Defender la soberanía de Ceuta y Melilla es defender España y Europa

La crisis estalla después del acercamiento de Sánchez a Argelia y revela un Mediterráneo en el que Marruecos utiliza la presión fronteriza, Italia protege sus intereses energéticos y Estados Unidos e Israel se alinean con Rabat.
FUENTE: EFE

El asalto no lo protagonizan quienes atraviesan la frontera o se lanzan al mar, sino el Estado que los utiliza para someter a Ceuta a una prueba de resistencia. Ese es el punto de partida necesario para comprender una crisis que se produce apenas unos días después de la visita oficial de Pedro Sánchez a Argelia, destinada a recuperar las relaciones comerciales, reforzar la cooperación energética y abrir una nueva etapa bilateral.

Tampoco puede ignorarse que la propuesta de restringir Schengen procede de Italia, un país al que llegaron por mar 66.316 personas durante 2025 —casi el 90% procedentes de Libia— sin que Europa respondiera aislando a los italianos: ante la presión sobre Lampedusa, la Comisión activó un plan de apoyo con Frontex, traslados y refuerzo de los retornos. Italia exige ahora para España lo que nunca aceptó para sí, mientras mantiene con Argelia una relación energética estratégica y aspira expresamente a convertirse en la puerta de entrada del gas africano hacia Europa.

Somos europeístas convencidos. Ningún país europeo tiene futuro fuera de la UE. Por ello, nos resulta especialmente doloroso escuchar en las últimas horas las peticiones de varios ministros europeos de establecer excepciones transitorias al acuerdo Schengen para los ciudadanos procedentes de España. Es la consecuencia para España de no saber abordar correctamente lo que es en toda regla una invasión que ha sido promovida internamente en Marruecos desde hace semanas y, muy especialmente, tras la sentencia del Tribunal Supremo en la que se impide la devolución inmediata de las personas que entran a nado.

Creemos en España y sabemos que lo que hemos hecho en el pasado reciente lo podemos volver a hacer. Pero con la situación provocada por la debilidad extrema del gobierno de Sánchez, no estamos en condiciones de criticar la postura de diferentes gobiernos europeos porque también pediríamos la suspensión del espacio Schengen si otro país de la Unión tuviera el mismo comportamiento que está teniendo Sánchez. Sentimos decir esto porque los españoles no nos lo merecemos. Soportamos esa mezcla extraña de soberbia y de banalidad, de atrevimiento y cobardía, de pusilanimidad y resistencia, de irresponsabilidad y de fanfarronería que recordaremos en un futuro como una pesadilla.

Como mucho, estamos en condiciones de hacer ver a la sociedad española y a las instituciones europeas que defender la soberanía de Ceuta y Melilla, hoy gravemente comprometida, es defender España y Europa. Por eso no hay que vacilar ni un segundo en aceptar la ayuda del comisario europeo de Interior en forma de agentes de Frontex.

El presidente Sánchez, por necesidad personal, claudica en absolutamente todo frente a Marruecos. Sería una broma o simplemente un error político si las consecuencias no fueran dramáticas. Lo que está sucediendo en Ceuta sería para que cualquier gobierno dimitiera. No tenemos fronteras. Las imágenes de televisión son dramáticas. Nuestros compatriotas ceutíes y melillenses sufren una ocupación sin herramientas ni equipamientos. Mientras tanto, Sánchez ofrece unas explicaciones vagas, redundantes, poco concretas, y se conforma con reforzar mínimamente al Ejército y la Policía para restablecer el orden en Ceuta e intentar que no se agrave la situación en Melilla.

Esta grave agresión a nuestras fronteras nos coge sin amigos. No es posible llamar a EE. UU o Israel, únicos países capaces de influir en el reino alauita y nuestros socios comunitarios desconfían de una política personalista sin rumbo ni dirección que ha sustituido la gestión por la propaganda, la razón por la iluminación, la discusión por la obediencia, las ideas por la fe.

Estados Unidos e Israel no sólo no están dispuestos a ayudarnos: son hoy los dos grandes aliados internacionales de Marruecos. Washington reconoció en 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental e Israel hizo lo mismo en 2023, dentro de una relación diplomática, militar y de inteligencia cada vez más estrecha con Rabat. Horas después del inicio del asalto, Israel felicitaba a Mohamed VI por sus veintisiete años al frente de una monarquía de poder prácticamente absoluto, mientras la Casa Blanca atribuía la crisis a las «políticas globalistas de extrema izquierda» del Gobierno español.

¿Qué tiene que ver una disputa ideológica interna con la decisión de Marruecos de dejar de controlar su frontera? Nada, salvo la voluntad de Washington de ajustar cuentas con Sánchez sin incomodar a su aliado marroquí. España proclama autonomía estratégica, pero afronta una agresión territorial con Estados Unidos culpando a Madrid, Israel celebrando al monarca que puede detenerla y ambos respaldando las principales aspiraciones territoriales de Rabat. No estamos simplemente solos: otros poderes intervienen sobre nuestro margen de decisión y han elegido de antemano a qué país apoyar.

Cuando un país olvida a Miguel Ángel Blanco

El documental de Jon Sistiaga parte de una constatación inquietante: muchos jóvenes apenas saben quién fue Miguel Ángel Blanco. No es un problema de nostalgia ni de memoria sentimental. Es una señal de que una parte de la historia reciente de España empieza a desaparecer precisamente cuando quienes fueron el brazo político del terrorismo han alcanzado una normalidad institucional impensable hace apenas dos décadas.
FUENTE: EFE

Hay olvidos que son inevitables. El paso del tiempo difumina nombres, rostros y acontecimientos que dejan de formar parte de la experiencia cotidiana de una sociedad. Ningún país puede vivir instalado permanentemente en su pasado ni convertir cada aniversario en una ceremonia obligatoria. Pero existe otra forma de olvido mucho más preocupante: aquella que afecta a los hechos que explican por qué una democracia es hoy como es. Cuando desaparece esa memoria compartida, no sólo se pierden unos nombres propios; también empieza a desdibujarse el significado de las libertades que costó tanto defender.

Ése es el punto de partida del documental Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo, dirigido por Jon Sistiaga. El periodista ha explicado que decidió reconstruir aquellos días porque comprobó que muchos jóvenes apenas conocen quién fue aquel concejal de Ermua o por qué su secuestro y asesinato marcaron un antes y un después en la historia reciente de España. La constatación resulta mucho más inquietante que el propio aniversario. No habla únicamente del paso del tiempo. Habla de la manera en que una sociedad decide qué episodios conserva en su memoria colectiva y cuáles deja desaparecer.

Mucho más que un asesinato

El asesinato de Miguel Ángel Blanco nunca fue únicamente un crimen más de ETA. La organización terrorista había matado durante décadas a militares, policías, jueces, empresarios, concejales y ciudadanos anónimos. Sin embargo, aquellas cuarenta y ocho horas de julio de 1997 produjeron una reacción distinta. Millones de españoles comprendieron que el terrorismo ya no amenazaba sólo a quienes ocupaban determinados cargos o vivían en el País Vasco. La amenaza alcanzaba directamente a la democracia española y a cualquier ciudadano que creyera en ella.

El llamado Espíritu de Ermua no surgió porque ETA asesinara por primera vez. Surgió porque una parte muy importante de la sociedad decidió que el miedo dejara de marcar los límites de la convivencia. Aquel movimiento cívico rompió inercias que parecían inamovibles y demostró que el terrorismo podía ser derrotado también desde la movilización democrática. No fue el final de ETA, pero sí el comienzo del final de la legitimidad social que todavía conservaba en algunos sectores del nacionalismo radical.

Precisamente por eso sorprende que ese episodio ocupe hoy un espacio cada vez más reducido en el conocimiento de quienes no lo vivieron.

La memoria también es una institución

Las democracias no se sostienen únicamente sobre constituciones, parlamentos o tribunales. También necesitan una memoria compartida que permita comprender por qué determinadas reglas existen y qué precio hubo que pagar para consolidarlas. Cuando esa memoria desaparece, las instituciones siguen funcionando, pero pierden parte de su sentido.

