Europa necesita a Estados Unidos en un mundo sin alternativas

Ni los excesos de Washington ni las derivas de Oriente Medio cambian una realidad incómoda: Europa y Estados Unidos siguen necesitándose en un mundo donde las alternativas no son neutrales, sino abiertamente hostiles.
FUENTE: EFE

Durante unas horas, el mundo volvió a asomarse al abismo. Las declaraciones de Donald Trump sobre Irán, con referencias que apuntaban a una lógica de aniquilación más que de contención, no fueron un exabrupto aislado, sino la expresión de una forma de entender el poder: directa, descarnada y peligrosamente desprovista de límites retóricos. Poco después, el acuerdo alcanzado con Irán rebajó la tensión inmediata. Pero no resolvió nada esencial.

Porque lo relevante no es el episodio. Es el marco. Y en ese marco, Europa vuelve a enfrentarse a una pregunta incómoda que lleva años intentando esquivar: con quién está y con quién puede contar realmente.

El espejismo de la equidistancia

En determinados sectores políticos europeos se ha instalado la idea de que es posible construir una posición autónoma basada en una suerte de equidistancia estratégica. Ni con Estados Unidos ni contra él. Ni dentro del bloque occidental ni plenamente fuera.

Esa posición, sin embargo, choca con la realidad.

Europa puede (y debe) aspirar a una mayor autonomía estratégica. Pero autonomía no significa neutralidad. Y, sobre todo, no significa ignorar la naturaleza de los actores con los que comparte escenario.

Ni el régimen iraní, ni la Rusia de Vladimir Putin, ni la China de Xi Jinping representan alternativas sistémicas compatibles con el modelo europeo. No es una cuestión moral abstracta. Es una cuestión política concreta.

Intereses, no simpatías

La relación entre Europa y Estados Unidos no se sostiene sobre la simpatía personal entre líderes. Nunca lo ha hecho. Se sostiene sobre una comunidad de intereses, de valores básicos y, sobre todo, de estructuras compartidas que llevan décadas articulando el orden internacional: desde la OTAN hasta el sistema financiero global.

Eso no desaparece porque el inquilino de la Casa Blanca adopte un tono más agresivo o porque sus decisiones generen incomodidad en las capitales europeas. Al contrario: en momentos de incertidumbre es cuando esas estructuras demuestran su importancia.

La tentación del distanciamiento

Las declaraciones de Trump y la actuación de Benjamin Netanyahu alimentan en Europa una tentación comprensible: la del distanciamiento. Pero esa tentación tiene límites muy claros.

Europa no dispone, al menos por ahora, de una capacidad militar autónoma suficiente para garantizar su seguridad sin el respaldo estadounidense. Tampoco tiene una arquitectura geopolítica alternativa que le permita sustituir esa alianza por otra equivalente.

Y, lo que es más importante, no existen socios globales que compartan con Europa un marco político mínimamente comparable.

Un mundo sin refugios cómodos

La idea de que Europa puede elegir sus alianzas como si se tratara de una cuestión de afinidades ideológicas ignora la naturaleza del momento actual.

El mundo no se está reordenando en torno a opciones cómodas. Se está reorganizando en torno a bloques de poder con intereses claros y, en muchos casos, incompatibles.

En ese contexto, la relación transatlántica no es perfecta. Nunca lo ha sido. Pero sigue siendo la menos imperfecta de las disponibles.

Lo ocurrido con Irán deja una enseñanza que va más allá del episodio concreto. Incluso en medio de declaraciones extremas, tensiones militares y decisiones controvertidas, Estados Unidos sigue siendo el actor imprescindible para cualquier intento de estabilización global. Y Europa, por sí sola, no puede sustituir ese papel.

Eso no implica aceptar acríticamente cada decisión de Washington. Implica algo más exigente: saber diferenciar entre la crítica necesaria y la ruptura imposible.

Aliados, pese a todo

Por eso la relación entre Europa y Estados Unidos no se define por momentos concretos, sino por una estructura más profunda. Una estructura que combina intereses estratégicos, valores compartidos y una interdependencia que no tiene equivalente en el sistema internacional actual.

