
No hay disimulo posible. Lo que ocurrió en Arabia Saudí no fue una negociación, ni siquiera un intento de mediación, sino un burdo reparto de poder entre dos líderes que tienen más en común de lo que parece: la fascinación por el autoritarismo, el desprecio por el orden internacional y una concepción del mundo propia del siglo XIX.
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Donald Trump y Vladimir Putin se han sentado a decidir el futuro de Ucrania como si fuera un tablero de ajedrez en el que solo importan sus intereses. No estaban allí para defender la paz, sino para garantizar que Rusia obtenga su botín y que Estados Unidos, bajo el prisma trumpista, saque rédito de la guerra sin importarle la soberanía de un país masacrado por la invasión. Y lo peor: Europa ni está ni se la espera.
La frase de Trump lo deja claro: «Nunca deberían haberla iniciado. Deberían haber hecho un trato.» Palabras frías, crueles y desprovistas de cualquier atisbo de responsabilidad. Según su lógica, Ucrania es la culpable de haber resistido a la agresión rusa. Deberían haber cedido, rendido, entregado su tierra, sus ciudadanos y su democracia a los designios de Moscú. Es el mismo razonamiento que lleva al matón a justificar la violencia culpando a su víctima por no haberle entregado la cartera a la primera.
Pero esto no es solo una cuestión de pragmatismo cínico. Es algo mucho más grave: estamos ante la demolición del orden internacional que, con todas sus imperfecciones, ha evitado durante décadas que los imperios vuelvan a hacer y deshacer fronteras a su antojo. La posguerra nos dejó un mundo dividido en esferas de influencia, pero con reglas claras.
Ahora, en pleno siglo XXI, Putin y Trump están dispuestos a dinamitar esas reglas para reinstaurar un nuevo reparto del mundo al estilo del Imperio Británico. Y ya sabemos cómo acabó aquello: siglos de colonización, opresión y guerras interminables.
Mientras Ucrania se desangra, en Washington y Moscú juegan con su destino sin la más mínima intención de contar con Europa. No es casualidad. Para Trump, la UE no es más que un estorbo burocrático. Para Putin, es un enemigo a debilitar. Juntos, han decidido que el Viejo Continente no tiene voz en su gran partida.
Pero lo más vergonzoso es la confianza ciega en la palabra de Putin. Trump cree que puede hacer un trato con él, que el Kremlin respetará lo pactado. ¿En qué mundo vive? Rusia ya ha violado todos los acuerdos internacionales previos: desde Budapest en 1994, cuando garantizó la seguridad de Ucrania a cambio de que entregara su arsenal nuclear, hasta Minsk en 2014, que incumplió en cuanto le convenía. Ahora, bajo la bendición de Trump, Putin tendrá vía libre para consolidar su dominio sobre el este ucraniano y, quién sabe, quizás empezar a mirar más allá.
Y mientras tanto, Europa calla. O peor aún, se divide entre quienes todavía creen que pueden confiar en Estados Unidos como garante de seguridad y quienes, por puro oportunismo, empiezan a coquetear con la idea de aceptar el “nuevo orden” que Moscú y Washington pretenden imponer. Pero la historia nos ha enseñado que ceder ante el autoritarismo nunca es una solución, sino un aplazamiento de conflictos aún mayores.
Lo que está en juego no es solo el destino de Ucrania, sino el futuro de todo el equilibrio geopolítico. Si permitimos que Putin dicte las condiciones de la paz con la bendición de Trump, estamos abriendo la puerta a una era en la que las potencias volverán a repartirse el mundo con total impunidad. Y cuando eso ocurra, ya no habrá vuelta atrás.