España ha dedicado en los últimos años enormes esfuerzos a recuperar determinados capítulos de su historia, algo perfectamente legítimo en una democracia que reflexiona sobre su pasado. Sin embargo, esa misma intensidad no siempre se ha aplicado a la hora de preservar la memoria del terrorismo que condicionó la vida pública durante más de cuarenta años. El resultado empieza a ser visible: una generación que conoce con detalle episodios ocurridos hace casi un siglo, pero que apenas identifica el nombre de un concejal asesinado hace menos de treinta años.

No se trata de establecer una competición entre memorias. Se trata de preguntarse por qué algunos acontecimientos permanecen constantemente presentes en el debate público mientras otros parecen desvanecerse con una rapidez llamativa.

Cuando el pasado deja de incomodar

Ese olvido nunca es completamente neutro. La política también se beneficia, en ocasiones, de las lagunas de la memoria colectiva. Bildu forma hoy parte de la mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno y participa con absoluta normalidad en la negociación de algunas de las decisiones más importantes de la legislatura. Ésa es una realidad política que cada ciudadano valorará conforme a sus convicciones, pero resulta difícil ignorar que esa normalización se produce al mismo tiempo que disminuye el conocimiento social sobre lo que significó ETA.

No se trata de atribuir responsabilidades hereditarias ni de negar la evolución política de nadie. Una democracia debe ser capaz de integrar a quienes abandonan definitivamente la violencia y aceptan las reglas del Estado de Derecho. Lo que no debería hacer nunca es construir esa integración sobre la desmemoria. Porque una cosa es pasar página y otra muy distinta arrancarla del libro.

Cuando las nuevas generaciones dejan de saber quién fue Miguel Ángel Blanco, también resulta más sencillo contemplar el presente como si estuviera completamente desligado del pasado. Y esa desconexión acaba favoreciendo una lectura incompleta de nuestra propia democracia.

Lo que realmente nos recuerda Sistiaga

Quizá el mayor acierto del documental de Jon Sistiaga no sea reconstruir minuto a minuto aquellas cuarenta y ocho horas. Lo verdaderamente importante es la pregunta que deja flotando al terminar: ¿cómo es posible que uno de los acontecimientos que más transformó la historia reciente de España haya dejado de formar parte del conocimiento básico de tantos jóvenes?

Ésa debería ser la discusión. No por nostalgia, ni por revancha, ni para utilizar a las víctimas como argumento partidista. Sencillamente porque las democracias necesitan recordar aquello que puso en riesgo su propia existencia. La memoria no sirve para alimentar el resentimiento, sino para impedir que la banalización termine sustituyendo a la verdad.

Un país puede permitirse olvidar muchas cosas. Lo que no debería olvidar nunca es por qué hubo un tiempo en el que defender la libertad podía costar la vida. Porque cuando una democracia deja de recordar a quienes murieron por ella, empieza también a olvidar las razones por las que merece ser defendida.

Europa no salva la amnistía

Durante dos años el Gobierno intentó convencer a los españoles de que la amnistía era una política de Estado. La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea demuestra algo mucho más incómodo: Europa no ha querido asumir la responsabilidad de legitimar una ley que nació para garantizar una investidura. Porque la amnistía nunca fue un problema europeo.
FUENTE: EFE

La política democrática descansa sobre una regla elemental: las leyes sirven al interés general y no al interés particular de quienes las aprueban. Cuando esa frontera se desdibuja, el Derecho deja de actuar como límite del poder y comienza a convertirse en un instrumento a su servicio. Ese fue siempre el verdadero debate sobre la ley de amnistía y ese continúa siendo después del pronunciamiento del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Todo lo demás —las celebraciones oficiales, los titulares precipitados y la propaganda de unos y otros— pertenece al ruido de una política que hace tiempo sustituyó la explicación de sus decisiones por la fabricación de relatos que las justifiquen.

Durante los últimos dos años, el Gobierno construyó una narración cuidadosamente elaborada. La amnistía era presentada como una exigencia de convivencia, el último paso para normalizar la situación política en Cataluña y una decisión de Estado cuya legitimidad terminaría siendo confirmada por Europa. El independentismo añadió su propia versión: Luxemburgo acabaría corrigiendo a unos jueces españoles descritos como el último obstáculo para la plena eficacia de la ley. Parte de la oposición, por su lado, depositó en las instituciones europeas una esperanza inversa, confiando en que un tribunal supranacional hiciera aquello que las instituciones españolas no habían podido o no habían querido impedir.

Todos esperaban que Europa resolviera un problema que nunca fue europeo. Y precisamente ahí se encuentra la principal enseñanza de la sentencia. El Tribunal se pronuncia sobre aquello que pertenece a su competencia, delimita el alcance del Derecho de la Unión y evita asumir una responsabilidad que corresponde exclusivamente a España. No le compete decidir si un presidente del Gobierno puede negociar su investidura mediante una ley reclamada por quienes iban a beneficiarse de ella. Tampoco le corresponde determinar si esa operación respondió realmente a un interés general sobrevenido o a una necesidad parlamentaria inmediata. Luxemburgo puede pronunciarse sobre directivas, principios comunitarios e intereses financieros de la Unión. No puede transformar una transacción política en una política de Estado.

Un aval que deja intacto el verdadero problema

El Gobierno se apresuró a presentar la resolución como una consagración europea de la amnistía. La sentencia, sin embargo, dice bastante menos de lo que pretende el relato oficial. El Tribunal no afirma que la ley fortalezca el sistema constitucional español, ni que la intervención directa de sus beneficiarios en la negociación resulte irrelevante desde el punto de vista institucional. No resuelve si el principio de igualdad entre los españoles ha quedado preservado en toda su dimensión constitucional, ni entra en la legitimidad política de modificar las consecuencias jurídicas de unos hechos para obtener los votos de quienes los protagonizaron.

En materia de malversación, el razonamiento europeo se circunscribe a una cuestión concreta: si los hechos analizados presentaban un vínculo suficientemente directo con los intereses financieros de la Unión. La conclusión es negativa porque los recursos empleados eran fondos públicos españoles y no dinero procedente del presupuesto comunitario. El TJUE no declara que no hubiera malversación, no convierte en jurídicamente inocuo el empleo de recursos públicos para financiar el proceso separatista ni borra las responsabilidades que puedan derivarse en el ámbito interno. Se limita a sostener que esa conducta, en los términos planteados, no afectó a los intereses financieros europeos.

La diferencia es decisiva. Decir que unos hechos no perjudican directamente al presupuesto de la Unión no equivale a afirmar que no hayan perjudicado al patrimonio público español. Sin embargo, la propaganda gubernamental necesita confundir ambas cosas para presentar una delimitación competencial como una absolución política. Societat Civil Catalana ha llamado acertadamente la atención sobre este extremo: Luxemburgo no niega la posible existencia de malversación, sino únicamente su conexión directa con los recursos financieros de la Unión. La responsabilidad contable interna y el examen del destino de los fondos continúan perteneciendo a los órganos españoles.

La sentencia preserva, además, la capacidad de los jueces para aplicar la amnistía a cada supuesto concreto. La ley no produce por sí sola una extinción automática e indiferenciada de cualquier responsabilidad. Son los órganos jurisdiccionales quienes deben identificar los hechos, comprobar que concurren las condiciones establecidas por el legislador y determinar si opera alguna de las exclusiones previstas. También se impide que los plazos extraordinariamente breves fijados por la ley vacíen de contenido el mecanismo de la cuestión prejudicial o obliguen a cerrar procedimientos antes de que el Tribunal europeo haya podido responder. El legislador puede ordenar urgencia; no puede convertirla en un método para hacer inútil el control jurisdiccional.

La resolución tampoco modifica la situación de Carles Puigdemont. El Tribunal Supremo no se ha negado a aplicar la ley de amnistía, como repiten el Gobierno y el independentismo, sino que la ha interpretado. La discusión se concentra en la excepción relativa al enriquecimiento patrimonial en los delitos de malversación. Conforme a su doctrina, anterior a esta ley, quien utiliza dinero público para financiar una actividad que de otro modo habría debido sufragar con su propio patrimonio obtiene un beneficio económico, aunque no reciba materialmente ese dinero en una cuenta personal.

