El presidente que quiso ser juez

Cuando un presidente decide quién es inocente y quién no, la justicia deja de ser poder del Estado para convertirse en su decorado. Sánchez no defiende a un fiscal: desafía la arquitectura misma de la democracia.
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Pedro Sánchez no se equivocó en su entrevista con El País al declarar que el fiscal general, Álvaro García Ortiz, es “inocente”. No fue un lapsus ni una torpeza verbal. Fue una afirmación calculada, una demostración de fuerza política envuelta en un gesto de lealtad personal. El presidente sabía perfectamente lo que hacía: interferir en una causa judicial abierta ante el Tribunal Supremo y desafiar, de forma explícita, el principio que sostiene cualquier democracia liberal —la separación de poderes.

La Asociación de Fiscales reaccionó con la contundencia que el momento exigía. Acusó al presidente de “inmiscuirse en la función de juzgar” y de “presionar, deslegitimar y usurpar” las funciones de los tribunales. No exageran. Cuando el jefe del Ejecutivo emite un veredicto antes que los jueces, el Estado de Derecho se convierte en una escenografía hueca, una liturgia sin sustancia.

El poder que confunde defensa con dominio

Sánchez pretende presentar su frase como un gesto de confianza personal, un apoyo moral a un colaborador asediado por la oposición. Pero su cargo convierte ese gesto en una declaración institucional. Y ahí radica la gravedad: un presidente no puede opinar como ciudadano cuando habla como poder del Estado. Cada palabra suya pesa como un decreto. Y cuando esas palabras apuntan contra los jueces del Supremo, lo que se pone en juego no es un caso judicial, sino el equilibrio de la República.

No hay inocencia posible sin juicio. Y no hay juicio posible cuando el poder ejecutivo marca la pauta de lo que los magistrados deberían concluir. El mensaje implícito de Sánchez es aterrador: si los tribunales condenan al fiscal general, será una injusticia; si lo absuelven, será la prueba de su “razón”. La justicia queda atrapada entre la obediencia y la sospecha.

El sanchismo ha convertido la lealtad en dogma. No se gobierna con convicciones, sino con adhesiones. Quien es leal al líder merece protección, aunque esté procesado. Quien lo cuestiona, aunque sea en nombre de la ley, es un enemigo del progreso. Esa es la lógica que hoy rige la relación entre el Gobierno y la Justicia: la subordinación moral del Derecho al poder.

García Ortiz, procesado por revelar datos confidenciales en un caso con enorme repercusión política, se ha transformado en símbolo de esa deriva. Su presunta falta ya no importa; lo que cuenta es su utilidad. Mientras sea fiel, el presidente lo defenderá. Mientras sirva al relato, será inocente por decreto.

Una justicia domesticada

El ataque velado al Tribunal Supremo no es un accidente: es una estrategia. Desde hace años, el Gobierno ha buscado colonizar el ámbito judicial con la excusa de su “democratización”. Ha intentado reformar el Consejo General del Poder Judicial para controlarlo, ha forzado nombramientos afines, ha ridiculizado las resoluciones que no le convenían. Ahora da un paso más: no se conforma con influir, quiere dictar el resultado.

Defender la inocencia del fiscal general es, en realidad, un desafío directo al Supremo. Es decirle a los magistrados: “sé lo que vais a decidir y no me importa”. Es convertir al Poder Judicial en un obstáculo político más, en una piedra que se aparta del camino con declaraciones, no con respeto. Es la forma más civilina de autoritarismo: el que se disfraza de defensa institucional.

Lo peor no es el hecho, sino la normalización. Sánchez ha conseguido lo que parecía imposible: banalizar la injerencia. Ya no sorprende que el presidente hable de causas abiertas como si fueran debates partidistas, ni que el Gobierno acuse a los jueces de “lawfare” cada vez que una sentencia incomoda al Ejecutivo. La democracia se vacía no por los golpes de fuerza, sino por la costumbre del abuso.

Al declarar “inocente” al fiscal general, el presidente no comete una torpeza: consolida un hábito. Un modo de entender el poder donde las instituciones no se respetan, sino que se utilizan. Donde el lenguaje jurídico se sustituye por consignas morales. Donde el delito deja de ser delito si lo comete un aliado.

