Un paisaje político en constante cambio 

La carrera presidencial de 2024 en los Estados Unidos ha evolucionado significativamente, y la contienda entre el expresidente Donald Trump y la vicepresidenta Kamala Harris está generando una dinámica política compleja y competitiva.

FUENTE: EFE

Este ciclo electoral, marcado por la salida inesperada de Joe Biden de la carrera, ha reconfigurado las alianzas políticas y los cálculos electorales, creando un panorama incierto y cargado de tensión a medida que los candidatos se acercan a las elecciones de noviembre. 

La retirada de Biden fue un momento crucial que transformó el paisaje electoral de 2024. Con Biden fuera de la contienda, Harris asumió el liderazgo del Partido Demócrata, lo que revitalizó las bases tradicionales del partido. Harris ha logrado reconstruir una coalición más cercana a lo que fue el apoyo tradicional demócrata en 2020, especialmente entre votantes jóvenes, afroamericanos y latinos, quienes habían mostrado señales de alejamiento durante la campaña de Biden. Su candidatura ha impulsado un resurgimiento en estados clave del ‘Sun Belt’, como Arizona, Georgia y Nevada, donde Biden había mostrado debilidad. 

Además, Harris ha demostrado una mayor capacidad para unificar el partido y movilizar a los votantes, en parte debido a su perfil más joven y su identidad como mujer de color, lo que ha resonado más fuerte entre ciertos grupos demográficos en comparación con Biden. Este cambio ha sido clave para cerrar la brecha con Trump, quien había tomado ventaja tras el debate con Biden en julio. 

Por otro lado, Donald Trump ha mantenido una base sólida y ha logrado, contra todo pronóstico, aumentar su popularidad a niveles cercanos a los más altos de su carrera política. A pesar de la transición de Biden a Harris como oponente, Trump sigue siendo una fuerza formidable. Su capacidad para superar los sondeos y desafiar las expectativas es algo que sus asesores destacan como un activo crucial. A medida que Harris ha ganado terreno, Trump ha logrado mantener una ligera ventaja en varios estados clave, incluyendo encuestas recientes que lo muestran liderando, aunque por márgenes pequeños. 

La popularidad de Trump también ha sido alimentada por su manejo de eventos recientes, incluyendo la respuesta a un intento de asesinato en su contra, lo que podría haber suavizado la percepción pública hacia él. Aunque su imagen sigue siendo polarizante, la estrechez de la carrera sugiere que su apoyo, aunque basado en un electorado más reducido, sigue siendo extremadamente motivado. 

Un aspecto crucial de esta elección es cómo Harris ha reconfigurado el mapa electoral. Mientras que Biden se enfrentaba a una situación en la que dependía casi exclusivamente de los estados del ‘Rust Belt’ para asegurar una victoria, Harris ha abierto nuevas posibilidades en el ‘Sun Belt’. Estos estados, con una población creciente de votantes latinos y jóvenes, podrían proporcionar rutas alternativas hacia los 270 votos electorales necesarios para ganar la presidencia. 

Sin embargo, no todo son buenas noticias para los demócratas. Aunque Harris ha consolidado el apoyo entre los votantes demócratas tradicionales, sigue estando por debajo de los números de Biden en 2020 entre algunos grupos, lo que podría limitar su margen de maniobra en estados clave. Al mismo tiempo, la fortaleza de Trump en su base significa que, aunque el electorado general se ha movido, los márgenes de diferencia en estados cruciales siguen siendo extremadamente estrechos, haciendo que cualquier resultado sea posible. 

A medida que se acerca la recta final de la campaña, la carrera entre Trump y Harris se presenta como una de las más inciertas y disputadas en la historia reciente de Estados Unidos. Con ambos candidatos exhibiendo fortalezas clave en diferentes partes del electorado, la elección podría definirse por la participación y la motivación de los votantes en los estados cruciales. Harris ha logrado revitalizar una base demócrata que parecía debilitada bajo Biden, mientras que Trump ha demostrado una capacidad notable para mantenerse competitivo, incluso frente a adversidades significativas. 

En última instancia, la elección de 2024 no solo será un referéndum sobre el futuro de la política estadounidense, sino también un test de resistencia para dos visiones radicalmente diferentes del país. A medida que se acerca noviembre, el desenlace sigue siendo impredecible, con el futuro del liderazgo estadounidense colgando en la balanza. 

Estados Unidos, China y Europa como su ‘patio trasero’

La pandemia y la invasión rusa de Ucrania han acelerado la mayor parte de los cambios geopolíticos que estaban fraguándose en los últimos años. Lo que tuvo su primera manifestación como «guerra comercial», ahora ya es la disputa central para copar el liderazgo global. Esto ya no va de ideologías: va de control territorial y poder económico. Éste es el principal mensaje que debe ser entendido por la política europea y redirigir sus ‘proyectos estrella’ como la transición verde y digital hacia una fórmula de ‘autonomía estratégica’ seria y realista.

FUENTE: EFE

China continúa creciendo, incluso a pesar del enorme coste económico y social que ha tenido la política de «COVID cero», y parece aparentemente ajeno a todo lo que le rodea en términos políticos. Pero los más recientes movimientos geopolíticos están clarificando su estrategia día a día, siguiendo los pasos de Estados Unidos, quien ha apostado casi un «all-in» con la mayoría de sus aliados tradicionales.

Es lo que sucede con la OTAN, su apoyo ya no tácito sino explícito militar a Ucrania, sus relaciones con Marruecos (y sus posibles efectos con nuestra ruptura de relaciones con Argelia por ser aliada de Rusia y China) y la actitud con Oriente Próximo, en un momento delicado de la región donde la balanza se puede inclinar con cierta facilidad hacia el eje Rusia-China.

