El Abogado General y la farsa de la amnistía

El dictamen del Abogado General no es un rayo de luz ni un triunfo de la justicia. Es un recordatorio brutal: la Unión Europea no va a arreglar la podredumbre que los propios españoles consienten. Y mientras tanto, Sánchez juega a desmantelar el Estado con la ilusión de que Luxemburgo lo corrija.
FUENTE: Unión Europea

El Abogado General del TJUE, Dean Spielmann, ha dicho lo que era evidente para cualquier jurista honesto: la Ley de Amnistía vulnera la tutela judicial efectiva al imponer un procedimiento que obliga a los jueces españoles a aplicar la norma sin analizar caso por caso y sin valorar el daño causado al erario público. No es una sorpresa. Lo sorprendente es que haya tardado tanto en decirlo.

Si el TJUE refrenda esta opinión —y suele hacerlo en un porcentaje altísimo de casos— la consecuencia inmediata será devastadora para el relato gubernamental: el asunto regresará al Tribunal de Cuentas, justo donde el independentismo y el PSOE no querían que regresara jamás. Porque ahí no hay himnos, ni discursos, ni “relatos de convivencia”: hay responsabilidad contable, dinero público volatilizado y nombres propios. Y la amnistía, tal como la diseñó Sánchez, pretendía que el dinero evaporado no existiera.

El Abogado General: entre la pereza y el sesgo

Pero sería un error convertir a Spielmann en héroe. Ni lo es ni lo pretende. De hecho, su carrera está llena de decisiones discutibles: fue uno de los artífices de tumbar la doctrina Parot, un movimiento que dejó boquiabiertos incluso a juristas europeos.

Podemos ser generosos y atribuirle cierta pereza mental —esa manía europea de aplicar estándares generales sin entender el contexto español— o podemos ser sinceros y reconocer que juega con un sesgo evidente:
Europa tiende a desconfiar de la justicia española más que de la justicia española de quienes la atacan.

Pero aquí el problema no es Spielmann. El problema somos nosotros, que llevamos una década creyendo que Bruselas actuará como árbitro moral de nuestra política interna. Españoles que no se fían de su propio Estado depositan su fe en Luxemburgo como quien deposita la esperanza en un santo laico que ni nos conoce ni nos comprende.

Europa no nos va a salvar porque Europa no quiere salvarnos. Y aunque quisiera, no podría: los problemas de un país no los resuelve un tribunal extranjero cuando el país en cuestión está gobernado por políticos que consideran que desmantelar la ley es una forma creativa de hacer política.


La amnistía como acto de sumisión

Lo que ha quedado claro con este dictamen es que la amnistía no fue una concesión política: fue un acto de servidumbre. Un presidente dispuesto a sacrificar el principio de igualdad ante la ley para mantener el apoyo de quienes no creen en la ley. La amnistía no es un gesto de reconciliación; es una factura. Y Sánchez la pagó encantado: es el único presidente europeo capaz de hablar de “regeneración democrática” mientras torpedea los cimientos del Estado de derecho.

El Abogado General ha levantado el velo: el procedimiento impuesto por la LOA es un traje a medida, una costura cosida con el hilo del chantaje. No permite a los jueces analizar el daño contable. No les deja examinar el impacto económico de los delitos de sedición, malversación y desobediencia. No les deja, en definitiva, juzgar. Y cuando a un juez se le priva de juzgar, no se está haciendo política: se está perpetrando un fraude.

Si Luxemburgo ratifica al Abogado General, la amnistía no borrará las responsabilidades económicas del procés. La justicia contable volverá a su sitio. Los expedientes regresarán al Tribunal de Cuentas, ese organismo que el Gobierno ha intentado desacreditar, colonizar y neutralizar. Y volverán no por mérito de España, sino por defecto de España: por haber querido hacer trampas de tal calibre que ni el TJUE puede mirarlas sin sonrojarse.

El independentismo lo sabe. Por eso su reacción es histérica. Saben que la amnistía política puede tragársela Europa, pero la amnistía económica no la tolera nadie. Porque borrar delitos es discutible. Pero borrar dinero público es obsceno.

La enésima lección que no aprenderemos

La conclusión es amarga: España ha vuelto a descubrir —por enésima vez— que Europa no interviene para salvar al país de sí mismo. Interviene para preservar estándares jurídicos que España aceptó libremente. Y si esos estándares contradicen los intereses del Gobierno, Europa no se mueve ni un milímetro.

El dictamen del Abogado General no es un triunfo: es una humillación. Nos recuerda que estamos tan entregados a nuestros propios abusos internos que solo reaccionamos cuando nos reprende un árbitro extranjero. A un país serio le bastaría su propio Tribunal Supremo. A nosotros no.

Si la amnistía es corregida por Europa, Sánchez venderá la rectificación como un matiz técnico. Si Europa la avala parcialmente, la proclamará como una victoria histórica. En ambos casos, España pierde: porque demuestra que su sistema político ya no es capaz de autocorregirse.

Mientras la mitad del país juega a dinamitar la legalidad y la otra mitad ruega a Luxemburgo que la restaure, la conclusión es clara: Europa no nos salvará. Europa no puede salvar a un país que ha renunciado a salvarse a sí mismo.

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