Albares y la banalización del mal

El habitualmente exultante ministro de Asuntos Exteriores español, Sr. Albares, ha contestado a la pregunta sobre «si Venezuela era una dictadura», que él «no era un politólogo para avanzar definiciones sobre los sistemas de otros países». También ha dicho campanudo, y como a punto de recibir una descarga de felicidad (que es como vive), que no ve responsable reconocer a González Urrutia como presidente de Venezuela.

FUENTE: EFE

De la misma forma ha vuelto a pedir, como una salmodia aprendida, que Maduro debe hacer públicas las actas electorales. A veces los vestigios de la dignidad se defienden mejor con el silencio. Albares hablando nos muestra su catadura moral e incapacidad política. Las actas, semanas después de las elecciones, ya ungido Maduro por sus zelotes y confirmado por su brazo de hierro judicial, no tienen ningún valor.

La única referencia que tenemos son las mostradas por la oposición y son las únicas legítimas. Pedir las actas hoy es darle aire al dictador. No le pido que se comporte con el desabrido coraje de Juan Pablo de Lojendio, embajador español con Castro.

Pero no nos contamine con su inmoralidad. Más irresponsable que reconocer a González Urrutia fue la clausura de nuestra embajada en Argentina, que a día de hoy debe seguir sirviendo a las telarañas. Señor Albares: un líder político que no reconoce el resultado electoral es un tirano. Un líder que reprime a la oposición es un dictador. Venezuela hoy es una dictadura sin excusas ni paliativos.

A veces prefiero la indignidad del silencio al desahogo de quién carece de principios y nos muestra en tiempo y hora aquello de la » banalidad del mal».

Esto es insoportable. Convoque ya elecciones

El espectáculo que están dando hoy los independentistas en Barcelona es vergonzoso. Nos convierte en un país bananero y triste. Supone el final de un periodo que nació en 1978. Es bochornoso también para los ciudadanos que respetan las leyes y no renuncian al ejercicio pleno de su ciudadanía.

Por Nicolás Redondo Terreros, presidente de la Fundación para la Libertad

FUENTE: EFE

Hoy hemos vuelto a ser una lamentable excepción en Europa. El circo de cuarta división que ha protagonizado Puigdemont y sus allegados, entre ellos los dirigentes de ERC que acaban de suscribir un ignominioso pacto con los socialistas catalanes convalidado por la ejecutiva federal del PSOE, nos devuelve a la España de «charanga y pandereta, de espíritu burlón y alma quieta» excéntrica y retrasada. Es como si una justicia poética, por encima de designios y voluntades, nos devolviera la peor España justamente en Barcelona, lugar que fuera epítome de la modernidad y el europeísmo.

Sabíamos la tendencia al sacrificio simbólico de los soberanistas que siempre han preferido una buena derrota a las victorias ganadas día a día en las que se basan los países prósperos y modernos. Sabíamos que esta escena sacrificial la ha venido soñando Puigdemont durante los últimos años. ¿Cómo desdeñar un calvario liviano y breve rodeado de multitudes que después se irían a comer para culminar el día festivo que les ofrecía su presidente en el exilio?

Pero no nos engañemos. Nada de lo que ha ocurrido hoy en Barcelona habría ocurrido sin el amparo y la colaboración activa de los socialistas y el Gobierno de España volviendo a abdicar de sus atribuciones más trascendentes retirando a los servicios de información de Cataluña. Aquel partido moderno, fuerte, en ocasiones pretencioso, ha devenido en un partido trasnochado, sin principios que defender, capaz de justificar todo con tal de que Sánchez siga bajo el palio de la presidencia. El paso de un partido institucional a una organización política desconcertante y gamberra.

Sin el insaciable apetito por el poder de Sánchez, nada de lo que ha sucedido durante los últimos años habría sido posible. Dinamitaron el Código Penal para excarcelar a parte de los protagonistas del golpe de estado que intentaron los independentistas. Rectificaron al Tribunal Supremo para mantenerse en el gobierno durante la legislatura pasada, dejando claro que la justicia no es igual para todos. En esta nueva legislatura, los socialistas de Sánchez han pedido perdón en nombre de todos los españoles por el golpe de Estado que dieron los independentistas. Y ahora, como no era suficiente, ofrecen a los independentistas la soberanía fiscal a costa de hacer añicos los principios de igualdad y solidaridad tan mencionados como desdeñados por estos jóvenes insaciables.

