Zapatero en Gamínides

Los venezolanos no se han resignado ante el robo descarado de sus votos y, con ellos, de su dignidad. Maduro, escoltado por lo peor de cada casa, se proclamó presidente sin vergüenza. Un sentimiento desconocido para un personaje que ha mantenido un régimen cleptómano y empobreciendo un país rico como pocos en el siglo XX.

Por Nicolás Redondo Terreros

Ha pasado Venezuela de ser un país que, sin duda, despilfarró parte de su inagotable riqueza, a un país mendigo, del que se han ido millones de sus ciudadanos por sentir la falta de libertad y no tener nada que llevarse a la boca.

Lo más execrable suele permitir que sobresalgan ejemplos extraordinarios de belleza y dignidad. A Maduro le hace contrapunto María Corina Machado a la voluntad de silenciar a la sociedad venezolana. Representa la valentía de los que han decidido no callar, sino alzar la voz.

Los venezolanos han luchado contra la dictadura de Maduro y contra la indiferencia que ha impuesto el “socialismo para ricos” que domina parte de la izquierda occidental. Han pasado desapercibidos los millones de personas que han huido de Venezuela, los secuestros y detenciones de los opositores, cuando no el asesinato en la propia Venezuela o lejos del país de Bolívar.

Son ellos los que nos ha enseñado el valor del sacrificio, de la dignidad, de la libertad que les falta. Por eso, merecen toda nuestra atención y nuestra solidaridad más militante, más cuando sabemos que ya hay muertos en las calles de Caracas. Hoy vemos el verdadero rostro del dictador. No es sólo un botarate que baila bachata en los mítines o que dialoga con los pájaros y las vacas. Es un fiel y cruel servidor de una multinacional iliberal que arraiga en países como Cuba o Irán.

Siempre nos hemos preguntado cómo sistemas execrables han podido tener el apoyo de personas relevantes, pues un ejemplo de esa alianza a veces inverosímil lo tenemos en directo en Venezuela. Vemos cómo los últimos 10 años el expresidente de España José Luis Rodríguez Zapatero ha apoyado sin dudas y sin matices al régimen de Maduro. Nos dijo engolado que mucha gente hablaba de Venezuela sin conocer el país, sin darse cuenta de que es posible hoy en día estar perfectamente informado sin visitar el país y, en todo caso, todos podemos hablar de todo y sobre todo de la libertad y de la dignidad de un pueblo hermano.

Zapatero, cuando escribo esta nota, no ha hablado. Teniendo en cuenta la infinitud del universo (como él se encargaba de describir en un mitin inenarrable en San Sebastián) puede que esté en Gamínides intentando pasar desapercibido. Pero las señales de indignidad, de relaciones inconfesables con un régimen cleptómano y autoritario, están ahí para quien quiera verlas.

Hoy la militancia por la libertad y la democracia de España respecto al “pucherazo” de Maduro pasa por retirar nuestro embajador temporalmente hasta que se reponga la voluntad de los venezolanos (por menos y por cuestiones muy privadas hemos retirado sin fecha un embajador en Argentina). La única manera de influir en la buena dirección es la presión internacional y a esa acción pacífica, democrática y ética, España no puede renunciar. Desde luego también pasa por una reflexión seria y honrada de los socialistas españoles. ¿Puede el PSOE seguir manteniendo en sus filas a una persona que ha apoyado, por los motivos que sean, una “pucherazo” a favor de un dictador?

Hemos visto como los neocomunistas se ha felicitado por el golpe de Estado protagonizado por Maduro. Pero esto no me sorprende. Esa comunión entre comunistas y dictaduras no ha sido infrecuente en la historia del siglo XX. Sin embargo, es imposible que los socialistas miremos para otro lado cuando uno de los nuestros, embozado en bellas palabras que pierden todo su significado en sus labios apoya una dictadura.

Zapatero puede rectificarme con una declaración rechazando a Maduro y todo su séquito. Si lo hace, me alegraré. Pero si sigue oculto y callado o vuelve a hablar del “valor de la palabra o del diálogo”, sabremos que su posición está junto a los líderes autoritarios e iliberales.

Lecciones desde el otro lado del mundo

La reciente noticia de la salida de Joe Biden de la carrera presidencial en Estados Unidos ha resonado en todo el mundo, pero más allá del impacto directo en la política americana, es un momento idóneo para reflexionar sobre lo que esta decisión puede enseñarnos en España sobre el funcionamiento de la política en Estados Unidos y cómo podríamos adoptar algunas de sus prácticas. 

FUENTE: EFE

En primer lugar, la retirada de un candidato de la envergadura de Joe Biden destaca la flexibilidad y adaptabilidad de la política estadounidense. Biden, tras décadas de servicio público, incluyendo su mandato como vicepresidente y luego como presidente, ha demostrado que los líderes políticos en Estados Unidos no temen dar un paso atrás cuando las circunstancias lo requieren. En España, esta capacidad de reconocer el momento adecuado para retirarse es algo que, lamentablemente, se observa con menos frecuencia. Los políticos españoles tienden a aferrarse a sus cargos hasta el último momento, incluso cuando el desgaste es evidente. Aprender a reconocer el momento adecuado para dar un paso al costado, permitiendo la renovación y el surgimiento de nuevas figuras, podría revitalizar nuestro sistema político. 

Otro aspecto notable es la comunicación política en Estados Unidos. La salida de Biden no ha sido un mero comunicado frío y calculador. Ha sido una decisión anunciada con claridad, con un discurso que resalta la visión de futuro del partido y del país, priorizando el bienestar general sobre el individual. Esta forma de comunicar es esencial para mantener la confianza del electorado. En España, la transparencia y claridad en las decisiones políticas a menudo dejan mucho que desear. Los mensajes suelen estar cargados de ambigüedades y falta de compromiso, lo que genera desconfianza y descontento entre los ciudadanos. Adoptar una política de comunicación más directa y honesta podría fortalecer la relación entre los políticos y el electorado. 

