Irresponsabilidad y dejadez como ‘modus operandi’ del Gobierno

El Gobierno de Sánchez ha hecho de la huida permanente su forma de gobernar: cuando llega el fallo, siempre hay un culpable… excepto quien manda 
FUENTE: EFE

Cuando llegó la hora de los adultos, estos no comparecieron. España está gobernada desde hace años por un grupo de adolescentes políticos cuyo único programa real es ‘estar’. No gobernar mejor, no asumir costes, no rendir cuentas: simplemente permanecer. Detentan —porque lo ostentan de forma cada vez más despótica— el poder apoyándose en una batería de herramientas retóricas y organizativas propias del populismo contemporáneo, suficientes para controlar el día a día de un país que se desliza, casi sin ruido, por una pendiente de degradación institucional. 

Ese sistema funciona mientras nada se tuerce. Mientras el relato aguanta. Mientras los problemas pueden ser reinterpretados, desplazados o atribuidos a terceros. El problema surge cuando la realidad irrumpe con la fuerza de lo tangible: un tren que descarrila, una red eléctrica que falla, carreteras cada vez más inseguras, servicios públicos que se deterioran, infraestructuras envejecidas que ya no admiten parches. Ahí el discurso empieza a resquebrajarse. 

El ventilador de la culpa 

La ‘era Sánchez’ está jalonada de crisis gestionadas siempre del mismo modo: nadie en la cúspide asume responsabilidad política. Nunca. La respuesta sistemática es activar el ventilador de la culpa. Buscar un cargo intermedio, una empresa concesionaria, una comunidad autónoma, un gobierno anterior o una circunstancia imprevista. Todo vale con tal de que la responsabilidad no ascienda. 

Este mecanismo ha funcionado en situaciones excepcionales. Pandemias, catástrofes naturales, episodios extremos permiten diluir responsabilidades porque el ciudadano medio, saturado de información y miedo, tiene dificultades para pensar en términos contrafactuales: qué decisiones se tomaron, cuáles no, qué se pudo hacer de otro modo. Siempre hay margen para la coartada. 

Pero el problema para el Gobierno es que no todo es un cisne negro. 

Cuando lo extraordinario es lo cotidiano 

¿Qué ocurre cuando lo inesperado no es una pandemia, sino algo tan común como el deterioro del sistema ferroviario? ¿Qué sucede cuando los apagones, los accidentes o el colapso de servicios dejan de ser episodios aislados y se convierten en síntomas? Que ya no hace falta un ejercicio intelectual sofisticado. El ciudadano no necesita informes ni comisiones para entender lo evidente: si las infraestructuras fallan de forma recurrente, es porque no se mantienen, no se invierte y no se gestiona bien. 

Aquí no hay relato que aguante. No hay ‘herencia recibida’ creíble tras más de seis años en el poder. No hay adversario al que culpar cuando los presupuestos han sido diseñados, aprobados y ejecutados por el mismo Gobierno que hoy busca responsables ajenos. Y no hay excusa cuando los avisos han sido constantes y las prioridades presupuestarias han ido por otro lado. 

Propaganda, control y redes de poder 

Durante años, el Ejecutivo ha confiado en que el control del relato sería suficiente. Uso intensivo de los medios a través del presupuesto público y su regulación en el BOE, colonización de organizaciones supuestamente civiles convertidas en grupos de presión, creación de realidades paralelas en ámbitos clave como el mercado laboral, la educación o las pensiones. A ello se suma una ambición de transformación social acelerada, no siempre respaldada por la capacidad real del Estado, y una negativa persistente a afrontar problemas estructurales como la inmigración ilegal o el déficit de vivienda. 

Ese ecosistema se completa con redes de reparto de poder y dinero público que hoy ya no son una sospecha política, sino un objeto de investigación judicial. Todo ello ha servido para resistir. Para sobrevivir. Pero no para gobernar mejor. 

El tren como metáfora 

El problema de los trenes no es solo técnico. Es simbólico. Representa el punto en el que la irresponsabilidad política choca con la experiencia directa del ciudadano. Cuando alguien pierde horas, conexiones, seguridad o confianza, el discurso deja de importar. Y cuando además aparece —o aparece la sospecha— una correlación entre el deterioro del servicio público y el desvío de recursos, el daño ya no es solo material: es moral. 

Por eso esta vez será más difícil escapar. Porque aquí no hay que imaginar escenarios alternativos. Basta con mirar alrededor. 

Gobernar es responder 

Asumir responsabilidades no es dimitir a la primera dificultad, pero tampoco es esconderse siempre detrás de otros. Gobernar implica responder, explicar, corregir y, llegado el caso, pagar un precio político. Lo que distingue a un Gobierno adulto de uno adolescente no es la ausencia de errores, sino la forma de enfrentarlos. 

La irresponsabilidad permanente puede funcionar durante un tiempo. Pero cuando los fallos se acumulan y afectan a lo esencial, el castillo de naipes se viene abajo. Y entonces ya no basta con buscar culpables: alguien tiene que asumir que mandar también significa responder. 

Acontecimientos que parecían imposibles

La reunión entre Sánchez y Feijóo sobre política exterior y Defensa obliga a recuperar algo que parecía olvidado: el diálogo de Estado en un momento de incertidumbre internacional extrema
FUENTE: EFE

El presidente del Gobierno ha llamado al líder de la oposición para hablar de política internacional y de Defensa después de años sin comunicación relevante entre ambos. Que Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo se sienten a abordar estos asuntos se percibe hoy como una anomalía positiva, síntoma del grado de deterioro institucional alcanzado en los últimos años, cuando el diálogo estratégico entre las principales fuerzas políticas ha sido sustituido por la confrontación permanente.

Probablemente, esta iniciativa sea obligada después de haberse comprometido a participar en un eventual despliegue militar en Ucrania. No se trata de una cuestión menor ni coyuntural, sino de una decisión de enorme calado político, estratégico y moral. En un contexto internacional tan volátil, con una guerra en suelo europeo y con una arquitectura de seguridad en plena revisión, ningún presidente debería dar pasos de este tipo sin compartir información, objetivos y límites con la oposición.

Mayorías, no gestos

Esta iniciativa, como otras de gran calado, debería depender de una mayoría clara y explícita. Por eso resulta inevitable señalar lo que no ha ocurrido: ni convocatoria de elecciones ni propuesta de una moción de confianza que permita al Congreso pronunciarse de forma ordenada sobre la orientación general de la política exterior y de Defensa. Y, aun así, que los líderes nacionales dialoguen sobre estas materias es una buena noticia. España necesita acuerdos amplios que definan marcos generales de actuación, especialmente en ámbitos que no admiten improvisaciones ni cálculos a corto plazo.

