Por la Libertad de Venezuela y el fin del régimen chavista

FUENTE: EFE

Ahora más que nunca reafirmamos nuestro compromiso por la libertad del pueblo venezolano y el fin del régimen chavista. Hoy más que nunca, libertad para ese pueblo orgulloso, valiente y sometido desde hace dos décadas a un régimen que usurpó el poder hace un año y medio y sobre el cual Estados Unidos ha desplegado su fuerza de ataque.

Es el momento para la democracia en Venezuela que ha luchado por ella con todas sus fuerzas. Apelar al Derecho Internacional cuando lo que había al frente del país era un régimen ilegítimo que ha usado la fuerza sin contemplaciones contra su pueblo vulnerando los derechos humanos básicos reconocidos en los tratados internacionales es, cuanto menos, un error y un intento de desenfocar la realidad. La prioridad es la restauración de la democracia arrebatada al pueblo venezolano en la época de Chávez y mantenida subyugada por una coalición de delincuencia internacional con Maduro, los hermanos Rodríguez o Cabello al mando.

Hoy expresamos nuestro deseo de que los más de 8 millones de venezolanos en el exilio -el mayor éxodo del siglo XXI- puedan volver a su país. Hoy más que nunca los venezolanos deben sentir todo el apoyo de los demócratas españoles verdaderos y no de los impostados que, muy probablemente, saldrán en los próximos días conforme se vea una transición pacífica.

Esperamos que, cuanto antes, los venezolanos puedan expresarse libremente, posibilidad negada por la dictadura, sus adláteres ideológicos y los que se han aprovechado de su la miseria para hacer negocios. Que se materialice la decisión de las urnas que hicieron presidente a Edmundo González Urrutia con más del 75% de los votos tal como refrendaron las actas auditadas y publicadas por los más prestigiosos observadores políticos internacionales como el Centro Carter; la vuelta de María Corina Machado, flamante Premio Nobel de la Paz, símbolo moral y de prestigio de los demócratas venezolanos y la salida de agentes tóxicos como algunos expresidentes bien conocidos por todos nosotros y potencias extranjeras anti democráticas.

Cuando la paciencia se acaba

María Corina Machado recibe el Nobel y Washington, con Trump recién regresado, decide que se acabó su paciencia y el tiempo de jugar a la diplomacia. Cuando un país se hunde en manos de un tirano, el mundo deja de mirar hacia otro lado… o decide que mirar sirve para algo. 
FUENTE: IMAGEN GENERADA POR IA

Hay dictadores que envejecen en su propia caricatura, y luego está Maduro, que ha logrado una categoría propia: la del tirano que destruye un país entero mientras se presenta como mártir.  Venezuela no es una crisis política: es un desastre humanitario provocado deliberadamente

Inflación salvaje, hambre estructural, represión policial, miles de presos políticos, millones de exiliados. Un saqueo continuado de recursos naturales, un Estado convertido en máquina de enriquecimiento, un régimen que funciona como cartel.Y precisamente por eso, la decisión de Estados Unidos de designar al Cartel de los Soles como organización terrorista no es solo un acto jurídico: es la formalización internacional de que Maduro dirige un narco-régimen

No hay que edulcorarlo. 
Maduro no es un presidente autoritario. 
Maduro es un criminal con poder estatal

María Corina Machado: el Nobel como permiso moral 

El Premio Nobel de la Paz concedido a María Corina Machado no es un galardón simbólico: es una declaración internacional de que la oposición legítima de Venezuela tiene un rostro, un nombre y una causa que no puede seguir siendo ignorada. Es también un recordatorio inconveniente para quienes, en Europa, miran hacia otro lado: esta mujer representa a un país secuestrado. 

Estados Unidos lo ha entendido perfectamente: la líder más clara, más firme y más limpia de la oposición venezolana acaba de recibir el equivalente político de un escudo internacional. 

Con Guaidó, Washington apostó por la vía diplomática. Con Machado, apuesta por la vía realista: presión económica total, aislamiento del régimen, amenazas creíbles, y, si es necesario, intervención quirúrgica. 