Se puede (y se debe) discutir con Estados Unidos. Se puede (y se debe) discrepar de sus decisiones. Pero lo que no parece realista es imaginar un mundo en el que Europa pueda prescindir de esa alianza sin asumir costes mucho mayores.

En un escenario internacional cada vez más inestable, la pregunta no es si Europa está cómoda con Estados Unidos. La pregunta es si existe una alternativa mejor. Y, por ahora, la respuesta sigue siendo la misma.

La paz que no manda

Pretender organizar una conferencia de paz en Madrid suena a acto heroico. Pero sin peso diplomático, sin aliados, y con credibilidad mermada, se queda en teatro de sombras. Yolanda Díaz lanza gestos grandilocuentes; el mundo la pasa por alto. 
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La política a veces adquiere la forma de un gesto: declaración, propuesta, titulares. Yolanda Díaz lo ha intentado de nuevo: conferencia de paz en Madrid para Palestina. Una idea elevada, noble en abstracto, vacía en sustancia cuando se examina. Porque esta propuesta no nace de un plan diplomático creíble sino del oportunismo político, la retórica incendiaria y el deseo de marcar perfil, aunque eso signifique hacerse el ridículo. 

Según fuentes oficiales, Díaz afirma que “España tiene la legitimidad y la fuerza para impulsar esta alianza de defensa de los derechos del pueblo palestino”. Es curioso: legitimidad según ella, fuerza según ella. ¿Pero fuerza diplomática de qué tipo? ¿Influencia entre Israel y Estados Unidos? ¿Apoyo europeo real hacia una ruptura de acuerdos con Israel, sanciones efectivas, reconocimiento unilateral? No hay indicios de esa fuerza. De hecho, el socio israelí ya ha manifestado “desconfianza”, críticas, acusaciones de antisemitismo cuando España pide suspender el acuerdo con Israel en la UE.  

Díaz habla de “romper todo tipo de relaciones con Israel”, incluso acuerdo de asociación con la UE, sanciones, etc. Pero no dice cómo, con quién, ni con qué respaldo diplomático. Eso convierte lo que podría ser un llamado moral en puro postulado político interno: discurso para quienes ya la apoyan, no proyecto para quienes deciden en el concierto internacional. 

¿Quién vendría? La soledad anticipada 

Y aquí toca la clave: una conferencia internacional exige participantes con credibilidad. Estados Unidos, Francia, Alemania, Reino Unido, Arabia Saudí, Egipto, Qatar, etc. ¿Se ha escuchado alguna declaración de esos países diciendo: “venimos a Madrid a tu conferencia”? No. Al contrario: muchos observan con reticencia, algunos con escepticismo diplomático, otros con preocupación por el revuelo que pueda generar España con esta idea. 

Y sin esos actores centrales, la conferencia es solo un almuerzo de declaraciones, una sala vacía de acuerdos vinculantes. Una ficha retórica en el tablero doméstico de Sumar y Yolanda Díaz. Sumar, como partido con escaso peso internacional, como actor secundario dentro del Gobierno, como voz que busca perfil, no poder. Eso no es diplomacia, es autoengaño. 

Quizá lo más grave es que Díaz no propone la idea aislada: la acompaña con acusaciones muy duras al Gobierno de Sánchez, críticas al PP por “incapacidad moral”, llamados de sanción, y ruptura de relaciones. Sin embargo, lo paradójico es que muchas de las políticas nacionales del PSOE/Sumar han contribuido, en la percepción internacional, a deteriorar la credibilidad de España. Entre ajustes, ceses tardíos, vacilaciones diplomáticas, señales contradictorias, la posición de España no es de liderazgo sino de griterío. Y cuando alguien reclama sanciones, espera que esas sanciones tengan respaldo real, no sean mero gesto político interno. 