De Puigdemont, de Junqueras, de Illa, no esperaba nada. Pero lo que más me ha sorprendido durante estos años es la facilidad con la que Sánchez ha pervertido lo más nuclear y sagrado, primero del PSOE y luego de la España constitucional. En otras circunstancias bien distintas Arendt habló de la banalidad del mal, y en estos tiempos hemos visto cómo el silencio, la colaboración de personas que parecían intachables, ha sido imprescindible para lograr el destrozo que presenciamos de nuestro sistema constitucional. Sólo hace falta que no se haga nada, que el silencio se imponga para que las locuras más inverosímiles se conviertan en realidad…si además se presta una ayuda nada desinteresada estaríamos ante la situación que vivimos en España.

La ópera bufa que se ha desarrollado en las puertas del Parlamento autonómico catalán nos devuelve a la España negra. Y volvemos a ese pasado sin que lo queramos la mayoría. Volvemos a causa de la ambición desbordada de un personaje sin principios políticos y sin atributos morales. Esta vergüenza que sentimos la mayoría no la siente Sánchez, blindado ante los mínimos éticos y estéticos necesarios para representar a todos los españoles. Presidente: convoque elecciones cuanto antes, la vergüenza para los españoles es insufrible. Pero si el presidente del Gobierno sigue blindado a la vergüenza, debemos emplear todos los medios democráticos y pacíficos con los que contamos para defender a la mejor España, la que heredamos de nuestros padres.

Sobran los motivos para hablar alto y claro

La nación goza de buena salud, pero el acuerdo firmado en el mes de agosto con la finalidad de evitar la contestación y el rechazo de los socialistas del resto de España y, en general, de la sociedad española entre ERC y el partido de Illa, hace al Estado español ineficiente, ineficaz e incapaz de cumplir con sus atribuciones más características.

FUENTE: EFE

El Estado español ya no será el Estado Autonómico de la Constitución del 78, será una especie de Estado confederal, que no se basa en la voluntad afirmativa de las partes sino un Estado débil a la espera de la fractura definitiva. No es el acuerdo sobre principios sino el acuerdo de que unos aceptar que Illa sea presidente de la Generalitat y la resignación de los otros, a la espera de que rompan lo que queda cuando tengan fuerza suficiente.

El acuerdo es un camino claro y sin trampas de mutación salvaje del Estado que renuncia a sus atribuciones más características a la espera del momento adecuado para los independentistas. Todo ello sin consultar a la ciudadanía española, tratada como menor de edad y a la que le impiden protagonizar su futuro, apropiado por un clan político decidido a todo con tal de seguir en el Gobierno.

Los progresistas de Sánchez e Illa son paradójicos. Son tan progresistas que nos devuelven al siglo XVII, anterior a la nación configurada por la historia, la razón y la Ilustración. De esa cesión vergonzosa se derivará un régimen insostenible en el que se perpetuará la España menesterosa y pobre. Da igual que este año ofrezcan mejor financiación. A corto plazo, Extremadura, las dos Castillas, Asturias, Galicia, Andalucía y todas las comunidades necesitadas de apoyo y solidaridad verán reducido su margen de gestión. Ese acuerdo les obliga a seguir siendo pobres, justamente en contra de lo que luchó una izquierda muy distinta, a la que sobrevive otra cobijada en siglas honorables y centenarias.

Algunos dicen que esos acuerdos no saldrán adelante. Pero en todo caso se han confirmado tres realidades que algunos venimos anunciando hace tiempo. El denominado PSC es en realidad el coche escoba de los nacionalistas. Es el encargado de hacernos tragar la píldora de le desigualdad y el discurso identitario. Es el inevitable «poli bueno» encargado de hacer realidad lo que desea la parte nacionalista. Y si algunos piensan que la financiación es la mejor demostración del nacionalismo vergonzante del partido de Illa es que no ha reparado en la política lingüística. Efectivamente diseñan en el acuerdo una política lingüística sectaria, totalitaria, que ahoga el derecho de los catalanes a hablar en español, ni siquiera podríamos decir que es un remedo dulce de la política franquista en contra del catalán, porque muestra el rostro de la intolerancia y el sectarismo en toda su crudeza.

Cualquiera que lea el acuerdo, salga adelante o no, verá que el partido de Illa (que me cuesta calificarle de socialista) acepta y comulga con todo el lenguaje, el discurso y los principios nacionalistas.

Hemos constatado que Sánchez es capaz de todo y quien es capaz de todo es capaz de lo peor. Por esta nueva confirmación nos debemos preparar para la desarticulación, en ocasiones zafia, de los engranajes del Estado de Derecho español.