Ahora bien, si la conversación se limita a apoyar una cuestión concreta, es obligado un acuerdo general sobre la materia. No se puede pedir respaldo puntual sin ofrecer una visión de conjunto. Más aún en un momento de cambios profundos, donde las certezas de hace apenas unos años han saltado por los aires y donde las decisiones que se tomen hoy condicionarán a varias generaciones.

Requeriría un acuerdo el eventual despliegue de tropas en Ucrania, país europeo amigo y socio, pero también la política de gasto en Defensa y el cumplimiento de las obligaciones asumidas con nuestros socios de la OTAN. Durante demasiado tiempo hemos pospuesto este debate como si fuera incómodo o secundario, cuando en realidad afecta directamente a nuestra credibilidad internacional y a nuestra propia seguridad. No se puede hablar de compromisos militares sin hablar de recursos, planificación y prioridades.

Europa, China y el flanco sur

Tampoco deberían olvidar la necesidad de una política europea común respecto a China, un actor central en el equilibrio global, ni el presidente puede eludir informar al líder de la oposición sobre el cambio de posición respecto a Marruecos. Ese giro, realizado sin consenso ni explicación suficiente, sigue siendo una de las decisiones más opacas y trascendentes de la política exterior reciente, y merece algo más que silencios o apelaciones genéricas al interés nacional.

Venezuela: sin eufemismos

No puede quedar fuera de la conversación el futuro próximo de Venezuela. Y aquí conviene ser claro. Venezuela solo puede avanzar si se produce la liberación de los presos políticos. No valen eufemismos ni fórmulas diplomáticas diseñadas para no molestar. Y después, elecciones libres, con garantías reales, tras un periodo de transición que se apoye en los resultados electorales de los últimos comicios de julio de 2024. Cualquier otra cosa es prolongar una ficción que solo beneficia a quienes se aferran al poder.

Ojalá esta reunión no sea un gesto aislado ni una necesidad táctica impuesta por las circunstancias. Ojalá marque el inicio de una forma distinta de abordar los grandes asuntos de Estado. Porque hay acontecimientos que parecían imposibles no porque lo fueran, sino porque durante demasiado tiempo se decidió que no eran necesarios. Y eso, en política exterior y en Defensa, siempre acaba teniendo un coste.

El atraco como política de Estado

El Consejo de Política Fiscal y Financiera certifica algo más grave que un desacuerdo técnico: el Gobierno intenta imponer un sistema hecho a medida de Cataluña y lo hace contra todos, incluso contra los suyos.
FUENTE: EFE

Lo ocurrido en el Consejo de Política Fiscal y Financiera no fue una negociación fallida, sino la constatación pública de un atraco político. El Gobierno llevó una propuesta de financiación autonómica que solo aceptó una comunidad: Cataluña. Todas las demás, sin excepción, la rechazaron. Cuando un sistema que afecta al corazón del Estado autonómico solo beneficia y convence a quien sostiene parlamentariamente al Ejecutivo, no estamos ante una reforma: estamos ante un pago.

No hay maquillaje técnico que oculte el hecho central. El Consejo no fracasó porque falten ajustes o más reuniones, sino porque el modelo nace viciado en su origen. No es un sistema pensado para garantizar igualdad, suficiencia o solidaridad, sino para cumplir un compromiso político previo con el independentismo catalán. El resto del país fue convocado no a decidir, sino a tragar.

Cataluña primero, los demás después

El Gobierno ha normalizado una lógica peligrosa: Cataluña negocia en bilateral, obtiene un trato singular y después se convoca al conjunto de las comunidades para ratificarlo. Eso no es federalismo ni cogobernanza; es jerarquía política. El mensaje implícito es demoledor: quien tenga capacidad de chantaje parlamentario tendrá financiación a la carta; quien no, que se conforme.

No estamos ante una discrepancia ideológica, sino ante una quiebra del principio de igualdad entre españoles. El sistema propuesto consagra que el acceso a recursos públicos no dependa de necesidades objetivas ni de criterios compartidos, sino del peso político de cada territorio en el Congreso. Eso no es descentralización: es mercadeo institucional.

Ni siquiera los socios compran el atraco

Lo más revelador del episodio es que el rechazo no procede solo de las comunidades gobernadas por la oposición. Ni siquiera dentro del propio Gobierno hay entusiasmo por este modelo. Desde Sumar se han marcado distancias evidentes con el trato preferencial a Cataluña, conscientes de que legitimar este esquema supone asumir un coste político y moral difícil de justificar.

Cuando una reforma estructural no cuenta con el respaldo territorial, no tiene consenso parlamentario amplio y genera incomodidad en el propio bloque gubernamental, el problema ya no es político: es de legitimidad. El Ejecutivo está dispuesto a tensar el sistema autonómico con tal de conservar el poder.

Cataluña, sola y beneficiada

Que Cataluña sea la única comunidad que avala el nuevo sistema no es un accidente; es la prueba del diseño. Es el único territorio para el que el modelo funciona porque es el único para el que el modelo ha sido pensado. Esa soledad no es injusticia histórica: es privilegio político.

El Gobierno pretende presentar esta situación como resistencia conservadora o falta de visión solidaria del resto. Es falso. Lo que rechazan las comunidades es convertirse en comparsas de un acuerdo que las perjudica y que consagra una desigualdad estructural permanente.

Cuando el Estado se gobierna a base de excepciones

La financiación autonómica necesita una reforma profunda, nadie lo discute. Lo que no necesita es convertirse en un instrumento de supervivencia parlamentaria. Gobernar a base de excepciones, singularidades y tratos preferenciales no fortalece el Estado: lo erosiona.

El Consejo de Política Fiscal y Financiera no rechazó solo un modelo económico. Rechazó la idea de que España pueda sostenerse como un Estado donde uno cobra primero, cobra más y decide, y los demás pagan el precio del equilibrio político.

Esto no es diálogo territorial. Es un atraco con acta oficial. Y cuando el Gobierno decide que la igualdad es negociable, lo que está en juego no es la financiación autonómica, sino la propia arquitectura del Estado.

La cultura como coartada

Cuando la cultura deja de ser política de Estado y se convierte en instrumento de supervivencia del poder
FUENTE: EFE

Hay una forma de gobernar que no consiste en administrar, sino en ocupar simbólicamente. No sólo se gobierna el presupuesto y el BOE. También el relato, el lenguaje, los espacios culturales y la proyección exterior. En la legislatura en curso, el Gobierno de Pedro Sánchez ha convertido la política cultural y la acción exterior cultural en un campo de experimentación ideológica donde el objetivo no es fortalecer instituciones sino reordenar significados, repartir guiños identitarios y pagar peajes políticos con dinero, prestigio y credibilidad del Estado.