La participación de la sociedad civil en el proceso político es otra lección crucial. En Estados Unidos, la ciudadanía juega un papel activo y crucial en el proceso de selección de candidatos. Las primarias abiertas y los caucus permiten una participación amplia y diversa, donde los votantes tienen una voz significativa en la elección de los representantes de sus partidos. Este proceso participativo fomenta un sentido de pertenencia y responsabilidad entre los ciudadanos. En contraste, en España, la selección de candidatos a menudo está dominada por las cúpulas de los partidos, limitando la participación y el poder de decisión de la base electoral. Implementar mecanismos más participativos y democráticos en la elección de nuestros representantes podría incentivar una mayor implicación ciudadana y fortalecer nuestra democracia. 

Además, la cultura del debate en la política estadounidense es digna de admiración. Los debates presidenciales en Estados Unidos son eventos de gran relevancia, donde los candidatos exponen sus ideas y confrontan sus puntos de vista de manera directa. Estos debates no solo permiten a los votantes conocer mejor las propuestas de cada candidato, sino que también fomentan la transparencia y la rendición de cuentas. En España, aunque se han dado pasos en esta dirección, los debates políticos aún carecen del mismo nivel de importancia y estructuración. Fomentar una cultura de debate más robusta podría enriquecer el diálogo político y ofrecer a los votantes una visión más clara de las opciones disponibles. 

Finalmente, la capacidad de reinvención es una característica destacada de la política estadounidense. La salida de Biden no significa el fin de su influencia política, sino una transformación de su rol. Los políticos en Estados Unidos tienen una notable habilidad para reinventarse y seguir contribuyendo desde diferentes ámbitos, ya sea en la academia, organizaciones no gubernamentales o en otros roles públicos. En España, la carrera política a menudo se percibe como un camino sin retorno, donde la retirada de un cargo significa el final de la vida pública. Fomentar una visión más amplia y flexible de la carrera política podría permitir a nuestros líderes seguir aportando su experiencia y conocimiento en diferentes contextos. 

En conclusión, la salida de Joe Biden de la carrera presidencial no solo es un acontecimiento relevante en la política estadounidense, sino también una oportunidad para que en España reflexionemos sobre nuestras propias prácticas políticas. Adoptar una actitud más flexible, mejorar la comunicación, fomentar la participación ciudadana, enriquecer la cultura del debate y promover la capacidad de reinvención son lecciones valiosas que podrían fortalecer y revitalizar nuestra democracia. Desde el otro lado del Atlántico, hay mucho que aprender y aplicar para el beneficio de nuestra sociedad. 

El año Sánchez: inestabilidad y desconexión 

El año de Pedro Sánchez desde las elecciones del 23 de julio de 2023 ha sido un periodo de turbulencias y decisiones controvertidas que han dejado a España en una situación incierta.

FUENTE: EFE

Tras la debacle del PSOE en las elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo, Sánchez tomó la audaz decisión de adelantar las elecciones generales al verano, en un intento desesperado por mantener el control político en un momento de creciente descontento social. 

El contexto electoral de julio, inusual por realizarse en plenas vacaciones, fue interpretado como una táctica para reducir la participación y así minimizar el impacto del descontento generalizado. Sánchez convocó un Consejo de Ministros para disolver las Cortes Generales apenas días después de los resultados adversos de mayo, mostrando una clara prioridad en su estrategia política sobre el bienestar del país. 

El año siguiente, la gestión de Sánchez estuvo marcada por maniobras políticas y controversias. Uno de los aspectos más criticables ha sido su dependencia de alianzas con partidos radicales de izquierda y separatistas. Estas coaliciones han generado una inestabilidad constante y han erosionado la confianza pública. Las concesiones hechas a estos socios, incluyendo indultos y negociaciones opacas, han sido vistas como sacrificios de la integridad gubernamental a favor de la supervivencia política. 

La economía ha sido otro punto débil en la gestión de Sánchez. Aunque el gobierno ha promocionado cifras de crecimiento y creación de empleo, muchos de estos logros han sido superficiales. La inflación sigue afectando el poder adquisitivo de las familias españolas, y las políticas de gasto público parecen más orientadas a comprar votos que a establecer un plan serio de recuperación económica. Esta percepción de falta de sostenibilidad ha aumentado la preocupación entre los ciudadanos sobre el futuro económico del país. 

En el ámbito internacional, Sánchez ha intentado proyectarse como un «actor global». Su rol en la presidencia del Consejo de la Unión Europea y diversos encuentros internacionales han tenido un impacto limitado en la política doméstica y han sido percibidos como intentos de desviar la atención de los problemas internos. Este enfoque ha hecho poco por mitigar las críticas hacia su gestión nacional y ha dejado a España con la sensación de que sus problemas internos no están siendo adecuadamente abordados. 

Otro elemento crítico en el año de Sánchez ha sido la semana de reflexión que se tomó tras la derrota en mayo. Durante este periodo, se esperaba que Sánchez reconsiderara su estrategia y buscara formas de reconectar con la ciudadanía. Sin embargo, la decisión de adelantar las elecciones fue vista como un movimiento calculado para mantener su posición, más que un esfuerzo genuino por rectificar el rumbo de su gobierno. 

Además, los problemas personales no han estado ausentes en este periodo tumultuoso. Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, se ha visto envuelta en procesos judiciales que han generado aún más controversia. Las investigaciones en las que está implicada y su próxima declaración judicial han añadido otra capa de distracción y desconfianza en el liderazgo de Sánchez. Estos escándalos personales han exacerbado la percepción de un gobierno más preocupado por su propia supervivencia que por el bienestar de los ciudadanos. 