Puede discreparse de esa interpretación. Algunos juristas consideran que extiende excesivamente el concepto de enriquecimiento y que la ley quiso reservar la exclusión para supuestos de apropiación directa. Pero una discrepancia jurídica no autoriza a describir al Supremo como un poder insumiso ni permite afirmar que haya inventado una doctrina para impedir el regreso de Puigdemont. La interpretación ya existía y es sobre ella sobre la que se está aplicando la norma. El TJUE no la corrige porque la cuestión sometida a su consideración era otra. La situación procesal del expresidente catalán dependerá de las decisiones que adopten el Supremo y, en su caso, el Tribunal Constitucional. Luxemburgo no le ha expedido ningún pasaporte de regreso.

Más discutible resulta el razonamiento sobre los delitos de terrorismo. La sentencia merece respeto institucional, pero ese respeto no exige silenciar la baja calidad jurídica de algunos de sus argumentos. El Tribunal acepta que puedan ser amnistiados actos comprendidos en la normativa europea sobre terrorismo cuando no hayan causado intencionadamente graves violaciones de los derechos humanos. De este modo, el resultado producido se convierte en la frontera que separa el terrorismo amnistiable del que no puede serlo.

El problema es que el delito de terrorismo no se define esencialmente por el resultado final, sino por la naturaleza de los medios empleados y por la finalidad perseguida: intimidar gravemente a la población, obligar a los poderes públicos o alterar las estructuras constitucionales de un Estado. El resultado puede aumentar la gravedad de la conducta y modificar la pena, pero no transforma por sí mismo la naturaleza del delito. Cuando la ausencia de una grave violación efectiva de derechos humanos sirve para hacer amnistiable una conducta terrorista, se construye una categoría orientada menos a explicar coherentemente el tipo penal que a permitir la solución previamente buscada por la ley. Es una argumentación jurídica a favor de obra.

La Directiva europea exige que los Estados tipifiquen y castiguen esas conductas mediante sanciones eficaces, proporcionadas y disuasorias. El Tribunal reconoce que una amnistía limita la aplicación de esas sanciones, pero concluye que la Directiva no prohíbe expresamente los mecanismos nacionales de extinción de la responsabilidad penal y que, por tanto, no excluye la utilización de la amnistía. El silencio de la norma europea termina operando como autorización, mientras que la finalidad de reconciliación proclamada por el propio legislador español se acepta como justificación suficiente para el trato excepcional.

Algo semejante sucede con el principio de igualdad. El Tribunal considera que los delitos cometidos en el contexto del proceso independentista catalán no son comparables con hechos similares producidos en otros contextos porque la ley persigue específicamente la reconciliación de aquel conflicto. El razonamiento resulta circular: la finalidad particular de la ley justifica la diferencia de trato creada por esa misma ley. La singularidad política elegida por el legislador se convierte así en el argumento jurídico que permite excepcionar la aplicación general de las normas.

La cuestión que Luxemburgo no podía resolver

El centro del debate sigue siendo la naturaleza política de la amnistía. Puede discutirse la exactitud técnica del concepto de autoamnistía, pero difícilmente puede negarse la realidad que pretende describir. La ley fue negociada con quienes iban a resultar directamente beneficiados por ella y aprobada porque sus votos eran indispensables para la investidura. Aquello que el Partido Socialista había considerado incompatible con la Constitución antes de las elecciones pasó a ser presentado, apenas unos meses después, como una exigencia de convivencia democrática.

No fue una evolución doctrinal producida por una reflexión institucional prolongada. Fue una mutación política provocada por una aritmética parlamentaria. La necesidad de obtener siete votos transformó lo que hasta entonces se consideraba jurídicamente imposible en una política de Estado supuestamente imprescindible. Ninguna resolución europea puede borrar esa secuencia porque no pertenece al terreno del Derecho de la Unión. Pertenece al juicio político sobre el ejercicio del poder.

Tampoco puede olvidarse la naturaleza del conflicto que la amnistía pretende clausurar. En Cataluña no se produjo una mera discrepancia entre dos proyectos legítimos que buscaron una solución mediante los procedimientos constitucionales. Hubo un pronunciamiento de hechura decimonónica que utilizó las instituciones autonómicas, desobedeció las resoluciones judiciales y trató de segregar ilegalmente una parte del territorio nacional. No fue un proceso pacífico en el sentido institucional del término, aunque no alcanzara los niveles de violencia de otros conflictos históricos. Hubo coacción, intimidación, desobediencia organizada y utilización partidista de las estructuras públicas.

Convertir todo aquello en un conflicto entre sensibilidades equivalentes permite presentar la amnistía como reconciliación. Pero reconciliar no consiste en declarar retrospectivamente que la ruptura del orden constitucional fue sólo una manifestación política incomprendida. Una democracia puede aprobar una amnistía; lo que no debería hacer es falsear el significado de los hechos para justificarla.

Éste es el terreno en el que el TJUE se lava las manos, no necesariamente por cobardía, sino porque carece de competencia para entrar en él. Su prudencia jurisdiccional contrasta con la desmesura con la que la política española ha intentado utilizarlo. El Gobierno necesitaba un certificado europeo que disolviera el origen parlamentario de la ley. El independentismo esperaba una desautorización completa de los jueces nacionales. La oposición confiaba en que Europa reparase lo que no había podido frenar en España. Luxemburgo no satisface plenamente a ninguno porque el conflicto esencial no estaba en los Tratados.

La lección que España se resiste a aprender

Existe desde hace años una tendencia española a tratar Europa como un poder tutelar llamado a resolver nuestras crisis institucionales. Ocurrió con Estrasburgo y la doctrina Parot. Ocurre ahora con Luxemburgo y la amnistía. Cada vez que las instituciones nacionales afrontan un conflicto de gran trascendencia aparece la expectativa de que una jurisdicción europea dicte la solución definitiva y nos dispense de asumir nuestra propia responsabilidad.

Es una forma provinciana de entender Europa. La Unión no es una instancia superior encargada de corregir todas las debilidades constitucionales de sus miembros. Es una comunidad jurídica y política de competencias atribuidas, construida sobre los equilibrios que alcanzan los propios poderes nacionales. Puede disciplinar el ejercicio de determinadas competencias, garantizar la primacía del Derecho común y proteger los intereses de la Unión. No puede reemplazar la voluntad política que falta dentro de cada Estado ni proporcionar legitimidad retrospectiva a decisiones adoptadas por conveniencia parlamentaria.

Se puede tener poca fe en algunas de sus resoluciones y mantener, al mismo tiempo, una enorme esperanza en el proyecto europeo. Creer en Europa no obliga a convertir cada pronunciamiento de sus tribunales en una verdad política indiscutible. Tampoco permite esperar que sean sus jueces quienes defiendan por nosotros aquello que nuestras instituciones han renunciado a defender.

Pedro Sánchez obtuvo hace tiempo el resultado para el que la amnistía fue concebida: conservar la Presidencia del Gobierno. El proceso judicial posterior podrá delimitar su alcance, excluir determinados hechos, facilitar el regreso de algunos dirigentes o mantener las responsabilidades de otros. Pero ninguna de esas decisiones alterará el origen de la ley ni transformará la necesidad de una investidura en una razón de Estado.

La amnistía podrá superar recursos, cuestiones prejudiciales y futuras resoluciones. Lo que no podrá superar es el juicio histórico sobre una democracia que modificó su arquitectura jurídica para satisfacer una exigencia de poder y pidió después a Europa que llamara reconciliación a lo que había comenzado como una condición para gobernar. Luxemburgo puede decidir hasta dónde llega el Derecho de la Unión. La dignidad de las instituciones españolas, en cambio, sigue dependiendo exclusivamente de España.

El día que el enchufismo dejó de ser solo inmoral

La condena por el caso de David Sánchez trasciende los nombres propios. Si la sentencia no se modifica en instancias superiores, marcará un antes y un después: utilizar una Administración pública para «colocar» a una persona deja de ser únicamente una práctica censurable para convertirse también en una conducta con reproche penal.
FUENTE: EFE

España lleva demasiado tiempo conviviendo con una resignación peligrosa. Cada vez que aparecía un caso de enchufismo, la reacción era casi automática. Se criticaba el comportamiento, se denunciaba el favoritismo, se hablaba de ética pública y, unas semanas después, la conversación desaparecía hasta el siguiente escándalo. Como si el clientelismo fuera una enfermedad crónica de nuestra democracia frente a la que sólo cupiera la indignación periódica.