La doctrina del presidente

El sanchismo ha creado su propia doctrina: la de la impunidad afectiva. El círculo de confianza se convierte en refugio ante la ley. La justicia es solo una molestia que se sortea con palabras. La inocencia ya no se gana en los tribunales, sino en las entrevistas de domingo. Y el presidente, lejos de proteger la independencia judicial, la pone a subasta en el mercado de su propio relato.

El resultado es devastador: un país donde la ley se convierte en un instrumento de defensa personal y donde la verdad procesal se sustituye por la verdad mediática. Cuando el presidente actúa como juez, el Estado se convierte en parte. Y cuando el Estado se convierte en parte, la justicia deja de ser árbitro.

Cada vez que Sánchez deslegitima a un juez, el país retrocede un paso hacia el autoritarismo blando: ese donde nadie rompe las urnas, pero todo el mundo teme al poder. El mensaje que lanza no es solo a los magistrados del Supremo: es a todos los servidores públicos que aún creen en la independencia de su función. Les está diciendo que el mérito ya no se mide por el cumplimiento de la ley, sino por la obediencia al relato.

Y así, poco a poco, se construye la ruina institucional: no por asalto, sino por desgaste; no con golpes, sino con declaraciones. Sánchez ya no necesita atacar abiertamente al Poder Judicial: le basta con proclamar inocencias y dictar sentencias morales desde la Moncloa.

Esa es la verdadera gravedad de su entrevista: no lo que dijo, sino lo que demostró. Que en España ya no hace falta ser juez para absolver. Basta con ser presidente.

Golpe directo al corazón de la democracia 

Cuando un gobierno que debería proteger los principios democráticos actúa como el mayor enemigo de la justicia, no estamos frente a una simple reforma legislativa; estamos siendo testigos de un ataque frontal al Estado de derecho. Las maniobras del PSOE para restringir la acción popular y consolidar su control sobre el poder judicial son un golpe bajo, calculado y premeditado para dinamitar los cimientos de nuestra democracia. 

FUENTE: EFE

Esta propuesta legislativa, disfrazada de una falsa modernización del sistema judicial, es en realidad un arma de defensa masiva del Ejecutivo. Limitar la acción popular significa eliminar una de las herramientas más poderosas que tienen los ciudadanos para combatir la corrupción y los abusos del poder. Este movimiento busca amordazar a las voces críticas y blindar a los responsables políticos, incluido el entorno de Pedro Sánchez, actualmente bajo la lupa de investigaciones judiciales. 

Es inadmisible que un gobierno se atreva a despojar a la sociedad de su capacidad para exigir responsabilidades. Más grave aún es que esto ocurra cuando las instituciones están ya profundamente erosionadas por la constante intromisión política. La historia nos enseña que cuando un poder ejecutivo decide amordazar al judicial, no es para el beneficio del pueblo, sino para perpetuar sus propias corruptelas. 

El PSOE no solo está destruyendo los contrapesos institucionales; está importando las tácticas de regímenes autoritarios. Eliminar a jueces considerados críticos, prohibir el uso de recortes de prensa como base para investigaciones y restringir las querellas populares son medidas más propias de sistemas autocráticos que de una democracia consolidada. 

¿Quién protege a los ciudadanos si se elimina su capacidad de participar activamente en la supervisión del poder? ¿A quién acuden los españoles cuando el Gobierno controla los tribunales y los cierra a la acción pública? Estas preguntas no son retóricas; son gritos de alarma que deberían resonar en cada rincón de nuestro país. 

Un Gobierno acorralado y peligroso 

La gravedad de esta reforma se amplifica por el contexto en el que se produce: un Gobierno acorralado por investigaciones que tocan a sus círculos más próximos. Pedro Sánchez y su partido buscan desesperadamente tapar los agujeros de un barco que hace aguas por todos lados, y en su desesperación no dudan en sacrificar los principios democráticos que juraron defender. 

Este es el momento de la verdad para España. Si permitimos que este atropello prospere, abrimos la puerta a una espiral de autoritarismo sin retorno. Las democracias no se destruyen de la noche a la mañana; caen por la suma de pequeñas traiciones como esta, que pasan desapercibidas o se normalizan bajo la excusa de la gobernabilidad. 

Hacemos un llamado urgente a la ciudadanía, a las organizaciones civiles y a los partidos de la oposición: este es el momento de actuar. No basta con la crítica tibia o las palabras bonitas; se necesita una movilización masiva para frenar este atropello. Cada ciudadano tiene el deber moral de defender los valores democráticos que tanto nos ha costado conquistar. 