Nada de lo ocurrido es casual, ni tampoco aislado. Hay un hilo conductor claro: la cultura como moneda de cambio hasta el punto de entregar el Ministerio de Cultura a Sumar y como cortina de humo permanente. Este camino ya lo hemos visto durante años en las instituciones culturales catalanas, donde el prestigio e impacto de las principales instituciones de la cultura, historia y tradición catalanas ha acabado en el sumidero.

Empecemos por el Instituto Cervantes. Bajo la dirección de Luis García Montero, la principal institución de proyección cultural de España ha dejado de ser un instrumento de diplomacia lingüística para convertirse en un actor político con agenda propia. El enfrentamiento público con la Real Academia Española no es una anécdota personal ni una pelea de egos, sino el síntoma de algo más profundo: el intento de debilitar las instituciones normativas clásicas en favor de una visión ideologizada del idioma, menos centrada en la lengua común y más cómoda con la fragmentación simbólica que exige el discurso plurinacional. El daño no es inmediato, pero es corrosivo: cuando el Estado se pelea consigo mismo en el exterior, pierde autoridad.

El mismo patrón se repite en Casa Árabe. Lo que debería ser un centro estratégico de diplomacia cultural en una región clave se convirtió durante la dirección de Irene Lozano en un artefacto mal gestionado, financieramente frágil y políticamente irrelevante. No hablamos de errores administrativos, sino de una lógica de nombramientos basada en afinidades políticas y no en competencia profesional. El resultado: déficit estructural, pérdida de foco y descrédito institucional. Cuando la cultura se gestiona como premio de consolación para cargos del entorno presidencial, deja de cumplir su función exterior y pasa a ser un problema interno.

De Marca España a la nada

Ese modo de entender la acción exterior no fue una anomalía puntual, sino la prolongación de una forma de actuar ya ensayada con anterioridad. Hubo un tiempo en que España intentó articular, con mayor o menor fortuna, una política coherente de reputación internacional bajo el paraguas de Marca España. No era un proyecto perfecto, pero partía de una idea sensata: un país también se defiende fuera con estabilidad institucional, continuidad y una imagen reconocible. Todo eso saltó por los aires cuando el Gobierno decidió rebautizarlo como España Global, no para fortalecerlo, sino para vaciarlo de contenido y convertirlo en otro artefacto ideológico al servicio del momento político.

La dirección de Irene Lozano fue paradigmática de ese proceso. España Global dejó de ser una política de Estado para transformarse en un discurso defensivo, reactivo y cada vez más irrelevante, obsesionado con apagar fuegos internos y justificar al Gobierno en el exterior antes que en proyectar una imagen sólida del país. El desenlace fue previsible: pérdida de peso, confusión de objetivos y, finalmente, su práctica desaparición sin debate público ni evaluación alguna. No se sustituyó por nada mejor; simplemente se dejó morir. Como tantas otras iniciativas de esta legislatura, la proyección internacional de España pasó de ser una estrategia a convertirse en un estorbo, y cuando estorba, se elimina en silencio.

Pero donde la instrumentalización alcanza niveles casi caricaturescos es en la exportación internacional del debate territorial español. La obsesión del Gobierno por convertir el catalán, el euskera y el gallego en lenguas oficiales de la Unión Europea no responde a una estrategia cultural realista, sino a una necesidad parlamentaria. Es política interna disfrazada de diplomacia. Se movilizan recursos, capital político y paciencia de socios europeos (con alguno de ellos con graves problemas de lenguas regionales que provocan movimientos nacionalistas) para una causa que no genera consenso fuera de España y que transmite una imagen inequívoca: un Estado más preocupado por satisfacer a sus socios internos que por actuar con seriedad en los foros internacionales.

Lo mismo ocurre con la propuesta de otorgar protagonismo directo a Cataluña y al País Vasco en organismos como la UNESCO. Más allá de la viabilidad técnica, el mensaje es claro y profundamente problemático: el Estado se ofrece como intermediario de su propia fragmentación. No se trata de promover cultura, sino de legitimar internacionalmente una narrativa política concreta. Se confunde descentralización con descomposición simbólica, cooperación cultural con representación cuasi estatal. El coste no es inmediato, pero el precedente es letal.

Institucionalización e instrumentalzación de la cultura

En paralelo, el Ministerio de Cultura, bajo Ernest Urtasun, ha optado por una estrategia aún más explícita: la resignificación permanente. Museos nacionales convertidos en espacios de reeducación ideológica, patrimonio histórico tratado como material sospechoso y una pulsión constante por revisar, reinterpretar y, llegado el caso, desmontar el relato cultural común. No se trata de actualizar museos —eso es necesario—, sino de someterlos a una lógica militante que entiende la historia como culpa y la cultura como campo de batalla. El riesgo no es solo intelectual, sino institucional: cuando los grandes museos pierden su función de conservación y estudio para convertirse en plataformas discursivas, dejan de ser fiables y empiezan a ser prescindibles.

A todo esto se suma un goteo constante de decisiones menores, pero significativas: políticas de subvención con criterios identitarios, premios culturales con sesgo ideológico evidente, acción exterior selectiva en América Latina según afinidades políticas y una constante tendencia a confundir pluralismo con alineamiento. La cultura deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en un arsenal simbólico al servicio del poder.

La consecuencia de este modelo no es una cultura más rica ni una proyección exterior más fuerte, sino justo lo contrario: instituciones debilitadas, prestigio erosionado y una política cultural sin vocación de permanencia. Todo está pensado para resistir una legislatura, no para construir décadas.

Y aquí está la clave política: cuando el Gobierno pierde terreno electoral, cuando el relato económico se agota o cuando la aritmética parlamentaria se vuelve asfixiante, la cultura aparece como refugio. Se agitan banderas simbólicas, se reabren debates identitarios y se desplaza la atención hacia conflictos morales o históricos. No es casualidad. Es método.

La cultura debería ser una política de Estado nacida de un acuerdo intertemporal entre los dos partidos que concitan a más del 70% del respaldo electoral. Sin embargo, en esta legislatura, la cultura se ha convertido en una coartada. Y cuando un país utiliza su patrimonio, su lengua y su proyección exterior como moneda de cambio coyuntural, el precio no lo paga el Gobierno de turno, sino la Nación.

Demasiadas coincidencias para mirar a otro lado

Tras la derrota del PSOE en Extremadura, la agenda pública gira de golpe: causas del PP reactivadas, condenas por corrupción y un freno judicial al caso que rodea a la mujer del presidente. La justicia debe actuar siempre, pero nunca convertirse en cortina de humo.
FUENTE: EFE

Hay días en los que la política española parece escrita con una coreografía demasiado precisa como para atribuirla al azar. Días en los que los acontecimientos no solo se suceden, sino que se ordenan, se encadenan y se refuerzan mutuamente con una eficacia narrativa que desarma cualquier explicación ingenua. El día después de la derrota socialista en Extremadura fue uno de ellos.