La diferencia es abismal. Guaidó era promesa. Machado es última llamada

Trump vuelve, Venezuela importa, y el reloj corre 

Estados Unidos nunca interviene donde no tiene interés. No hay mística, no hay altruismo, no hay romanticismo democrático. Hay petróleo, hay geopolítica, hay seguridad hemisférica. Y Venezuela, desde hace una década, se ha convertido en el agujero negro perfecto: refugio de iraníes, base de operaciones del narcotráfico, plataforma para Rusia y China, y punto débil del control regional de Washington. 

Con la vuelta de Trump, la paciencia diplomática se transforma en prisa. La prisa tiene una razón muy concreta: Venezuela está estratégicamente disponible y moralmente justificable

Si Estados Unidos interviene —de forma militar, económica o híbrida— no será por piedad hacia los venezolanos, sino porque Maduro ha convertido a Venezuela en un riesgo real para los intereses estadounidenses

Y ahí está la diferencia fundamental con Guaidó: entonces el enemigo era tomado simplemente como incómodo. Ahora, el enemigo es útil… como justificación para intervenir. 

Maduro no es víctima: es el responsable de que la paciencia de Estados Unidos haya terminado 

Se puede debatir sobre la legitimidad de la intervención americana, se puede cuestionar la oportunidad, se puede recordar el historial de intervenciones fallidas de Washington… pero hay una verdad imposible de esquivar: si Estados Unidos mueve ficha en Venezuela es porque Maduro ha convertido el país en un estercolero geopolítico

Cuando un régimen se alía con organizaciones terroristas, trafica con droga a escala continental, hunde su economía para enriquecer a una cúpula criminal, persigue, encarcela y exilia, y destruye la estructura social hasta la desesperación total…entonces la discusión deja de ser moral y pasa a ser inevitable: Maduro no deja ninguna vía que no sea su salida

Y si no cae por dentro —porque ha destruido cualquier mecanismo institucional que pudiera desplazarlo— tarde o temprano cae por fuera. 

Cuando un dictador convierte su país en un arma, no puede quejarse cuando empiezan a apuntarle a él 

María Corina Machado se prepara para recibir el Nobel con la dignidad que Maduro destruyó en su país. Y al mismo tiempo, Trump prepara la fase final de presión sobre el régimen. No es casualidad. No es justicia divina. No es “el mundo despertando”. Es causa y efecto: Maduro convirtió a Venezuela en un problema internacional y ahora Venezuela será tratada como un problema internacional. 

No hay héroes en esta historia. Pero sí hay un villano claro. Y su nombre no está en Oslo; está en Miraflores, atrincherado entre lingotes, generales corruptos y un país exhausto. 

Y cuando Estados Unidos decide que ya ha tenido suficiente, el final no es bonito, pero sí es inevitable. 

‘Ganar’ como en Venezuela o ganar unas elecciones

En un ejercicio que desafía tanto la ética política como el sentido común, José Luis Rodríguez Zapatero se posiciona como el gran interlocutor de Nicolás Maduro, utilizando su «capacidad de diálogo» como escudo para justificar una relación que muchos consideran cómplice de un régimen que oprime. a su pueblo.

FUENTE: EFE

Esta admisión, lejos de aportar claridad, oscurece aún más su postura frente a una dictadura que encarcela, tortura y priva de derechos básicos a miles de venezolanos, entre ellos menores de edad como Mariana González y Chelsea Correa. 

Zapatero evita pronunciarse sobre si Maduro es un dictador o un demócrata, refugiándose en frases vacías como que “ha ganado muchas elecciones”. Este tipo de comentarios no solo eluden la responsabilidad de condenar un sistema electoral profundamente cuestionado, sino que también muestran una peligrosa ambigüedad frente a los atropellos de un régimen que ha desmantelado las instituciones democráticas en Venezuela. Al negarse a «hacer ni de órgano electoral ni de juicio electoral», Zapatero no se mantiene neutral, sino que valida, por omisión, un sistema que perpetúa la represión y el sufrimiento. 

En sus declaraciones, Zapatero asegura que su trabajo está «comprometida con los opositores», pero esta afirmación choca con su silencio frente a las violaciones sistemáticas de derechos humanos y la falta de libertades en Venezuela. ¿Cómo puede alguien que dice estar del lado de los opositores evitar condenar públicamente al régimen que los persigue? Este doble discurso es una confrontación no solo a los venezolanos, sino también a los valores democráticos que Zapatero, como expresidente de una democracia consolidada, debería defender sin ambages. 