El PSOE está jugando con fuego, y el precio de sus acciones lo pagaremos todos. No se trata solo de esta reforma; es la acumulación de ataques a la libertad y a la justicia lo que convierte a este Gobierno en una amenaza directa para España. Si no resistimos ahora, mañana será demasiado tarde. 

Firma bajo la lupa de Europa

La reciente renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) suscita un intenso debate, especialmente en lo que respecta a la independencia del poder judicial y los compromisos asumidos por los principales partidos políticos.

FUENTE: EUROPA PRESS

La clave fundamental del acuerdo sobre el gobierno de los jueces radica en los seis meses que el nuevo Consejo tiene para preparar una reforma del sistema de elección de sus miembros. ¿Es este compromiso creíble? ¿Puede Europa forzarnos a cumplirlo?

La independencia del poder judicial es un pilar esencial de cualquier democracia. Si bien el acuerdo entre el PSOE y el PP no garantiza explícitamente esta independencia, sí establece procedimientos destinados a impedir el control del Gobierno y sus socios parlamentarios sobre el CGPJ, repartiendo sus puestos por cuotas como ha sucedido en los últimos casi 40 años. Este es un paso positivo, pero insuficiente por sí solo. La verdadera prueba residirá en la implementación de la reforma prometida.

El Gobierno ha cumplido con el mandato de la Unión Europea de renovar el CGPJ, respondiendo así a una demanda crucial para asegurar el buen funcionamiento del sistema judicial español. La oposición ha cumplido con su parte de lograr un acuerdo que, en líneas generales, se parece mucho al que ha defendido los últimos dos años sin que el Gobierno lo aceptara.

Sin embargo, esta renovación es solo la primera parte de un proceso más amplio. Ahora queda la tarea más difícil: cambiar el sistema de elección para asegurar que al menos la mitad de los vocales, o preferiblemente una mayoría simple, sean nombrados por sus propios pares en el ámbito judicial.

Este cambio es fundamental para evitar que el CGPJ siga siendo un órgano con fuertes presiones políticas y garantizar su independencia efectiva. La UE ha sido clara en su exigencia de reformas que refuercen la separación de poderes y la autonomía del poder judicial. España no puede permitirse ignorar estas recomendaciones sin arriesgarse a consecuencias diplomáticas y políticas significativas.

La cuestión crítica ahora es si el partido de gobierno (el PSOE) se siente verdaderamente obligado por este pacto a impulsar una reforma que cumpla con estas expectativas. El compromiso de los próximos seis meses será determinante. La UE, en este contexto, debe jugar un papel proactivo y exigente. Si el Gobierno español muestra reticencias o intenta diluir el alcance de la reforma, Bruselas debería intervenir con firmeza incoando un expediente de infracción que nos colocaría a la altura de lo que sucedió con Polonia o Hungría.

La presión de la Bruselas será vital para asegurar que España no retroceda en este aspecto crucial. La credibilidad de nuestro sistema judicial está en juego, y con ello, la confianza de los ciudadanos en la imparcialidad y equidad de la justicia.

Llega tarde

No podemos pasar por alto que tanto el PP como el PSOE han tardado cinco años en renovar el CGPJ desde la fecha en que correspondía hacerlo. Esta dilación es inaceptable y ha erosionado la confianza en nuestras instituciones. Ha tenido que ser Europa la que nos cante las cuarenta para que finalmente se tome una acción concreta. Esta intervención externa pone en evidencia la falta de compromiso de nuestros propios líderes políticos con la reforma judicial y la urgencia de su implementación.

Los partidos más a la izquierda del PSOE, los más a la derecha del PP y los independentistas y secesionistas (incluso algunas voces en los propios partidos implicados), se opusieron al acuerdo. Esta resistencia puede interpretarse como un indicio de que lo pactado beneficiaría a la independencia del organismo judicial. Si todos estos sectores tan diversos están en desacuerdo, podría ser una señal de que el cambio propuesto va en la dirección correcta para despolitizar mantener la neutralidad en el CGPJ.

La renovación del organismo y la promesa de reformar el sistema de elección de sus miembros representan una oportunidad histórica para España. No obstante, la verdadera independencia judicial no se logrará solo con buenas intenciones o acuerdos iniciales. Es imperativo que el PSOE cumpla con la letra y el espíritu del pacto alcanzado con el PP, y que la UE se mantenga vigilante y exigente en este proceso.