La situación con los socios de gobierno ha sido caótica. La falta de cohesión y la continua fragmentación de la izquierda han debilitado la posición de Sánchez. Las disputas públicas con Podemos y Sumar, y los desacuerdos constantes, han impedido una gobernabilidad efectiva. La incapacidad de Sánchez para mantener un frente unido dentro de su propio bloque político ha exacerbado la percepción de un gobierno en crisis. 

Esta semana, esta inestabilidad quedó aún más patente cuando Junts, el partido independentista catalán, puso en peligro la legislatura con su amenaza de retirar su apoyo al gobierno. Esta situación subraya la fragilidad de las alianzas de Sánchez y la dependencia crítica de partidos que tienen agendas específicas y, a menudo, opuestas a los intereses nacionales. El miércoles, en un intento de calmar las aguas, Sánchez se reunió con el presidente de la Generalitat, Pere Aragonès. Esta visita busca asegurar el apoyo de los partidos independentistas catalanes, pero también resalta la continua dependencia de Sánchez en fuerzas políticas que priorizan la secesión sobre la unidad nacional​

Desde las elecciones del 23 de julio de 2023, el Gobierno ha estado marcado por la inestabilidad, la mala gestión y una desconexión evidente con las necesidades reales de los ciudadanos. Su enfoque en mantener el poder a toda costa, a expensas de la integridad y la cohesión nacional, ha dejado a España en una situación precaria y con un futuro incierto bajo su liderazgo. Este periodo ha puesto de manifiesto las debilidades de un gobierno más preocupado por la supervivencia política que por el servicio al país. 

Francia en la encrucijada de Macron

En el panorama político europeo, Francia ha sido tradicionalmente una nación que proyecta liderazgo y claridad, tanto sea para bien como para mal desde la perspectiva española. Sin embargo, la administración de Emmanuel Macron, a pesar de sus ambiciosas promesas de reforma y modernización, ha demostrado ser una mezcla de contradicciones y confusiones que reflejan una crisis más amplia de lo que parece.

FUENTE: EFE

El liderazgo de Macron prometía una «clarificación» en medio de la «confusión», como lo expresa nuestro fundador, José María Múgica, en un reciente artículo publicado en VozPópuli. Pero la realidad ha mostrado que su mandato está plagado de contradicciones y decisiones que parecen más reactivas que proactivas. La reforma de las pensiones, por ejemplo, ha sido un punto álgido que ha sacado a relucir profundas divisiones sociales y políticas en el país. Aunque Macron ha intentado posicionarse como un reformista audaz, la implementación de estas reformas ha sido caótica y ha generado una resistencia significativa en amplios sectores de la sociedad.

Desde el exterior, esta confusión puede parecer una característica más de la política francesa, siempre vibrante y, a menudo, conflictiva. No obstante, es indicativo de un problema más profundo que afecta no solo a Francia sino a toda Europa occidental. La promesa de la Revolución Francesa de «Liberté, égalité, fraternité» parece cada vez más vacía en un contexto donde las tensiones sociales, económicas y culturales se agudizan.

El lema revolucionario ha perdido su fuerza moral y práctica. La igualdad se ve socavada por una creciente brecha económica; la fraternidad, por el aumento de la polarización social; y la libertad, por las crecientes restricciones en respuesta a crisis internas y externas. La gestión de la inmigración es un ejemplo claro de estas contradicciones. Mientras Macron intenta equilibrar las demandas humanitarias con las preocupaciones de seguridad y cohesión social, las políticas resultantes a menudo parecen ineficaces y divisivas, reflejando una Francia que lucha por encontrar su lugar en un mundo cada vez más fragmentado.

En este contexto, Francia (y por extensión Occidente) parece estar en un suicidio lento pero seguro. Las políticas erráticas y la falta de una visión coherente para el futuro están minando la confianza en las instituciones democráticas y fomentando el auge de movimientos extremistas que capitalizan el descontento popular. El caso de Francia es emblemático de una crisis de liderazgo que atraviesa todo el continente, donde los líderes parecen más preocupados por apagar fuegos inmediatos que por construir un futuro sostenible y justo.

Esta percepción de declive y desorientación se ve exacerbada por problemas estructurales internos. La crisis del sistema de transporte, por ejemplo, simbolizada por el proyecto del Canfranc, ilustra cómo la falta de inversión y planificación a largo plazo están afectando a la competitividad y cohesión territorial del país. La reactivación de la línea ferroviaria internacional entre España y Francia podría haber sido una oportunidad para revitalizar el comercio y el turismo, pero ha estado marcada por retrasos y problemas de ejecución que reflejan una incapacidad para gestionar proyectos de infraestructura esenciales.

Francia se encuentra en una encrucijada. Las promesas de modernización de Macron deben ser respaldadas por acciones coherentes y efectivas que vayan más allá de las palabras. La lucha por equilibrar la tradición con la modernidad, la seguridad con la libertad, y la igualdad con la eficiencia es una tarea monumental que requiere un liderazgo decidido y una visión clara. Sin embargo, hasta ahora, la administración de Macron ha demostrado ser más una serie de intentos fallidos de reconciliar intereses en conflicto que un plan cohesivo para el futuro.

La crisis de liderazgo en Francia no es un problema aislado, sino un síntoma de una Europa que lucha por redefinir su identidad y propósito en el siglo XXI. La promesa de una Europa unida y próspera parece cada vez más distante a medida que los desafíos internos y externos se acumulan. Para que Francia y Europa superen esta crisis, es necesario un renovado compromiso con los valores fundamentales que alguna vez inspiraron a sus ciudadanos: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Estos principios deben ser más que simples palabras; deben ser la base de políticas que promuevan un desarrollo inclusivo, sostenible y justo.