Si una vicepresidenta propone “romper acuerdos” con Israel, pero el ministro de Exteriores sigue negociando, si unas declaraciones flamean contra el genocidio pero otras voces del Gobierno moderan para no molestar aliados, se demuestra que esto no es ni convicción diplomática ni coherencia política: es espectáculo para creerse progresista. 

Escarnio o desdén 

El mundo está lleno de conferencias de paz que se anuncian, se retratan, se olvidan. ¿Qué le hace pensar a Díaz que ésta será distinta? Que hará que Israel acepte, que Estados Unidos cambie su política, que la UE deje de lado realpolitik, que países árabes y musulmanes de peso se sumen sin condiciones. No es imposible, pero sí improbable. Y más improbable viniendo de alguien cuya influencia internacional real es limitada. 

España podría quedar otra vez como lo que ya es para muchos socios: país de pose moral, de promesa vocal, de incapacidad ejecutiva. Otros lo llaman postureo diplomático: gritar más alto que los demás, decir lo que pide la tribuna, fotografiarse con pancartas de solidaridad, pero sin paso firme, sin capacidad de imponer sanción, sin respaldo real. 

Más grave aún: el internismo sobre lo global 

El problema no es sólo diplomático, sino político interno. Díaz ha revelado una obsesión frecuente de ciertos sectores de la izquierda: presentar un perfil internacional beligerante como forma de legitimar debilidades nacionales. Si avanzas poco en la política laboral, social o financiera, si tus socios parlamentarios te amenazan si te sales del guion, si tu poder real depende de gestos simbólicos, entonces te refugias en lo grande: declare una conferencia de paz, denuncia moral, sanciones. Hasta que alguien te pregunte cómo se va a financiar, qué instrumentos legales usarás, qué papel tienen los aliados. 

Ese refugio es peligroso porque acaba distorsionando la política concreta: al centrarse en gestos internacionales se desatiende lo doméstico. Y los votantes perciben pronto la disonancia: se habla de paz, justicia, derechos humanos, mientras miles siguen sin acceso a vivienda digna, con sueldos miserables, con inseguridad laboral, costes básicos elevados. Esa contradicción pesa más de lo que creen.  

Querida vicepresidenta Yolanda Díaz: proponer una conferencia de paz no es un crimen. Es lícito aspirar a un mundo mejor. Pero proponerla como si España estuviera en pie de igualdad diplomática con los grandes mediadores internacionales, sin alianzas claras, sin respeto de quien debe estar presente ni credibilidad sobrada, suena a fingimiento. 

Si la propuesta tuviera respaldo real, si Estados Unidos la acoge, si Israel la considera siquiera digna, si Francia, Alemania, Reino Unido aportan, si hay hoja de ruta clara, si existe presión diplomática, sanciones cuando cabe, diálogo cuando cabe, entonces habría algo más que una promesa simbólica. Pero hoy no hay nada de eso. Solo gestos vacíos, anuncios destinados a titulares, escenografía política, teatro de lo que se quiere parecer a algo. 

Una conferencia de paz exige política de Estado, no postureo partidista. Exige cuerpo diplomático, no solo discursivo. Y exige que quien la promueve tenga credibilidad, influencia y pacto con otros que no comparten solo el aplauso. 

En definitiva: Yolanda Díaz no lidera una idea de paz; está intentando liderar una idea —una fantasía— en la que España pinta sin contar. Y quién lo promueve debe saber que la historia no guarda premios para los conspiradores del gesto. 

La impunidad de Israel y la hipocresía de Occidente

El mundo es testigo de una tragedia humanitaria sin precedentes en Gaza. La ofensiva israelí ha desencadenado una catástrofe con miles de muertos, en su mayoría civiles inocentes, mientras la comunidad internacional observa con una indiferencia alarmante.

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Lo más llamativo es el contraste entre la reacción global ante la invasión rusa de Ucrania y la pasividad con la que se permite la violencia en Palestina. ¿Dónde están las sanciones, las intervenciones humanitarias, los fondos millonarios para frenar la devastación? No aparecen, porque esta vez el agresor es un aliado clave de Occidente. 

