
El Congreso funciona como un laberinto sin salida: las leyes se atascan, los apoyos se erosionan y el poder se convierte en teatro de decisiones que nunca llegan a serlo.
FUENTE: EFE
España lleva meses con el motor político gripado. El Ejecutivo presume de crecimiento, pero en el Congreso vive navegando en círculos: no se debaten leyes, se difuminan. En lo que va de año, apenas cinco leyes aprobadas por parte del Gobierno, muchas de ellas redactadas en comisión y aparcadas en el limbo de enmiendas, mientras los plenos terminan antes de tiempo sin actividad legislativa sobresaliente.
¿Acaso no hay plan social? Sí. ¿Acaso no hay urgencias como vivienda o pobreza infantil? Sí. ¿Acaso no hay consenso social incluso ciudadano? También. Pero, en la práctica, el Congreso es una cámara de espera donde las reformas mueren por inanición política.
Un Gobierno hecho de pactos imposibles
Sánchez gobierna con una minoría que depende de socios tan dispares como Junts, ERC, EH Bildu o Sumar. Esa torre de alianzas es frágil y contradictoria: acuerdos contrapuestos que bloquean más que suman. El ejemplo más claro: la Ley del Suelo, impulsada como solución técnica extensamente respaldada, se estrelló contra la imposibilidad de pactar ni siquiera lo evidente. El Ejecutivo bajó los brazos antes de pelearla en la tribuna.
La agenda social, pedida a gritos por Sumar, languidece. Su portavoz reclama un “impulso” urgente o incluso un reseteo de relaciones con el PSOE: una legislatura demasiado débil para cambiar vidas.
Proyectos como la regulación del alquiler turístico, la derogación de la ley mordaza o el Estatuto del Becario llevan meses, incluso años, congelados en ponencias, en enmiendas abismales, en falta de voluntad política. No hay discursos: hay excusas. No hay avance: hay miedo a perder aliados o desesperanza por ganar. El Congreso se ha convertido en tumba para las reformas.
El voto del bloqueo: decreto antiapagón como símbolo
En el último pleno, el rechazo al decreto antiapagón, apoyado por un bloque extraño: PP, Vox, Junts y hasta Podemos, fue una bofetada simbólica al Ejecutivo. La norma pretendía reforzar el sistema eléctrico, atraer inversiones y proteger a los consumidores tras el gran apagón del 28 de abril. El rechazo no sólo representa un fracaso técnico: es el síntoma de un Parlamento que no coincide en nada esencial con el Gobierno. Ese voto fue el acto más claro de un poder en resistencia total.
La legislatura se empantana en crisis internas. El escándalo de Santos Cerdán, acusado, ha tensado la coalición entre PSOE y Sumar hasta el punto de ruptura. La reunión de emergencia entre ambos fue un fracaso. Ninguna tregua, ningún acuerdo firme: solo reproches y desorientación. La coalición amenaza con una ruptura si no hay medidas inmediatas. Mientras tanto, leyes bloqueadas (familias, vivienda, empleo) quedan pendientes sin respuesta política eficaz.
El Gobierno, consciente del atasco, ha adoptado la fórmula de la norma urgente o decreto-ley para sortear el bloqueo. Pero el camino provisional se convierte en norma, y lo ordinario en excepción. Gobernar con decretos deslegitima al Parlamento, instala la discrecionalidad, erosiona la deliberación. El Ejecutivo deja de convocar debates y aprieta botonazos: es la victoria del poder ejecutivo sobre el legislativo.
Una democracia suspendida de leyes hasta 2027
A pesar de todo, Sánchez insiste en agotar la legislatura hasta 2027, con mayorías frágiles y sin Presupuesto nuevo. Defiende que el 86 % de las votaciones parlamentarias han sido exitosas, aunque eso incluya nombramientos o decretos triviales. Esta insistencia revela dos cosas: que no piensa convocar elecciones y que redefine gobernabilidad como imposición minimalista en lugar de pacto constructivo.
España vive una legislatura convertida en espera. Las leyes se atascan, los aliados desertan, los escándalos paralizan. El Congreso ya no es foro democrático: es atril de esperas sin ejecución.
Solo una refundación del Legislativo puede romper ese ciclo: control real sobre los decretos, calendario cerrado de leyes clave, obligación de pactos claros o elecciones anticipadas. Si no, el país seguirá navegando sin rumbo. Y lo peor de todo: sin gobierno efectivo.
Porque cuando la política deja de ser sistema y se convierte en espera, no solo pierde su sentido: pierde el tiempo del futuro.