El resultado electoral fue claro, rotundo y difícil de maquillar. No se trató de un simple desgaste ni de un ajuste marginal, sino de un aviso serio que cuestiona el rumbo político del Gobierno y, sobre todo, la desconexión creciente entre el PSOE y una parte sustancial de su electorado tradicional. Apenas digerido el golpe, la conversación pública giró bruscamente de dirección. Ya no se hablaba de urnas, de errores estratégicos ni de responsabilidad política. Se hablaba de tribunales.

En cuestión de horas, la actualidad judicial tomó el mando del relato. Se anunció que Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid y figura emblemática de una etapa de poder hoy ampliamente cuestionada, será juzgado por presuntos delitos vinculados al Canal de Isabel II. Al mismo tiempo, se conocieron condenas firmes a varios exalcaldes madrileños por su implicación en la trama Púnica, una de las expresiones más descarnadas de la corrupción política de los últimos años. Y, casi en paralelo, un tribunal superior frenó la iniciativa del juez que pretendía investigar de forma masiva los correos electrónicos de Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, marcando límites claros a la instrucción.

Todo el mismo día. Todo después de Extremadura.

Conviene insistir, para evitar lecturas interesadas, en una premisa básica: la justicia debe actuar siempre, sin atender a calendarios electorales ni a consecuencias políticas. Nadie sensato puede cuestionar el derecho —y el deber— de los tribunales a juzgar delitos, por antiguos que sean, ni a corregir excesos procesales cuando se producen. Pero tan importante como la independencia judicial es la honestidad del debate público que se construye alrededor de esas decisiones.

Porque una cosa es la actuación legítima de la justicia y otra muy distinta el uso político de sus tiempos, de sus resoluciones y de su impacto mediático. Y ahí es donde las coincidencias empiezan a resultar, como mínimo, incómodas.

Los casos del PP que resurgen no son nuevos. Llevan años transitando despachos, sumarios y aplazamientos. Las condenas de Púnica llegan más de una década después de destaparse la trama. El juicio a Ignacio González se anuncia cuando los hechos investigados pertenecen a otra época política. Nada de eso invalida su importancia, pero sí plantea una pregunta legítima: ¿por qué ahora ocupa todo el espacio?

La respuesta no está en los tribunales, sino en la política. Cuando un Gobierno sufre una derrota electoral clara y carece de un relato convincente para explicarla, la tentación de refugiarse en la corrupción ajena es casi automática. Es un mecanismo conocido: desplazar el foco, reactivar viejas sombras del adversario y reconstruir el marco moral desde el que presentarse como mal menor.

En ese contexto, la resolución que limita la investigación sobre el entorno familiar del presidente adquiere una dimensión simbólica inevitable. No porque pruebe nada —no lo hace— ni porque implique privilegios demostrables, sino porque refuerza el contraste. Severidad retrospectiva con los adversarios políticos; extrema cautela cuando la investigación roza al poder en ejercicio. La justicia puede ser impecable en ambos casos, pero la percepción pública no es un detalle menor en democracia.

El riesgo es evidente: convertir a los tribunales en un escenario más de la batalla política. No porque los jueces lo pretendan, sino porque los partidos aprenden a leer, amplificar y encuadrar cada decisión según convenga. Cuando eso ocurre, la justicia pierde centralidad como poder independiente y gana protagonismo como instrumento narrativo. Y ese es un terreno resbaladizo.

La derrota de Extremadura no se corrige recordando, una vez más, los pecados del pasado del PP. Tampoco se neutraliza blindando el presente frente a cualquier sospecha incómoda. Las urnas hablan de otra cosa: de fatiga, de desencanto y de una percepción creciente de que el poder se ha vuelto autorreferencial, más preocupado por sobrevivir que por gobernar.

Demasiadas coincidencias no prueban conspiraciones. Pero sí hacen desconfiar del relato. Y en una democracia madura, desconfiar del relato oficial no es atacar al Estado de derecho, sino ejercerlo. Porque la justicia debe ser siempre un pilar, nunca una cortina. Y la política, cuando pierde elecciones, debería mirarse primero en el espejo antes de señalar al archivo judicial del adversario.

Sánchez prepara la reforma del 78 y el referéndum que no se atreverá a nombrar 

El Gobierno ha asumido, sin decirlo, el marco mental del independentismo: revisar la Transición, reconocer “naciones internas” y abrir la puerta a una votación que no se llamará referéndum, pero que tendrá el mismo efecto. 
FUENTE: EFE

Al final de una de las semanas judicial, policial y políticamente más intensas de los últimos años, la lógica más básica dictaría que el presidente del Gobierno estaría redactando el decreto de disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones generales. Pero no.  

Su patrón de conducta en los últimos años no apunta en esa línea sino a la contraria: lanzar un órdago más fuerte, más potente, una “patada en el tablero” político, de manera que lo que hoy le asedia quede como un elemento accesorio y que para seguir descubriendo la corrupción se necesiten golpes aún más duros y contundentes. Su único camino es la ruptura con el régimen del 78. 

El aniversario de la Constitución no fue un homenaje, sino un ensayo general. Francina Armengol pronunció un discurso que habría sido impensable hace apenas tres años: habló de “actualizar” el pacto del 78, de adaptarlo a una realidad territorial “más compleja”, de escuchar a quienes “no se sienten plenamente reconocidos” en la arquitectura constitucional. 

No era una reflexión abstracta: era el pórtico de una nueva narrativa, sincronizada con el Gobierno y calculada para preparar al país para algo más profundo que una reforma técnica. Por primera vez, una presidenta del Congreso que depende directamente del Ejecutivo asumía la premisa independentista de que la Constitución no basta. 

Y cuando el discurso institucional empieza a sonar como el argumentario de quienes quieren romper el Estado, ya no estamos ante una ceremonia: estamos ante una señal. 

Puigdemont dicta el guion 

En paralelo, Carles Puigdemont publicó en El País un texto que no es un análisis , sino un ultimátum. Describe la Transición como un pacto con el “antiguo régimen”, acusa a España de vivir heredada de 1714 y exige lo que siempre ha exigido: ruptura del 78, reconocimiento nacional, autodeterminación y metodología plebiscitaria.

Hace unos años, un presidente del Gobierno habría respondido inmediatamente, defendiendo el marco constitucional. Hoy, no. El silencio de Moncloa es sepulcral. 

Y ese silencio duele más que cualquier concesión verbal, porque es la prueba de que ya se discute dentro del Gobierno lo que el independentismo lleva décadas escribiendo en su catecismo. 

Armengol abre la puerta. Puigdemont marca el paso. Sánchez camina sin admitir a dónde va. 

