La infamia de dar voz a un terrorista

En un acto que desafía toda lógica y decencia, el Congreso de los Diputados ha sido escenario de una afrenta sin precedentes: la comparecencia de Mohamed Houli Chemlal, terrorista condenado por los atroces atentados de Barcelona y Cambrils en 2017.

FUENTE: EFE

Este individuo, responsable de la muerte de 16 personas inocentes, ha sido invitado a declarar en una comisión de investigación, no por un imperativo de justicia o esclarecimiento, sino como resultado de las maniobras políticas del partido que ‘manda’ en la política española, Junts per Catalunya, empeñados en alimentar teorías conspirativas infundadas que solo buscan sembrar la desconfianza y el caos. 

La presencia del terrorista en el Parlamento es una burla a las víctimas y a la sociedad española en su conjunto. Este individuo, que cumple una condena de 43 años de prisión por su participación en la masacre, ha sido utilizado como peón en el juego político de aquellos que, carentes de argumentos sólidos, recurren a la estrategia más vil: dar credibilidad a las palabras de un terrorista para respaldar sus propias agendas.  

Durante su comparecencia, Chemlal afirmó sin aportar prueba alguna que el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) estaba al tanto de las intenciones del imán de Ripoll y permitió que este «nos comiera la cabeza». Estas declaraciones, carentes de fundamento y provenientes de alguien cuya credibilidad es, cuanto menos, cuestionable, han sido acogidas con entusiasmo por los independentistas de Junts. Carles Puigdemont y su séquito no han dudado en amplificar estas acusaciones, utilizando las palabras de un condenado por terrorismo para reforzar sus delirantes teorías de conspiración.  

Es alarmante y profundamente irresponsable que representantes políticos otorguen plataforma y credibilidad a un individuo que ha demostrado su desprecio por la vida humana y los valores democráticos. Al hacerlo, no solo mancillan la memoria de las víctimas, sino que también ponen en entredicho la integridad de las instituciones del Estado. Esta actitud revela una desconexión total con la realidad y una desesperación por mantenerse relevantes, incluso a costa de la verdad y la decencia.  

La reacción de otros grupos parlamentarios no se ha hecho esperar. El Partido Popular, en un gesto de dignidad y respeto hacia las víctimas, abandonó la sala en señal de protesta, negándose a participar en lo que calificaron como un «espectáculo» indigno. Esta respuesta contrasta con la actitud de Junts, quienes parecen dispuestos a cualquier cosa con tal de alimentar sus narrativas, incluso si ello implica dar voz a un terrorista confeso.  

Es imperativo que, en momentos como este, las instituciones democráticas mantengan su firmeza y no se dejen arrastrar por maniobras políticas que solo buscan desestabilizar y dividir. Dar cabida a las declaraciones de un terrorista en el seno del Parlamento es una afrenta a la justicia, a las víctimas y a la sociedad en su conjunto. Las teorías conspirativas, especialmente cuando se basan en testimonios tan dudosos, no tienen lugar en un debate político serio y responsable. 

La ciudadanía merece representantes que actúen con integridad, que honren la memoria de las víctimas y que trabajen por el bien común, no aquellos que, en su afán de protagonismo, están dispuestos a ensuciar las instituciones y dar voz a quienes han intentado destruir nuestra convivencia.  

Una alianza que amenaza la estabilidad

No hay disimulo posible. Lo que ocurrió en Arabia Saudí no fue una negociación, ni siquiera un intento de mediación, sino un burdo reparto de poder entre dos líderes que tienen más en común de lo que parece: la fascinación por el autoritarismo, el desprecio por el orden internacional y una concepción del mundo propia del siglo XIX. 

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Donald Trump y Vladimir Putin se han sentado a decidir el futuro de Ucrania como si fuera un tablero de ajedrez en el que solo importan sus intereses. No estaban allí para defender la paz, sino para garantizar que Rusia obtenga su botín y que Estados Unidos, bajo el prisma trumpista, saque rédito de la guerra sin importarle la soberanía de un país masacrado por la invasión. Y lo peor: Europa ni está ni se la espera. 

La frase de Trump lo deja claro: «Nunca deberían haberla iniciado. Deberían haber hecho un trato.» Palabras frías, crueles y desprovistas de cualquier atisbo de responsabilidad. Según su lógica, Ucrania es la culpable de haber resistido a la agresión rusa. Deberían haber cedido, rendido, entregado su tierra, sus ciudadanos y su democracia a los designios de Moscú. Es el mismo razonamiento que lleva al matón a justificar la violencia culpando a su víctima por no haberle entregado la cartera a la primera. 

