Guterres y la sumisión ante Putin

Recientemente, el secretario general de la ONU, António Guterres, se reunió con algunos de los líderes más represivos del mundo, entre ellos el dictador ruso Vladimir Putin, el autoritario Nicolás Maduro de Venezuela y los ayatolás iraníes.

FUENTE: EFE

Este encuentro no solo simboliza un desprecio por la dignidad humana, sino que también revela la profunda confusión que existe en el seno de la ONU sobre los valores que deberían representar: la libertad y los derechos humanos. 

En medio de una guerra brutal en Ucrania, Guterres decidió estrechar la mano de Putin, un gesto que muchos interpretan como un respaldo tácito a un régimen que ha mostrado una y otra vez su disposición a usar la violencia y la represión. Este tipo de acercamiento, que trivializa las violaciones de derechos humanos en nombre del diálogo, es un símbolo preocupante de la falta de firmeza de la ONU en su papel como defensor de la libertad. 

A lo largo de la historia reciente, hemos sido testigos de cómo el autoritarismo se ha disfrazado de discurso político y social. Las mujeres valientes como Julia Navalnaya y Corina Machado han luchado contra la opresión en Rusia y Venezuela, respectivamente, mientras que las mujeres que encabezaron la «rebelión de los velos» en Irán han arriesgado sus vidas por la libertad. Sin embargo, es desalentador observar que el apoyo entusiasta que merecen estas heroínas se ha visto eclipsado por la indiferencia de algunas feministas radicales, quienes parecen estar más alineadas con regímenes totalitarios que con la lucha genuina por la emancipación de las mujeres. 

El saludo a líderes como Putin, Maduro y los ayatolás representan una traición a los principios que la ONU debería defender. En Rusia, Putin ha silenciado a aquellos que se atreven a cuestionarlo, como Alexei Navalny, quien ha sido objeto de un atentado contra su vida. En Venezuela, Maduro no solo ha intensificado la represión contra la oposición, sino que también ha convertido el país en un símbolo de la miseria y el sufrimiento humano. En Irán, las mujeres que se atreven a desafiar el régimen sufren torturas y humillaciones en celdas de prisión. Frente a este panorama, el silencio y la complicidad de la ONU son inaceptables. 

El encuentro de se convierte en una legitimación de la opresión. Mientras el secretario general comparte risas con estos autócratas, las voces que claman por libertad y justicia quedan ahogadas. La ONU debería ser un faro de esperanza para quienes buscan liberarse de los yugos del autoritarismo, pero en cambio, parece estar caminando hacia la irrelevancia y el narcisismo destructivo. 

Es crucial que Guterres y otros líderes internacionales entiendan que no tomar partido por la libertad equivale a considerar la organización mundial como un fin en sí misma. Este enfoque distorsionado no solo disminuye el papel de la ONU, sino que también perpetúa el sufrimiento de aquellos que más lo necesitan. La comunidad internacional no puede permitirse el lujo de permanecer en un estado de confusión moral, donde se diluyen las líneas entre la democracia y la dictadura, entre la dignidad de las personas y el sometimiento a ideologías totalitarias. 

En este sentido, el análisis de la situación actual debe incluir una reflexión sobre las decisiones de liderazgo de la ONU. La organización debe recuperar su sentido de misión y compromiso con los principios de libertad y derechos humanos. En lugar de buscar consensos cómodos con los opresores, debe alzar su voz en apoyo de aquellos que, como Julia, Corina y las mujeres iraníes, luchan con valentía por su dignidad y libertad.