En paralelo, Zapatero parece extender esta ambigüedad moral a su postura sobre la política interna de España. Su confianza en Carles Puigdemont, al que describe como alguien que «habla claro» y está en un «proceso de nueva actitud», refleja una preocupante desconexión con la realidad de un líder que ha desafiado las leyes españolas y cuyo retorno al diálogo se basa más en el cálculo político que en una auténtica voluntad de reconciliación. La visión de Zapatero de que el independentismo catalán puede «situarse dentro del juego político» ignorar el impacto destructivo de sus acciones pasadas y minimizar los riesgos de una política de apaciguamiento que amenaza con perpetuar las tensiones territoriales. 

Por otro lado, el contraste entre su defensa de Pedro Sánchez y su valoración de Felipe González es revelador. Mientras critica a González por su postura crítica hacia el actual presidente, Zapatero no duda en respaldar a Sánchez en un momento en que su liderazgo está marcado por pactos cuestionables y tensiones internas en el PSOE. Esta lealtad parece menos un acto de convicción que un intento de consolidar su propio legado como mediador y garantía del diálogo, aunque ello implica ignorar los riesgos de acuerdos como la Ley de Amnistía o las concesiones presupuestarias a Cataluña. 

La conexión entre su relación con Maduro y su postura en la política española es evidente: en ambos casos, Zapatero parece estar más interesado en construir una narrativa de diálogo y reconciliación que enfrente las realidades de líderes y regímenes que socavan los principios democráticos. Esta estrategia, basada en evitar definiciones claras y adoptar una postura de mediador eterno, termina siendo una renuncia a los principios fundamentales de la política: defender la justicia, la democracia y los derechos humanos sin reservas. 

El papel de Zapatero en el escenario internacional, particularmente su vínculo con Maduro, y su actitud en la política interna española contribuyen a una preocupante erosión de la credibilidad política de España. Al evitar condenar con firmeza la dictadura venezolana y al validar con sus palabras y gestos a líderes cuestionables, Zapatero envía un mensaje peligroso: que el diálogo y la neutralidad mal entendida pueden estar por encima de los valores universales. 

Este camino no solo perjudica a quienes, como Mariana González y Chelsea Correa, luchan por su libertad en condiciones inhumanas, sino que también debilita a España en el panorama internacional. Al anteponer sus intereses como interlocutor a los principios democráticos, Zapatero se convierte en un símbolo de la decadencia de una política que, en lugar de liderar con firmeza, elige mirar hacia otro lado mientras el mundo arde. 

Albares y la banalización del mal

El habitualmente exultante ministro de Asuntos Exteriores español, Sr. Albares, ha contestado a la pregunta sobre «si Venezuela era una dictadura», que él «no era un politólogo para avanzar definiciones sobre los sistemas de otros países». También ha dicho campanudo, y como a punto de recibir una descarga de felicidad (que es como vive), que no ve responsable reconocer a González Urrutia como presidente de Venezuela.

FUENTE: EFE

De la misma forma ha vuelto a pedir, como una salmodia aprendida, que Maduro debe hacer públicas las actas electorales. A veces los vestigios de la dignidad se defienden mejor con el silencio. Albares hablando nos muestra su catadura moral e incapacidad política. Las actas, semanas después de las elecciones, ya ungido Maduro por sus zelotes y confirmado por su brazo de hierro judicial, no tienen ningún valor.

La única referencia que tenemos son las mostradas por la oposición y son las únicas legítimas. Pedir las actas hoy es darle aire al dictador. No le pido que se comporte con el desabrido coraje de Juan Pablo de Lojendio, embajador español con Castro.

Pero no nos contamine con su inmoralidad. Más irresponsable que reconocer a González Urrutia fue la clausura de nuestra embajada en Argentina, que a día de hoy debe seguir sirviendo a las telarañas. Señor Albares: un líder político que no reconoce el resultado electoral es un tirano. Un líder que reprime a la oposición es un dictador. Venezuela hoy es una dictadura sin excusas ni paliativos.

A veces prefiero la indignidad del silencio al desahogo de quién carece de principios y nos muestra en tiempo y hora aquello de la » banalidad del mal».