La conclusión es evidente. No se trata exclusivamente de salvar al PSOE, hoy por hoy, irreconocible. Se trata de defender la España constitucional y el Estado Autonómico. No estamos solo ante una pequeña batalla por el futuro del Partido Socialista. La gravedad de lo que está sucediendo nos impone la necesidad de encontrar espacios comunes, acuerdos y colaboración entre la sociedad civil, las instituciones independientes y los partidos constitucionales, moderados, que rechazan las expresiones políticas iliberales, sean de izquierdas o de derechas. Ni nuestros muertos ni nuestra historia pueden ser una mordaza que nos impida defender lo que en el pasado ellos defendieron: una España vertebrada con igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos hayan nacido donde hayan nacido, sean quienes sean sus padres. Ni los apellidos, ni la identidad ni la lengua y menos el lugar pueden ser el origen de desigualdades.

Por Nicolás Redondo Terreros, presidente de la Fundación para la Libertad

Zapatero en Gamínides

Los venezolanos no se han resignado ante el robo descarado de sus votos y, con ellos, de su dignidad. Maduro, escoltado por lo peor de cada casa, se proclamó presidente sin vergüenza. Un sentimiento desconocido para un personaje que ha mantenido un régimen cleptómano y empobreciendo un país rico como pocos en el siglo XX.

Por Nicolás Redondo Terreros

Ha pasado Venezuela de ser un país que, sin duda, despilfarró parte de su inagotable riqueza, a un país mendigo, del que se han ido millones de sus ciudadanos por sentir la falta de libertad y no tener nada que llevarse a la boca.

Lo más execrable suele permitir que sobresalgan ejemplos extraordinarios de belleza y dignidad. A Maduro le hace contrapunto María Corina Machado a la voluntad de silenciar a la sociedad venezolana. Representa la valentía de los que han decidido no callar, sino alzar la voz.

Los venezolanos han luchado contra la dictadura de Maduro y contra la indiferencia que ha impuesto el “socialismo para ricos” que domina parte de la izquierda occidental. Han pasado desapercibidos los millones de personas que han huido de Venezuela, los secuestros y detenciones de los opositores, cuando no el asesinato en la propia Venezuela o lejos del país de Bolívar.

Son ellos los que nos ha enseñado el valor del sacrificio, de la dignidad, de la libertad que les falta. Por eso, merecen toda nuestra atención y nuestra solidaridad más militante, más cuando sabemos que ya hay muertos en las calles de Caracas. Hoy vemos el verdadero rostro del dictador. No es sólo un botarate que baila bachata en los mítines o que dialoga con los pájaros y las vacas. Es un fiel y cruel servidor de una multinacional iliberal que arraiga en países como Cuba o Irán.

Siempre nos hemos preguntado cómo sistemas execrables han podido tener el apoyo de personas relevantes, pues un ejemplo de esa alianza a veces inverosímil lo tenemos en directo en Venezuela. Vemos cómo los últimos 10 años el expresidente de España José Luis Rodríguez Zapatero ha apoyado sin dudas y sin matices al régimen de Maduro. Nos dijo engolado que mucha gente hablaba de Venezuela sin conocer el país, sin darse cuenta de que es posible hoy en día estar perfectamente informado sin visitar el país y, en todo caso, todos podemos hablar de todo y sobre todo de la libertad y de la dignidad de un pueblo hermano.

Zapatero, cuando escribo esta nota, no ha hablado. Teniendo en cuenta la infinitud del universo (como él se encargaba de describir en un mitin inenarrable en San Sebastián) puede que esté en Gamínides intentando pasar desapercibido. Pero las señales de indignidad, de relaciones inconfesables con un régimen cleptómano y autoritario, están ahí para quien quiera verlas.

Hoy la militancia por la libertad y la democracia de España respecto al “pucherazo” de Maduro pasa por retirar nuestro embajador temporalmente hasta que se reponga la voluntad de los venezolanos (por menos y por cuestiones muy privadas hemos retirado sin fecha un embajador en Argentina). La única manera de influir en la buena dirección es la presión internacional y a esa acción pacífica, democrática y ética, España no puede renunciar. Desde luego también pasa por una reflexión seria y honrada de los socialistas españoles. ¿Puede el PSOE seguir manteniendo en sus filas a una persona que ha apoyado, por los motivos que sean, una “pucherazo” a favor de un dictador?

Hemos visto como los neocomunistas se ha felicitado por el golpe de Estado protagonizado por Maduro. Pero esto no me sorprende. Esa comunión entre comunistas y dictaduras no ha sido infrecuente en la historia del siglo XX. Sin embargo, es imposible que los socialistas miremos para otro lado cuando uno de los nuestros, embozado en bellas palabras que pierden todo su significado en sus labios apoya una dictadura.

Zapatero puede rectificarme con una declaración rechazando a Maduro y todo su séquito. Si lo hace, me alegraré. Pero si sigue oculto y callado o vuelve a hablar del “valor de la palabra o del diálogo”, sabremos que su posición está junto a los líderes autoritarios e iliberales.