Pero esto no es solo una cuestión de pragmatismo cínico. Es algo mucho más grave: estamos ante la demolición del orden internacional que, con todas sus imperfecciones, ha evitado durante décadas que los imperios vuelvan a hacer y deshacer fronteras a su antojo. La posguerra nos dejó un mundo dividido en esferas de influencia, pero con reglas claras.

Ahora, en pleno siglo XXI, Putin y Trump están dispuestos a dinamitar esas reglas para reinstaurar un nuevo reparto del mundo al estilo del Imperio Británico. Y ya sabemos cómo acabó aquello: siglos de colonización, opresión y guerras interminables. 

Mientras Ucrania se desangra, en Washington y Moscú juegan con su destino sin la más mínima intención de contar con Europa. No es casualidad. Para Trump, la UE no es más que un estorbo burocrático. Para Putin, es un enemigo a debilitar. Juntos, han decidido que el Viejo Continente no tiene voz en su gran partida. 

Pero lo más vergonzoso es la confianza ciega en la palabra de Putin. Trump cree que puede hacer un trato con él, que el Kremlin respetará lo pactado. ¿En qué mundo vive? Rusia ya ha violado todos los acuerdos internacionales previos: desde Budapest en 1994, cuando garantizó la seguridad de Ucrania a cambio de que entregara su arsenal nuclear, hasta Minsk en 2014, que incumplió en cuanto le convenía. Ahora, bajo la bendición de Trump, Putin tendrá vía libre para consolidar su dominio sobre el este ucraniano y, quién sabe, quizás empezar a mirar más allá. 

Y mientras tanto, Europa calla. O peor aún, se divide entre quienes todavía creen que pueden confiar en Estados Unidos como garante de seguridad y quienes, por puro oportunismo, empiezan a coquetear con la idea de aceptar el “nuevo orden” que Moscú y Washington pretenden imponer. Pero la historia nos ha enseñado que ceder ante el autoritarismo nunca es una solución, sino un aplazamiento de conflictos aún mayores. 

Lo que está en juego no es solo el destino de Ucrania, sino el futuro de todo el equilibrio geopolítico. Si permitimos que Putin dicte las condiciones de la paz con la bendición de Trump, estamos abriendo la puerta a una era en la que las potencias volverán a repartirse el mundo con total impunidad. Y cuando eso ocurra, ya no habrá vuelta atrás. 

La juventud escapa hacia los extremos sin una brújula en el centro

En el vasto océano de la política española, una marea inquietante se alza: la juventud, antaño símbolo de esperanza y renovación, navega ahora hacia los arrecifes de la extrema derecha, encarnada en Vox. Según datos recientes, en la franja de 18 a 24 años, Vox capta el 20,7% de los apoyos, superando al PSOE y al PP, que obtienen el 18,2% y el 13,9% respectivamente.

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Este espectro que recorre España no es el de la evolución, sino el de la extrema derecha. La juventud, esa fuerza que históricamente ha sido motor de cambio, parece haber extraviado su brújula y ahora se desliza sin resistencia hacia la orilla de Vox. No es un fenómeno menor ni un capricho estadístico.

Según los datos más recientes, el partido de Santiago Abascal ha conseguido encandilar a un porcentaje inquietante de jóvenes, superando incluso a formaciones tradicionales. El naufragio generacional es un hecho. La pregunta es: ¿qué está fallando?

El primer gran culpable es el centro político, o mejor dicho, su espectral ausencia. Durante años, los partidos tradicionales han jugado a la equidistancia, al “ni contigo ni sin ti”, construyendo discursos planos y asépticos que no encienden pasiones ni despiertan compromisos. El pragmatismo sin ideales se ha convertido en su sentencia de muerte. Y así, la juventud, huérfana de referentes, ha encontrado refugio en los extremos, en las narrativas incendiarias que ofrecen una falsa sensación de certidumbre en un mundo convulso.

A ello se suma el caldo de cultivo perfecto: una generación criada entre crisis, incertidumbre y promesas rotas. Se les dijo que estudiar les garantizaría un futuro, y ahora encadenan contratos basura y alquileres imposibles. Se les inculcó que el progreso era inevitable, y despiertan cada día en un país donde los sueldos menguan mientras los precios suben.

