El riesgo de demolición calculada de Sánchez del Estado de Derecho 

Bajo el mando de Sánchez, el poder no se ejerce para gobernar, sino para destruir desde dentro las instituciones que garantizan igualdad, legalidad y dignidad. Ya no hay un país, hay un feudo político a la carta. 

FUENTE: EFE

España fue una hazaña. En 1977, en un gesto sin parangón en Europa, los españoles decidimos perdonarnos el pasado, mirar al futuro y edificar juntos una democracia donde cupiera la pluralidad sin sacrificar la igualdad. Hoy, ese edificio está siendo demolido a martillazos legislativos por Pedro Sánchez y el sanchismo, que ha hecho del poder una venganza histórica con factura presente. 

Lo que fue una Transición ejemplar es hoy retratada como traición. Lo que fue consenso, se convierte en excusa para el privilegio. Y quien debía ser custodio del pacto, se ha revelado como su mayor saboteador. 

Sánchez ha construido una España de dos velocidades. Una de ciudadanos supeditados a las leyes, y otra de socios privilegiados a los que se les perdonan delitos, se les transfiere impunidad, se les entrega soberanía fiscal y hasta se les reconoce una lengua como divisa de extorsión europea. 

Todo ello sin negociación ni rendición de cuentas. Simplemente a cambio de votos, como si España no fuera una nación, sino un territorio mercadeable. Como si la igualdad fuera un estorbo, y la Constitución, un papel mojado que se puede triturar en cada investidura. 

La degradación institucional es el método, no el error 

Se ha vaciado el Estado de autoridad para convertirlo en un cascarón populista. Se han debilitado los tribunales, colonizado los medios públicos, instrumentalizado el BOE, intimidado a jueces y empoderado a quienes han violado la legalidad. Todo con una sonrisa posmoderna y un maquillaje de modernidad inclusiva

No hay error: hay diseño. La justicia ya no se aplica por igual, sino como herramienta de premiación o castigo. La fiscalía obedece al Gobierno. El Parlamento no delibera, ejecuta. La prensa se censura desde el Consejo de Ministros. Y las instituciones que debían limitar el poder se han vuelto trampolines del poder. 

El partido que modernizó España hoy es un cadáver doctrinal habitado por cortesanos. No hay ideología ni programa: hay servilismo, ambición y purgas. No hay debate: hay sumisión. Lo que un día fue una gran fuerza reformista es hoy una agencia de colocación para ministros sin currículo, portavoces sin principios y asesores sin ética. 

La camarilla que rodea a Sánchez no piensa, no disiente, no arriesga: sobrevive. Y ese ambiente putrefacto, de fidelidad ciega y complicidad impune, ha convertido al PSOE en una cueva política donde se premia la obediencia y se castiga la decencia. 

La política exterior ha quedado reducida a una postal. Se desprecian los compromisos europeos, se flirtea con regímenes totalitarios, y se entregan áreas sensibles —como la ciberseguridad o las infraestructuras críticas— a intereses opacos, sin el menor debate público. Mientras Ucrania arde, nuestro gran objetivo en Bruselas es la oficialidad del catalán, como si el mundo debiera adaptarse al chantaje de Esquerra. 

España es hoy un socio incómodo, una democracia en cuarentena, un país cuyo liderazgo genera vergüenza y sospecha a partes iguales. 

Mentir, mentir, mentir: la única política de Sánchez 

El sanchismo ha hecho de la mentira su gramática institucional. Nada de lo prometido se cumple, y todo lo negado se ejecuta con una sonrisa cínica y un argumentario mendaz. Prometió no gobernar con independentistas. Los convirtió en socios preferentes. Prometió no tocar la amnistía. Hoy es ley. Prometió respetar a los jueces. Hoy los insulta y los purga. 

No hay escrúpulo, porque no hay proyecto. Solo hay poder. Poder por el poder. Poder para mantenerse en el poder. Y si para eso hay que incendiar el pacto constitucional, abrir trincheras, falsificar la memoria y dividir al país, se hace. Porque Sánchez no gobierna: ocupa, instrumentaliza, ejecuta. 

La pregunta ya no es si Sánchez es un mal presidente. Es si España sigue siendo una democracia liberal o una fachada decorada con urnas y discursos progresistas detrás de la cual se opera como un régimen clientelar y despótico. 

No hay mayor amenaza para la convivencia que un poder dispuesto a sacrificar el principio de igualdad para seguir gobernando. No hay mayor peligro que un líder que no tiene límites morales, institucionales ni históricos. Y no hay mayor responsabilidad ciudadana que denunciarlo y oponerse, aunque los medios callen, los jueces teman y los partidos se arrodillen. 

Porque si España sigue este camino, la próxima legislatura no será ya una anomalía institucional, sino un punto de no retorno. 

1 comentario

  1. A. Javier dice:

    100% de acuerdo.
    El voto cautivo y necio, los palmeros aprovechados son el alimento del cáncer (PS).
    Españoles despertad ya.
    Hay que cambiar el sistema PARTITOCRATICO ya.

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