
La mayoría que sostuvo a Sánchez ya no existe. Pero nadie se atreve a derribarlo. El país asiste, aburrido y avergonzado, al espectáculo de un poder agotado sostenido por la inercia y el miedo.
FUENTE EFE
No hay ruina más triste que la de un edificio que no se derrumba del todo. El Gobierno de Pedro Sánchez ya no gobierna, pero tampoco cae. Flota, suspendido en ese aire denso de los regímenes cansados que se mantienen por inercia, porque nadie tiene el valor —ni el coraje ni la decencia— de empujarlos hacia la salida.
El llamado “bloque de la investidura” fue alguna vez un artificio útil: una alianza de conveniencias, un trueque de poder por impunidad, una coalición construida sobre el cálculo y no sobre las ideas. Hoy no es más que una caricatura. Cada votación es una ruleta rusa. Cada decreto, una negociación humillante. Cada socio, un acreedor esperando su siguiente pago político. Sánchez no tiene mayoría: tiene clientes.
La descomposición del espejismo
Las dos derrotas parlamentarias recientes lo retratan mejor que cualquier discurso: una reprobación ministerial aprobada con la abstención de sus propios aliados y una ley clave derribada por los mismos que le dieron el voto de investidura. El presidente ya no suma: ruega. Ya no convence: soborna con promesas, aplaza deudas, regala competencias. Su poder se mide en indulgencias, no en convicciones.
Mientras tanto, el país mira. No hay épica ni esperanza. Solo rutina. Los viejos socios independentistas lo exprimen con desprecio, sabiendo que no puede romper con ellos sin caer. Y los suyos, los que alguna vez soñaron con un socialismo europeísta y digno, asisten al desguace moral del partido como quien ve pudrirse la casa donde creció.
Sánchez, Cataluña, Andalucía y el vacío
Cataluña, el bastión que Sánchez vendió como símbolo de reconciliación, se ha convertido en su peor espejo. Las encuestas lo hunden. El PSC retrocede. Los mismos a los que concedió la amnistía le devuelven ahora el favor con la indiferencia. Nadie respeta a quien se arrodilla.
Y en Andalucía, el territorio donde el socialismo era identidad y no etiqueta, el derrumbe es histórico. Las mayorías de antaño se han vuelto desierto. La gente no se ha vuelto de derechas: se ha vuelto descreída. Sabe que ya no hay proyecto, solo supervivencia. Sánchez quiso ser la síntesis de todas las Españas y acabó siendo el denominador común de su cansancio.
El miedo a la caída
La oposición, por su parte, contempla la descomposición con la paciencia del que espera que la fruta caiga sola. No se atreve a presentar una moción de censura porque sabe que, sin mayoría absoluta, el fracaso sería su epitafio. Y así, mientras el Gobierno se pudre, la alternativa bosteza. Nadie se atreve a mancharse las manos con la historia.
La Constitución exige que la moción sea “constructiva”. Noble idea: impedir el derribo irresponsable. Pero en la España del 2025, esa exigencia se ha convertido en una coartada. Nadie quiere construir nada; solo mirar cómo se desmorona el edificio. El país entero se ha convertido en una moción de censura moral: sin votos, pero con hastío.
El truco de la resistencia
Sánchez ha hecho del desgobierno su forma de gobierno. Ya no promete: pospone. Ya no ilusiona: disimula. El truco es sobrevivir al calendario, aplazar cada crisis hasta que la siguiente la tape. Ha aprendido que en política no gana quien acierta, sino quien aguanta. Y en eso es un maestro: un funambulista sin red, un superviviente que confunde resistencia con talento.
Pero la resistencia también se agota. No se puede gobernar solo con reflejos. No se puede llamar estabilidad a un sistema que vive de los chantajes cruzados. No se puede llamar democracia a un país donde el Parlamento es un mercado de favores y el presidente un cobrador de peajes.
El país que bosteza
España asiste a este espectáculo con una mezcla de resignación y vergüenza. Ya nadie espera nada del Gobierno, pero tampoco del Congreso. Se ha instalado la sensación de que nada cambia, de que el ruido sustituye a la acción, de que cada crisis se resuelve en titulares pero no en hechos. La política se ha convertido en un teatro de papel mojado donde el guion siempre termina igual: nadie gana, todos pierden.
El bloque de la investidura ha muerto, pero sigue moviéndose. Como esos cadáveres que tardan días en enfriarse. Y la moción de censura —esa herramienta que debería ser el relámpago que limpia el aire— se ha vuelto un artefacto inútil, un símbolo de impotencia institucional. Nadie se atreve a pulsarla porque nadie sabe qué pasaría después.
El ocaso sin caída
Lo que vive España no es una crisis de Gobierno: es una crisis de dignidad. Un país atrapado entre un poder que ya no gobierna y una oposición que no se atreve a gobernar. Un Estado paralizado por el cálculo y la cobardía. Y en medio, una ciudadanía anestesiada, que ya no espera el cambio, solo que la decadencia no duela demasiado.
Sánchez ha conseguido un logro sin precedentes: gobernar sin mayoría, sin proyecto y sin pudor. Pero también sin futuro. Lo que sostiene su poder no son los votos, sino el miedo de sus aliados y la pereza de sus adversarios. Es un rey sin corte, un general sin ejército, un presidente sin país.
Y cuando un líder llega a ese punto, el derrumbe no es cuestión de números, sino de tiempo.

El de LA POLTRONA CORRUPTA se aferra a ella a base de:
– La toma de instituciones del Estado.
– Demolición de la separación de poderes.
– Dádivas en contra de los intereses generales, políticas y económicas.
– Polarización de la sociedad.
La OPOSICIÓN más que perezosa está resignada por la aritmética.