La rendición simbólica 

Que un líder secesionista reivindique 1714 no debería escandalizar a nadie. Lo verdaderamente preocupante es que, por primera vez, el PSOE no rebate la fantasía, sino que la normaliza. 

Aceptar que la Transición fue incompleta, que España no reconoció “la plurinacionalidad real”, que hay identidades “con derecho a decidir” y que el pacto constitucional fue una suerte de componenda con el franquismo no es parte del discurso socialista de siempre: es la asunción del marco emocional del independentismo. 

Cuando se cede la narrativa, cuando se entrega el relato, cuando se acepta el origen simbólico del conflicto tal y como lo formula la otra parte, solo queda discutir el procedimiento. 

Y ese procedimiento ya tiene nombre —aunque aún no se atrevan a pronunciarlo. 

El referéndum que no se llamará referéndum 

Sánchez sabe que no puede prometer un referéndum de autodeterminación. Pero sí puede ofrecer un mecanismo que haga exactamente lo mismo con otro nombre. 

En los últimos meses, ministros, presidentes autonómicos socialistas y portavoces del Gobierno han comenzado a hablar de: “consulta democrática”, “metodología pactada”, “mecanismo de decisión”, “expresión del sentimiento mayoritario”. 

La perífrasis siempre es el preludio de la renuncia. Y esa perífrasis ya está instalada. 

Lo que no se hace con una pregunta explícita se puede hacer con una fórmula retórica.  Lo que no se convoca como plebiscito se puede convocar como reforma constitucional participada.  Lo que no se llama quebrar la soberanía se puede vender como profundización democrática. 

Pero el resultado es el mismo: la ruptura del principio de que la soberanía española es indivisible. 

Un PSOE dispuesto a entregar el 78 para seguir en el poder 

Lo más dramático no es que el independentismo quiera romper la Constitución. Es que el presidente del Gobierno parece dispuesto a descomponerla pieza a pieza con tal de mantenerse en pie. 

El partido que durante décadas defendió el espíritu del 78 ha decidido ahora que la única forma de mantener la legislatura viva es asumir exactamente aquello contra lo que se construyó el sistema constitucional: la idea de que España no es una comunidad política de iguales, sino una confederación de identidades negociables. 

Aquello que se llamó “pluralismo territorial” ahora se vende como reconocimiento nacional. Aquello que se llamó “autonomía” ahora se viste de soberanía compartida. Aquello que se llamaba “ruptura” ahora se denomina “consulta”. 

El vocabulario no engaña: lo hace posible. 

No hay que exagerar para diagnosticar la situación. No hace falta hablar de catástrofes históricas ni de escenarios apocalípticos. Basta con ver la trayectoria. 

La amnistía fue la primera frontera. Los indultos, la segunda. La aceptación del relato histórico ajeno, la tercera. La revisión del pacto constitucional, la cuarta. Y ahora queda la quinta: el mecanismo plebiscitario que llamarán de otra manera, pero que tendrá el efecto político de abrir una puerta que nunca podrá cerrarse. 

Ese es el proceso real. Sin grandes titulares. Sin choques institucionales estridentes. Sin golpes en la mesa. 

La Constitución no se romperá de un día para otro. Se disolverá lentamente. Como se disuelven las certezas cuando se deja de creer en ellas. 

Y lo más grave es que ese deshielo no lo provoca el independentismo. Lo provoca un presidente que, para salvar su Gobierno, ha decidido renunciar a una nación. 

Extremadura como laboratorio electoral y Aragón en el horizonte

El resultado extremeño marcará el destino de Pedro Sánchez: un test político decisivo que puede precipitar el adelanto electoral y redefinir el fin de la legislatura. 
FUENTE: EFE

La política tiene sus probetas: territorios donde un resultado no es sólo un trofeo local sino un experimento de alta precisión. Extremadura huele hoy a ensayo clínico. No porque tenga una población mística sino porque su calendario, su geografía política y las fuerzas en liza la convierten en el lugar perfecto para probar mensajes, medir reacciones y calibrar la mecánica electoral que podría definir unas generales adelantadas en 2026. 

La primera razón es aritmética y brutal: las encuestas la colocan en zona de riesgo para el PSOE y en pinzas para el PP. Los sondeos preelectorales y el CIS sitúan al PP como ganador claro, pero sin garantía de absoluta, y sitúan a Vox en una posición de relevo decisivo; la suma de ambos puede gobernar la Junta. Eso convierte a Extremadura en un medidor del fenómeno que más inquieta a Moncloa: si el eje PP–Vox se consolida aquí, se consolida en otras circunscripciones provinciales, y la narrativa del “luchar contra la ultraderecha” como argumento movilizador pierde efectividad.  

Pero el laboratorio no es solo aritmética. Es tiempo y oportunidad. La presidenta María Guardiola ha ido poniendo las condiciones para un adelanto: debió decidir presupuestos, ha jugado con la dislocación del calendario y al haber disuelto el parlamento la contienda llegará pronto. Una victoria holgada del PP aquí tendría efectos dominó: ofrecería confianza al centro-derecha, debilitaría el relato de que Vox es el peligro inminente y abriría la puerta a un PP reforzado que tose a la derecha y sonríe al centro. Si, por el contrario, el PSOE aguanta o frena la sangría, Moncloa puede aferrarse a la idea de rearme electoral para aguantar hasta 2027. Aquí se mide la salud del relato sanchista.  

El segundo vector es discursivo. Para Sánchez, Extremadura ofrece un escenario privilegiado para repetir la táctica probada en 2023: usar una autonómica como termómetro y altavoz para un relato nacional. Si el Gobierno logra convertir la campaña en un plebiscito sobre la gestión frente a la extrema derecha podrá usar cualquier rendimiento aceptable como excusa para apretar el botón de las generales: “hemos probado el mensaje, la gente responde, ahora toca trasladarlo a toda España”. Si fracasa, el contragolpe será brutal: el PP venderá que el país ya no acepta al PSOE como alternativa solvente. Un artículo reciente lo resumía con crudeza: Sánchez aspiraría a repetir su 23-J explotando autonomías como señuelos para reconstituir su narrativa nacional antes de una hipotética convocatoria. 

Hay, además, un tercer experimento: la relación PP–Vox. Extremadura puede mostrar si Vox está dispuesto a ejercer de socio disciplinado o de socio cruel. Si Vox se moviliza, pero no entrega apoyos, el PP quedará en situación incómoda: obligado a gobernar con la ultraderecha, o a convocar de nuevo para tratar de arañar una mayoría propia. Si Vox se disciplina y sostiene pactos, la foto para Génova es idílica con unos populares renovados y con músculo.  

