
Iván Redondo estrena una empresa demoscópica justo a tiempo para publicar un sondeo favorable al PSOE. No es casualidad: es estrategia de poder. Y eso que las encuestas son armas más peligrosas que las pistolas retóricas.
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Las encuestas han dejado de ser instrumentos para medir el pulso de una sociedad; ahora son máquinas para fabricar climas de opinión. Lo que antes era una herramienta técnica se ha convertido en un lenguaje del poder: cifras al servicio de la propaganda, porcentajes convertidos en dogmas. Ya no describen la realidad: la reemplazan.
La última muestra de esta perversión ha llegado con la nueva empresa demoscópica del omnipresente Iván Redondo, un maestro de la política como espectáculo. Su primera encuesta ha sido un prodigio de oportunidad: justo cuando el Gobierno atraviesa su peor momento, el sondeo anuncia la resurrección socialista. La casualidad, en política, suele tener forma de encargo. Nadie discute que Redondo tenga derecho a dedicarse a las encuestas; lo inquietante es que lo haga en un país donde cada barómetro parece diseñado para sostener un relato.
El relato antes que el dato
En España hemos pasado de dudar del CIS a aceptar su versión privada, refinada y con traje de consultoría. Cambia la forma, pero no el fondo: el objetivo sigue siendo el mismo, convencer al ciudadano de que lo que ve no es lo que ocurre, sino lo que debería ocurrir. Las encuestas son ya un poder en sí mismas, un gobierno paralelo de números y titulares, capaz de alterar el ánimo de un electorado antes incluso de que vote.
El sistema funciona con precisión industrial. Los asesores de comunicación diseñan la narrativa: un Gobierno que resiste, una oposición dividida, una tercera fuerza que crece para asustar a los tibios. Las empresas demoscópicas afinan la melodía, ajustando muestras, proyecciones y fidelidades hasta que el resultado encaje con la historia prevista. Los medios la reproducen sin preguntar demasiado, porque necesitan titulares, no verdades, y los politólogos de guardia aportan el comentario que legitima la farsa. Todo encaja, todo fluye, todo parece verosímil. El círculo se cierra y la realidad, una vez más, queda fuera.
La manipulación es tan sofisticada que ni siquiera necesita mentir abiertamente. Basta con exagerar, omitir o reinterpretar. Basta con elegir a quién se pregunta y cómo se presentan los datos. Un punto arriba, otro abajo, un verbo cambiado, y ya se ha fabricado un clima. Una encuesta puede hundir la moral de un partido o resucitar su esperanza; puede mover inversores, alterar agendas y decidir portadas. Es el poder de la sugestión revestido de objetividad.
La trampa es perfecta porque todos participan. Los políticos encargan, los asesores redactan, los encuestadores maquillan, los medios publican y los ciudadanos consumen. Y, cuando las urnas desmienten los sondeos, nadie pide explicaciones: se pasa página y se prepara el siguiente barómetro. Nadie asume el engaño porque el engaño beneficia a todos los que viven de él.
Los sacerdotes del porcentaje
La demoscopia se ha convertido en la religión laica del siglo XXI. Su dios es el porcentaje; su liturgia, el margen de error; sus sacerdotes, los expertos en plató. Y su pecado original es la vanidad: esa necesidad enfermiza de confirmar lo que ya se cree. Por eso cada encuesta es un acto de fe, no de conocimiento.
Lo más grave no es la mentira, sino la resignación. Hemos aprendido a aceptar que las encuestas mienten como aceptamos que los políticos prometen. Nos hemos acostumbrado a que nos digan lo que pensamos antes de pensarlo. Y así, poco a poco, el ciudadano deja de ser sujeto político para convertirse en dato estadístico. Lo cuentan, pero no lo escuchan. Lo miden, pero no lo representan.
No hay democracia sana sin incertidumbre, y las encuestas actuales trabajan precisamente para eliminarla. No informan: adoctrinan. No exploran: orientan. No sirven al votante: lo domestican. Detrás de cada gráfico colorido se esconde una convicción peligrosa, la de que la voluntad popular puede manipularse con la misma facilidad con la que se manipula una muestra.
Deberíamos recuperar el pudor de no saber. El respeto a la duda. La conciencia de que el futuro no está en los porcentajes sino en las decisiones reales. Pero para eso haría falta que la política dejara de usar las encuestas como espejo complaciente y los medios como altavoces del espejismo.
El precio de la mentira estadística
Mientras eso no ocurra, seguiremos viviendo bajo la dictadura amable del dato adulterado: un país que confunde la estadística con la verdad y la propaganda con el análisis. Y seguiremos creyendo que el futuro se vota en los sondeos del domingo, cuando en realidad se decide, como siempre, en la soledad de la urna.