En última instancia, el camino hacia la clarificación en medio de la confusión no será fácil ni rápido. Requiere una autocrítica honesta y una disposición a enfrentar los problemas estructurales y sociales que han sido ignorados durante demasiado tiempo. Francia tiene la capacidad de liderar esta renovación, pero solo si sus líderes están dispuestos a tomar decisiones valientes y coherentes que reflejen un compromiso genuino con el bienestar de todos sus ciudadanos. Solo entonces podrá Francia, y Europa con ella, navegar con éxito las turbulentas aguas del siglo XXI.

La caída de los partidos verdes en Europa

El grupo Los Verdes/Alianza Libre Europea (ALE) ha caído de ser la cuarta a la sexta fuerza política en el Parlamento Europeo, después de perder casi un tercio de sus eurodiputados, pasando de 74 a 52.

FUENTE: EFE

Este retroceso refleja una creciente resistencia a las políticas ambientales, fenómeno conocido como ‘greenlash’, y marca un retorno al nivel de apoyo que los partidos verdes tenían antes de su notable crecimiento en 2019, un año que vio un impulso significativo al Pacto Verde Europeo. Estos resultados electorales podrían debilitar los ambiciosos objetivos del Pacto. 

La pérdida de apoyo de los verdes ha sido particularmente notable en Alemania y Francia. En Alemania, la situación es especialmente compleja debido a la crisis energética desencadenada por la invasión rusa de Ucrania. En 2021, Alemania dependía del gas ruso para el 55% de su suministro total, importando 53.000 millones de metros cúbicos. Esta dependencia quedó al descubierto tras la invasión, obligando a la recién formada coalición semáforo del canciller Olaf Scholz, compuesta por los socialdemócratas (SPD), los Verdes y los proempresariales Demócratas Libres (FDP), a buscar rápidamente nuevas fuentes de energía. 

En este contexto, los Verdes, que habían pasado 16 años en la oposición, se vieron obligados a reorganizar sus prioridades. Aunque esta situación desbloqueó medidas que antes eran políticamente imposibles, también generó una crisis de identidad para el partido. La profundidad de esta crisis se evidenció en su enfoque hacia la energía nuclear. Históricamente, los Verdes han sido firmemente antinucleares, celebrando como un gran logro la salida nuclear de Alemania, prevista inicialmente para 2022.

Sin embargo, debido a la emergencia energética, los Verdes apoyaron la continuidad del funcionamiento de las últimas dos centrales nucleares alemanas como reservas de emergencia, aunque se opusieron a prolongar su uso más allá de abril de 2023. Esta acción demostró el esfuerzo del partido por equilibrar la necesidad pragmática con su aversión a la energía nuclear. 

Para priorizar la seguridad energética, los Verdes también optaron por reactivar centrales de carbón. En el último año, más de 20 centrales de carbón en Alemania fueron reactivadas o vieron retrasado su desmantelamiento. Apenas tres días después de la invasión rusa, el canciller Scholz anunció la construcción de varias terminales de gas natural licuado (GNL), seguida de una legislación en octubre de 2022 para acelerar la aprobación de estos proyectos.

Los ecologistas se enfrentaron a desafíos legales relacionados con el uso de cloro por parte del GNL, pero el vicecanciller verde y ministro de Economía y Clima, Robert Habeck, priorizó la seguridad energética sobre estas preocupaciones, incluso firmando un acuerdo de compra de GNL con Qatar por 15 años. 

Aunque estas medidas ayudaron a abordar la crisis energética inmediata, también suscitaron inquietudes significativas. Un informe reveló que las centrales de carbón reabiertas produjeron 15,8 millones de toneladas adicionales de emisiones de CO2 en 2022. Además, el plan para las nuevas instalaciones de GNL, con un costo de 10.000 millones de euros, podría resultar en una capacidad excedentaria significativa para 2030, lo cual es incompatible con los objetivos climáticos a largo plazo de Alemania. 

La crisis energética también expuso la divergencia creciente entre la política de los Verdes y el movimiento climático alemán. Esto quedó demostrado en enero en Lützerath, Renania del Norte-Westfalia, donde se demolió un pueblo para expandir una mina de carbón de la empresa energética RWE. La expansión, apoyada por dirigentes verdes como Robert Habeck y Mona Neubaur, fue vista como necesaria para la seguridad energética inmediata y la sostenibilidad a largo plazo. Los activistas, muchos miembros de Los Verdes, se opusieron con vehemencia, resaltando una desconexión entre las bases del partido y su liderazgo. 

A pesar de las controversias y la óptica desfavorable, los Verdes mantuvieron cierto nivel de apoyo. Tanto la ministra de Asuntos Exteriores de los Verdes, Annalena Baerbock, como Robert Habeck, tenían índices de aprobación altos entre los políticos alemanes. Sin embargo, el partido enfrenta desafíos significativos para mantener su identidad y apoyo electoral, especialmente entre los votantes jóvenes que valoran sus principios climáticos. 

 Los Verdes deberán tener en cuenta estos desafíos. Su popularidad parece haber sufrido un golpe en las últimas semanas; en una encuesta publicada por el tabloide BILD el 25 de abril, los Verdes se encontraron en cuarto lugar a nivel nacional, por detrás de la ultraderechista Alternative für Deutschland (AfD). Esto puede explicarse tanto por el descontento popular con la nueva “ley de calefacción” de Habeck, que prohíbe la instalación de nuevos sistemas de calefacción de gas y gasóleo a partir del próximo año, como por sus posiciones pragmáticas en otras cuestiones relacionadas con la política climática, así como por su firme apoyo a Ucrania, incluido el respaldo militar. Estos factores son un recordatorio de que su apoyo político es variable y su inclusión en la toma de decisiones no está asegurada. 