Solo mediante un compromiso firme y transparente se podrá fortalecer la independencia del poder judicial en España, un objetivo que no solo beneficiará a nuestro país, sino que también reforzará los valores democráticos fundamentales de la Unión Europea. Además, es esencial aprender de estos cinco años de retraso y asegurar que no volvamos a caer en la parálisis política que ha puesto en jaque la credibilidad de nuestras instituciones judiciales.

Por una mediación efectiva de la UE ante situaciones de deterioro institucional

El día 3 de octubre tenemos que presentar ante Europa una renovación del Consejo General del Poder Judicial que llevamos retrasando años. Los informes de Bruselas han ido viendo la inacción de los políticos de nuestro país para negociar y no ha quedado más remedio que Bruselas intervenga en el proceso como árbitro para solventar una situación de deterioro institucional como ésta.

FUENTE: EFE

El martes 27 de septiembre se presentó en Madrid el comisario europeo de Justicia, Didier Reynders, con un reto no imposible pero muy complejo: sentar a los dos grandes partidos en la misma mesa para terminar una renovación que lleva pausada 4 largos años. Todas las esperanzas por parte del Gobierno, del propio gobierno de los jueces y de las asociaciones judiciales están puestas en el Comisario que tiene tras de sí importantes episodios negociadores en la política interna de su país.

«Intentamos organizar un diálogo entre fuerzas políticas porque el cambio del CGPJ necesita mayorías tales que requiere de la colaboración entre las principales fuerzas políticas», dijo Reynders hace unos días desde Bruselas preguntado por el objetivo de su viaje a Madrid. El Comisario de Justicia considera urgente que se pongan en marcha los nuevos nombramientos y que se acometa «muy rápidamente» una reforma del sistema de elección de los vocales del CGPJ.

Sobre esto último, parece que el PSOE no va a presentar demasiada oposición, una vez que se ha abierto a poder negociar que en el futuro la carrera judicial tenga un papel más activo en la elección de los miembros del gobierno de los jueces. El PP exige antes de sentarse a negociar la renovación que el Gobierno se comprometa por escrito a reformar inmediatamente después la Ley Orgánica del Poder Judicial para que sean los jueces los que elijan directamente a los vocales del Consejo. Los socialistas consideran esta exigencia una excusa más del PP para no proceder a la renovación; lo que está claro es que ambos se protegen en sus excusas para no ser el primero en reconocer que ha torcido el brazo.

La Comisión Europea viene advirtiendo desde hace años que el retraso en la renovación del CGPJ es un motivo de preocupación por la «posibilidad de que este organismo se perciba como vulnerable a la politización» y reclama la urgente renovación del gobierno de los jueces con el sistema vigente y que después se modifique el método de elección para evitar futuros bloqueos por falta de acuerdos políticos, como la actual.

Una mediación efectiva

Gobierno y oposición no han parado de lanzarse reproches durante la visita del Comisario, pero es responsabilidad compartida que no se haya avanzado durante estos años. Es muy preocupante que haya que defender una suerte de mediación europea ante situaciones de grave deterioro institucional, más aún cuando nuestro país es el siguiente en coger el relevo de la presidencia de la Unión Europea. Nuestra situación no es comparable a la de Hungría o Polonia, donde se vulnera la independencia judicial con asiduidad. Pero no nos podemos permitir que se nos pueda encasillar con países gobernados por iliberales. Tenemos una fecha límite para el lunes 3 de octubre y no parece que la vista del Comisario vaya a adelantar demasiado los acontecimientos.

En paralelo a la visita del comisario europeo de Justicia, el CGPJ celebrará este jueves un pleno ordinario al que Lesmes quiere llevar el informe que encargó al Gabinete Técnico del Consejo sobre su eventual sucesor. Desde el CGPJ no ocultan su malestar por que la futura dimisión de su presidente eclipse la visita del Comisario europeo. A su juicio, es improcedente someter a conocimiento de los vocales este informe, algo que, en su opinión, el Pleno del CGPJ tendría que ver una vez que él no esté y no precisamente en este momento. “Si se va, lo que él opine deja de ser relevante porque los que nos quedamos con el marrón somos nosotros”, recogen los medios desde fuentes del organismo.