No es que la juventud se haya vuelto reaccionaria por convicción, sino por frustración. Vox, con su retórica agresiva y simplificadora, ofrece un enemigo visible y fácil de odiar: la inmigración, el feminismo, la izquierda, la corrección política. Señala culpables y promete venganza.

Pero la radicalización de la juventud no se explica solo por el hartazgo. Hay una responsabilidad insoslayable en el ámbito educativo y en la cultura digital. En la era de la posverdad, los algoritmos dictan la información que consumimos, y las burbujas ideológicas han convertido la opinión en trinchera.

Reyes en redes sociales

Los discursos de odio y la desinformación han encontrado en YouTube, TikTok y Telegram un festín sin regulación, donde la extrema derecha ha demostrado una habilidad propagandística superior a la de sus rivales. Mientras la izquierda española se ahoga en su propia retórica vacía, en su moralismo woke y en su insistencia en imponer discursos sin conexión con la realidad social, Vox ha aprendido a hablar el idioma de los memes, de la provocación, de la inmediatez emocional.

Y luego está la gran paradoja: la rebeldía travestida de reaccionarismo. Para algunos jóvenes, declararse de extrema derecha es un acto de rebelión posmoderna, un golpe a lo que perciben como el establishment progresista y de la socialdemocracia pasiva del Partido Popular.

Han crecido en un entorno donde la izquierda ha monopolizado el discurso educativo y cultural, pero en lugar de generar reflexión crítica, ha impuesto dogmas irrefutables que han terminado por alienar a una parte de la juventud. Han convertido la política en un compendio de reglas lingüísticas y batallas ideológicas alejadas de los problemas reales de la ciudadanía.

La gran tragedia de esta deriva es que la juventud, que debería ser la chispa del futuro, está cayendo en la trampa de una derecha que no tiene ningún interés en mejorar sus condiciones. Pero la izquierda también ha fallado: ha sido incapaz de hablar un lenguaje accesible, de ofrecer una alternativa pragmática y de ilusionar con un proyecto de país que no dependa de enfrentamientos y superioridad moral.

El centro político tiene una tarea urgente: recuperar a la ciudadanía a base de trabajo. No basta con indignarse ni con despreciar el fenómeno como una moda pasajera. Hay que ofrecer un proyecto atractivo, valiente, que no tema hablar con claridad de los problemas reales de la juventud y, sobre todo, que no ponga soluciones. Si no lo hacen, seguirán viendo cómo las nuevas generaciones, traicionadas y desencantadas, se entregan a los brazos de quienes les prometen fuego y solo les ofrecen cenizas.

Ceses arbitrarios a los embajadores y erosión de confianza

En el corazón de la política exterior española se ha desatado una tormenta de desconfianza e incertidumbre. En apenas unos días, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha ejecutado una purga de embajadores que, lejos de responder a un criterio técnico o estratégico, se inscribe en un patrón de capricho y vendetta personal.

FUENTE: EFE

Un golpe de mano impropio de una democracia consolidada, más cercano a la inestabilidad de repúblicas fallidas que a la seriedad que se espera de un Estado con siglos de historia diplomática.

El cese fulminante del embajador en Bélgica, Alberto Antón, supuestamente por haber sucumbido al sopor durante un discurso del propio Albares, no es más que un síntoma de una enfermedad más profunda. Si antaño la diplomacia se regía por la mesura, la prudencia y la previsibilidad, hoy se rinde ante la susceptibilidad del ministro, que parece confundir la lealtad institucional con la pleitesía personal. No hay margen para la profesionalidad cuando la norma se dicta desde el despecho.

La destitución de Juan González-Barba en Croacia tampoco ha pasado desapercibida. Su pecado: escribir un artículo en el que ensalzaba la función del Rey en la política exterior, una verdad indiscutible que, al parecer, hirió la piel fina del ministro. Un país que degrada a sus diplomáticos por expresar opiniones que, lejos de desafiar la política oficial, la refuerzan, no puede sino verse abocado al descrédito internacional. ¿Qué confianza pueden tener nuestros aliados en un servicio exterior a merced del capricho?

La purga ministerial ha encendido todas las alarmas entre los profesionales de la carrera diplomática. La Asociación de Diplomáticos Españoles ha alzado la voz con una misiva en la que reclama, con inusual contundencia, transparencia y garantías en los nombramientos y ceses. No es una cuestión menor. Sin un marco reglado, sin criterios objetivos y verificables, España se arriesga a transformar su política exterior en un teatro de lealtades personales, donde la capacidad y el mérito son irrelevantes frente a la docilidad y la sumisión.