Las Naciones Unidas, la Unión Europea y la OTAN, estructuras que presumen de defender los derechos humanos, han demostrado ser meros instrumentos al servicio de intereses políticos y económicos. Su respuesta ante la crisis en Gaza ha sido tibia y burocrática, con declaraciones vacías y sin consecuencias reales. 

Cuando Rusia lanzó su ofensiva sobre Ucrania, Europa respondió con una batería de sanciones sin precedentes, excluyendo a Moscú de foros diplomáticos y proporcionando ayuda militar a Kiev. Sin embargo, cuando Israel arrasa barrios enteros, bombardea hospitales y priva a la población de recursos esenciales, el discurso se torna ambiguo, con llamados a la «moderación» que no se traducen en acciones concretas. 

La administración de Donald Trump dejó clara su posición desde el principio: un respaldo inquebrantable a Israel. Con el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén y el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, Washington reafirmó su papel como protector absoluto del Estado hebreo. Durante su presidencia, Trump no solo bloqueó cualquier intento de condena internacional contra Israel, sino que también recortó fondos a la UNRWA, la agencia de la ONU que brinda apoyo a los refugiados palestinos, ahondando la crisis humanitaria. 

Mientras Europa imponía sanciones a Rusia por la guerra en Ucrania, nunca se planteó penalizar a Israel por sus violaciones sistemáticas del derecho internacional en Gaza y Cisjordania. La doble moral es evidente: la legalidad internacional solo se aplica cuando conviene a los intereses estratégicos de Occidente. 

Europa y su vergonzosa sumisión 

La Unión Europea, que se apresuró a cerrar filas contra Rusia, hoy actúa con extrema cautela ante la situación en Gaza. Gobiernos que se autoproclaman defensores de los derechos humanos optan por declaraciones vagas, evitando cualquier medida que pueda incomodar a sus aliados. Alemania, Francia y el Reino Unido han demostrado que su compromiso con la justicia es selectivo. No se trata de principios, sino de intereses. 

La pasividad ante la crisis humanitaria en Gaza no es una casualidad, sino el resultado de un cálculo político en el que la vida de los palestinos pesa menos que las alianzas estratégicas. Mientras Europa envió miles de millones en ayuda militar a Ucrania, se niega a imponer sanciones o cortar relaciones comerciales con Israel, a pesar de las evidencias de crímenes de guerra. 

Es innegable que Hamás es una organización terrorista y que Israel tiene derecho a defenderse. El problema es que la respuesta israelí ha ido mucho más allá de una legítima defensa, convirtiéndose en una ofensiva desproporcionada que castiga indiscriminadamente a la población civil. 

Las operaciones militares de Israel han devastado barrios enteros, destruido hospitales y bombardeado refugios de la ONU donde se refugiaban mujeres y niños. Lo que comenzó como una respuesta contra Hamás se ha transformado en un castigo colectivo contra un pueblo que ya vivía en condiciones de extrema precariedad. 

Si la lucha contra el terrorismo fuera realmente el objetivo, Israel habría optado por estrategias más selectivas y menos devastadoras. En lugar de eso, ha convertido Gaza en un escenario de destrucción total, utilizando la existencia de Hamás como justificación para una ofensiva que ignora el costo humano de sus acciones. 

Una crisis humanitaria sin respuesta 

La situación en Gaza no es solo un conflicto militar: es una crisis humanitaria que exige una respuesta urgente. La falta de acceso a suministros básicos, la destrucción de la infraestructura y el colapso del sistema de salud han dejado a la población en una situación desesperada. Sin embargo, la comunidad internacional sigue paralizada, atrapada en su propia hipocresía y cálculos políticos. 

Europa, que se jacta de ser un baluarte de los derechos humanos, ha demostrado que su indignación solo se activa cuando se trata de ciertos conflictos. Ucrania mereció sanciones y ayuda masiva, pero Palestina solo recibe palabras vacías. La historia juzgará a quienes hoy callan ante esta tragedia. Mientras tanto, la pregunta sigue en el aire: ¿cuántos más deberán morir antes de que Europa decida aplicar los mismos principios que defendió en Ucrania? O, tal vez, la verdad es más incómoda: esos principios nunca fueron universales, sino simples herramientas de conveniencia política. 

