
Los apagones, las protestas y el colapso económico han abierto una grieta histórica en el régimen cubano. Pero el error de Occidente sería creer que la alternativa al castrismo pasa por entregar el Caribe a Rusia, China o el caos revolucionario permanente.
FUENTE: EFE
Cuba vuelve a apagarse. Literalmente. Las protestas de las últimas semanas en La Habana y otras ciudades han dejado imágenes que durante décadas parecían impensables en la isla: centenares de personas cortando calles, golpeando cacerolas, quemando basura y gritando contra el régimen mientras barrios enteros permanecen hasta veinte horas diarias sin electricidad.
La situación económica ha alcanzado un punto de agotamiento estructural. Escasez de combustible, colapso eléctrico, falta de medicamentos, deterioro alimentario, caída del turismo y una emigración masiva que vacía el país a velocidad histórica. Incluso organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos describen ya la crisis cubana como la peor desde el llamado “Periodo Especial” tras la caída soviética.
Y sin embargo, lo más importante no es la gravedad de la crisis. Lo verdaderamente relevante es que el castrismo empieza a quedarse sin relato.
El mito revolucionario se quedó sin electricidad
Durante décadas, buena parte de la izquierda occidental encontró en Cuba una especie de refugio sentimental. La revolución envejecida seguía funcionando como símbolo romántico frente al capitalismo americano, aunque la realidad cotidiana de los cubanos dijera exactamente lo contrario. Pero los símbolos también se deterioran y a veces lo hacen de manera muy material.
Es difícil seguir hablando de “resistencia heroica” cuando un país entero vive entre apagones, hospitales sin recursos, colas interminables y jóvenes que sólo sueñan con escapar. El problema para el régimen no es únicamente económico, es psicológico. La revolución ha dejado de prometer futuro incluso a quienes crecieron dentro de ella.
Eso explica la importancia de las protestas recientes. No son únicamente estallidos de hambre o electricidad, son síntomas de una erosión mucho más profunda: la pérdida progresiva del miedo y de la resignación.
El antiamericanismo ya no alimenta
El régimen cubano sigue utilizando el embargo estadounidense como explicación total de todos sus males y sería absurdo negar que las sanciones norteamericanas agravan gravemente la situación económica de la isla. La presión energética impulsada por la Administración Trump ha empeorado la crisis de combustible y los apagones. Pero también empieza a resultar evidente algo incómodo para muchos: el embargo ya no basta para explicar un fracaso de más de seis décadas.
La economía cubana no colapsa únicamente por Washington. Colapsa porque el modelo castrista destruyó durante generaciones cualquier incentivo productivo real, expulsó talento, laminó la iniciativa privada y convirtió al Estado en un aparato incapaz de sostener siquiera los servicios básicos que utilizaba como propaganda internacional.
La revolución sobrevivió demasiado tiempo gracias a subsidios externos: primero soviéticos, después venezolanos y ahora parcialmente rusos y chinos. Pero ninguna estructura política puede sostener indefinidamente una economía artificial sin productividad, sin inversión y sin libertad económica.
La factura siempre acaba llegando y Cuba la está pagando ahora.
Occidente tampoco puede equivocarse
Pero existe otro riesgo igual de serio: interpretar el derrumbe cubano desde el simplismo ideológico. Porque una cosa es reconocer el fracaso histórico del castrismo y otra muy distinta pensar que cualquier alternativa geopolítica será automáticamente mejor.
Europa y Estados Unidos tienen razones evidentes para apoyar una transición democrática en Cuba. Lo que no deberían hacer es repetir errores ya conocidos: empujar la isla hacia una situación de vacío institucional, radicalización o dependencia aún mayor de potencias hostiles.
Rusia y China llevan años utilizando América Latina como espacio de influencia estratégica frente a Washington y cualquier escenario de descomposición desordenada en Cuba abriría inmediatamente esa disputa geopolítica.
El debate serio no consiste en salvar al régimen cubano ni en romantizar su caída. Consiste en entender que la estabilidad del entorno atlántico sigue dependiendo, en gran medida, de la alianza occidental.
Nuestros aliados naturales no serán nunca ni los ayatolás iraníes, ni el autoritarismo chino, ni el revanchismo ruso. Tampoco quienes justifican dictaduras simplemente porque se presentan bajo etiquetas antiamericanas.
La izquierda occidental ante su espejo más incómodo
La crisis cubana deja además una pregunta especialmente incómoda para cierta izquierda europea y latinoamericana. ¿Hasta cuándo puede seguir tratándose Cuba como una excepción moral?
Durante años se exigió a las democracias occidentales una perfección ética absoluta mientras se relativizaban sistemáticamente las carencias democráticas del régimen cubano: presos políticos, ausencia de pluralismo, censura, represión y control estatal absoluto sobre la sociedad civil.
Ese doble rasero empieza a resultar cada vez más insostenible, porque cuando un sistema necesita restringir libertades durante décadas para evitar que su población huya o proteste, el problema ya no es coyuntural. El problema es el sistema y eso es precisamente lo que hoy empieza a quedar expuesto ante el mundo.
El final del relato del castrismo
Cuba no está viviendo únicamente una crisis energética. Está viviendo el agotamiento histórico de un modelo político que durante demasiado tiempo sobrevivió gracias a la épica revolucionaria mientras la realidad se deterioraba generación tras generación. El castrismo prometió dignidad y terminó administrando escasez.
Cuando un régimen ya no puede garantizar ni prosperidad, ni libertad, ni esperanza, lo único que le queda es el miedo. Hasta que el miedo también empieza a agotarse.







