Irresponsabilidad y dejadez como ‘modus operandi’ del Gobierno

El Gobierno de Sánchez ha hecho de la huida permanente su forma de gobernar: cuando llega el fallo, siempre hay un culpable… excepto quien manda 
FUENTE: EFE

Cuando llegó la hora de los adultos, estos no comparecieron. España está gobernada desde hace años por un grupo de adolescentes políticos cuyo único programa real es ‘estar’. No gobernar mejor, no asumir costes, no rendir cuentas: simplemente permanecer. Detentan —porque lo ostentan de forma cada vez más despótica— el poder apoyándose en una batería de herramientas retóricas y organizativas propias del populismo contemporáneo, suficientes para controlar el día a día de un país que se desliza, casi sin ruido, por una pendiente de degradación institucional. 

Ese sistema funciona mientras nada se tuerce. Mientras el relato aguanta. Mientras los problemas pueden ser reinterpretados, desplazados o atribuidos a terceros. El problema surge cuando la realidad irrumpe con la fuerza de lo tangible: un tren que descarrila, una red eléctrica que falla, carreteras cada vez más inseguras, servicios públicos que se deterioran, infraestructuras envejecidas que ya no admiten parches. Ahí el discurso empieza a resquebrajarse. 

El ventilador de la culpa 

La ‘era Sánchez’ está jalonada de crisis gestionadas siempre del mismo modo: nadie en la cúspide asume responsabilidad política. Nunca. La respuesta sistemática es activar el ventilador de la culpa. Buscar un cargo intermedio, una empresa concesionaria, una comunidad autónoma, un gobierno anterior o una circunstancia imprevista. Todo vale con tal de que la responsabilidad no ascienda. 

Este mecanismo ha funcionado en situaciones excepcionales. Pandemias, catástrofes naturales, episodios extremos permiten diluir responsabilidades porque el ciudadano medio, saturado de información y miedo, tiene dificultades para pensar en términos contrafactuales: qué decisiones se tomaron, cuáles no, qué se pudo hacer de otro modo. Siempre hay margen para la coartada. 

Pero el problema para el Gobierno es que no todo es un cisne negro. 

Cuando lo extraordinario es lo cotidiano 

¿Qué ocurre cuando lo inesperado no es una pandemia, sino algo tan común como el deterioro del sistema ferroviario? ¿Qué sucede cuando los apagones, los accidentes o el colapso de servicios dejan de ser episodios aislados y se convierten en síntomas? Que ya no hace falta un ejercicio intelectual sofisticado. El ciudadano no necesita informes ni comisiones para entender lo evidente: si las infraestructuras fallan de forma recurrente, es porque no se mantienen, no se invierte y no se gestiona bien. 

Aquí no hay relato que aguante. No hay ‘herencia recibida’ creíble tras más de seis años en el poder. No hay adversario al que culpar cuando los presupuestos han sido diseñados, aprobados y ejecutados por el mismo Gobierno que hoy busca responsables ajenos. Y no hay excusa cuando los avisos han sido constantes y las prioridades presupuestarias han ido por otro lado. 

Propaganda, control y redes de poder 

Durante años, el Ejecutivo ha confiado en que el control del relato sería suficiente. Uso intensivo de los medios a través del presupuesto público y su regulación en el BOE, colonización de organizaciones supuestamente civiles convertidas en grupos de presión, creación de realidades paralelas en ámbitos clave como el mercado laboral, la educación o las pensiones. A ello se suma una ambición de transformación social acelerada, no siempre respaldada por la capacidad real del Estado, y una negativa persistente a afrontar problemas estructurales como la inmigración ilegal o el déficit de vivienda. 

Ese ecosistema se completa con redes de reparto de poder y dinero público que hoy ya no son una sospecha política, sino un objeto de investigación judicial. Todo ello ha servido para resistir. Para sobrevivir. Pero no para gobernar mejor. 

El tren como metáfora 

El problema de los trenes no es solo técnico. Es simbólico. Representa el punto en el que la irresponsabilidad política choca con la experiencia directa del ciudadano. Cuando alguien pierde horas, conexiones, seguridad o confianza, el discurso deja de importar. Y cuando además aparece —o aparece la sospecha— una correlación entre el deterioro del servicio público y el desvío de recursos, el daño ya no es solo material: es moral. 

Por eso esta vez será más difícil escapar. Porque aquí no hay que imaginar escenarios alternativos. Basta con mirar alrededor. 

Gobernar es responder 

Asumir responsabilidades no es dimitir a la primera dificultad, pero tampoco es esconderse siempre detrás de otros. Gobernar implica responder, explicar, corregir y, llegado el caso, pagar un precio político. Lo que distingue a un Gobierno adulto de uno adolescente no es la ausencia de errores, sino la forma de enfrentarlos. 

La irresponsabilidad permanente puede funcionar durante un tiempo. Pero cuando los fallos se acumulan y afectan a lo esencial, el castillo de naipes se viene abajo. Y entonces ya no basta con buscar culpables: alguien tiene que asumir que mandar también significa responder.