Hasta la vista, Ursula 

Con Macron y Meloni preparando a Mario Draghi como alternativa a Ursula von der Leyen, parece que el punto final a la estadía de la política alemana al frente de la toma de decisiones en Bruselas. 

FUENTE: EFE

El mandato de Ursula von der Leyen al frente de la Comisión Europea ha sido una montaña rusa de éxitos y desafíos, enmarcado por dos crisis globales de magnitud histórica: la pandemia y los conflictos en Ucrania e Israel. A pesar de las críticas y controversias, von der Leyen ha anunciado su intención de buscar la reelección, aprovechando la ausencia de un rival destacado en el panorama político europeo. 

Su trayectoria está marcada por la capacidad para forjar consensos y establecer colaboraciones estratégicas con diferentes fuerzas políticas, incluyendo socialdemócratas, liberales y verdes. Su liderazgo durante la transición hacia una economía más verde, su postura firme en relación con la guerra en Ucrania y su papel en la mutualización de la deuda durante la crisis del COVID-19 han fortalecido su imagen y legitimidad institucional. 

Es importante recordar que von der Leyen ascendió al poder en circunstancias peculiares. A pesar de no haberse presentado a las elecciones europeas, su llegada al cargo se produjo cuando el candidato del Partido Popular Europeo (PPE), Manfred Weber, fue rechazado por el Parlamento Europeo. Su elección estuvo marcada por un estrecho margen de nueve votos, lo que puso fin a la idea del Spitzenkandidaten y planteó interrogantes sobre la legitimidad democrática del Ejecutivo europeo. 

La gestión de Ursula von der Leyen al frente de la Comisión Europea también ha estado marcada por una serie de errores políticos y acusación de corrupción que no pueden pasarse por alto ante la opinión pública. 

Uno de los principales puntos de discordia ha sido su relación tensa, e incluso hostil en algunos momentos, con Charles Michel, presidente del Consejo Europeo. Esta rivalidad abierta ha generado fricciones dentro de las instituciones europeas y ha afectado la cohesión en la toma de decisiones. 

Sin embargo, el error más grave se produjo durante los primeros momentos de la ocupación en Gaza, cuando von der Leyen asumió funciones que no le correspondían y realizó un viaje a Israel sin el respaldo adecuado. Esta acción generó críticas y cuestionamientos sobre su capacidad de liderazgo y diplomacia. 

Además, la Comisión Europea se ha visto envuelta en un escándalo de corrupción conocido como «Pfizergate», relacionado con contratos controvertidos para la compra de vacunas contra el COVID-19 a la empresa Pfizer. Se ha denunciado falta de transparencia en las negociaciones, y el caso está pendiente de resolución por parte del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Dependiendo de esta resolución, la credibilidad y la estabilidad de la Comisión actual podrían verse seriamente comprometidas. 

La búsqueda de apoyos para la reelección de Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea no se presenta como una tarea sencilla. A pesar de su nominación como candidata oficial en la reunión del Partido Popular Europeo en Bucarest el 7 de marzo, los números revelan un panorama complicado. 

De los 801 delegados con derecho a voto, 300 optaron por la abstención o ni siquiera asistieron al congreso conservador. Además, entre los que votaron un favor, solo 400 respaldaron su candidatura. Los republicanos franceses, junto con otros críticos dentro del grupo, han expresado su oposición, lo que complica aún más su posición. 

Su estrategia de viraje hacia la derecha, priorizando la defensa sobre la transición verde para ganar el apoyo de partidos como el de Meloni, aunque esta ya se ha posicionado con su compatriota, Mario Draghi, (al igual que el líder frances) corre el riesgo de alienar a posibles votantes de izquierda, cuyo respaldo ella daba por sentada.  

Ursula lo tiene muy complicado para seguir y por eso nos despedimos de ella, ya que, nos guste o no, von der Leyen dejó un legado como una presidenta de la Comisión Europea que nos mantuvo en vilo, pero que nunca nos dejó aburrirnos. Que su próximo viaje sea menos como una montaña rusa y más como un tranquilo paseo en bicicleta por el campo europeo. 

Hasta dónde el independentismo puede seguir perturbando España

El domingo marcó un hito histórico para el Partido de los Socialistas de Cataluña, al obtener la victoria. Liderados por Salvador Illa, cuya candidatura creció 9 escaños, alcanzando 42, el PSC logró un triunfo significativo, pero estéril para conformar una gobernabilidad sólida y con un serio riesgo de repetición electoral.

FUENTE: EFE

Detrás de esta victoria están miles de catalanes que de buena fe creen que el camino que sigue el PSC es el correcto. Pero también otros tantos miles (hasta llegar al crecimiento de más de 200.000 votos del PSC con respecto a 2021) que tácticamente optan por esta formación para conseguir sus objetivos de convertir a España en un Estado confederal.

En cualquier caso, este resultado supone un cambio de rumbo en Cataluña, evidenciado por el repliegue parcial del bloque independentista, que ahora se encuentra lejos de la mayoría absoluta que ostentaba anteriormente. Esta elección refleja la decisión de un poco más de la mitad de los ciudadanos catalanes de dejar atrás el proceso independentista, marcado por la declaración ilegal de independencia en octubre de 2017, marcando otro paso distinto que sólo el tiempo dirá si es mejor o peor que lo visto hasta la fecha. 

Además, este cambio de ciclo se caracteriza por el fortalecimiento y la consolidación de las fuerzas de derecha en la región. Tanto Junts, que aumentó en 3 escaños, como el Partido Popular, que pasó de 3 a 15 asientos en el Parlament, experimentaron un crecimiento significativo. Vox mantuvo su representación con 11 escaños, y se sumó a la Cámara la extrema derecha independentista de Aliança Catalana, con 2 escaños. 