Un ataque a la información libre

El reciente anuncio del ‘paquete de regeneración democrática’ por parte del presidente Pedro Sánchez ha suscitado un intenso debate y una fuerte oposición, especialmente entre los medios conservadores y la derecha política.

FUENTE: EFE

A pesar de las promesas de fortalecer la democracia y combatir la desinformación, muchos ven en estas medidas un intento encubierto de controlar y amordazar a la prensa crítica con el gobierno. 

El plan de Sánchez incluye, entre otras cosas, la limitación de la financiación pública a los medios de comunicación y la reforma de la ley de publicidad institucional para asegurar una mayor transparencia. El objetivo declarado es evitar que la publicidad institucional sea utilizada para influir en la línea editorial de los medios y garantizar que estos den a conocer quiénes son sus propietarios y cuánto dinero público reciben. Además, se contempla un paquete de ayudas de 100 millones de euros para la digitalización de los medios, financiado con fondos europeos. 

Sin embargo, críticos de diversos sectores acusan a Sánchez de intentar coartar la libertad de prensa y de utilizar estas medidas para intimidar a los medios que han sido más críticos con su gestión. El presidente parece estar más preocupado por su imagen pública y la de su familia, usando este paquete de medidas como una herramienta para protegerse de la prensa adversa. Afirman que el verdadero propósito de Sánchez es controlar las narrativas mediáticas, asegurando que los medios que reciben publicidad institucional sean aquellos que no le critiquen. 

Estas medidas representan una amenaza para la libertad de información. La intención de obligar a los medios a revelar sus fuentes de financiación podría tener el efecto contrario al buscado, limitando la independencia editorial y provocando una autocensura para evitar perder fondos públicos. Esta estrategia parece diseñada más para infundir miedo en los medios y controlar el flujo de información crítica que para fomentar una mayor transparencia y responsabilidad. 

Además, el aspecto sobre las finanzas de los medios de comunicación podría no limitarse a las subvenciones que reciben del sector público. Tanto el Gobierno como sus socios explican que pretenden apelar al carácter social de los medios de comunicación para dar a conocer su accionariado, para comprobar si existen conflictos de interés. Esta medida, aunque con buenas intenciones declaradas, podría servir para desacreditar a ciertos medios vinculándolos con intereses empresariales específicos y erosionando su credibilidad. 

En este contexto, la relación entre el gobierno y la oposición sigue siendo extremadamente tensa. La derecha política acusa a Sánchez de manipular la información para proteger su imagen y la de su familia, y exigen su dimisión. Las críticas no se limitan a la derecha política; incluso dentro de su propio partido y entre sus aliados, hay voces que cuestionan la efectividad y la motivación detrás de estas medidas. 

Las dudas sobre la implementación y la verdadera intención de estas reformas son abundantes. En un escenario donde el gobierno de Sánchez enfrenta múltiples desafíos, incluyendo la pérdida de las elecciones europeas y tensiones internas con sus aliados de coalición, estas medidas parecen ser una estrategia para consolidar su poder y reducir la influencia de sus críticos. La percepción general es que el gobierno busca un mayor control sobre los medios, utilizando la publicidad institucional como una herramienta de presión. 

Mientras Pedro Sánchez presenta su paquete de regeneración democrática como una serie de reformas necesarias para proteger la información veraz y fortalecer la democracia, las críticas desde la derecha política y los medios conservadores sugieren que estas medidas podrían ser utilizadas para restringir la libertad de prensa y consolidar el poder del gobierno sobre la narrativa pública. En este contexto, la vigilancia y el escrutinio continuos serán esenciales para asegurar que cualquier cambio realmente beneficie a la democracia y no la socave. 

Lecciones desde el otro lado del mundo

La reciente noticia de la salida de Joe Biden de la carrera presidencial en Estados Unidos ha resonado en todo el mundo, pero más allá del impacto directo en la política americana, es un momento idóneo para reflexionar sobre lo que esta decisión puede enseñarnos en España sobre el funcionamiento de la política en Estados Unidos y cómo podríamos adoptar algunas de sus prácticas. 

FUENTE: EFE

En primer lugar, la retirada de un candidato de la envergadura de Joe Biden destaca la flexibilidad y adaptabilidad de la política estadounidense. Biden, tras décadas de servicio público, incluyendo su mandato como vicepresidente y luego como presidente, ha demostrado que los líderes políticos en Estados Unidos no temen dar un paso atrás cuando las circunstancias lo requieren. En España, esta capacidad de reconocer el momento adecuado para retirarse es algo que, lamentablemente, se observa con menos frecuencia. Los políticos españoles tienden a aferrarse a sus cargos hasta el último momento, incluso cuando el desgaste es evidente. Aprender a reconocer el momento adecuado para dar un paso al costado, permitiendo la renovación y el surgimiento de nuevas figuras, podría revitalizar nuestro sistema político. 