La sentencia conocida esta semana sobre David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno, introduce un elemento nuevo. No porque el condenado sea un familiar directo de Pedro Sánchez, ni porque las penas impuestas incluyan prisión, ya que no es el caso. Lo verdaderamente relevante es el mensaje jurídico que proyecta: cuando una Administración crea o utiliza una plaza pública para favorecer arbitrariamente a una persona determinada, el problema puede dejar de ser exclusivamente político para entrar en el ámbito del Derecho penal. La Audiencia Provincial de Badajoz le ha impuesto una pena de nueve años de inhabilitación por prevaricación administrativa, una resolución que todavía no es firme y que será recurrida.

Naturalmente, serán las instancias superiores quienes tengan la última palabra. Así funciona un Estado de Derecho. Pero incluso antes de que exista una sentencia firme, el caso obliga a plantear una reflexión que trasciende por completo este procedimiento. Porque el verdadero protagonista de esta historia no es David Sánchez, sino una forma de ejercer el poder que durante demasiado tiempo ha parecido formar parte del paisaje institucional español.

Una cultura demasiado tolerada

España nunca ha necesitado inventar el clientelismo. Lo ha perfeccionado durante décadas. Han cambiado los gobiernos, las mayorías parlamentarias y el color político de ayuntamientos, diputaciones o comunidades autónomas, pero determinadas prácticas han sobrevivido con una capacidad de adaptación extraordinaria. Plazas diseñadas para un candidato concreto, empresas públicas convertidas en refugios de afines, nombramientos donde el mérito parecía una formalidad y la proximidad política una garantía, convocatorias que nacían con nombre y apellidos antes incluso de publicarse.

No siempre era fácil demostrar que existía un delito. Muchas veces tampoco resultaba sencillo acreditar una arbitrariedad con relevancia penal. Pero eso no impedía que la percepción ciudadana fuera devastadora: demasiadas administraciones parecían funcionar como una prolongación del partido que gobernaba en lugar de actuar como instituciones al servicio de todos. Ésa ha sido una de las formas más persistentes de deterioro institucional de la democracia española.

Porque no hace falta desviar dinero público para debilitar un Estado. Basta con instalar la sospecha de que acceder a un empleo público depende menos del mérito y la capacidad que de los contactos adecuados.

La Administración no pertenece al Gobierno

Quizá el mayor daño del enchufismo ni siquiera sea económico. Es institucional. Cada vez que una plaza pública deja de responder a criterios objetivos, el Estado pierde una parte de su legitimidad y los ciudadanos dejan de competir en igualdad de condiciones. Poco a poco se abre paso la idea de que las reglas sólo funcionan para quienes no tienen padrinos y que el esfuerzo vale menos que la cercanía al poder.

Cuando eso ocurre, la Administración deja de percibirse como una estructura al servicio del interés general para convertirse en un instrumento de distribución de favores. Y ahí desaparece uno de los principios esenciales de cualquier democracia liberal: la separación entre partido y Estado. Los gobiernos administran temporalmente las instituciones; no son sus propietarios. Los recursos públicos no existen para premiar fidelidades personales ni para resolver compromisos políticos, sino para servir a los ciudadanos con criterios de objetividad, mérito y capacidad.

Por eso el enchufismo nunca ha sido una simple incorrección ética. Es una forma silenciosa de colonizar las instituciones.

Mucho más que un apellido

Habrá quien reduzca toda esta discusión al parentesco con el presidente del Gobierno. Sería un error. Precisamente porque el apellido convierte el caso de David Sánchez en noticia, conviene no perder de vista lo importante. Si mañana la sentencia queda confirmada, el precedente afectará a cualquier administración gobernada por cualquier partido. No será un problema exclusivo del PSOE, sino un aviso para cualquier responsable público que crea que puede utilizar la estructura administrativa para beneficiar discrecionalmente a personas de su entorno.

Ésa es la verdadera dimensión institucional del caso. La Justicia no estaría censurando una determinada ideología, sino una determinada manera de entender el ejercicio del poder. Y esa diferencia resulta decisiva porque transforma una práctica que durante años se consideró simplemente reprobable en una conducta susceptible de tener consecuencias penales.

El principio que estaba en juego

Durante demasiado tiempo el enchufismo se ha tratado como una patología inevitable de la política española. Algo censurable, sí, pero casi consustancial al ejercicio del poder. Generaba escándalo, ocupaba titulares durante unos días y terminaba diluyéndose en la sensación de que «siempre ha sido así». Esa resignación es probablemente uno de los mayores fracasos de nuestra cultura institucional.

Si esta resolución termina consolidándose en las instancias superiores, ese paradigma empezará a cambiar. No porque desaparezca el clientelismo de la noche a la mañana, sino porque quienes utilicen la Administración como una agencia de colocación política sabrán que el reproche ya no será únicamente mediático o electoral. También podrá ser penal.

Ésa es la verdadera trascendencia de esta sentencia. No la suerte procesal de David Sánchez, ni el desgaste político del Gobierno, sino el mensaje que proyecta sobre el funcionamiento del Estado. El mérito y la capacidad no son una recomendación constitucional ni una declaración de buenas intenciones. Son el fundamento sobre el que descansa la credibilidad de toda la Administración. Cuando ese principio se vulnera deliberadamente, no se deteriora únicamente una convocatoria pública. Se deteriora la confianza de los ciudadanos en las instituciones.

Y ésa es una factura que una democracia nunca debería acostumbrarse a pagar.

Dudas razonables que plantea la Ley de Nietos

La ampliación masiva de la nacionalidad española, el colapso de los consulados y la posible intervención de la Justicia europea en materia migratoria obligan a hacerse una pregunta: ¿está el Gobierno utilizando la nacionalidad y la inmigración como herramientas de estrategia política sin medir sus consecuencias institucionales?
FUENTE: EFE

Hay decisiones que transforman un país durante generaciones. No porque cambien un impuesto o modifiquen una prestación, sino porque alteran algo mucho más profundo: quién forma parte de la comunidad política. Quién pertenece al demos. Quién vota. Quién decide. Quién participa en el futuro colectivo de una nación.

La Ley de Memoria Democrática, a través de una disposición que se ha hecho conocida como ‘ley de nietos’, ha abierto la puerta a que cientos de miles de descendientes de españoles adquieran la nacionalidad. Al mismo tiempo, el Gobierno ha impulsado la mayor regularización extraordinaria de inmigrantes en situación irregular de las últimas décadas. Son medidas distintas, con fundamentos jurídicos diferentes y destinatarios completamente distintos. Pero ambas comparten un elemento esencial: amplían de forma muy significativa el cuerpo político del Estado.

Y esa circunstancia, por sí sola, merecería un debate nacional de enorme calado. Sin embargo, no lo ha habido. Como tantas otras decisiones trascendentales de esta legislatura, se ha preferido envolverlas en un relato moral donde cualquier crítica queda automáticamente reducida a una supuesta hostilidad hacia los emigrantes, los descendientes de españoles o los inmigrantes. Así resulta imposible discutir sobre instituciones, porque todo acaba convertido en un juicio de intenciones. Sin embargo, las democracias maduras no desconfían del debate, desconfían de quienes pretenden evitarlo.

Mucho más que conceder la nacionalidad

La primera cuestión que conviene despejar es una caricatura interesada. Nadie discute que España tenga una deuda histórica con parte de su emigración. Tampoco que muchos descendientes de españoles mantengan un vínculo familiar, cultural e incluso sentimental perfectamente legítimo con nuestro país.

La cuestión no es ésa. La cuestión es si una ampliación potencial del cuerpo electoral equivalente a la población de una comunidad autónoma puede aprobarse sin una reflexión institucional sobre sus efectos políticos, administrativos y constitucionales.

Porque adquirir la nacionalidad española no significa únicamente obtener un pasaporte europeo. Significa incorporarse plenamente al sujeto político que decide el rumbo del Estado. Significa votar en elecciones generales, europeas y, en determinados supuestos, autonómicas. Significa participar en decisiones sobre impuestos, pensiones, gasto público o reformas constitucionales.

No parece una cuestión menor y, sin embargo, el debate público ha sido sorprendentemente superficial.

El incentivo que nadie quiere discutir

Aquí aparece probablemente la cuestión central. No porque exista prueba alguna de que quienes obtengan la nacionalidad vayan a votar a un partido concreto. Sería una afirmación imposible de sostener, pero la política nunca legisla en el vacío.

