
Pretender organizar una conferencia de paz en Madrid suena a acto heroico. Pero sin peso diplomático, sin aliados, y con credibilidad mermada, se queda en teatro de sombras. Yolanda Díaz lanza gestos grandilocuentes; el mundo la pasa por alto.
FUENTE: EFE
La política a veces adquiere la forma de un gesto: declaración, propuesta, titulares. Yolanda Díaz lo ha intentado de nuevo: conferencia de paz en Madrid para Palestina. Una idea elevada, noble en abstracto, vacía en sustancia cuando se examina. Porque esta propuesta no nace de un plan diplomático creíble sino del oportunismo político, la retórica incendiaria y el deseo de marcar perfil, aunque eso signifique hacerse el ridículo.
Según fuentes oficiales, Díaz afirma que “España tiene la legitimidad y la fuerza para impulsar esta alianza de defensa de los derechos del pueblo palestino”. Es curioso: legitimidad según ella, fuerza según ella. ¿Pero fuerza diplomática de qué tipo? ¿Influencia entre Israel y Estados Unidos? ¿Apoyo europeo real hacia una ruptura de acuerdos con Israel, sanciones efectivas, reconocimiento unilateral? No hay indicios de esa fuerza. De hecho, el socio israelí ya ha manifestado “desconfianza”, críticas, acusaciones de antisemitismo cuando España pide suspender el acuerdo con Israel en la UE.
Díaz habla de “romper todo tipo de relaciones con Israel”, incluso acuerdo de asociación con la UE, sanciones, etc. Pero no dice cómo, con quién, ni con qué respaldo diplomático. Eso convierte lo que podría ser un llamado moral en puro postulado político interno: discurso para quienes ya la apoyan, no proyecto para quienes deciden en el concierto internacional.
¿Quién vendría? La soledad anticipada
Y aquí toca la clave: una conferencia internacional exige participantes con credibilidad. Estados Unidos, Francia, Alemania, Reino Unido, Arabia Saudí, Egipto, Qatar, etc. ¿Se ha escuchado alguna declaración de esos países diciendo: “venimos a Madrid a tu conferencia”? No. Al contrario: muchos observan con reticencia, algunos con escepticismo diplomático, otros con preocupación por el revuelo que pueda generar España con esta idea.
Y sin esos actores centrales, la conferencia es solo un almuerzo de declaraciones, una sala vacía de acuerdos vinculantes. Una ficha retórica en el tablero doméstico de Sumar y Yolanda Díaz. Sumar, como partido con escaso peso internacional, como actor secundario dentro del Gobierno, como voz que busca perfil, no poder. Eso no es diplomacia, es autoengaño.
Quizá lo más grave es que Díaz no propone la idea aislada: la acompaña con acusaciones muy duras al Gobierno de Sánchez, críticas al PP por “incapacidad moral”, llamados de sanción, y ruptura de relaciones. Sin embargo, lo paradójico es que muchas de las políticas nacionales del PSOE/Sumar han contribuido, en la percepción internacional, a deteriorar la credibilidad de España. Entre ajustes, ceses tardíos, vacilaciones diplomáticas, señales contradictorias, la posición de España no es de liderazgo sino de griterío. Y cuando alguien reclama sanciones, espera que esas sanciones tengan respaldo real, no sean mero gesto político interno.
Si una vicepresidenta propone “romper acuerdos” con Israel, pero el ministro de Exteriores sigue negociando, si unas declaraciones flamean contra el genocidio pero otras voces del Gobierno moderan para no molestar aliados, se demuestra que esto no es ni convicción diplomática ni coherencia política: es espectáculo para creerse progresista.
Escarnio o desdén
El mundo está lleno de conferencias de paz que se anuncian, se retratan, se olvidan. ¿Qué le hace pensar a Díaz que ésta será distinta? Que hará que Israel acepte, que Estados Unidos cambie su política, que la UE deje de lado realpolitik, que países árabes y musulmanes de peso se sumen sin condiciones. No es imposible, pero sí improbable. Y más improbable viniendo de alguien cuya influencia internacional real es limitada.
España podría quedar otra vez como lo que ya es para muchos socios: país de pose moral, de promesa vocal, de incapacidad ejecutiva. Otros lo llaman postureo diplomático: gritar más alto que los demás, decir lo que pide la tribuna, fotografiarse con pancartas de solidaridad, pero sin paso firme, sin capacidad de imponer sanción, sin respaldo real.
Más grave aún: el internismo sobre lo global
El problema no es sólo diplomático, sino político interno. Díaz ha revelado una obsesión frecuente de ciertos sectores de la izquierda: presentar un perfil internacional beligerante como forma de legitimar debilidades nacionales. Si avanzas poco en la política laboral, social o financiera, si tus socios parlamentarios te amenazan si te sales del guion, si tu poder real depende de gestos simbólicos, entonces te refugias en lo grande: declare una conferencia de paz, denuncia moral, sanciones. Hasta que alguien te pregunte cómo se va a financiar, qué instrumentos legales usarás, qué papel tienen los aliados.
Ese refugio es peligroso porque acaba distorsionando la política concreta: al centrarse en gestos internacionales se desatiende lo doméstico. Y los votantes perciben pronto la disonancia: se habla de paz, justicia, derechos humanos, mientras miles siguen sin acceso a vivienda digna, con sueldos miserables, con inseguridad laboral, costes básicos elevados. Esa contradicción pesa más de lo que creen.
Querida vicepresidenta Yolanda Díaz: proponer una conferencia de paz no es un crimen. Es lícito aspirar a un mundo mejor. Pero proponerla como si España estuviera en pie de igualdad diplomática con los grandes mediadores internacionales, sin alianzas claras, sin respeto de quien debe estar presente ni credibilidad sobrada, suena a fingimiento.
Si la propuesta tuviera respaldo real, si Estados Unidos la acoge, si Israel la considera siquiera digna, si Francia, Alemania, Reino Unido aportan, si hay hoja de ruta clara, si existe presión diplomática, sanciones cuando cabe, diálogo cuando cabe, entonces habría algo más que una promesa simbólica. Pero hoy no hay nada de eso. Solo gestos vacíos, anuncios destinados a titulares, escenografía política, teatro de lo que se quiere parecer a algo.
Una conferencia de paz exige política de Estado, no postureo partidista. Exige cuerpo diplomático, no solo discursivo. Y exige que quien la promueve tenga credibilidad, influencia y pacto con otros que no comparten solo el aplauso.
En definitiva: Yolanda Díaz no lidera una idea de paz; está intentando liderar una idea —una fantasía— en la que España pinta sin contar. Y quién lo promueve debe saber que la historia no guarda premios para los conspiradores del gesto.
