Cuando tiembla la tierra, también se derrumban las mentiras

El terremoto que ha devastado Venezuela no sólo ha dejado miles de víctimas y decenas de miles de edificios destruidos. También ha vuelto a demostrar que las catástrofes naturales no entienden de ideologías, pero sus consecuencias sí dependen de la calidad de las instituciones.
FUENTE: EFE

La tierra tiembla igual bajo una democracia que bajo una dictadura. Las placas tectónicas no distinguen entre elecciones libres y regímenes autoritarios. La naturaleza es indiferente a la política. Lo que nunca es indiferente es la respuesta de un Estado.

Las primeras estimaciones realizadas a partir de imágenes satelitales de la NASA apuntan a que cerca de 59.000 edificios podrían haber resultado dañados o destruidos por los terremotos que sacudieron Venezuela el pasado 24 de junio, una cifra muy superior a la reconocida oficialmente por las autoridades. Los hospitales han colapsado, decenas de miles de personas permanecen desaparecidas y Naciones Unidas advierte de una crisis humanitaria de enormes dimensiones. Pero el terremoto no explica por sí solo semejante devastación.

Las dictaduras no provocan los terremotos. Agravan sus consecuencias.

Existe una tentación recurrente cuando ocurre una catástrofe natural: asumir que todo forma parte de un infortunio inevitable. Es una forma cómoda de absolver a quienes llevaban años gobernando antes de que la tierra empezara a moverse. Sin embargo, los edificios no se derrumban únicamente por la fuerza del seísmo.

También se derrumban por décadas de corrupción, de controles técnicos inexistentes, de mantenimiento abandonado, de urbanismo sometido al poder político y de instituciones incapaces de hacer cumplir las normas que ellas mismas aprueban.

Las investigaciones preliminares de ingenieros y expertos apuntan precisamente a esa combinación de factores: construcciones antiguas, edificaciones de baja calidad, incumplimiento o escasa aplicación de normas antisísmicas y años de deterioro estructural agravados por la crisis económica. Incluso edificios relativamente recientes han sufrido colapsos que ahora deberán investigarse. No es una casualidad, es el resultado de un modelo político.

El legado del chavismo también está entre los escombros

Durante más de dos décadas, el chavismo convirtió la obra pública en uno de sus principales instrumentos de propaganda. Se prometieron millones de viviendas, se anunciaron planes faraónicos y se presentó al Estado como constructor de un nuevo país.

Pero las dictaduras confunden con demasiada frecuencia inaugurar con mantener, construir con conservar, propaganda con gestión…

Mientras el aparato del régimen concentraba recursos en perpetuarse, Venezuela veía deteriorarse carreteras, hospitales, redes eléctricas, servicios públicos y buena parte de sus infraestructuras básicas. La corrupción dejó de ser una excepción para convertirse en una forma de gobierno. El mérito fue sustituido por la lealtad política. Los organismos técnicos perdieron independencia y la capacidad del Estado para supervisar, inspeccionar y prevenir se fue erosionando año tras año.

Ese deterioro no ocupa titulares mientras no ocurre nada extraordinario, hasta que ocurre, y es entonces cuando aparece la factura acumulada de décadas.

El desastre también revela el estado del régimen

Las imágenes llegadas desde La Guaira son tan elocuentes como devastadoras. Voluntarios excavando entre los escombros mientras la maquinaria pesada tarda días en llegar. Hospitales improvisados en edificios privados ante el colapso sanitario. Familias buscando a sus desaparecidos sin apenas información oficial. Equipos internacionales denunciando la falta de coordinación y ciudadanos acusando al Estado de haber desaparecido precisamente cuando más se le necesitaba.

Las dictaduras suelen presumir de eficacia hasta que llega una crisis real. Ahí descubren que los años dedicados a controlar a la sociedad fueron años que dejaron de dedicarse a fortalecer las instituciones. Porque un Estado preparado no se improvisa después de un terremoto, se construye durante décadas.

No basta con culpar a la naturaleza

Habrá quien intente presentar esta tragedia como un simple accidente geológico. Y sería cierto… sólo a medias.

El terremoto era inevitable. Que un país llegue a una catástrofe con hospitales colapsados, infraestructuras deterioradas, administraciones debilitadas y una capacidad de respuesta cuestionada no lo era.

Ésa sí es una responsabilidad política.

Y conviene recordarlo porque todavía hoy existen demasiados dirigentes en Occidente que siguen presentando al chavismo como una experiencia fallida por culpa de las sanciones, de la coyuntura internacional o de la mala suerte. No.

El terremoto ha recordado algo mucho más incómodo: Las dictaduras rara vez crean prosperidad; lo que terminan construyendo es fragilidad. Y cuando la naturaleza pone a prueba un país, esa fragilidad acaba costando vidas.

Albares y la banalización del mal

El habitualmente exultante ministro de Asuntos Exteriores español, Sr. Albares, ha contestado a la pregunta sobre «si Venezuela era una dictadura», que él «no era un politólogo para avanzar definiciones sobre los sistemas de otros países». También ha dicho campanudo, y como a punto de recibir una descarga de felicidad (que es como vive), que no ve responsable reconocer a González Urrutia como presidente de Venezuela.

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De la misma forma ha vuelto a pedir, como una salmodia aprendida, que Maduro debe hacer públicas las actas electorales. A veces los vestigios de la dignidad se defienden mejor con el silencio. Albares hablando nos muestra su catadura moral e incapacidad política. Las actas, semanas después de las elecciones, ya ungido Maduro por sus zelotes y confirmado por su brazo de hierro judicial, no tienen ningún valor.

La única referencia que tenemos son las mostradas por la oposición y son las únicas legítimas. Pedir las actas hoy es darle aire al dictador. No le pido que se comporte con el desabrido coraje de Juan Pablo de Lojendio, embajador español con Castro.

Pero no nos contamine con su inmoralidad. Más irresponsable que reconocer a González Urrutia fue la clausura de nuestra embajada en Argentina, que a día de hoy debe seguir sirviendo a las telarañas. Señor Albares: un líder político que no reconoce el resultado electoral es un tirano. Un líder que reprime a la oposición es un dictador. Venezuela hoy es una dictadura sin excusas ni paliativos.

A veces prefiero la indignidad del silencio al desahogo de quién carece de principios y nos muestra en tiempo y hora aquello de la » banalidad del mal».