Todo Gobierno conoce perfectamente las consecuencias políticas de ampliar el cuerpo electoral, igual que conoce las implicaciones de una reforma fiscal o de una modificación del sistema electoral. Negar esa evidencia sería ingenuo.

Precisamente por eso sorprende que una decisión de semejante magnitud haya sido presentada casi exclusivamente como un acto de reparación histórica, evitando cualquier discusión sobre sus efectos institucionales.

Las democracias no sólo deben ser imparciales, también deben parecerlo. Y cuando un Gobierno impulsa simultáneamente políticas que amplían el número potencial de futuros electores mientras atraviesa una de las mayores crisis de apoyo parlamentario de su historia, resulta perfectamente legítimo plantear preguntas. No acusaciones. Preguntas.

La transparencia no consiste únicamente en cumplir la ley. Consiste también en explicar por qué determinadas decisiones se adoptan en un determinado momento político.

El Estado que no estaba preparado

Existe además una consecuencia mucho más tangible. Los consulados españoles llevan meses completamente desbordados por el volumen de expedientes derivados de la Ley de Nietos. La Administración exterior acumula retrasos, listas de espera y una presión creciente que está desplazando recursos destinados a otras funciones esenciales.

No se trata simplemente de un problema burocrático. Es el síntoma de un modo de gobernar que se ha convertido en costumbre: primero se anuncia una medida de enorme impacto político. Después se improvisa la estructura necesaria para aplicarla. Más tarde llegan los refuerzos extraordinarios, las contrataciones temporales y las soluciones de urgencia.

Ya ocurrió con los fondos europeos, con el Ingreso Mínimo Vital, con buena parte de la política de vivienda… Ahora sucede también con la red consular.

Cada vez que la Administración pierde capacidad para absorber el volumen de trabajo aparecen riesgos evidentes para la seguridad jurídica, la calidad de los procedimientos y la confianza de los ciudadanos.

Europa empieza a mirar

Mientras tanto, otro frente empieza a abrirse en Luxemburgo. El Tribunal Supremo está valorando plantear una cuestión prejudicial ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre la compatibilidad de la regularización extraordinaria de inmigrantes con el Derecho comunitario. No supone que la medida sea ilegal ni tampoco anticipa cuál será el criterio del tribunal europeo.

Pero revela algo mucho más importante.

Los propios órganos jurisdiccionales españoles consideran que existen dudas jurídicas suficientemente relevantes como para consultar a la máxima instancia judicial de la Unión, y eso debería invitar a cierta prudencia.

Porque tanto la política migratoria como las normas sobre nacionalidad ya no pertenecen exclusivamente al ámbito interno de los Estados. Forman parte de un espacio jurídico europeo donde las decisiones nacionales producen efectos que trascienden las fronteras.

Gobernar también exige medir las consecuencias

Quizá el verdadero problema no sea la Ley de Nietos, ni siquiera la regularización extraordinaria. El problema es una forma de ejercer el poder que parece convencida de que cualquier decisión políticamente conveniente acaba encontrando después la forma de encajar administrativamente, constitucionalmente o incluso en el Derecho europeo.

Primero se anuncia, después se ejecuta, y sólo más tarde llegan las preguntas.

Pero hay decisiones que no admiten esa lógica. Porque modificar quién pertenece a la comunidad política de un país no es una política pública más. Es una de las decisiones más profundas que puede adoptar un Estado democrático.

Precisamente por eso merece algo más que un decreto, una campaña de comunicación o un debate reducido a consignas, merece explicaciones. Y, sobre todo, merece responder a todas las dudas razonables antes de pedir a los ciudadanos que simplemente confíen.

Un Congreso sin voz (ni voto)

El veto de la Mesa a una iniciativa impulsada por el PP y respaldada por Junts para reclamar elecciones anticipadas vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿dónde termina la voz parlamentaria y dónde empieza la protección política del Gobierno?
FUENTE: EFE

La noticia parece menor. Apenas una discusión procedimental más en una legislatura que lleva meses instalada en la excepcionalidad. Una enmienda rechazada. Una votación que no llegará a celebrarse. Un nuevo choque entre Gobierno y oposición; nada especialmente novedoso.

Y sin embargo, precisamente ahí reside el problema.

Porque lo relevante no es que el Congreso no vaya a votar si Pedro Sánchez debe convocar elecciones anticipadas. Lo relevante es que cada vez resulta más difícil distinguir si determinadas decisiones parlamentarias responden a criterios institucionales o a necesidades políticas del Ejecutivo.

La iniciativa nacía de una moción registrada por el Partido Popular sobre la situación política del Gobierno. Sobre ella, Junts presentó una enmienda para que el Congreso instara a Sánchez a disolver las Cortes y convocar elecciones. Posteriormente, el propio PP registró otra enmienda prácticamente idéntica. Ambas fueron inadmitidas por la Mesa gracias a la mayoría de PSOE y Sumar.

La justificación oficial es conocida. La convocatoria de elecciones constituye una prerrogativa exclusiva del presidente del Gobierno y ninguna cámara parlamentaria puede sustituirle en esa decisión. Jurídicamente, el argumento tiene fundamento. Nadie discute que la facultad de disolver las Cortes corresponde al jefe del Ejecutivo, pero tampoco era eso lo que planteaba la iniciativa.

Y ése es precisamente el detalle que convierte este episodio en algo más interesante de lo que parece.

Una votación sin efectos jurídicos

La enmienda de Junts estaba redactada precisamente para intentar sortear esa objeción. El texto reconocía expresamente que la convocatoria electoral seguía siendo competencia exclusiva del presidente y subrayaba el carácter político y no vinculante de la iniciativa. Lo que pretendía era que el Congreso se pronunciara. Nada más y nada menos.

Naturalmente, una votación así no habría obligado a Sánchez a hacer absolutamente nada. Las elecciones seguirían dependiendo exclusivamente de su voluntad y, por tanto, la legislatura seguiría viva.

La Constitución seguiría intacta.

Pero habría producido algo que en estos momentos parece más temido que una derrota parlamentaria: una fotografía política.

Porque la imagen de una parte de la mayoría de investidura apoyando una petición de elecciones habría sido devastadora para el relato de estabilidad que La Moncloa intenta sostener desde hace meses.

Y es ahí donde aparece la duda razonable; no sobre la constitucionalidad de la iniciativa, sino sobre las razones reales que explican su bloqueo.

La transformación silenciosa de la Mesa

Durante décadas la Mesa del Congreso fue un órgano esencialmente administrativo: ordenaba debates, calificaba escritos y garantizaba el funcionamiento de la Cámara. Sus decisiones podían generar controversias puntuales, pero rara vez ocupaban el centro de la discusión política. Eso ha cambiado.

La actual legislatura ha convertido a la Mesa en uno de los actores más relevantes del sistema institucional. No porque sus competencias hayan aumentado, sino porque su capacidad para condicionar el ritmo parlamentario se ha vuelto decisiva.

Ampliaciones sucesivas de plazos, iniciativas paralizadas durante meses, leyes retenidas en trámites previos, conflictos con textos procedentes del Senado y recursos que han terminado llegando al Tribunal Constitucional han ido construyendo una sensación cada vez más extendida: la de que la Mesa ya no se limita a ordenar el debate político, sino que empieza a influir sobre su propia existencia.

El problema no es jurídico. Es institucional.

Porque una democracia parlamentaria funciona sobre una premisa muy sencilla. Las mayorías sirven para ganar votaciones. Cuando empiezan a utilizarse para impedir que ciertas votaciones lleguen siquiera a celebrarse, la discusión cambia de naturaleza.

Ya no trata sobre quién tiene más apoyo, trata sobre quién decide qué puede discutirse.

La paradoja de la mayoría

Lo más llamativo de todo es que el Gobierno probablemente habría sobrevivido sin demasiados problemas a esa votación.

Sánchez ya ha repetido en numerosas ocasiones que piensa agotar la legislatura hasta 2027. La iniciativa carecía de efectos vinculantes. Incluso aunque hubiera prosperado, nada habría cambiado desde el punto de vista institucional.

Precisamente por eso el veto resulta tan significativo. Porque transmite la sensación de que el Ejecutivo ya no se conforma con ganar las votaciones importantes. Necesita evitar también aquellas cuyo único efecto sería evidenciar su creciente debilidad parlamentaria.

