El silencio como forma de seguir manteniendo el poder 

Aragón confirma que el deterioro político no siempre se expresa con estruendo: a veces avanza envuelto en obediencia, resignación y silencio 
FUENTE: EFE

El Partido Popular no ha logrado su objetivo principal en Aragón: un gobierno monocolor y estable. Con 26 diputados, dos menos de lo necesario, se ve obligado a pactar en un escenario fragmentado que refleja algo más profundo que un simple ajuste electoral. El PP gana, pero no gobierna como quería. Y haría bien en preguntarse por qué, incluso cuando vence, no logra trascender unas siglas que hoy parecen insuficientes para articular una alternativa sólida en un sistema agotado. 

Porque el problema ya no es solo Aragón. Hoy, el llamado sistema del 78 depende más que nunca de un pueblo concreto y de un partido concreto. No de consensos amplios, no de una cultura constitucional compartida, sino de equilibrios frágiles sostenidos por minorías que han aprendido a convertir su posición en palanca de poder permanente. Esa es la gran anomalía de nuestro tiempo político. 

El silencio después de cada cesión 

Tras los indultos a los responsables del golpe de 2017 hubo silencio. Tras la peregrinación política de Pedro Sánchez a Waterloo, silencio. Después llegó la ley de amnistía, aprobada haciendo corresponsables al Congreso, al Tribunal Constitucional y a la Fiscalía General del Estado. Y, de nuevo, silencio. Antes y después, Sánchez había firmado pactos con el PNV, ERC y con el propio Puigdemont que arrojaban a la papelera no solo la historia de España, sino también la del PSOE, sus principios fundacionales y las creencias más arraigadas de quienes todavía se reconocían en ese proyecto. 

Nada de aquello generó una reacción proporcional a su gravedad. No hubo rebelión interna, ni ruptura, ni un debate político de altura. Hubo disciplina, cálculo y miedo. Todo envuelto en un silencio espeso, casi avergonzado, que acabó funcionando como coartada colectiva. 

El pacto que no se enseña 

El acuerdo con Bildu ni siquiera se ha explicitado públicamente. Pero su contenido es conocido. Por ese pacto, tan secreto como ignominioso, los terroristas irán abandonando las cárceles sin cumplir íntegramente sus condenas, y los herederos políticos de ETA unirán sus fuerzas al PSOE de Sánchez para impedir que el centro-derecha gobierne Pamplona o Navarra. No es una hipótesis: es una estrategia. 

Y, sin embargo, tampoco aquí hubo una reacción acorde a la magnitud del hecho. Ni dimisiones, ni ruptura de consensos básicos, ni una línea roja que no se cruzara. Solo silencio. Un silencio que ya no es pasividad, sino complicidad. 

La demolición discreta 

La cesión de competencias de inmigración a Cataluña, el marco autonómico de relaciones laborales entregado al PNV —rompiendo la unidad de la clase trabajadora que dicen defender—, y la erosión constante de los pilares constitucionales avanzan del mismo modo: sin ruido, sin debate público, sin una explicación honesta al país. 

Sabemos que lo siguiente será poner formalmente en cuestión el marco del 78. Y también sabemos cómo se hará: en silencio. Como todo lo demás. Mientras una inmensa mayoría de dirigentes calla, mira hacia otro lado o se justifica con argumentos que no convencen ni a quienes los pronuncian. 

De Extremadura a Aragón: la derrota muda 

En Extremadura, desastre electoral y silencio. En Aragón, debacle y silencio. El patrón se repite. El propietario sigue con el látigo en la finca y la nomenclatura obedece, convencida de que la supervivencia individual es preferible al riesgo de la dignidad política. 

De Extremadura a las elecciones generales, el PSOE de Sánchez se irá desangrando lentamente, sin estridencias, sin autocrítica y sin rectificación. Un vía crucis político recorrido en silencio, estación tras estación, hasta el desenlace final. Sólo con un mínimo ruido muy puntual como las terribles declaraciones del ministro de Transformación Digital y secretario general del PSOE de Madrid, Óscar López, derivando la responsabilidad hacia el fallecido Javier Lambán.

¿Se hará todo el camino sin levantar la voz? Todo indica que sí. Porque en este tiempo, el silencio no es ausencia de palabras: es una forma de poder.