Estados Unidos, China y Europa como su ‘patio trasero’

La pandemia y la invasión rusa de Ucrania han acelerado la mayor parte de los cambios geopolíticos que estaban fraguándose en los últimos años. Lo que tuvo su primera manifestación como «guerra comercial», ahora ya es la disputa central para copar el liderazgo global. Esto ya no va de ideologías: va de control territorial y poder económico. Éste es el principal mensaje que debe ser entendido por la política europea y redirigir sus ‘proyectos estrella’ como la transición verde y digital hacia una fórmula de ‘autonomía estratégica’ seria y realista.

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China continúa creciendo, incluso a pesar del enorme coste económico y social que ha tenido la política de «COVID cero», y parece aparentemente ajeno a todo lo que le rodea en términos políticos. Pero los más recientes movimientos geopolíticos están clarificando su estrategia día a día, siguiendo los pasos de Estados Unidos, quien ha apostado casi un «all-in» con la mayoría de sus aliados tradicionales.

Es lo que sucede con la OTAN, su apoyo ya no tácito sino explícito militar a Ucrania, sus relaciones con Marruecos (y sus posibles efectos con nuestra ruptura de relaciones con Argelia por ser aliada de Rusia y China) y la actitud con Oriente Próximo, en un momento delicado de la región donde la balanza se puede inclinar con cierta facilidad hacia el eje Rusia-China.

Lejos ya queda la tensión de los últimos años con Europa para que ésta contribuyera a una financiación más equilibrada de su política de seguridad y defensa (el famoso 2% del PIB comprometido con la OTAN). Ahora, la Administración Biden está demostrando sus intenciones de fondo: lealtad frente a “los enemigos” prometiendo protección. Un Estado “padre protector” que vela por sus intereses sobre el resto de regiones.

Un ejemplo práctico: Oriente Próximo. En los últimos contactos, la tónica es la misma: exponer sus líneas maestras de actuación y dejar claro que es “un socio activo” y comprometido en la región, a la vez que pide una integración real para Israel, sabiendo que muchos de estos países apoyan a Palestina. La influencia de Irán, aliado de Rusia y China en este lado del globo, es otro de los puntos a frenar por parte de Biden. No deja de ser importante la presencia indirecta norteamericana en el desarrollo de las protestas sociales iraníes, aunque no buscando una total desestabilización.

A Estados Unidos (y a Europa) le preocupa China y sabe que ante Rusia es un posible escudo ya que, mientras en Europa sufrimos las consecuencias económicas de la invasión rusa de Ucrania, China es capaz de ser autosuficiente incluso en sus planteamientos de política exterior. Una vez pasado el momento de tensión en torno a una reunificación con la isla de Taiwán, China ha pasado a convertirse en un actor decisivo pero con el riesgo de cronificar la deriva de Putin, ya que no apoya sus decisiones (en todos los comunicados del Ministerio de Exteriores chino se alude al respeto a la integridad territorial de los países), pero no puede dejar caer a Rusia, ayudándola en los últimos meses a comercializar el petróleo y gas que ha dejado de vender a Europa.

En definitiva, las piezas del tablero que manejan USA y China son lo suficientemente importantes como para estar vigilantes sobre lo que sucederá en los próximos tiempos. Mecanismos de gobierno global como el G-20 sirven para ver hasta qué punto existen fricciones irreconciliables a corto plazo, provocando una gran pérdida de las identidades y decisiones nacionales con amplitud de miras hacia el exterior. La gran excusa de la protección para los países occidentales, mantenida desde la Segunda Guerra Mundial, parece irreversible porque a nadie le ha interesado atajarla, y menos a Europa que se encuentra en medio de todo y, sin un planteamiento fuerte sobre cómo está cambiando el equilibrio global de fuerzas, será quien más sufra los efectos de una nueva Guerra Fría.