Eso revela contradicciones difíciles de ignorar: un Gobierno convencido de su fortaleza no suele temer debates simbólicos; un Gobierno convencido de su mayoría no necesita impedir determinadas fotografías; y un Gobierno seguro de sí mismo deja que las votaciones se celebren y después las gana.

El precedente

Quizá dentro de unos meses nadie recuerde esta iniciativa. Probablemente no alterará el rumbo de la legislatura. Tampoco decidirá unas elecciones.

Pero sí encaja en una tendencia más amplia; la de unas instituciones que progresivamente parecen orientadas a proteger la continuidad del Gobierno antes que a garantizar el pleno funcionamiento de los mecanismos de control parlamentario.

La degradación institucional rara vez comienza con grandes rupturas constitucionales. Lo habitual es algo mucho más discreto, las normas siguen existiendo, los procedimientos permanecen intactos, las formas se respetan… Lo único que cambia es el propósito con el que se utilizan.

Esa es la sospecha que empieza a extenderse sobre la Mesa del Congreso, o que esté vulnerando abiertamente la ley. Algo potencialmente más preocupante para un sistema parlamentario: que esté dejando de parecer neutral.

Porque cuando el Parlamento pierde incluso la capacidad de pronunciarse sobre la continuidad de una legislatura, la cuestión ya no es si habrá elecciones antes o después.

La cuestión es qué papel le queda al Congreso cuando el Gobierno empieza a sentirse más cómodo administrando los debates que afrontándolos.

¿Quién controla la puerta de entrada?

La macroconvocatoria de jueces y fiscales reabre un debate que va mucho más allá de las oposiciones. El problema no es una figura jurídica que existe desde hace décadas. El problema es la creciente desconfianza sobre quién decide, cómo decide y para qué decide en un momento de deterioro institucional evidente.
FUENTE: EFE

El Gobierno presentó esta semana la mayor convocatoria de jueces y fiscales de la historia: 700 plazas en total, de las cuales 575 corresponden al acceso tradicional por oposición y 125 al denominado cuarto turno para juristas con más de diez años de ejercicio profesional.

La reacción fue inmediata. En redes sociales, medios jurídicos y asociaciones profesionales volvió a aparecer una palabra que lleva meses instalada en el debate sobre la Justicia española: control.

Y aquí conviene empezar por una precisión importante. Porque una parte de la discusión pública está siendo deliberadamente simplificada.

El cuarto turno no es una invención reciente. No nace con Félix Bolaños. No aparece ahora para beneficiar a nadie en concreto. Está previsto desde hace décadas en la Ley Orgánica del Poder Judicial y responde a una lógica perfectamente razonable: permitir el acceso a la magistratura de abogados, profesores universitarios, letrados o juristas de reconocida trayectoria profesional que puedan aportar experiencia acumulada fuera de la carrera judicial ordinaria.

La existencia del mecanismo no es el problema, la pregunta relevante es otra: ¿Por qué una figura jurídica perfectamente normal genera hoy semejante nivel de sospecha?

La confianza es el verdadero asunto

La respuesta tiene poco que ver con las oposiciones y mucho con el contexto político.

Las instituciones no funcionan únicamente por lo que dicen las leyes. Funcionan también por la confianza que generan quienes las aplican. Y en España esa confianza lleva años deteriorándose.

El ciudadano medio observa cómo el Tribunal Constitucional corrige o avala decisiones de enorme trascendencia política con mayorías cada vez más previsibles. Observa cómo la renovación de los órganos judiciales se convierte en negociación partidista. Observa cómo ministros, diputados y dirigentes políticos cuestionan públicamente resoluciones judiciales cuando les resultan incómodas. Incluso la presidenta del Tribunal Supremo y del CGPJ, Isabel Perelló, ha advertido recientemente sobre presiones incompatibles con un Estado de Derecho.

En ese clima, cualquier modificación relacionada con el acceso a la judicatura deja de analizarse técnicamente y empieza a interpretarse políticamente.

No porque necesariamente exista una operación de control, sino porque una parte creciente de la sociedad considera plausible que pudiera existir. Y cuando una democracia alcanza ese punto, el problema ya no es jurídico. Es institucional.

El precedente europeo que nadie debería ignorar

La experiencia comparada ofrece una lección bastante clara: los procesos de deterioro institucional rara vez comienzan con ataques frontales a la independencia judicial. Normalmente llegan revestidos de modernización, eficiencia, democratización o necesidad de adaptación.

Ocurrió en Hungría. Ocurrió en Turquía. Ocurrió en Venezuela. Siempre con matices distintos y en contextos diferentes, pero siguiendo un patrón parecido: modificar gradualmente los mecanismos de selección, promoción o supervisión de jueces hasta generar una dependencia creciente respecto del poder político.

España está infinitamente lejos de esos escenarios, pero precisamente por eso conviene hablar de ellos antes de llegar. Las democracias sólidas no esperan a que aparezca el problema para proteger sus contrapesos. Lo hacen cuando todavía funcionan.

El error de los dos relatos

El debate actual se ha instalado en dos caricaturas igualmente inútiles.

La primera sostiene que cualquier modificación impulsada por el Gobierno forma parte de una estrategia deliberada para colonizar la Justicia.

La segunda afirma que toda preocupación sobre la independencia judicial es simple resistencia corporativa o conservadurismo disfrazado.

Ninguna de las dos explicaciones resulta satisfactoria.

La convocatoria publicada esta semana responde también a una necesidad objetiva. España arrastra déficits estructurales de jueces y fiscales, elevados niveles de litigiosidad y problemas de saturación en numerosos órganos judiciales. La ampliación de plantillas es una demanda ampliamente compartida.

Pero reconocer esa necesidad no obliga a ignorar una realidad igualmente evidente: la confianza institucional se ha erosionado de forma significativa durante los últimos años.

Y cuando eso ocurre, las reformas dejan de medirse únicamente por sus intenciones declaradas. Empiezan a medirse por los incentivos que generan y por las garantías que ofrecen frente a posibles abusos futuros.

La cuestión de fondo

Quizá el problema no sea el cuarto turno, quizá tampoco sea esta convocatoria concreta, quizá el problema sea algo mucho más profundo…

Durante años la política española ha normalizado la ocupación partidista de espacios que deberían inspirar neutralidad. Empresas públicas, organismos reguladores, instituciones independientes, medios públicos, fiscalías, tribunales constitucionales o consejos de administración han terminado atrapados en una lógica de bloques donde cada nombramiento se interpreta como una victoria política.

Cuando eso sucede durante demasiado tiempo, la sospecha acaba contaminándolo todo. Incluso aquello que podría tener una justificación perfectamente razonable. Por eso el debate de esta semana no trata realmente sobre oposiciones; trata sobre confianza.

Y la confianza institucional es uno de esos bienes que tardan décadas en construirse y apenas unos años en deteriorarse.

La independencia judicial no desaparece el día que deja de existir. Empieza a desaparecer el día que una parte significativa de los ciudadanos deja de creer en ella. Esa es la frontera que una democracia inteligente nunca debería permitirse cruzar.

La moción imposible y el largo desgaste de Sánchez

Mientras la corrupción ocupa el centro de la conversación pública, parte de la oposición vuelve a refugiarse en la tentación de una moción de censura. El problema es que no existen los números, no existe una mayoría alternativa y, sobre todo, no existe ningún incentivo para que quienes sostienen a Sánchez derriben ahora el sistema que les ha otorgado más poder que nunca.
FUENTE: EFE

La política española atraviesa uno de esos momentos en los que la ansiedad amenaza con imponerse al análisis. Las investigaciones judiciales, las declaraciones de testigos, el deterioro institucional y la sensación de agotamiento que rodea al Gobierno han generado una presión creciente sobre Pedro Sánchez. Y precisamente por eso ha reaparecido una vieja tentación: la moción de censura.

La propuesta tiene algo de acto de purificación colectiva. Como si bastara con registrar una iniciativa parlamentaria para limpiar el ambiente político, devolver la dignidad a las instituciones y ofrecer una salida inmediata a una legislatura cada vez más erosionada. El problema es que la política no funciona como la literatura moral. Las mociones de censura no sirven para expresar estados de ánimo. Sirven para sustituir gobiernos. Y hoy no existe ninguna mayoría capaz de hacerlo.