En un escenario «normal», la victoria de Illa lo posicionaría como el único candidato viable para una investidura en este momento. Sin embargo, la política catalana dista de ser «normal», acostumbrada a unas lógicas y normas muy distintas a lo que se puede considerar racional. El jugador más importante no tiene por qué ser el ganador (por ejemplo, no vale que ahora la dirección del PSOE reivindique como líder de la situación al partido más votado cuando esa legitimidad se le negó al PP en julio de 2023). Y es precisamente lo que sucede aquí: Puigdemont y Junqueras siguen controlando la situación, teniendo la capacidad de condicionar los planes de Illa y Sánchez.

El nacionalismo catalán, transformado en independentismo, ha perdido su mayoría en el Parlament por primera vez desde 1980. El resultado de las elecciones del domingo indica claramente el deseo de una parte de la sociedad cansada de más de una década de polarización y parálisis institucional. Durante este período se han sucedido cuatro elecciones, cuatro presidentes, un intento de ruptura constitucional, la suspensión del autogobierno y una falta de atención a las políticas públicas que afectan la vida cotidiana de los ciudadanos.

Pero éste es un análisis parcial, ya que la abstención es alarmante. Aunque el independentismo parece haber perdido su impulso, no se puede afirmar que esté completamente derrotado. Más bien parece haber entrado en un periodo de letargo. Con una participación del 58% en estas elecciones (comparado con el 79% registrado el 21 de diciembre de 2017), el futuro político de Cataluña sigue pasando por el independentismo.

La situación en Cataluña se caracteriza por un desgavell, es decir, un lío. Además, se observa el alto coste político de la propuesta de amnistía, que ha llevado a una pérdida neta de aproximadamente 200.000 votos independentistas, mientras que el PSC solo ha ganado algo más de 200.000 votos. 

En 2017, los votos combinados del PSC, PP y Cs totalizaron 1,9 millones. Sin embargo, en las elecciones actuales, estos partidos, junto con Vox, no llegan a los 1,5 millones de votos. Esto sugiere que una parte significativa del electorado constitucionalista, que se movilizó durante el punto álgido del proceso independentista, ha optado por quedarse en casa en esta ocasión.

Todo queda en manos de una mayor movilización del electorado en una más que probable repetición electoral ante los vetos cruzados que a la mañana del lunes 13 ya se han oficializado. Mientras tanto, el independentismo mantiene intacta su capacidad de seguir condicionando la gobernabilidad de España. Éste es el elemento más preocupante y el que seguirá siendo perturbador en los próximos meses.

A vueltas con el referéndum

Parece que, con todo lo que está ocurriendo en España, nos estamos olvidando de que la Generalitat ya ha redactado la pregunta para el próximo referéndum. Con las elecciones catalanas en el horizonte y la posibilidad de que el bando secesionista no salga victorioso, se habla en niveles secundarios para evitar golpes en relación con las comisiones de investigación y minimizar el daño, especialmente al PSC.

FUENTE: EFE

Pere Aragonés anunció que propondría un referéndum de independencia supuestamente respaldado por el artículo 92 de la Constitución. Esta decisión se basó en un informe del Institut d’Estudis d’Autogovern (IEA), encargado en octubre de 2023 para estudiar las vías y «concretar los instrumentos jurídicos» necesarios para llevar a cabo una consulta. Aragonés afirmó: «Las conclusiones son claras: votar sobre la independencia es posible dentro del marco legislativo actual, y solo es cuestión de voluntad política». 

La pregunta formulada sería: «¿Quiere que Cataluña sea un Estado independiente?». Sin embargo, esta formulación presenta el mismo sofisma de siempre. No se mencionó un umbral mínimo de participación y no se tiene en cuenta que el artículo mencionado habla de «todos los ciudadanos», no exclusivamente de los catalanes. Además, el Tribunal Constitucional ha reiterado en múltiples ocasiones que este instrumento consultivo no puede ser utilizado para promover la secesión. 

Es intrigante que el informe sugiera que la implementación del resultado del referéndum deberá realizarse dentro del marco de la «legalidad constitucional e internacional». Este planteamiento parece ser otro ejemplo de sofismo: si el «sí» resulta ganador, la independencia supuestamente tendría que ser compatible con la Constitución, lo cual resulta paradójico. 

La clave aquí es reavivar el debate. En el fondo, Aragonés es consciente de que un referéndum de autodeterminación no es posible, pero necesita actuar como si lo estuviera intentando. Con las elecciones del 12 de mayo, su objetivo es mantener el debate vivo hasta entonces, suficiente para movilizar a sus votantes. 

Si ERC queda como segunda fuerza, solo podrá investir a Illa como presidente si se llega a un acuerdo sobre un referéndum, al cual últimamente siempre están vinculando con la coletilla de «pactado». Esto es bien sabido en el PSC, ya que, sin esa concesión, los republicanos no podrán ceder la Presidencia de la Generalitat a Illa debido al alto costo que representará para ellos perder el poder, incluso si logran un acuerdo de coalición. Con Illa como presidente, la agenda soberanista iría más lenta, a menos que sea una condición indispensable para que el nuevo gobierno catalán entre en funcionamiento. 

Es cierto que todo nacionalismo tiende a encontrar fuerza en batallas perdidas y aspiraciones a menudo difíciles de alcanzar. En el caso de Cataluña, la posibilidad de un referéndum soberanista ya era bastante remota antes del proceso independentista, pero tras su fracaso, debido a una combinación de insensatez e indecisión, el experimento activó lo que podríamos llamar el sistema inmunitario de España. Como resultado, ahora vemos un aumento en los anticuerpos políticos e institucionales contra el independentismo. 

