión con la realidad de un líder que ha desafiado las leyes españolas y cuyo retorno al diálogo se basa más en el cálculo político que en una auténtica voluntad de reconciliación. La visión de Zapatero de que el independentismo catalán puede «situarse dentro del juego político» ignorar el impacto destructivo de sus acciones pasadas y minimizar los riesgos de una política de apaciguamiento que amenaza con perpetuar las tensiones territoriales. 

Por otro lado, el contraste entre su defensa de Pedro Sánchez y su valoración de Felipe González es revelador. Mientras critica a González por su postura crítica hacia el actual presidente, Zapatero no duda en respaldar a Sánchez en un momento en que su liderazgo está marcado por pactos cuestionables y tensiones internas en el PSOE. Esta lealtad parece menos un acto de convicción que un intento de consolidar su propio legado como mediador y garantía del diálogo, aunque ello implica ignorar los riesgos de acuerdos como la Ley de Amnistía o las concesiones presupuestarias a Cataluña. 

La conexión entre su relación con Maduro y su postura en la política española es evidente: en ambos casos, Zapatero parece estar más interesado en construir una narrativa de diálogo y reconciliación que enfrente las realidades de líderes y regímenes que socavan los principios democráticos. Esta estrategia, basada en evitar definiciones claras y adoptar una postura de mediador eterno, termina siendo una renuncia a los principios fundamentales de la política: defender la justicia, la democracia y los derechos humanos sin reservas. 

El papel de Zapatero en el escenario internacional, particularmente su vínculo con Maduro, y su actitud en la política interna española contribuyen a una preocupante erosión de la credibilidad política de España. Al evitar condenar con firmeza la dictadura venezolana y al validar con sus palabras y gestos a líderes cuestionables, Zapatero envía un mensaje peligroso: que el diálogo y la neutralidad mal entendida pueden estar por encima de los valores universales. 

Este camino no solo perjudica a quienes, como Mariana González y Chelsea Correa, luchan por su libertad en condiciones inhumanas, sino que también debilita a España en el panorama internacional. Al anteponer sus intereses como interlocutor a los principios democráticos, Zapatero se convierte en un símbolo de la decadencia de una política que, en lugar de liderar con firmeza, elige mirar hacia otro lado mientras el mundo arde. 

Guterres y la sumisión ante Putin

Recientemente, el secretario general de la ONU, António Guterres, se reunió con algunos de los líderes más represivos del mundo, entre ellos el dictador ruso Vladimir Putin, el autoritario Nicolás Maduro de Venezuela y los ayatolás iraníes.

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Este encuentro no solo simboliza un desprecio por la dignidad humana, sino que también revela la profunda confusión que existe en el seno de la ONU sobre los valores que deberían representar: la libertad y los derechos humanos. 

En medio de una guerra brutal en Ucrania, Guterres decidió estrechar la mano de Putin, un gesto que muchos interpretan como un respaldo tácito a un régimen que ha mostrado una y otra vez su disposición a usar la violencia y la represión. Este tipo de acercamiento, que trivializa las violaciones de derechos humanos en nombre del diálogo, es un símbolo preocupante de la falta de firmeza de la ONU en su papel como defensor de la libertad. 

A lo largo de la historia reciente, hemos sido testigos de cómo el autoritarismo se ha disfrazado de discurso político y social. Las mujeres valientes como Julia Navalnaya y Corina Machado han luchado contra la opresión en Rusia y Venezuela, respectivamente, mientras que las mujeres que encabezaron la «rebelión de los velos» en Irán han arriesgado sus vidas por la libertad. Sin embargo, es desalentador observar que el apoyo entusiasta que merecen estas heroínas se ha visto eclipsado por la indiferencia de algunas feministas radicales, quienes parecen estar más alineadas con regímenes totalitarios que con la lucha genuina por la emancipación de las mujeres. 