El problema no es solo la arbitrariedad, sino el efecto corrosivo que tiene sobre una institución que debería ser pilar de estabilidad. La diplomacia requiere continuidad, previsibilidad y profesionalidad. Albares, en cambio, ha sembrado el miedo. La sensación de que ningún embajador está seguro, de que cada palabra debe ser medida con escrúpulo para no despertar el enojo del ministro, es el peor veneno para la eficacia de la acción exterior. España no puede permitirse una diplomacia servil y atemorizada.

El daño es profundo y no se arregla con comunicados tibios ni con justificaciones burocráticas. España necesita urgentemente un Reglamento de la Carrera Diplomática que blinde el servicio exterior contra el capricho del inquilino de turno en el Palacio de Santa Cruz. La política exterior no puede depender del ego de un ministro ni del vaivén de sus humores. No se trata solo de una cuestión de justicia con los profesionales de la diplomacia, sino de la imagen y el peso internacional de España. Un país que ningunea y humilla a sus propios embajadores es un país que proyecta debilidad.

Albares haría bien en recordar que su poder es efímero, que los ministros pasan y las instituciones quedan. Su legado, de seguir por esta senda, será el de un hombre que, en su afán de control absoluto, erosionó la confianza en el servicio exterior español. Y la confianza, una vez destruida, rara vez se recupera.

Mientras tanto, nuestros diplomáticos, antaño embajadores de un país respetado, se ven hoy reducidos a piezas de un tablero movedizo, donde la lógica ha sido reemplazada por la arbitrariedad. Un escenario en el que cualquier destitución parece posible, en el que la incertidumbre se ha convertido en norma. Y en diplomacia, la incertidumbre es sinónimo de decadencia.

Un aviso para Europa

La reciente toma de posesión de Donald Trump para su segundo mandato no fue solo un acto político; también se convirtió en un espectáculo dantesco que reflejó los peligros de una administración que amenaza con desestabilizar no solo a Estados Unidos, sino también al equilibrio global y, sobre todo, de Europa.

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En este contexto, el comportamiento de figuras como Elon Musk y las decisiones comerciales proyectadas contra el viejo continente plantean interrogantes serios sobre el futuro de las relaciones transatlánticas. 

El momento más impactante del acto fue el gesto de Elon Musk, interpretado como un saludo nazi. Aunque sus intenciones podrían ser debatidas, el impacto simbólico fue devastador. En un escenario lleno de tensión, este gesto no solo envía un mensaje de insensibilidad, sino que también fue un reflejo de una radicalización preocupante que Musk ha demostrado en sus discursos recientes. Esta acción, realizada ante una audiencia global, refuerza el temor de que figuras clave de la tecnología estén adoptando posturas extremas en busca de mantener su influencia en una administración que celebra la polarización. 

La toma de posesión también sirvió como un recordatorio del poder de las grandes tecnológicas. Los CEOs de Amazon, Meta, Google, o OpenAI, entre otros, acudieron al evento en un intento por asegurarse de que su influencia sobre la política estadounidense continúe. Este movimiento demuestra que, pese a las tensiones previas entre Trump y Silicon Valley, las grandes corporaciones no dudarán en adaptarse para proteger sus intereses. 

Sin embargo, destacó la ausencia de Bill Gates. Su postura más conciliadora y centrada en el filantropismo lo ha distanciado de estas alianzas. Gates ha criticado públicamente las políticas proteccionistas de Trump y, en particular, su negación del cambio climático. Su ausencia subraya la brecha entre quienes buscan un liderazgo basado en principios globales y quienes están dispuestos a pactar con administraciones divisivas. 

Para Europa, la reelección de Trump representa un peligro palpable. Su postura proteccionista y la amenaza de aranceles del 100% a productos europeos podrían desestabilizar las economías del continente. En sus declaraciones, Trump criticó a España por no alcanzar el gasto mínimo en defensa exigido por la OTAN, situándola en su diana económica. Incluso llegó a confundir al país con un miembro del grupo BRICS, demostrando una falta de comprensión preocupante sobre la geografía política. 

Las políticas arancelarias propuestas, junto con un aumento del nacionalismo industrial, podrían tener consecuencias devastadoras para sectores como la automoción y la tecnología, donde Europa ha sido un actor clave. Además, estas decisiones podrían desencadenar una guerra comercial que minaría aún más la cooperación global. 