Lejos ya queda la tensión de los últimos años con Europa para que ésta contribuyera a una financiación más equilibrada de su política de seguridad y defensa (el famoso 2% del PIB comprometido con la OTAN). Ahora, la Administración Biden está demostrando sus intenciones de fondo: lealtad frente a “los enemigos” prometiendo protección. Un Estado “padre protector” que vela por sus intereses sobre el resto de regiones.

Un ejemplo práctico: Oriente Próximo. En los últimos contactos, la tónica es la misma: exponer sus líneas maestras de actuación y dejar claro que es “un socio activo” y comprometido en la región, a la vez que pide una integración real para Israel, sabiendo que muchos de estos países apoyan a Palestina. La influencia de Irán, aliado de Rusia y China en este lado del globo, es otro de los puntos a frenar por parte de Biden. No deja de ser importante la presencia indirecta norteamericana en el desarrollo de las protestas sociales iraníes, aunque no buscando una total desestabilización.

A Estados Unidos (y a Europa) le preocupa China y sabe que ante Rusia es un posible escudo ya que, mientras en Europa sufrimos las consecuencias económicas de la invasión rusa de Ucrania, China es capaz de ser autosuficiente incluso en sus planteamientos de política exterior. Una vez pasado el momento de tensión en torno a una reunificación con la isla de Taiwán, China ha pasado a convertirse en un actor decisivo pero con el riesgo de cronificar la deriva de Putin, ya que no apoya sus decisiones (en todos los comunicados del Ministerio de Exteriores chino se alude al respeto a la integridad territorial de los países), pero no puede dejar caer a Rusia, ayudándola en los últimos meses a comercializar el petróleo y gas que ha dejado de vender a Europa.

En definitiva, las piezas del tablero que manejan USA y China son lo suficientemente importantes como para estar vigilantes sobre lo que sucederá en los próximos tiempos. Mecanismos de gobierno global como el G-20 sirven para ver hasta qué punto existen fricciones irreconciliables a corto plazo, provocando una gran pérdida de las identidades y decisiones nacionales con amplitud de miras hacia el exterior. La gran excusa de la protección para los países occidentales, mantenida desde la Segunda Guerra Mundial, parece irreversible porque a nadie le ha interesado atajarla, y menos a Europa que se encuentra en medio de todo y, sin un planteamiento fuerte sobre cómo está cambiando el equilibrio global de fuerzas, será quien más sufra los efectos de una nueva Guerra Fría.

Recuperar peso en la política internacional cuesta algo más de 20 segundos

El encuentro de escasos segundos en un pasillo de la cumbre de la OTAN entre Pedro Sánchez y Joe Biden, es una buena muestra de lo mucho que queda por hacer en materia de política exterior. Esta mal denominada ‘reunión’ ejemplifica la irrelevancia de España en materia geopolítica, especialmente en un momento clave para las relaciones internacionales donde los bloques americano y chino presionan sobre una Europa desunida, dependiente energéticamente de un enemigo como es Rusia y que no ha sido capaz de recomponer sus dinámicas internas tras el Brexit. ¿Cómo es posible que la cuarta economía de la Unión Europea tenga un papel tan secundario, y que en el primer viaje de un presidente recién elegido en Estados Unidos, Madrid no haya sido ni siquiera planteada como parada obligada?

(FUENTE: EFE)

España debe poner urgentemente en marcha un plan que recupere su posición geopolítica, reivindique su historia y establezca un nuevo juego de alianzas estratégicas, empezando por sus aliados tradicionales y acabando con una entente cordial con sus enemigos tradicionales, especialmente su vecino del Estrecho. Es probable que el ‘atlantismo’ haya llegado a su fin, teniendo en cuenta que se construyó en un momento histórico donde el ‘centro de gravedad’ geopolítico estaba en Europa. Sin embargo, ahora está en el Pacífico y China en menos de 2-3 años será la primera economía del mundo con un peso del 20% sobre el PIB global.

Por tanto, es necesario reconstruir el mapa de alianzas teniendo dos ejes estratégicos como prioridad: por un lado, el eje atlántico con las relaciones con Estados Unidos y América Latina y, por otro lado, la ‘Nueva Ruta de la Seda’ puesta en marcha en 2013 por China, la cual se ha convertido en la principal fuerza de extensión de un bilateralismo dentro de la tendencia general de la globalización, el cual cambió el planteamiento de Estados Unidos en 2016 y que ahora está por ver si la Administración Biden cambiará o no.

Con semejante desafío por delante, se necesitan más de 100 metros o 30 segundos de paseo de nuestro presidente con el presidente Biden para hablar de las relaciones bilaterales entre España y Estados Unidos, de Latinoamérica y de felicitar a Biden por su agenda progresista, en lo que Sánchez calificó como “una primera toma de contacto”. Moncloa aunque quiera ‘vender’ un encuentro que jamás se realizó en esos términos y teniendo en cuenta que la comitiva de Estados Unidos no llevaba marcada en la agenda de su viaje a Bruselas para la reunión de la OTAN reunión alguna oficial con España, debe reconocer que ya vamos tarde y que cuanto más tiempo pase, mayor va a ser la irrelevancia de España en política exterior.

No dudamos de que en algún momento se producirá una reunión entre ambos presidentes, ya que nuestro país ha sido históricamente un fuerte aliado de EEUU, pero el ‘cuándo’ y el ‘cómo’ son extraordinariamente importantes.