El saludo a líderes como Putin, Maduro y los ayatolás representan una traición a los principios que la ONU debería defender. En Rusia, Putin ha silenciado a aquellos que se atreven a cuestionarlo, como Alexei Navalny, quien ha sido objeto de un atentado contra su vida. En Venezuela, Maduro no solo ha intensificado la represión contra la oposición, sino que también ha convertido el país en un símbolo de la miseria y el sufrimiento humano. En Irán, las mujeres que se atreven a desafiar el régimen sufren torturas y humillaciones en celdas de prisión. Frente a este panorama, el silencio y la complicidad de la ONU son inaceptables. 

El encuentro de se convierte en una legitimación de la opresión. Mientras el secretario general comparte risas con estos autócratas, las voces que claman por libertad y justicia quedan ahogadas. La ONU debería ser un faro de esperanza para quienes buscan liberarse de los yugos del autoritarismo, pero en cambio, parece estar caminando hacia la irrelevancia y el narcisismo destructivo. 

Es crucial que Guterres y otros líderes internacionales entiendan que no tomar partido por la libertad equivale a considerar la organización mundial como un fin en sí misma. Este enfoque distorsionado no solo disminuye el papel de la ONU, sino que también perpetúa el sufrimiento de aquellos que más lo necesitan. La comunidad internacional no puede permitirse el lujo de permanecer en un estado de confusión moral, donde se diluyen las líneas entre la democracia y la dictadura, entre la dignidad de las personas y el sometimiento a ideologías totalitarias. 

En este sentido, el análisis de la situación actual debe incluir una reflexión sobre las decisiones de liderazgo de la ONU. La organización debe recuperar su sentido de misión y compromiso con los principios de libertad y derechos humanos. En lugar de buscar consensos cómodos con los opresores, debe alzar su voz en apoyo de aquellos que, como Julia, Corina y las mujeres iraníes, luchan con valentía por su dignidad y libertad. 

Albares y la banalización del mal

El habitualmente exultante ministro de Asuntos Exteriores español, Sr. Albares, ha contestado a la pregunta sobre «si Venezuela era una dictadura», que él «no era un politólogo para avanzar definiciones sobre los sistemas de otros países». También ha dicho campanudo, y como a punto de recibir una descarga de felicidad (que es como vive), que no ve responsable reconocer a González Urrutia como presidente de Venezuela.

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De la misma forma ha vuelto a pedir, como una salmodia aprendida, que Maduro debe hacer públicas las actas electorales. A veces los vestigios de la dignidad se defienden mejor con el silencio. Albares hablando nos muestra su catadura moral e incapacidad política. Las actas, semanas después de las elecciones, ya ungido Maduro por sus zelotes y confirmado por su brazo de hierro judicial, no tienen ningún valor.

La única referencia que tenemos son las mostradas por la oposición y son las únicas legítimas. Pedir las actas hoy es darle aire al dictador. No le pido que se comporte con el desabrido coraje de Juan Pablo de Lojendio, embajador español con Castro.

Pero no nos contamine con su inmoralidad. Más irresponsable que reconocer a González Urrutia fue la clausura de nuestra embajada en Argentina, que a día de hoy debe seguir sirviendo a las telarañas. Señor Albares: un líder político que no reconoce el resultado electoral es un tirano. Un líder que reprime a la oposición es un dictador. Venezuela hoy es una dictadura sin excusas ni paliativos.

A veces prefiero la indignidad del silencio al desahogo de quién carece de principios y nos muestra en tiempo y hora aquello de la » banalidad del mal».

No olvidemos a Venezuela

Cuando Rusia invadió Ucrania, las sociedades democráticas enseguida levantaron la voz. Serán para recordar en el futuro los discursos del presidente francés Macron y otros líderes europeos que fueron educados en una política en la que los principios no son solo lemas.

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Y, junto a ellos, el responsable de la política exterior europea Josep Borrell, que se elevó sobre las que eran circunstancias dominantes en su quehacer público. Pareció que la expresividad, contundencia y honor que desprendían los discursos de Sir Winston Churchill habían reaparecido con el fulgor que requería la ocasión.