Para Moncloa, el objetivo es otro: provocar, o demostrar, que la sola idea de Vox en el poder sigue movilizando al electorado moderado, y así arrastrar unas generales a la polarización que más le favorece. Los debates y la campaña en Canal Extremadura y demás foros servirán para medir la capacidad de Vox de condicionar pactos y la reacción del votante moderado.  

Escenarios: no hay milagros, solo combinaciones de riesgo. Si el PP roza la mayoría absoluta, el laboratorio produce la muestra que el centro-derecha necesita: un argumento de mandato claro que invita a pensar en generales con ventaja. Si el PP necesita a Vox pero logra un acuerdo estable, el mensaje es doble: fuerza para gobernar hoy y riesgo para Moncloa mañana (porque la aritmética nacional puede replicarse). Si el PSOE frena la caída y araña escaños, Sánchez podrá argumentar que su mensaje antifascista sigue operativo y que un adelanto sería prematuro. En cualquiera de los casos, Extremadura pone a prueba la tesis central. ¿Está el país ya configurado para elecciones donde la dinámica territorial y la polarización favorezcan un resultado concreto? 

Desde el punto de vista táctico, hay que leer la campaña como laboratorio de mensajes, no de programas. El PP probará la eficacia de una campaña enfocada en seguridad, gestión e identidad regional; el PSOE, en la defensa del Estado de bienestar frente al ‘riesgo Vox’; Vox, en la nacionalización del discurso identitario y el castigo al establecimiento. Cada eslogan que funcione en Extremadura será replicado a escala nacional por el partido que lo diseñe. Si la gráfica de intención de voto se mueve aquí, se moverá en mesas del CIS y en la psicología colectiva del votante: encuestas y titulares convertirán la señal local en tendencia nacional. 

La pregunta final la que decidirá si Extremadura es solo laboratorio o detonante, es ¿quién puede asumir el riesgo de desencadenar generales ahora? Sánchez necesita un hilo narrativo que le devuelva confianza; a veces lo encuentra soltando una campaña desde la sombra y obligando al adversario a reaccionar. Feijóo o el PP, en cambio, requieren estabilidad para construir mayorías. Por eso la lectura no es mecánica. Un resultado favorable al PP puede empujar a Génova a forzar el calendario, o a esperar y concentrar beneficiarios. Moncloa, por su parte, sopesa la doble oportunidad: perder hoy y recomponer, o ganar el mensaje y forzar el nacional. 

Extremadura será, de verdad, laboratorio por dos razones: porque es pequeña y manejable (el mensaje se difunde y mide con rapidez) y porque su simbolismo político, una región con tradición rural y desafío social, permite testar el relato que mejor funcionará en 2026. Para Sánchez, la jugada es audaz: si la muestra sale favorable, tendrás la excusa y el momentum para convocar. Si sale mal, tendrá que encogerse y prepararse para una legislatura agotada. Para la oposición, ganar bien en Extremadura supone dispensar al adversario la carta del adelanto; perderla bien puede dar alas a una maniobra nacional. 

La política, sin embargo, no es laboratorio científico: los sujetos no son ratones y las reacciones son humanas, imprevisibles y a menudo violentas. Pero la ambición de convertir Extremadura en ensayo clínico para las generales existe y es real. Quien la diseñe mejor, quien sepa traducir un resultado regional en narrativa nacional creíble, habrá ganado la partida antes mismo de que se cuente el último escaño. Y si eso ocurre, cuidado: las generales de 2026 no serán una carrera nacional; serán la réplica ampliada del experimento que los extremeños estarán a punto de vivir. 

El eslabón perdido: la corrupción que sostenía el pacto de Sánchez con el PNV y Bildu 

Durante siete años nos vendieron un cuento ingenuo: que el nacionalismo vasco apoyaba a Sánchez por afinidad ideológica y no por corrupción. Ahora, cuando empiezan a aflorar las piezas ocultas, descubrimos la verdad: no era política. Era dinero. Y Navarra fue el laboratorio silencioso de aquella transacción. 
FUENTE: EFE

Siempre hubo algo que no cuadraba en el relato oficial del “frente progresista” que aupó a Sánchez en 2018. Se nos decía que Bildu y el PNV abrazaban un proyecto nacional “de avance social”. Que Otegi había mutado en estadista responsable. Que el PNV actuaba por “sentido institucional”. Que Navarra entraba en un “nuevo ciclo de convivencia”. 

Patrañas. Leyendas de sobremesa para consumo de urbanitas distraídos. 

El nacionalismo vasco nunca se ha movido por afinidad ideológica con nadie, sino por contrapartidas medibles en poder, dinero y control territorial. Y Sánchez —débil, ambicioso y dispuesto a todo— era el presidente perfecto para convertir esa lógica en sistema. 

Había algo más detrás del pacto. Algo que todo el mundo intuía y que nadie podía demostrar, y ese algo empieza, por fin, a salir a la luz. 

Las reuniones secretas revelan lo que se pretendió ocultar 

Las informaciones recientes sobre encuentros discretos entre Sánchez, Otegi y dirigentes del PNV —reuniones sin actas, fuera de circuito institucional, en lugares escogidos para no dejar rastro— no cuentan una anécdota. Cuentan un método. 

Porque no eran conversaciones políticas. No eran debates programáticos. No eran compromisos ideológicos. 

Eran negociaciones de poder, donde la estabilidad parlamentaria del presidente se compraba a cambio de algo mucho más valioso para sus socios: acceso, influencia y estructura económica. 

El PNV no sacó tanto rédito histórico de un gobierno “progresista” por simpatía. Bildu no obtuvo el blanqueamiento político y la centralidad institucional porque Sánchez sea “dialogante”. Lo obtuvieron porque sabían que al otro lado de la mesa había un político dispuesto a pagar lo que fuera con tal de permanecer en el cargo. 

Navarra: la prueba que nadie quiso mirar 

Ningún territorio muestra tan claramente esta ecuación como Navarra. La comunidad que siempre había sido bastión constitucionalista se convirtió, en apenas dos legislaturas, en un tablero de experimentación del pacto oculto. 

La colonización política fue solo el síntoma superficial para dar concesiones a Bildu disfrazadas de “gestos”, entregar áreas clave, poner en práctica pactos municipales inexplicables, el desplazamiento del PSN hacia posiciones dictadas desde Sabin Etxea, y un blanqueamiento acelerado de quienes ayer rechazaban la Constitución y hoy la reinterpretan a conveniencia. 

Pero lo determinante fue lo que no se veía: las redes económicas, las adjudicaciones silenciosas, los acuerdos presupuestarios milimétricos y la penetración institucional de estructuras próximas al nacionalismo vasco. 

Navarra revelaba la verdad que el resto de España no quería aceptar. No era ideología. No era convivencia. Era un intercambio. Un intercambio carísimo. 