Otro aspecto notable es la comunicación política en Estados Unidos. La salida de Biden no ha sido un mero comunicado frío y calculador. Ha sido una decisión anunciada con claridad, con un discurso que resalta la visión de futuro del partido y del país, priorizando el bienestar general sobre el individual. Esta forma de comunicar es esencial para mantener la confianza del electorado. En España, la transparencia y claridad en las decisiones políticas a menudo dejan mucho que desear. Los mensajes suelen estar cargados de ambigüedades y falta de compromiso, lo que genera desconfianza y descontento entre los ciudadanos. Adoptar una política de comunicación más directa y honesta podría fortalecer la relación entre los políticos y el electorado. 

La participación de la sociedad civil en el proceso político es otra lección crucial. En Estados Unidos, la ciudadanía juega un papel activo y crucial en el proceso de selección de candidatos. Las primarias abiertas y los caucus permiten una participación amplia y diversa, donde los votantes tienen una voz significativa en la elección de los representantes de sus partidos. Este proceso participativo fomenta un sentido de pertenencia y responsabilidad entre los ciudadanos. En contraste, en España, la selección de candidatos a menudo está dominada por las cúpulas de los partidos, limitando la participación y el poder de decisión de la base electoral. Implementar mecanismos más participativos y democráticos en la elección de nuestros representantes podría incentivar una mayor implicación ciudadana y fortalecer nuestra democracia. 

Además, la cultura del debate en la política estadounidense es digna de admiración. Los debates presidenciales en Estados Unidos son eventos de gran relevancia, donde los candidatos exponen sus ideas y confrontan sus puntos de vista de manera directa. Estos debates no solo permiten a los votantes conocer mejor las propuestas de cada candidato, sino que también fomentan la transparencia y la rendición de cuentas. En España, aunque se han dado pasos en esta dirección, los debates políticos aún carecen del mismo nivel de importancia y estructuración. Fomentar una cultura de debate más robusta podría enriquecer el diálogo político y ofrecer a los votantes una visión más clara de las opciones disponibles. 

Finalmente, la capacidad de reinvención es una característica destacada de la política estadounidense. La salida de Biden no significa el fin de su influencia política, sino una transformación de su rol. Los políticos en Estados Unidos tienen una notable habilidad para reinventarse y seguir contribuyendo desde diferentes ámbitos, ya sea en la academia, organizaciones no gubernamentales o en otros roles públicos. En España, la carrera política a menudo se percibe como un camino sin retorno, donde la retirada de un cargo significa el final de la vida pública. Fomentar una visión más amplia y flexible de la carrera política podría permitir a nuestros líderes seguir aportando su experiencia y conocimiento en diferentes contextos. 

En conclusión, la salida de Joe Biden de la carrera presidencial no solo es un acontecimiento relevante en la política estadounidense, sino también una oportunidad para que en España reflexionemos sobre nuestras propias prácticas políticas. Adoptar una actitud más flexible, mejorar la comunicación, fomentar la participación ciudadana, enriquecer la cultura del debate y promover la capacidad de reinvención son lecciones valiosas que podrían fortalecer y revitalizar nuestra democracia. Desde el otro lado del Atlántico, hay mucho que aprender y aplicar para el beneficio de nuestra sociedad. 

El año Sánchez: inestabilidad y desconexión 

El año de Pedro Sánchez desde las elecciones del 23 de julio de 2023 ha sido un periodo de turbulencias y decisiones controvertidas que han dejado a España en una situación incierta.

FUENTE: EFE

Tras la debacle del PSOE en las elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo, Sánchez tomó la audaz decisión de adelantar las elecciones generales al verano, en un intento desesperado por mantener el control político en un momento de creciente descontento social. 

El contexto electoral de julio, inusual por realizarse en plenas vacaciones, fue interpretado como una táctica para reducir la participación y así minimizar el impacto del descontento generalizado. Sánchez convocó un Consejo de Ministros para disolver las Cortes Generales apenas días después de los resultados adversos de mayo, mostrando una clara prioridad en su estrategia política sobre el bienestar del país. 

El año siguiente, la gestión de Sánchez estuvo marcada por maniobras políticas y controversias. Uno de los aspectos más criticables ha sido su dependencia de alianzas con partidos radicales de izquierda y separatistas. Estas coaliciones han generado una inestabilidad constante y han erosionado la confianza pública. Las concesiones hechas a estos socios, incluyendo indultos y negociaciones opacas, han sido vistas como sacrificios de la integridad gubernamental a favor de la supervivencia política. 

