
Estados Unidos derrocó a Maduro, pero no desmontó el chavismo. Nueve meses después, Delcy Rodríguez se reúne con Trump y recupera reconocimiento internacional mientras Washington mantiene al margen a María Corina Machado e incluso ha frenado su regreso a Venezuela. La transición empieza a parecerse demasiado a una estabilización del régimen sin Maduro.
FUENTE: EFE
La fotografía tiene algo de desenlace escrito al revés. Nicolás Maduro duerme en una cárcel de Brooklyn después de haber sido capturado por Estados Unidos; su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, posa sonriente con Donald Trump a pocos kilómetros de allí y acude a la Asamblea General de Naciones Unidas como máxima representante de Venezuela. Mientras tanto, María Corina Machado intenta regresar a su país desde Panamá y vuelve a fracasar.
No es simplemente una anécdota de protocolo. Es la imagen más precisa hasta ahora de la política que Washington ha elegido para Venezuela.
El martes, Trump y Rodríguez mantuvieron en Nueva York su primer encuentro presencial desde la caída de Maduro, a puerta cerrada y acompañados por Marco Rubio, Scott Bessent y algunos de los principales responsables de la Administración estadounidense. Delcy lo presentó inmediatamente como una reunión «histórica» destinada a fortalecer las relaciones bilaterales en energía, minería y seguridad. Trump, por su parte, había aprovechado su intervención ante Naciones Unidas para exhibir como uno de sus éxitos el nuevo acuerdo petrolero con Caracas.
La paradoja es considerable. Delcy Rodríguez no representa una ruptura con el sistema que gobernó Venezuela durante los últimos años. Fue vicepresidenta de Maduro, ministra, presidenta de la Asamblea Constituyente chavista y una de las figuras centrales del aparato político. La Unión Europea mantiene actualmente sanciones contra 69 dirigentes venezolanos hasta enero de 2027, y Rodríguez figura desde 2018 entre las personas señaladas por actuaciones que, según el Consejo, socavaron la democracia y el Estado de Derecho.
Nueve meses después de la operación militar estadounidense que desalojó a Maduro, esa misma dirigente ha dejado de ser tratada como parte del problema para convertirse en la interlocutora necesaria de la solución.
Cambió el presidente, no el aparato
La explicación estadounidense es conocida: primero estabilizar el país, después recuperar la economía y finalmente conducirlo hacia una transición democrática. El problema es que, mientras se consolida la primera fase, la tercera sigue sin fecha.
Hace apenas una semana, la misión internacional de Naciones Unidas advertía de que el aparato represivo venezolano permanece esencialmente intacto. Human Rights Watch, después de su primera visita oficial al país en dieciocho años, reconoce avances —liberaciones de presos, mayor espacio para algunos medios y menor intensidad represiva—, pero reclama todavía la liberación de todos los presos políticos, una reforma real del sistema judicial y electoral y el desmantelamiento de estructuras que hicieron posible los abusos anteriores.
Ése es el contexto que convierte la presencia de Delcy en Nueva York en algo más que diplomacia pragmática. La normalización internacional avanza bastante más deprisa que la democratización interior.
Y cuanto más legitimidad exterior obtiene Rodríguez, menos incentivos tiene para acelerar una transición que podría apartarla del poder.
Estados Unidos consiguió sacar a Maduro. Lo que todavía no está claro es si pretendía desmontar el sistema que lo sostuvo o simplemente encontrar dentro de él a alguien con quien pudiera hacer negocios.
El petróleo ayuda a responder. Washington ha convertido la recuperación de la producción venezolana y el acceso estadounidense a sus reservas en uno de los ejes de la nueva relación. El Financial Times describe a Delcy como la gran beneficiaria política del acuerdo: coopera con las exigencias estadounidenses, facilita intereses económicos de Washington y, a cambio, consolida su posición interna mientras las elecciones continúan sin un calendario claro.
La vieja retórica revolucionaria ha encontrado así una salida sorprendente: el chavismo sobrevive aceptando la tutela económica del país al que durante veinticinco años presentó como su enemigo imperial.
La oposición espera fuera
El contraste con María Corina Machado es todavía más difícil de explicar.
Esta semana ha intentado tres veces en apenas veinticuatro horas regresar a Venezuela desde Panamá. Con esos intentos serían ya al menos siete desde que abandonó clandestinamente el país el pasado diciembre. Su equipo asegura que las operaciones han sido impedidas, aunque no ha identificado públicamente quién frustró las tres últimas.
Pero sobre los intentos anteriores sabemos bastante más.
Una investigación de The Wall Street Journal relató cómo Washington se opuso a su regreso tras los terremotos de junio: autoridades estadounidenses pidieron que retrasara el viaje y la falta de respaldo de Estados Unidos terminó contribuyendo a frustrar distintas rutas de entrada. Reuters confirmó después que responsables estadounidenses habían pedido en privado a Machado que pospusiera su regreso y que las conversaciones respaldadas por Washington para rediseñar el sistema político venezolano ni siquiera incluyen a su movimiento.
La semana pasada Machado decidió que no podía esperar más. «Es hora de regresar», dijo al Wall Street Journal. La misma Administración que había intervenido militarmente para sacar a Maduro considera ahora que la presencia dentro de Venezuela de la principal figura de la oposición podría desestabilizar el proceso que desarrolla con la antigua vicepresidenta de Maduro.
Ahí reside la contradicción central.
Washington intervino en nombre de un cambio político, pero parece haber descubierto que la democracia es mucho menos manejable que la estabilidad. Delcy controla todavía buena parte del aparato estatal, mantiene interlocución con las Fuerzas Armadas y puede garantizar petróleo, orden y cumplimiento de acuerdos. María Corina representa algo distinto: competencia política, movilización social y unas elecciones cuyo resultado Estados Unidos no podría administrar.
Trump ha elegido por ahora la previsibilidad.
Eso permite entender el verdadero significado del «blanqueamiento» de Nueva York. No consiste únicamente en permitir que Delcy Rodríguez hable ante Naciones Unidas o en fotografiarse con ella. Consiste en modificar silenciosamente su condición política: de heredera inmediata de un régimen al que Washington decidió derribar a socia necesaria de la transición que Washington controla.
Puede acabar siendo una estrategia eficaz para estabilizar Venezuela. También puede producir exactamente lo contrario de aquello que supuestamente justificó la caída de Maduro: sustituir al dirigente sin sustituir el sistema.
La imagen de estos días contiene toda la contradicción. Delcy Rodríguez ha llegado a Nueva York por la puerta principal. María Corina Machado sigue buscando una puerta para volver a su propio país.
Y quizá por ahí deba empezar cualquier discusión seria sobre qué clase de transición está construyendo Estados Unidos en Venezuela.