La pieza que faltaba: el dinero 

Durante años, quienes advertían esto eran caricaturizados como “agoreros”. Pero ahora, con las investigaciones abiertas, las filtraciones y las declaraciones involuntarias —incluida alguna de quien formó parte del corazón del sistema—, aparece la imagen completa: la relación Sánchez–PNV–Bildu estaba lubricada por dinero, favores económicos y reparto de influencia institucional. 

No hablamos de maletines. Hablamos de algo más sólido: 
– contratos, 
– adjudicaciones, 
– blindajes regulatorios, 
– reformas legales hechas a medida, 
– y una arquitectura presupuestaria diseñada para alimentar a quienes sostenían al Gobierno. 

El dinero no era un añadido. Era el eslabón perdido. La pieza que convierte un pacto ideológico —inverosímil desde el principio— en un pacto de poder perfectamente comprensible. 

No es Ábalos… pero Ábalos confirma 

Ábalos no es protagonista de esta historia. Es apenas el eco tardío de lo que ya empezaba a saberse. Un político caído que, antes de hundirse, ha tenido la decencia (o la venganza) de decir en voz alta lo que llevaba años flotando en los pasillos: que aquel pacto no fue político, sino transaccional. 

Cuando un exministro confirma reuniones clandestinas y pactos fuera de la institucionalidad, no aporta la clave, aporta la prueba viva de que las sospechas tenían fundamento. 

Ábalos es irrelevante. Lo relevante es lo que su testimonio deja al descubierto: que la corrupción —en su forma más estructural, más sofisticada, más devastadora— era la argamasa del acuerdo. 

Y llegó la corrupción: ahora todo encaja 

Hoy sabemos por qué el PNV dio tanto. Hoy sabemos por qué Bildu recibió tanto. Hoy sabemos por qué Navarra cambió de manos sin que nadie lo explicara. Hoy sabemos por qué Sánchez hizo de la permanencia en el poder un fin moral en sí mismo. Hoy sabemos por qué la amnistía apareció como moneda y no como convicción. 

Porque todo respondía a la misma ecuación. Un presidente que necesitaba mantenerse vivo y unos socios que sabían que podían cobrar en oro cada respiración parlamentaria. 

Y el precio, finalmente, se ha visto. Tarde, sí. 
Pero se ve. 

El presidente que quiso ser juez

Cuando un presidente decide quién es inocente y quién no, la justicia deja de ser poder del Estado para convertirse en su decorado. Sánchez no defiende a un fiscal: desafía la arquitectura misma de la democracia.
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Pedro Sánchez no se equivocó en su entrevista con El País al declarar que el fiscal general, Álvaro García Ortiz, es “inocente”. No fue un lapsus ni una torpeza verbal. Fue una afirmación calculada, una demostración de fuerza política envuelta en un gesto de lealtad personal. El presidente sabía perfectamente lo que hacía: interferir en una causa judicial abierta ante el Tribunal Supremo y desafiar, de forma explícita, el principio que sostiene cualquier democracia liberal —la separación de poderes.

La Asociación de Fiscales reaccionó con la contundencia que el momento exigía. Acusó al presidente de “inmiscuirse en la función de juzgar” y de “presionar, deslegitimar y usurpar” las funciones de los tribunales. No exageran. Cuando el jefe del Ejecutivo emite un veredicto antes que los jueces, el Estado de Derecho se convierte en una escenografía hueca, una liturgia sin sustancia.

El poder que confunde defensa con dominio

Sánchez pretende presentar su frase como un gesto de confianza personal, un apoyo moral a un colaborador asediado por la oposición. Pero su cargo convierte ese gesto en una declaración institucional. Y ahí radica la gravedad: un presidente no puede opinar como ciudadano cuando habla como poder del Estado. Cada palabra suya pesa como un decreto. Y cuando esas palabras apuntan contra los jueces del Supremo, lo que se pone en juego no es un caso judicial, sino el equilibrio de la República.

No hay inocencia posible sin juicio. Y no hay juicio posible cuando el poder ejecutivo marca la pauta de lo que los magistrados deberían concluir. El mensaje implícito de Sánchez es aterrador: si los tribunales condenan al fiscal general, será una injusticia; si lo absuelven, será la prueba de su “razón”. La justicia queda atrapada entre la obediencia y la sospecha.

El sanchismo ha convertido la lealtad en dogma. No se gobierna con convicciones, sino con adhesiones. Quien es leal al líder merece protección, aunque esté procesado. Quien lo cuestiona, aunque sea en nombre de la ley, es un enemigo del progreso. Esa es la lógica que hoy rige la relación entre el Gobierno y la Justicia: la subordinación moral del Derecho al poder.

García Ortiz, procesado por revelar datos confidenciales en un caso con enorme repercusión política, se ha transformado en símbolo de esa deriva. Su presunta falta ya no importa; lo que cuenta es su utilidad. Mientras sea fiel, el presidente lo defenderá. Mientras sirva al relato, será inocente por decreto.

Una justicia domesticada

El ataque velado al Tribunal Supremo no es un accidente: es una estrategia. Desde hace años, el Gobierno ha buscado colonizar el ámbito judicial con la excusa de su “democratización”. Ha intentado reformar el Consejo General del Poder Judicial para controlarlo, ha forzado nombramientos afines, ha ridiculizado las resoluciones que no le convenían. Ahora da un paso más: no se conforma con influir, quiere dictar el resultado.

Defender la inocencia del fiscal general es, en realidad, un desafío directo al Supremo. Es decirle a los magistrados: “sé lo que vais a decidir y no me importa”. Es convertir al Poder Judicial en un obstáculo político más, en una piedra que se aparta del camino con declaraciones, no con respeto. Es la forma más civilina de autoritarismo: el que se disfraza de defensa institucional.

Lo peor no es el hecho, sino la normalización. Sánchez ha conseguido lo que parecía imposible: banalizar la injerencia. Ya no sorprende que el presidente hable de causas abiertas como si fueran debates partidistas, ni que el Gobierno acuse a los jueces de “lawfare” cada vez que una sentencia incomoda al Ejecutivo. La democracia se vacía no por los golpes de fuerza, sino por la costumbre del abuso.

Al declarar “inocente” al fiscal general, el presidente no comete una torpeza: consolida un hábito. Un modo de entender el poder donde las instituciones no se respetan, sino que se utilizan. Donde el lenguaje jurídico se sustituye por consignas morales. Donde el delito deja de ser delito si lo comete un aliado.

La doctrina del presidente

El sanchismo ha creado su propia doctrina: la de la impunidad afectiva. El círculo de confianza se convierte en refugio ante la ley. La justicia es solo una molestia que se sortea con palabras. La inocencia ya no se gana en los tribunales, sino en las entrevistas de domingo. Y el presidente, lejos de proteger la independencia judicial, la pone a subasta en el mercado de su propio relato.

