
En la escena internacional contemporánea, marcada por tensiones geoeconómicas y pulsos silenciosos entre potencias, España parece deslizarse por una cornisa diplomática con los ojos entrecerrados, tratando de mantener el equilibrio sin mirar demasiado abajo
FUENTE: EFE
La visita del presidente Pedro Sánchez a China, la tercera en menos de dos años vuelve a encender las alarmas de quienes observan con inquietud cómo España empieza a dar pasos más firmes hacia una relación bilateral que, de no manejarse con extremo cuidado, podría reconfigurar su anclaje estratégico en el mundo occidental.
No se trata de rechazar el diálogo con China, país ineludible en cualquier ecuación del siglo XXI, sino de cuestionar el marco en que este acercamiento se produce. Porque mientras las economías europeas intentan definir una postura común —entre el pragmatismo económico y la desconfianza sistémica—, España parece optar por una vía propia, más laxa, más solícita, más receptiva. Y en ese gesto, sin decirlo, empieza a dibujar una disyuntiva: ¿hay que elegir entre China y Estados Unidos?
Esa pregunta es en sí misma peligrosa. El dilema es falso, pero su sola formulación ya muestra la erosión de la claridad estratégica que tradicionalmente ha guiado a los países europeos. España no es una potencia aislada ni tiene la autonomía suficiente para jugar al equilibrista sin consecuencias. Su pertenencia a la Unión Europea y a la OTAN la sitúan en un marco institucional que, por mucho que se flexibilice, sigue descansando en una arquitectura de valores y compromisos compartidos. Y el eje de esa arquitectura, guste más o menos, sigue siendo transatlántico.
Por eso preocupa que, bajo el velo de la cooperación económica y la atracción de inversiones, se esté abriendo una puerta —o varias— a una redefinición del lugar de España en ese equilibrio. La inversión china, vestida de oportunidad industrial y de modernización energética, llega siempre con letra pequeña. Lo saben bien en Italia, lo empiezan a intuir en Alemania. Una fábrica de electrolizadores o un centro cultural pueden parecer gestos neutros, pero son también instrumentos de influencia, vasos comunicantes de una narrativa global que busca fracturar la unidad europea desde dentro.
Más aún cuando esa narrativa cuenta con traductores voluntarios en el interior del país, figuras que actúan como bisagras discretas entre intereses ajenos y decisiones domésticas. No hace falta nombrarlas. Basta con seguir el rastro de los elogios, las tribunas, los encuentros diplomáticos paralelos. El poder blando chino no necesita alzar la voz: le basta con susurrar en los oídos adecuados.
Frente a este panorama, la respuesta no puede ser el repliegue, pero tampoco la entrega ingenua. España debe defender su soberanía económica, sí, pero sin comprometer su posición geopolítica. Puede y debe negociar con China, pero no desde la ambigüedad, sino desde la solidez de sus alianzas. Y debe recordar que, en el juego de las potencias, la equidistancia es una ilusión: quien se mantiene demasiado tiempo en tierra de nadie acaba convirtiéndose en territorio de todos.
Europa, por su parte, necesita claridad en su política hacia China, y España debería ser parte activa de esa definición común, no una anomalía. Apostar por la autonomía estratégica no significa abrir la puerta a nuevas dependencias, sino tener la capacidad de decir “sí” o “no” con plena conciencia de lo que implica cada elección. Y para eso, hace falta una brújula, no un péndulo.
En tiempos de transición global, cuando el poder se redistribuye y las certezas se desdibujan, la política exterior no puede ser coyuntural ni oportunista. Tiene que ser visión. Tiene que ser rumbo. Y ese rumbo, para España, no puede escribirse al dictado de quienes sólo entienden las relaciones internacionales como un tablero de sumisión disfrazado de cordialidad. Porque en diplomacia, como en la vida, hay amistades que cuestan demasiado.