Por eso la discusión resulta tan llamativa. España vive probablemente la mayor crisis política del sanchismo desde su llegada al poder y, sin embargo, buena parte del debate gira alrededor de una herramienta que carece de recorrido práctico. Es una paradoja profundamente española: cuanto más grave parece el problema, más energía se dedica a soluciones imposibles.

El muro que Sánchez construyó sigue intacto

La principal fortaleza del presidente no es ya su Gobierno. Tampoco su partido. Ni siquiera su popularidad. Su principal fortaleza es la aritmética parlamentaria que construyó durante los últimos años.

Porque mientras la conversación pública se concentra en los escándalos, la estructura política que sostiene al Ejecutivo permanece prácticamente inalterada. Los socios independentistas continúan obteniendo concesiones. Los nacionalistas siguen acumulando influencia. La izquierda alternativa mantiene posiciones institucionales que desaparecerían con un cambio de mayoría.

En esas condiciones, plantear una moción de censura equivale a pedir a todos los beneficiarios del actual sistema que voten contra sus propios intereses.

No existe ninguna evidencia de que ERC quiera facilitar un gobierno alternativo. Tampoco Junts. Mucho menos Bildu o el PNV. Al contrario: buena parte de las negociaciones que hoy ocupan la agenda política —la financiación singular catalana, los acuerdos competenciales o las transferencias pendientes— dependen precisamente de que Sánchez continúe en La Moncloa.

La realidad es mucho más sencilla que la épica parlamentaria. Quienes han obtenido más poder con Sánchez difícilmente serán quienes provoquen su caída.

La tentación de la política simbólica

Eso no significa que la oposición carezca de argumentos. Significa que corre el riesgo de confundir la denuncia con la estrategia.

Una moción condenada al fracaso puede generar titulares durante unos días. Puede movilizar a los convencidos. Puede incluso ofrecer una imagen de iniciativa política. Pero también puede producir el efecto contrario: reforzar a un Gobierno que necesita desesperadamente cambiar de conversación.

No sería la primera vez que sucede. La historia parlamentaria española está llena de iniciativas concebidas para desgastar al adversario que terminaron permitiéndole reagruparse. Cuando una operación nace sin posibilidad matemática de éxito, el riesgo de convertirse en un simple espectáculo es enorme.

Y además existe otro problema más profundo. Cada semana dedicada a discutir una moción inviable es una semana menos dedicada a explicar por qué la situación política ha llegado hasta aquí. La corrupción deja de ocupar el centro del escenario y la atención se desplaza hacia una batalla parlamentaria cuyo desenlace conocen todos antes incluso de empezar.

La oposición gana ruido. El Gobierno gana tiempo.

El desgaste verdadero está en otro lugar

La paradoja del momento actual es que Sánchez parece más débil políticamente de lo que indican los números del Congreso y más fuerte parlamentariamente de lo que sugiere el deterioro de su imagen.

La legislatura muestra signos evidentes de agotamiento. La ausencia de Presupuestos, las dificultades para aprobar reformas, la creciente dependencia de acuerdos bilaterales con los socios nacionalistas y la acumulación de escándalos han erosionado el relato gubernamental. Pero ninguna de esas dificultades altera todavía la mayoría que sostiene al Ejecutivo.

Por eso el verdadero desafío para Sánchez no está en una hipotética moción de censura. Está en el paso del tiempo.

Cada mes adicional aumenta el desgaste institucional. Cada negociación extraordinaria encarece el precio de la supervivencia parlamentaria. Cada nueva polémica agrava la percepción de un poder que dedica más energía a resistir que a gobernar.

Y ése es precisamente el motivo por el que la impaciencia puede convertirse en un error estratégico para sus adversarios.

La política tiene sus tiempos

Existe una diferencia fundamental entre una crisis política y una caída política. La primera puede durar meses o incluso años. La segunda suele producirse de manera abrupta, cuando las condiciones que la hacían posible se agotan de golpe.

Hoy Sánchez atraviesa una crisis evidente. Lo que todavía no existe es una mayoría alternativa que permita convertir esa crisis en una sustitución inmediata del Gobierno.

Por eso la moción de censura se parece más a una válvula emocional que a una solución real. Permite expresar indignación, pero no resolver el problema. Permite escenificar una ruptura, pero no construir una alternativa.

Y quizá ahí resida la principal enseñanza de este momento político. No todas las crisis se solucionan acelerando los acontecimientos. Algunas se resuelven dejando que el propio desgaste haga su trabajo.

Porque la triste realidad para el PSOE es que cuanto más se prolongue esta situación, más difícil será reconstruir su posición política. Y la triste realidad para Sánchez es aún más simple: puede sobrevivir a una moción de censura imposible, pero resulta mucho más complicado sobrevivir indefinidamente al desgaste de la realidad.

La cuestión ya no es cuánto puede resistir el Gobierno. La cuestión es cuánto puede resistir el sistema político construido para sostenerlo. Y ésa es una pregunta mucho más incómoda que cualquier moción condenada a perderse en una tarde parlamentaria.

¿Preocupación institucional o instinto de supervivencia?

Cada vez más alcaldes y dirigentes territoriales socialistas reclaman que las elecciones generales se celebren antes que las municipales y autonómicas de 2027. La petición se presenta como una respuesta al desgaste del Gobierno, pero también revela una tensión más profunda: hasta qué punto las estructuras locales del PSOE temen convertirse en las principales víctimas electorales del sanchismo cuando llegue la hora de las urnas.
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Durante las últimas semanas ha empezado a aflorar una tensión cada vez menos disimulada dentro del PSOE. Alcaldes, dirigentes provinciales y algunos líderes territoriales vienen reclamando que las próximas elecciones generales se celebren antes que las municipales y autonómicas previstas para mayo de 2027. No es una posición aislada ni marginal. Desde dirigentes históricos como Emiliano García-Page hasta alcaldes con peso orgánico llevan meses deslizando el mismo mensaje: el calendario electoral puede ser decisivo para la supervivencia de buena parte del poder territorial socialista.

La pregunta interesante no es si lo están pidiendo. Lo están pidiendo. La cuestión verdaderamente relevante es otra: ¿lo hacen por responsabilidad política ante la situación que atraviesan el Gobierno y el partido o simplemente porque quieren salvar sus propios ayuntamientos?

La respuesta probablemente no sea tan sencilla como les gustaría a unos y otros.

El miedo existe y tiene fundamentos

Resulta difícil negar que existe una preocupación real en numerosos cuadros territoriales socialistas. El deterioro político del Gobierno, la acumulación de escándalos, las investigaciones judiciales, las tensiones con los socios parlamentarios y el desgaste natural de una legislatura larga han generado inquietud incluso dentro de sectores tradicionalmente leales a Pedro Sánchez. Algunos militantes y cargos locales han llegado a pedir públicamente una transición ordenada en el liderazgo socialista.

Desde esta perspectiva, quienes reclaman adelantar las generales podrían argumentar que el problema no es únicamente electoral. Podrían sostener que la situación política se ha deteriorado hasta el punto de exigir una clarificación democrática. Que una legislatura sostenida sobre una mayoría cada vez más fragmentada y dependiente de pactos complejos necesita volver a contrastarse con las urnas.

Esa interpretación existe y sería un error descartarla por completo, pero tampoco parece suficiente para explicar lo que está ocurriendo.

La lógica municipal apunta en otra dirección

La política local tiene una característica que la hace especialmente sensible a los ciclos nacionales: los alcaldes suelen ser los últimos en abandonar el barco porque son también los primeros en sufrir las consecuencias de una mala marca nacional.

Los dirigentes municipales conocen perfectamente este mecanismo. Saben que una parte importante de su electorado distingue entre el alcalde y las siglas, pero también saben que cuando la marca entra en crisis esa separación tiene límites. Por eso el temor al llamado «superdomingo» electoral se ha extendido con tanta rapidez dentro del PSOE.

La preocupación es bastante transparente. Si las municipales coinciden con el momento de mayor desgaste nacional del partido, muchos alcaldes pueden acabar pagando en sus ayuntamientos decisiones tomadas a cientos de kilómetros de distancia.

En otras palabras: buena parte del municipalismo socialista teme convertirse en daño colateral. Y eso tiene mucho más que ver con la supervivencia política que con la teoría constitucional.