La economía ha sido otro punto débil en la gestión de Sánchez. Aunque el gobierno ha promocionado cifras de crecimiento y creación de empleo, muchos de estos logros han sido superficiales. La inflación sigue afectando el poder adquisitivo de las familias españolas, y las políticas de gasto público parecen más orientadas a comprar votos que a establecer un plan serio de recuperación económica. Esta percepción de falta de sostenibilidad ha aumentado la preocupación entre los ciudadanos sobre el futuro económico del país. 

En el ámbito internacional, Sánchez ha intentado proyectarse como un «actor global». Su rol en la presidencia del Consejo de la Unión Europea y diversos encuentros internacionales han tenido un impacto limitado en la política doméstica y han sido percibidos como intentos de desviar la atención de los problemas internos. Este enfoque ha hecho poco por mitigar las críticas hacia su gestión nacional y ha dejado a España con la sensación de que sus problemas internos no están siendo adecuadamente abordados. 

Otro elemento crítico en el año de Sánchez ha sido la semana de reflexión que se tomó tras la derrota en mayo. Durante este periodo, se esperaba que Sánchez reconsiderara su estrategia y buscara formas de reconectar con la ciudadanía. Sin embargo, la decisión de adelantar las elecciones fue vista como un movimiento calculado para mantener su posición, más que un esfuerzo genuino por rectificar el rumbo de su gobierno. 

Además, los problemas personales no han estado ausentes en este periodo tumultuoso. Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, se ha visto envuelta en procesos judiciales que han generado aún más controversia. Las investigaciones en las que está implicada y su próxima declaración judicial han añadido otra capa de distracción y desconfianza en el liderazgo de Sánchez. Estos escándalos personales han exacerbado la percepción de un gobierno más preocupado por su propia supervivencia que por el bienestar de los ciudadanos. 

La situación con los socios de gobierno ha sido caótica. La falta de cohesión y la continua fragmentación de la izquierda han debilitado la posición de Sánchez. Las disputas públicas con Podemos y Sumar, y los desacuerdos constantes, han impedido una gobernabilidad efectiva. La incapacidad de Sánchez para mantener un frente unido dentro de su propio bloque político ha exacerbado la percepción de un gobierno en crisis. 

Esta semana, esta inestabilidad quedó aún más patente cuando Junts, el partido independentista catalán, puso en peligro la legislatura con su amenaza de retirar su apoyo al gobierno. Esta situación subraya la fragilidad de las alianzas de Sánchez y la dependencia crítica de partidos que tienen agendas específicas y, a menudo, opuestas a los intereses nacionales. El miércoles, en un intento de calmar las aguas, Sánchez se reunió con el presidente de la Generalitat, Pere Aragonès. Esta visita busca asegurar el apoyo de los partidos independentistas catalanes, pero también resalta la continua dependencia de Sánchez en fuerzas políticas que priorizan la secesión sobre la unidad nacional​

Desde las elecciones del 23 de julio de 2023, el Gobierno ha estado marcado por la inestabilidad, la mala gestión y una desconexión evidente con las necesidades reales de los ciudadanos. Su enfoque en mantener el poder a toda costa, a expensas de la integridad y la cohesión nacional, ha dejado a España en una situación precaria y con un futuro incierto bajo su liderazgo. Este periodo ha puesto de manifiesto las debilidades de un gobierno más preocupado por la supervivencia política que por el servicio al país. 

La Justicia y el sentido común

La Ley de Amnistía ha generado un debate encendido en la sociedad española. Esta ley, que busca exonerar a aquellos implicados en el procés independentista catalán, plantea serios interrogantes sobre el respeto al Estado de derecho y la integridad de nuestras instituciones judiciales.

FUENTE:EFE

La Ley de Amnistía no solo es un error político, sino también una amenaza a los principios fundamentales de justicia y equidad.

En primer lugar, es crucial entender que el problema no radica en los jueces del Tribunal Supremo, sino en las trampas inherentes a la Ley de Amnistía. Esta ley representa una maniobra política que busca desvirtuar las decisiones judiciales previas y socavar la independencia del poder judicial. La justicia debe ser imparcial y basada en hechos y leyes, no en conveniencias políticas o presiones externas. Alterar los veredictos judiciales a través de una ley ad hoc sienta un peligroso precedente que mina la confianza en el sistema judicial.

Asimismo, debemos subrayar la importancia del imperio de los jueces. La propuesta de amnistía, lejos de promover la reconciliación, ataca directamente el corazón de nuestro sistema de justicia. Al desautorizar las sentencias emitidas por los tribunales, se envía un mensaje desalentador a los ciudadanos: la justicia puede ser manipulada por intereses políticos. Esto no solo desacredita a los jueces, sino que también erosiona la credibilidad del sistema judicial en su conjunto. Los jueces son los garantes de la ley, y su autoridad debe ser respetada para mantener la integridad y la estabilidad del orden legal.