No olvidemos a Venezuela

Cuando Rusia invadió Ucrania, las sociedades democráticas enseguida levantaron la voz. Serán para recordar en el futuro los discursos del presidente francés Macron y otros líderes europeos que fueron educados en una política en la que los principios no son solo lemas.

FUENTE: EFE

Y, junto a ellos, el responsable de la política exterior europea Josep Borrell, que se elevó sobre las que eran circunstancias dominantes en su quehacer público. Pareció que la expresividad, contundencia y honor que desprendían los discursos de Sir Winston Churchill habían reaparecido con el fulgor que requería la ocasión.

El aumento paulatino de las sanciones económicas y el incremento de la ayuda militar, sin duda, fueron imprescindibles para que Ucrania resistiera. En definitiva, aquellos discursos iniciales en el invierno de 2022 fueron las primeras evidencias para el pueblo ucraniano de la solidaridad de sus hermanos europeos y americanos. Tal vez fue el momento en el que hubo más Europa. O, por lo menos, fue el periodo en el que nos sentimos más orgullosos de ser europeos en los últimos años.

Hoy, la farsa se ha consumado en Venezuela. Ya nadie puede dudar, después de consolidar oficialmente su presidencia Maduro, que estamos primero ante un golpe de Estado y después ante una Dictadura. Sorprende que el lenguaje heroico, épico y ético provocado por la invasión rusa de Ucrania se haya convertido hoy en un discurso administrativo, procesal, que se contenta con pedir a Maduro que muestre las actas electorales semanas después del pucherazo, de volver a ser elegido presidente de manera fraudulenta y después de iniciar una campaña represiva que llega a todos los rincones de aquel país.

Los venezolanos tuvieron que vencer todos impedimentos imaginables como cercenar la posibilidad de ejercer el derecho al voto a miles de personas, el miedo o el cierre de los periódicos antes de convocar las elecciones. Tal vez no haya un ejemplo de bendita obcecación tan evidente en la historia como el demostrado por una sociedad que han querido doblegar por el miedo, el hambre y el exilio provocado de millones de personas, y que aún no lo han conseguido. Siguen solos, demasiado solos, sin muchos gestos de apoyo y sin esas palabras de consuelo que necesita el que lucha por la libertad en circunstancias muy difíciles.

Tristemente, la cleptocracia cubano-venezolana goza del crédito de un izquierda estúpida y carcomida por el populismo iberoamericano. Es la que ampara la farsa, burda y cruel a la vez, del resultado electoral “oficial”. Maduro ha consolidado lo que estaba decidido desde el principio que sería: el dictador venezolano. Mientras tanto, los que ganaron las elecciones están huidos para que no les detengan. No duermen en sus casas. Y, como esa dictadura es una burda exageración manteniendo la apariencia de estructuras institucionales de antaño, el fiscal general (persona sin duda a las órdenes del poder) ha requerido al verdadero presidente González Urrutia para que testifique. El robado será el delincuente; el golpeado, el agresor; el ultrajado, el que terminará entre rejas… El mundo al revés.

A pesar de todo, el ganador de las elecciones está decidido a quedarse. No habría merecido la pena tanta infamia para luego huir. Es el momento para nuestras democracias de mostrar más contundencia contra el régimen de Maduro. Ahora es cuando la sociedad venezolana –como la ucraniana en su día– debe sentir nuestro aliento, apoyo y solidaridad más intensa.
Todo lo que España es en el concierto internacional lo es por nuestro liderazgo en Iberoamérica. Sin embargo, algunas pesadas y secretas servidumbres de carácter público y también privado nos mantienen discretamente en un pelotón de países escudados por el lenguaje procesal que dice, pero no dice, que parece que hace, pero en realidad no hace. Ni una mala palabra, pero ni una buena acción.

Por eso es a la Unión Europea a la que reclamamos: Venezuela no se merece menos atención que Ucrania. No se merece que la olvidemos y necesita de las medidas más enérgicas que la Unión pueda tomar contra la dictadura de Maduro. Recuerden que la lucha contra Maduro lo es contra el viejo y tétrico régimen castrista, contra Irán y contra Rusia, máximos aliados de la dictadura.

De Rusia se fueron las legaciones diplomáticas democráticas del mundo occidental. ¿Cabría hacer lo mismo con Maduro? El reconocimiento de Edmundo González Urrutia como presidente legítimo sería un primer paso fundamental.