El resultado es devastador: un país donde la ley se convierte en un instrumento de defensa personal y donde la verdad procesal se sustituye por la verdad mediática. Cuando el presidente actúa como juez, el Estado se convierte en parte. Y cuando el Estado se convierte en parte, la justicia deja de ser árbitro.

Cada vez que Sánchez deslegitima a un juez, el país retrocede un paso hacia el autoritarismo blando: ese donde nadie rompe las urnas, pero todo el mundo teme al poder. El mensaje que lanza no es solo a los magistrados del Supremo: es a todos los servidores públicos que aún creen en la independencia de su función. Les está diciendo que el mérito ya no se mide por el cumplimiento de la ley, sino por la obediencia al relato.

Y así, poco a poco, se construye la ruina institucional: no por asalto, sino por desgaste; no con golpes, sino con declaraciones. Sánchez ya no necesita atacar abiertamente al Poder Judicial: le basta con proclamar inocencias y dictar sentencias morales desde la Moncloa.

Esa es la verdadera gravedad de su entrevista: no lo que dijo, sino lo que demostró. Que en España ya no hace falta ser juez para absolver. Basta con ser presidente.

El fin del bloque(o) de la era Sánchez

La mayoría que sostuvo a Sánchez ya no existe. Pero nadie se atreve a derribarlo. El país asiste, aburrido y avergonzado, al espectáculo de un poder agotado sostenido por la inercia y el miedo. 
FUENTE EFE

No hay ruina más triste que la de un edificio que no se derrumba del todo. El Gobierno de Pedro Sánchez ya no gobierna, pero tampoco cae. Flota, suspendido en ese aire denso de los regímenes cansados que se mantienen por inercia, porque nadie tiene el valor —ni el coraje ni la decencia— de empujarlos hacia la salida. 

El llamado “bloque de la investidura” fue alguna vez un artificio útil: una alianza de conveniencias, un trueque de poder por impunidad, una coalición construida sobre el cálculo y no sobre las ideas. Hoy no es más que una caricatura. Cada votación es una ruleta rusa. Cada decreto, una negociación humillante. Cada socio, un acreedor esperando su siguiente pago político. Sánchez no tiene mayoría: tiene clientes. 

La descomposición del espejismo 

Las dos derrotas parlamentarias recientes lo retratan mejor que cualquier discurso: una reprobación ministerial aprobada con la abstención de sus propios aliados y una ley clave derribada por los mismos que le dieron el voto de investidura. El presidente ya no suma: ruega. Ya no convence: soborna con promesas, aplaza deudas, regala competencias. Su poder se mide en indulgencias, no en convicciones. 

Mientras tanto, el país mira. No hay épica ni esperanza. Solo rutina. Los viejos socios independentistas lo exprimen con desprecio, sabiendo que no puede romper con ellos sin caer. Y los suyos, los que alguna vez soñaron con un socialismo europeísta y digno, asisten al desguace moral del partido como quien ve pudrirse la casa donde creció. 

Sánchez, Cataluña, Andalucía y el vacío 

Cataluña, el bastión que Sánchez vendió como símbolo de reconciliación, se ha convertido en su peor espejo. Las encuestas lo hunden. El PSC retrocede. Los mismos a los que concedió la amnistía le devuelven ahora el favor con la indiferencia. Nadie respeta a quien se arrodilla. 

Y en Andalucía, el territorio donde el socialismo era identidad y no etiqueta, el derrumbe es histórico. Las mayorías de antaño se han vuelto desierto. La gente no se ha vuelto de derechas: se ha vuelto descreída. Sabe que ya no hay proyecto, solo supervivencia. Sánchez quiso ser la síntesis de todas las Españas y acabó siendo el denominador común de su cansancio. 

El miedo a la caída 

La oposición, por su parte, contempla la descomposición con la paciencia del que espera que la fruta caiga sola. No se atreve a presentar una moción de censura porque sabe que, sin mayoría absoluta, el fracaso sería su epitafio. Y así, mientras el Gobierno se pudre, la alternativa bosteza. Nadie se atreve a mancharse las manos con la historia. 

La Constitución exige que la moción sea “constructiva”. Noble idea: impedir el derribo irresponsable. Pero en la España del 2025, esa exigencia se ha convertido en una coartada. Nadie quiere construir nada; solo mirar cómo se desmorona el edificio. El país entero se ha convertido en una moción de censura moral: sin votos, pero con hastío. 

El truco de la resistencia 

Sánchez ha hecho del desgobierno su forma de gobierno. Ya no promete: pospone. Ya no ilusiona: disimula. El truco es sobrevivir al calendario, aplazar cada crisis hasta que la siguiente la tape. Ha aprendido que en política no gana quien acierta, sino quien aguanta. Y en eso es un maestro: un funambulista sin red, un superviviente que confunde resistencia con talento. 

Pero la resistencia también se agota. No se puede gobernar solo con reflejos. No se puede llamar estabilidad a un sistema que vive de los chantajes cruzados. No se puede llamar democracia a un país donde el Parlamento es un mercado de favores y el presidente un cobrador de peajes. 

El país que bosteza 

España asiste a este espectáculo con una mezcla de resignación y vergüenza. Ya nadie espera nada del Gobierno, pero tampoco del Congreso. Se ha instalado la sensación de que nada cambia, de que el ruido sustituye a la acción, de que cada crisis se resuelve en titulares pero no en hechos. La política se ha convertido en un teatro de papel mojado donde el guion siempre termina igual: nadie gana, todos pierden. 

El bloque de la investidura ha muerto, pero sigue moviéndose. Como esos cadáveres que tardan días en enfriarse. Y la moción de censura —esa herramienta que debería ser el relámpago que limpia el aire— se ha vuelto un artefacto inútil, un símbolo de impotencia institucional. Nadie se atreve a pulsarla porque nadie sabe qué pasaría después. 

El ocaso sin caída 

Lo que vive España no es una crisis de Gobierno: es una crisis de dignidad. Un país atrapado entre un poder que ya no gobierna y una oposición que no se atreve a gobernar. Un Estado paralizado por el cálculo y la cobardía. Y en medio, una ciudadanía anestesiada, que ya no espera el cambio, solo que la decadencia no duela demasiado. 

Sánchez ha conseguido un logro sin precedentes: gobernar sin mayoría, sin proyecto y sin pudor. Pero también sin futuro. Lo que sostiene su poder no son los votos, sino el miedo de sus aliados y la pereza de sus adversarios. Es un rey sin corte, un general sin ejército, un presidente sin país. 

Y cuando un líder llega a ese punto, el derrumbe no es cuestión de números, sino de tiempo.