Por otro lado, la ley y el sentido común deben prevalecer. La Ley de Amnistía, en su esencia, desafía ambos principios. La ley no debe ser vista como una herramienta flexible para acomodar decisiones políticas, sino como un marco riguroso que asegura la justicia y la equidad. La justicia debe ser igual para todos, y cualquier intento de modificarla para beneficiar a un grupo específico es, en última instancia, injusto y contraproducente.

Además, es fundamental considerar el impacto que esta ley tendría en el tejido social y político de España. La amnistía no resolverá las tensiones políticas subyacentes ni promoverá una verdadera reconciliación. Por el contrario, podría profundizar las divisiones al crear una percepción de impunidad y favoritismo. Aquellos que respetan la ley podrían sentirse traicionados, mientras que los beneficiados por la amnistía podrían interpretarla como una licencia para repetir sus acciones sin temor a repercusiones.

En este contexto, es imprescindible mantener una postura firme en defensa del Estado de derecho. La justicia no puede ser una variable dependiente de las circunstancias políticas. La amnistía no solo es una solución inapropiada para la crisis catalana, sino que también representa un peligroso precedente para el futuro de nuestra democracia. Si permitimos que las decisiones judiciales sean revocadas por conveniencias políticas, ¿qué mensaje estamos enviando a las futuras generaciones sobre el valor de la justicia y el respeto a las leyes?

La ley es un grave error que socava los principios fundamentales de nuestra sociedad. Debemos rechazarla con firmeza y abogar por un sistema judicial independiente y respetado. La justicia debe ser ciega, imparcial y no estar sujeta a las fluctuaciones políticas. Solo así podremos garantizar una sociedad justa y equitativa, donde todos los ciudadanos, sin excepción, estén sujetos a las mismas leyes y normas. La amnistía no es el camino; el respeto a la ley y la justicia sí lo son.

Firma bajo la lupa de Europa

La reciente renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) suscita un intenso debate, especialmente en lo que respecta a la independencia del poder judicial y los compromisos asumidos por los principales partidos políticos.

FUENTE: EUROPA PRESS

La clave fundamental del acuerdo sobre el gobierno de los jueces radica en los seis meses que el nuevo Consejo tiene para preparar una reforma del sistema de elección de sus miembros. ¿Es este compromiso creíble? ¿Puede Europa forzarnos a cumplirlo?

La independencia del poder judicial es un pilar esencial de cualquier democracia. Si bien el acuerdo entre el PSOE y el PP no garantiza explícitamente esta independencia, sí establece procedimientos destinados a impedir el control del Gobierno y sus socios parlamentarios sobre el CGPJ, repartiendo sus puestos por cuotas como ha sucedido en los últimos casi 40 años. Este es un paso positivo, pero insuficiente por sí solo. La verdadera prueba residirá en la implementación de la reforma prometida.

El Gobierno ha cumplido con el mandato de la Unión Europea de renovar el CGPJ, respondiendo así a una demanda crucial para asegurar el buen funcionamiento del sistema judicial español. La oposición ha cumplido con su parte de lograr un acuerdo que, en líneas generales, se parece mucho al que ha defendido los últimos dos años sin que el Gobierno lo aceptara.

Sin embargo, esta renovación es solo la primera parte de un proceso más amplio. Ahora queda la tarea más difícil: cambiar el sistema de elección para asegurar que al menos la mitad de los vocales, o preferiblemente una mayoría simple, sean nombrados por sus propios pares en el ámbito judicial.

Este cambio es fundamental para evitar que el CGPJ siga siendo un órgano con fuertes presiones políticas y garantizar su independencia efectiva. La UE ha sido clara en su exigencia de reformas que refuercen la separación de poderes y la autonomía del poder judicial. España no puede permitirse ignorar estas recomendaciones sin arriesgarse a consecuencias diplomáticas y políticas significativas.

La cuestión crítica ahora es si el partido de gobierno (el PSOE) se siente verdaderamente obligado por este pacto a impulsar una reforma que cumpla con estas expectativas. El compromiso de los próximos seis meses será determinante. La UE, en este contexto, debe jugar un papel proactivo y exigente. Si el Gobierno español muestra reticencias o intenta diluir el alcance de la reforma, Bruselas debería intervenir con firmeza incoando un expediente de infracción que nos colocaría a la altura de lo que sucedió con Polonia o Hungría.

La presión de la Bruselas será vital para asegurar que España no retroceda en este aspecto crucial. La credibilidad de nuestro sistema judicial está en juego, y con ello, la confianza de los ciudadanos en la imparcialidad y equidad de la justicia.