El conflicto de fondo es entre Ferraz y el territorio

Lo que aflora detrás de este debate es una vieja tensión de los partidos de gobierno: la diferencia entre quien controla el aparato nacional y quien administra poder territorial.

Para La Moncloa, aguantar hasta el final de la legislatura puede tener sentido. Cada mes adicional permite gestionar recursos, aprobar medidas, negociar alianzas y mantener la iniciativa institucional.

Para muchos alcaldes, sin embargo, cada mes adicional puede significar más desgaste acumulado.

Los incentivos son distintos. Cuando García-Page advertía hace meses que no podía hundirse «toda la infantería para que siga existiendo el cuartel general», estaba describiendo precisamente esa fractura.

La cuestión no es si el PSOE debe resistir. La cuestión es quién asume el coste de esa resistencia.

El problema para Sánchez

Aquí aparece una paradoja interesante: si los alcaldes tienen razón y el desgaste nacional amenaza seriamente al PSOE municipal, adelantar las generales podría permitir una cierta recomposición antes de las elecciones locales.

Pero si Sánchez aceptara ese razonamiento estaría reconociendo implícitamente algo que lleva meses negando: que el principal problema electoral del PSOE ya no está en la oposición, sino en el propio Gobierno.

Y ésa es una admisión políticamente muy costosa. Por eso resulta difícil imaginar que las presiones territoriales vayan a modificar fácilmente el calendario previsto.

Una discusión menos noble de lo que parece

La política suele disfrazar de principios lo que muchas veces son simples incentivos.

Seguramente hay alcaldes socialistas sinceramente preocupados por el deterioro institucional, por la situación del partido o por la imagen que proyecta el Gobierno. Sería absurdo pensar que todo responde exclusivamente al cálculo personal.

Pero también sería ingenuo ignorar que la inmensa mayoría de esas voces han empezado a elevar el tono precisamente cuando se acerca un ciclo electoral en el que ellos mismos se juegan el cargo.

Por eso la pregunta no admite una respuesta absoluta. No parece ser sólo preocupación por España; tampoco parece ser sólo conservación del sillón.

Lo que probablemente estamos viendo es algo mucho más humano y mucho más político: dirigentes que empiezan a preguntarse cuánto tiempo más pueden seguir defendiendo una estrategia nacional cuyos costes ya están llegando a la puerta de sus propios ayuntamientos. Y cuando eso ocurre, la lealtad orgánica suele empezar a competir con el instinto de supervivencia.

Sánchez se queda solo con Sánchez

El PSOE firma otro hundimiento territorial y María Jesús Montero queda políticamente abrasada. Pero el presidente del Gobierno sale de Andalucía con algo que valora más que una victoria: más control interno, una derecha dependiente de Vox y el partido cada vez más sometido a su estrategia nacional.
FUENTE: EFE

Durante décadas, ganar Andalucía no era simplemente una victoria electoral para el PSOE. Era una forma de legitimidad. Era demostrar que el socialismo seguía conectado con la España trabajadora, con la España de las clases medias, con la España que aún asociaba al partido con movilidad social, estabilidad institucional y cierta idea de progreso colectivo. Hoy queda poco de aquello. Lo que anoche se confirmó no fue únicamente una derrota electoral. Fue el cierre, probablemente definitivo, de una época.

Nadie en La Moncloa reconocerá hoy en público la dimensión política de la derrota. Pero el golpe es severo. El PSOE andaluz ha vuelto a tocar suelo histórico con 28 escaños, perdiendo de nuevo representación y quedando muy lejos de cualquier posibilidad real de disputar el poder. El PP de Juanma Moreno gana con claridad, aunque pierde la mayoría absoluta y se queda en 53 diputados, obligado otra vez a mirar a Vox, que sube hasta los 15 escaños. La izquierda alternativa, además, conserva y amplía espacios propios, consolidando la fragmentación del electorado progresista. Los números son malos. Pero la lectura política es todavía peor.

María Jesús Montero no sólo ha perdido. Ha quedado políticamente dañada en el territorio que debía relanzarla. Y eso tiene una lectura inmediata: el proyecto de Sánchez vuelve a fracasar cuando se somete a examen territorial fuera de sus enclaves parlamentarios naturales. Ya ocurrió en Extremadura. Después en Aragón. Más tarde en Castilla y León. Ahora Andalucía confirma el patrón.

Pero sería un error interpretar la noche sólo como una derrota socialista. Porque, paradójicamente, el resultado también fortalece a Pedro Sánchez.

Montero cae porque era Sánchez

Todo el mundo sabía que Montero era una candidata difícil. Su perfil estaba asociado a demasiadas cosas al mismo tiempo: al viejo aparato andaluz, a la disciplina sanchista, a la gestión de Hacienda y, sobre todo, a la política de concesiones al independentismo que tan mal digiere una parte sustancial del electorado del sur.

Montero no era simplemente una ministra con proyección nacional bajando a pelear unas autonómicas. Era la encarnación política de una etapa. La dirigente que ha defendido una financiación territorial asimétrica mientras invocaba la igualdad entre españoles. La ministra que ha convertido el lenguaje económico en propaganda política. La portavoz más eficaz de una cultura de partido en la que el mérito hace tiempo dejó de ser tan importante como la utilidad para el líder.

Por eso la derrota no puede desligarse de Sánchez. Montero no representaba una alternativa al presidente. Era el presidente traducido al acento andaluz y los votantes lo entendieron perfectamente.

Cada derrota territorial deja menos partido y más líder

Hace no tantos años, un resultado así habría abierto una crisis interna de enormes dimensiones. Andalucía no es una federación cualquiera dentro del PSOE. Históricamente ha sido una de las estructuras más poderosas, más autónomas y más capaces de discutir decisiones de la dirección federal. Hoy ocurre exactamente lo contrario.

Lo que estamos viendo desde hace meses es un patrón cada vez más evidente. Ocurrió en Extremadura. Después en Aragón. Más tarde en Castilla y León. Ahora Andalucía. Cada derrota territorial no está erosionando realmente a Pedro Sánchez. Está eliminando, una a una, todas las estructuras internas que podrían ejercer algún tipo de contrapoder.

Cada barón que cae deja menos autonomía orgánica. Cada aparato debilitado deja menos discusión interna. Cada fracaso electoral concentra más capacidad de decisión en La Moncloa.

La paradoja es brutal, pero políticamente eficaz: el PSOE pierde territorios, pierde implantación y pierde prestigio institucional, pero Sánchez sigue ganando partido.

Moreno gana… pero tampoco del todo

La otra lectura importante de la noche está en el PP. Juanma Moreno vuelve a demostrar que sigue siendo uno de los dirigentes autonómicos más sólidos del centro-derecha español. Gana con claridad y mantiene Andalucía como principal bastión territorial del partido. Pero no logra cerrar del todo la partida.

La pérdida de la mayoría absoluta obliga otra vez a depender de Vox. Y eso tiene consecuencias nacionales que van mucho más allá de Sevilla. Porque el escenario ideal para Sánchez nunca ha sido derrotar al PP. Su escenario ideal siempre ha sido otro: que el PP necesite a Vox para gobernar.

Mientras esa dependencia exista, el presidente puede seguir construyendo el mismo relato. Puede seguir presentándose como el último muro frente a los extremos, aunque lleve años dependiendo de fuerzas que han cuestionado la unidad del Estado, la independencia judicial o incluso algunos consensos básicos de la Transición.

Moreno gana la elección. Pero Sánchez conserva el marco político.

El verdadero mensaje de Andalucía

La jornada deja una lección mucho más profunda que un simple reparto de escaños: el PSOE sigue perdiendo arraigo donde antes construía identidad, sus estructuras territoriales se debilitan, sus referentes autonómicos caen, sus candidaturas pierden credibilidad incluso en plazas históricas, y, sin embargo, Pedro Sánchez sale de cada derrota más fuerte dentro del partido que antes de sufrirla.

Montero probablemente firmó anoche el final de su recorrido electoral. Pero Sánchez ha vuelto a demostrar algo mucho más inquietante: que ha construido un partido donde perder elecciones ya no genera debate, sino obediencia.

Y cuando un líder consigue eso, el problema deja de ser electoral. El problema empieza a ser institucional.