Por esta razón, aunque el referéndum de independencia todavía sea una parte del discurso nacionalista catalán, en realidad no va más allá de eso. En el mejor de los casos, podría haber un grupo de entre medio millón y un millón de catalanes que, debido a que aún no han recuperado el sentido común después de haberlo perdido, aún crean que es posible. El movimiento soberanista no puede ignorar este grupo de personas, ni los que se oponen a la independencia deben dejar de aprovecharlo, pero las personas sensatas no deberían dejarse impresionar por este discurso inflamado. 

Todo parece indicar que la consulta seguirá el mismo patrón que la discusión sobre la amnistía. En primer lugar, el separatismo afirmará que, tras un examen detenido, han descubierto que la Constitución permite un referéndum de autodeterminación. Luego, el PSOE pasará por las fases habituales de negación, aceptación y defensa apasionada de la consulta. Y, finalmente, será Cándido Conde-Pumpido quien decida sobre la legalidad del arreglo, ya que para eso fue puesto en su cargo. 

El paisaje político vasco: La emergencia de Bildu y sus implicaciones 

El panorama político del País Vasco está experimentando cambios significativos con la emergencia de EH Bildu y sus implicaciones, lo cual está dando lugar a un debate profundo y sustancial. Durante décadas, el tejido político vasco ha estado moldeado por las corrientes nacionalistas, pero ahora se está gestando un cambio de paradigma que desafía las percepciones arraigadas y redefine el equilibrio de poder.

FUENTE: EFE

La última encuesta de Sigma Dos, publicada por El Mundo, ha proyectado un escenario inesperado: EH Bildu, la coalición de izquierda abertzale, surge como el partido más votado, desplazando al tradicionalmente dominante Partido Nacionalista Vasco (PNV). Esta transformación no solo evidencia una reconfiguración del espacio político vasco, sino que plantea interrogantes fundamentales sobre la gobernabilidad y el futuro de la región. 

Durante más de una década, el PNV ha sido el actor principal en la política vasca, consolidando su posición como el partido hegemónico. Sin embargo, los resultados proyectados por la encuesta indican un cambio significativo en esta narrativa. EH Bildu, liderado por el candidato Peio Otxandiano, se alzaría con una potencial victoria electoral, estimándose que obtendría entre 26 y 27 escaños en el Parlamento vasco, superando así al PNV en número de representantes. 

Esta ascensión de Bildu representa un desafío directo al statu quo político establecido en la región. No solo cuestiona la supremacía histórica del PNV, sino que también plantea una serie de interrogantes sobre la estabilidad y la gobernabilidad futura del País Vasco. La posibilidad de que EH Bildu se convierta en el partido más votado sugiere un cambio de preferencias entre los electores vascos, así como un creciente respaldo a la agenda política de la coalición abertzale. 

Sin embargo, este ascenso no está exento de controversia y preocupación. EH Bildu, heredero político directo del terrorismo, es objeto de críticas y cuestionamientos por parte de amplios sectores de la sociedad vasca. Si bien la coalición ha optado por la vía política en los últimos años, su retórica separatista y su pasado vinculado al terrorismo generan inquietud y desconfianza entre amplios sectores de la población. 

Para hacerse «normales» y «elegibles» se ocultan estratégicamente en ciertos lugares políticos que acaparan voto como las asociaciones culturales de cada pueblo o comarca que reivindican lo «local», el ecologismo, el feminismo, el sindicalismo o el decrecimiento económico, entre otros. Además, un factor que juega a su favor es la dinámica demográfica, tal como ha advertido en diversas ocasiones nuestro fundador José María Múgica.

Mientras tanto, la emergencia de Bildu plantea un desafío estratégico para el resto de los actores políticos en la región. El PNV se enfrenta a la perspectiva de perder su posición dominante y, con ello, su capacidad para influir en la agenda política vasca.

El Partido Socialista, tradicional aliado del PNV, pero cuya aspiración histórica ha sido sustituirlo en su hegemonía, se encuentra en una situación delicada, ya que podría necesitar negociar con EH Bildu para formar un gobierno estable, un escenario que algunos consideran problemático dada la historia y las posturas políticas de la coalición abertzale. 

En este contexto, el futuro político del País Vasco se presenta como un terreno fértil para la incertidumbre y la negociación. Los líderes políticos enfrentan el desafío de encontrar soluciones viables que garanticen la estabilidad y el bienestar de la región, al tiempo que respeten las aspiraciones y demandas de una sociedad diversa y compleja.

Las razones que llevan al ascenso de Bildu

En medio de este escenario de cambio y desafíos, es crucial analizar más a fondo las causas subyacentes de la ascensión de EH Bildu y las implicaciones que esto tiene para el futuro político del País Vasco. La coalición independentista ha sabido capitalizar una serie de factores que han moldeado el panorama político en la región en los últimos años. 

En primer lugar, el desencanto con las formaciones políticas tradicionales ha sido un factor determinante en el ascenso de EH Bildu. Muchos votantes han expresado su frustración con el estancamiento político, la corrupción y la falta de respuestas efectivas a los desafíos sociales y económicos que enfrenta la región. En este contexto, EH Bildu ha logrado presentarse como una alternativa fresca y comprometida con el cambio, atrayendo a aquellos que buscan una ruptura con el statu quo establecido. 

Además, la habilidad de EH Bildu para articular una narrativa política coherente y movilizadora ha sido fundamental para su éxito electoral. La coalición abertzale ha sabido conectar con las aspiraciones y demandas de amplios sectores de la sociedad vasca, especialmente entre los jóvenes y aquellos que se identifican con un sentimiento de identidad nacional vasca. Su mensaje de soberanía, justicia social y defensa de los derechos civiles ha resonado en un contexto marcado por la polarización política y la búsqueda de un horizonte de cambio. 