El aumento paulatino de las sanciones económicas y el incremento de la ayuda militar, sin duda, fueron imprescindibles para que Ucrania resistiera. En definitiva, aquellos discursos iniciales en el invierno de 2022 fueron las primeras evidencias para el pueblo ucraniano de la solidaridad de sus hermanos europeos y americanos. Tal vez fue el momento en el que hubo más Europa. O, por lo menos, fue el periodo en el que nos sentimos más orgullosos de ser europeos en los últimos años.

Hoy, la farsa se ha consumado en Venezuela. Ya nadie puede dudar, después de consolidar oficialmente su presidencia Maduro, que estamos primero ante un golpe de Estado y después ante una Dictadura. Sorprende que el lenguaje heroico, épico y ético provocado por la invasión rusa de Ucrania se haya convertido hoy en un discurso administrativo, procesal, que se contenta con pedir a Maduro que muestre las actas electorales semanas después del pucherazo, de volver a ser elegido presidente de manera fraudulenta y después de iniciar una campaña represiva que llega a todos los rincones de aquel país.

Los venezolanos tuvieron que vencer todos impedimentos imaginables como cercenar la posibilidad de ejercer el derecho al voto a miles de personas, el miedo o el cierre de los periódicos antes de convocar las elecciones. Tal vez no haya un ejemplo de bendita obcecación tan evidente en la historia como el demostrado por una sociedad que han querido doblegar por el miedo, el hambre y el exilio provocado de millones de personas, y que aún no lo han conseguido. Siguen solos, demasiado solos, sin muchos gestos de apoyo y sin esas palabras de consuelo que necesita el que lucha por la libertad en circunstancias muy difíciles.

Tristemente, la cleptocracia cubano-venezolana goza del crédito de un izquierda estúpida y carcomida por el populismo iberoamericano. Es la que ampara la farsa, burda y cruel a la vez, del resultado electoral “oficial”. Maduro ha consolidado lo que estaba decidido desde el principio que sería: el dictador venezolano. Mientras tanto, los que ganaron las elecciones están huidos para que no les detengan. No duermen en sus casas. Y, como esa dictadura es una burda exageración manteniendo la apariencia de estructuras institucionales de antaño, el fiscal general (persona sin duda a las órdenes del poder) ha requerido al verdadero presidente González Urrutia para que testifique. El robado será el delincuente; el golpeado, el agresor; el ultrajado, el que terminará entre rejas… El mundo al revés.

A pesar de todo, el ganador de las elecciones está decidido a quedarse. No habría merecido la pena tanta infamia para luego huir. Es el momento para nuestras democracias de mostrar más contundencia contra el régimen de Maduro. Ahora es cuando la sociedad venezolana –como la ucraniana en su día– debe sentir nuestro aliento, apoyo y solidaridad más intensa.
Todo lo que España es en el concierto internacional lo es por nuestro liderazgo en Iberoamérica. Sin embargo, algunas pesadas y secretas servidumbres de carácter público y también privado nos mantienen discretamente en un pelotón de países escudados por el lenguaje procesal que dice, pero no dice, que parece que hace, pero en realidad no hace. Ni una mala palabra, pero ni una buena acción.

Por eso es a la Unión Europea a la que reclamamos: Venezuela no se merece menos atención que Ucrania. No se merece que la olvidemos y necesita de las medidas más enérgicas que la Unión pueda tomar contra la dictadura de Maduro. Recuerden que la lucha contra Maduro lo es contra el viejo y tétrico régimen castrista, contra Irán y contra Rusia, máximos aliados de la dictadura.

De Rusia se fueron las legaciones diplomáticas democráticas del mundo occidental. ¿Cabría hacer lo mismo con Maduro? El reconocimiento de Edmundo González Urrutia como presidente legítimo sería un primer paso fundamental.