Llega tarde

No podemos pasar por alto que tanto el PP como el PSOE han tardado cinco años en renovar el CGPJ desde la fecha en que correspondía hacerlo. Esta dilación es inaceptable y ha erosionado la confianza en nuestras instituciones. Ha tenido que ser Europa la que nos cante las cuarenta para que finalmente se tome una acción concreta. Esta intervención externa pone en evidencia la falta de compromiso de nuestros propios líderes políticos con la reforma judicial y la urgencia de su implementación.

Los partidos más a la izquierda del PSOE, los más a la derecha del PP y los independentistas y secesionistas (incluso algunas voces en los propios partidos implicados), se opusieron al acuerdo. Esta resistencia puede interpretarse como un indicio de que lo pactado beneficiaría a la independencia del organismo judicial. Si todos estos sectores tan diversos están en desacuerdo, podría ser una señal de que el cambio propuesto va en la dirección correcta para despolitizar mantener la neutralidad en el CGPJ.

La renovación del organismo y la promesa de reformar el sistema de elección de sus miembros representan una oportunidad histórica para España. No obstante, la verdadera independencia judicial no se logrará solo con buenas intenciones o acuerdos iniciales. Es imperativo que el PSOE cumpla con la letra y el espíritu del pacto alcanzado con el PP, y que la UE se mantenga vigilante y exigente en este proceso.

Solo mediante un compromiso firme y transparente se podrá fortalecer la independencia del poder judicial en España, un objetivo que no solo beneficiará a nuestro país, sino que también reforzará los valores democráticos fundamentales de la Unión Europea. Además, es esencial aprender de estos cinco años de retraso y asegurar que no volvamos a caer en la parálisis política que ha puesto en jaque la credibilidad de nuestras instituciones judiciales.

Manifiesto de La España que Reúne para las Elecciones Europeas

Ante las próximas elecciones europeas, deseamos expresar nuestra oposición a todos los radicalismos políticos, ya que los países progresan con políticas moderadas de centro-izquierda y centro-derecha. Es fundamental advertir sobre el peligro que representa para la Unión Europea el creciente influjo de formaciones políticas iliberales y totalitarias, sin importar si se ubican en la izquierda o la derecha.

FUENTE: EFE

La Unión Europea es el esfuerzo más grandioso de la historia europea para alcanzar una nueva realidad política por medios pacíficos, con la libertad de decisión de sus protagonistas como único instrumento. Nunca antes se había realizado una apuesta tan audaz: reemplazar las guerras por acuerdos, y la conquista por la decisión autónoma de cada Estado. Ese espíritu de pacto y colaboración, con el objetivo de mantener la paz y recuperar nuestro protagonismo histórico, debe ser defendido con los votos este domingo.

Probablemente, en los próximos años, con dramáticas guerras cercanas a nuestras fronteras, y quizá incluso dentro de ellas, nos veremos en la necesidad de defendernos a nosotros mismos, sin subcontratar cuestiones costosas o desagradables a terceros. Nos enfrentamos al desafío de ser, o mejor dicho, de volver a ser, protagonistas de la historia.

En España, cualquier voto a posiciones radicales, nacionalistas o totalitarias será un voto contra el espíritu de la Unión Europea. Desde una perspectiva nacional, que ha dominado inevitablemente la campaña electoral, debemos considerar la crisis política que enfrentamos. Ejemplos de ello son los indultos a los independentistas, la eliminación del delito de sedición del código penal, la banalización de la malversación y, en un día negro de nuestra historia, la aprobación de la amnistía.

Estos hechos nos anticipan, sin duda, nuevas y más graves concesiones a los independentistas, que pueden alterar definitivamente la solidaridad y la concordia sobre las que se fundamentan las democracias sólidas. El pacto fiscal y el referéndum, sea cual sea su formato, serían los próximos pasos. Estamos secuestrados por una minoría independentista insolidaria y decimonónica.

En estas circunstancias, los españoles deben votar para fortalecer la Unión Europea y para que el proceso de desmoronamiento de las instituciones democráticas de 1978 termine cuanto antes. Se trata de elegir entre la Unión o las tribus ideológicas, étnicas o lingüísticas. Defender la Constitución, sin engaños, es defender la Unión sin reservas. La solidaridad que promovemos en la Unión es la concordia que necesitamos en España.

La Unión representa la victoria del derecho, por lo que nos oponemos a que España desprecie la ley y se convierta en el “reino de la arbitrariedad”. La ley es el triunfo de la unión, la impugnación plena y radical del sentimentalismo, la nostalgia y el identitarismo radical como motores de la política.

En nuestra opinión, en suma, la solución reside en las alternativas moderadas y nacionales, y en el compromiso previo de los españoles con los principios universales que representa la Unión Europea, compromiso que solo puede demostrarse participando activamente en estas elecciones.