Por otro lado, el declive del PNV y la fragmentación del espectro político han contribuido al surgimiento de EH Bildu como una fuerza política relevante. Aunque el PNV sigue siendo una fuerza dominante en la región, su capacidad para mantener su hegemonía se ha visto cuestionada en los últimos años. La falta de renovación generacional, las divisiones internas y la pérdida de conexión con amplios sectores de la sociedad vasca han debilitado su posición, abriendo espacio para la emergencia de nuevas fuerzas políticas, como EH Bildu. 

Sin embargo, la consolidación de EH Bildu como el partido más votado también plantea una serie de desafíos y dilemas para el futuro político del País Vasco. La coalición abertzale enfrenta el desafío de pasar de ser una fuerza de protesta a una fuerza de gobierno, lo que requerirá habilidad política y capacidad de negociación para construir alianzas y consensos en un entorno político altamente fragmentado. ¿Será algo posible teniendo en cuenta sus orígenes y su empeño por llevar a Euskadi a la independencia y al socialismo?

Un proyecto por el que votar

Las elecciones catalanas que se avecinan no son solo un evento político más en el calendario; representan un momento de inflexión crucial para el constitucionalismo en España.

FUENTE: EFE

Más allá de las intrigas partidistas y las tácticas electorales, estas elecciones ofrecen una oportunidad dorada para reafirmar el compromiso con el marco constitucional y enviar una señal clara y fuerte, tanto a nivel regional como nacional. 

Por su parte, la decisión de Pedro Sánchez de no presentar en el Congreso los presupuestos del Estado para 2024 ha generado un revuelo político considerable. Las comparaciones con sus declaraciones pasadas, como aquella en 2018 durante un Comité Federal, son inevitables.

En aquel entonces, Sánchez criticó duramente a Rajoy por no aprobar los presupuestos para ese ejercicio, llegando a afirmar que «un gobierno sin presupuestos es tan útil como un coche sin gasolina. No hay excusa». Sin embargo, la situación actual parece distar mucho de aquella analogía, y la percepción es que el gobierno actual se está quedando sin combustible y, en lugar de recargar, parece optar por una carretilla que apenas avanza. 

Durante años, se han desplegado esfuerzos considerables para hacer frente al movimiento independentista en Cataluña. Desde la llegada de Sánchez, se han aplicado medidas económicas y políticas, se han llevado a cabo diálogos y se han buscado soluciones alternativas, todo en un falso intento por entender las raíces del separatismo y encontrar un terreno común, pero siempre con el resto de los españoles como mayores perjudicados de estas políticas.

Estas estrategias han alcanzado un punto de estancamiento, por decirlo de alguna forma, con pocas perspectivas de avance a través de la justicia europea u otros medios legales. En este contexto, las elecciones catalanas emergen como una oportunidad para el surgimiento de una población más activa y con una visión distinta bajo el marco constitucional, lo que podría tener repercusiones de gran alcance a nivel nacional. 

Es fundamental reconocer el papel que ha desempeñado el Partido Socialista de Cataluña (PSC) y su estrategia de ceder espacio al independentismo. La coherencia y la firmeza en el apoyo al marco constitucional deben ser prioritarias, incluso si eso implica adoptar posiciones más de confrontación. 

Un aspecto fascinante de este escenario electoral es el análisis de los presupuestos y su implicación en la dinámica política. Los presupuestos, originalmente diseñados como una herramienta para establecer una mayor equidad entre los territorios de España, ahora están en el centro del debate por su falta total de sentido en favor a las exigencias de los independentistas.

Incluso se ha planteado la posibilidad de crear un cupo catalán y modificar la recaudación de impuestos, propuestas que han sido frenadas en un corto lapso de tiempo, a pesar de haber estado acordadas, por la convocatoria electoral. Esto marca un punto de inflexión significativo y debería servir para enviar un mensaje claro y rotundo: se acabó el juego de las concesiones sin límites. 

No obstante, no basta con simplemente rechazar estas propuestas; es imperativo presentar una alternativa sólida y creíble. La fuerza del independentismo radica en la abstención de los votantes, y las elecciones catalanas han sido históricamente marcadas por altos niveles de abstención. Para contrarrestar esta tendencia, es fundamental ofrecer una visión atractiva y convincente que atraiga a aquellos que han optado por no participar en el proceso político. 

Las elecciones catalanas representan una oportunidad única para reafirmar el compromiso con el constitucionalismo y establecer una dirección clara para el futuro político de Cataluña y España en su conjunto. Es el momento de dejar claro que el juego de las concesiones unilaterales ha llegado a su fin y de presentar alternativas sólidas que puedan abordar las demandas legítimas de la sociedad catalana dentro del marco constitucional español. La historia nos está mirando; es hora de actuar con determinación y visión. 

En los últimos años, Cataluña ha estado inmersa en una profunda crisis política, marcada por el desafío independentista y la polarización de la sociedad. En este contexto, el constitucionalismo ha sufrido numerosos embates y ha visto cómo sus fuerzas se dispersaban en medio de disputas partidistas y estrategias divergentes.

La cuestión es: ¿sobre qué mimbres políticos se puede establecer una convergencia de valores y objetivos que brinde una base sólida sobre la cual construir una alianza política que pueda hacer frente al desafío independentista de manera efectiva y constructiva? El debate de siglas entre el PP de Cataluña y Ciutadans no ayuda a visibilizar una alternativa real al separatismo, menos aún fuera de Barcelona.

Es necesaria una muestra de unidad y cohesión dentro del bloque constitucionalista para recuperar la confianza de aquellos que han perdido la fe en las instituciones y para demostrar que hay una alternativa sólida y creíble al proyecto separatista, algo que se echa en falta en el PSOE.