
Pedro Sánchez promete unos nuevos Presupuestos como quien promete primavera en medio del invierno. Pero detrás del gesto no hay voluntad de gobierno: hay coreografía de poder. Una ficción política que busca conservar, no construir.
FUENTE: EFE
Anunció que presentará Presupuestos para 2026. Lo dijo con gesto solemne, como si estuviéramos ante un ejercicio de política responsable. Pero no dijo cuándo. No dijo si buscará apoyos. Ni siquiera si los registrará. La única certeza es la puesta en escena: una promesa hecha no para cumplirse, sino para ocupar titulares, ganar tiempo y simular normalidad en mitad de una legislatura hueca.
Sánchez no gobierna con leyes. Gobierna con anuncios. Presupone autoridad donde solo hay resistencia, y viste de épica la parálisis institucional. Como si pronunciar la palabra «Presupuesto» bastara para gobernar.
Esta es la política sin substancia. Un poder que no legisla, no pacta, no persuade: simplemente resiste. Sánchez no busca consenso, busca relato. No busca una mayoría parlamentaria, busca una mayoría mediática. La palabra «Presupuesto» ya no remite a un documento contable: es un amuleto retórico, un conjuro contra la irrelevancia.
Mientras tanto, el Estado funciona por inercia. La democracia, por automatismo. Las cuentas públicas, congeladas en un bucle de excepciones y prórrogas. Gobernar ya no consiste en negociar, sino en estirar el calendario hasta agotar la legislatura.
Una política rendida al simulacro
¿Qué es un Presupuesto sin Congreso? ¿Qué es una legislatura sin ley? Es una democracia reducida a escenario, un régimen que conserva las formas, pero ha perdido el alma. No hay Parlamento: hay aplausos o abucheos. No hay oposición: hay ruido. No hay gobierno: hay propaganda.
Cuando los presupuestos son una ficción política, el ciudadano se convierte en espectador de una obra escrita sin autor. Todo está medido para no pasar nada. La legislatura es un plató. El Consejo de Ministros, un guion. Y el país, un atrezzo.
Los fondos europeos como coartada mágica
Sánchez ha sugerido que, aunque no haya Presupuestos, los fondos europeos seguirán irrigando la economía. Pero eso no es política: es contabilidad tecnocrática disimulada de salvación providencial. Mientras los presupuestos nacionales requieren debate y rendición de cuentas, los fondos Next Generation se reparten entre despachos y consorcios, lejos del Congreso y del ciudadano común.
Es una forma de gobernar sin gobernar. De invertir sin rendir cuentas. De consolidar una lógica de poder vertical, desconectada del control público. Una política que no necesita mayoría: solo opacidad.
Lo más grave no es que no presente Presupuestos. Lo verdaderamente corrosivo es que finge que lo hará, sabiendo que no lo hará, confiando en que la ciudadanía ya no distingue entre anuncio y hecho, entre palabra y ley. Así funciona hoy el poder: en diferido, en retórico, en eterno «ya veremos».
El sanchismo no gobierna con proyectos, sino con gestos. No administra Estado, sino relato. Su fuerza no está en los votos del Congreso, sino en los algoritmos, en los titulares, en el poder de saturar el espacio público con humo.
El país suspendido en el tiempo
España vive en una prórroga permanente. El calendario avanza, pero la política no se mueve. El presidente promete, la oposición exige elecciones, las leyes duermen en los cajones, y los Presupuestos —esa pieza cardinal del pacto democrático— se han convertido en un accesorio prescindible.
Pero un país sin Presupuestos no solo es un país sin política fiscal. Es un país sin horizonte, sin hoja de ruta, sin pacto de futuro. Un país que sobrevive sin decidir. Que transita sin dirección. Que habita la democracia como un cascarón vacío, sostenido por inercias administrativas y marketing gubernamental.

Vivimos una PARTITOCRACIA EXTRACTIVA deleznable. Necesitamos verdadera separación de poderes. Necesitamos que el ciudadano tenga representación directa mediante “diputado de distrito”, que si no cumple con lo prometido pueda ser separado de su cargo. La obediencia ciega al “amo” nos está matando.