El espectáculo ofrecido por la toma de posesión de Trump no es solo un asunto interno de Estados Unidos. Para Europa, es un recordatorio de la importancia de reforzar su unidad frente a un mundo cada vez más polarizado. La combinación de una radicalización simbólica, representada por el gesto de Musk, y unas políticas proteccionistas agresivas son una amenaza directa a la estabilidad y prosperidad del continente. 

Es hora de que los líderes europeos respondan con una estrategia clara que priorice la colaboración interna y la defensa de los valores democráticos. En un momento en que el simbolismo y las decisiones erróneas pueden tener consecuencias globales, Europa debe estar preparada para proteger su posición en el escenario internacional. 

Golpe directo al corazón de la democracia 

Cuando un gobierno que debería proteger los principios democráticos actúa como el mayor enemigo de la justicia, no estamos frente a una simple reforma legislativa; estamos siendo testigos de un ataque frontal al Estado de derecho. Las maniobras del PSOE para restringir la acción popular y consolidar su control sobre el poder judicial son un golpe bajo, calculado y premeditado para dinamitar los cimientos de nuestra democracia. 

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Esta propuesta legislativa, disfrazada de una falsa modernización del sistema judicial, es en realidad un arma de defensa masiva del Ejecutivo. Limitar la acción popular significa eliminar una de las herramientas más poderosas que tienen los ciudadanos para combatir la corrupción y los abusos del poder. Este movimiento busca amordazar a las voces críticas y blindar a los responsables políticos, incluido el entorno de Pedro Sánchez, actualmente bajo la lupa de investigaciones judiciales. 

Es inadmisible que un gobierno se atreva a despojar a la sociedad de su capacidad para exigir responsabilidades. Más grave aún es que esto ocurra cuando las instituciones están ya profundamente erosionadas por la constante intromisión política. La historia nos enseña que cuando un poder ejecutivo decide amordazar al judicial, no es para el beneficio del pueblo, sino para perpetuar sus propias corruptelas. 

El PSOE no solo está destruyendo los contrapesos institucionales; está importando las tácticas de regímenes autoritarios. Eliminar a jueces considerados críticos, prohibir el uso de recortes de prensa como base para investigaciones y restringir las querellas populares son medidas más propias de sistemas autocráticos que de una democracia consolidada. 

¿Quién protege a los ciudadanos si se elimina su capacidad de participar activamente en la supervisión del poder? ¿A quién acuden los españoles cuando el Gobierno controla los tribunales y los cierra a la acción pública? Estas preguntas no son retóricas; son gritos de alarma que deberían resonar en cada rincón de nuestro país. 

Un Gobierno acorralado y peligroso 

La gravedad de esta reforma se amplifica por el contexto en el que se produce: un Gobierno acorralado por investigaciones que tocan a sus círculos más próximos. Pedro Sánchez y su partido buscan desesperadamente tapar los agujeros de un barco que hace aguas por todos lados, y en su desesperación no dudan en sacrificar los principios democráticos que juraron defender. 

Este es el momento de la verdad para España. Si permitimos que este atropello prospere, abrimos la puerta a una espiral de autoritarismo sin retorno. Las democracias no se destruyen de la noche a la mañana; caen por la suma de pequeñas traiciones como esta, que pasan desapercibidas o se normalizan bajo la excusa de la gobernabilidad. 

Hacemos un llamado urgente a la ciudadanía, a las organizaciones civiles y a los partidos de la oposición: este es el momento de actuar. No basta con la crítica tibia o las palabras bonitas; se necesita una movilización masiva para frenar este atropello. Cada ciudadano tiene el deber moral de defender los valores democráticos que tanto nos ha costado conquistar. 

El PSOE está jugando con fuego, y el precio de sus acciones lo pagaremos todos. No se trata solo de esta reforma; es la acumulación de ataques a la libertad y a la justicia lo que convierte a este Gobierno en una amenaza directa para España. Si no resistimos ahora, mañana será demasiado tarde. 

El expansionismo de Trump pone en jaque la soberanía

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, ha dejado claro que su visión del liderazgo mundial desprecia las normas internacionales y se basa en una peligrosa combinación de intimidación y arrogancia. Sus recientes declaraciones sobre Groenlandia son una agresión flagrante a la soberanía de Dinamarca y un insulto a los principios fundamentales del derecho internacional.

FUENTE: EFE

Amagar con imponer aranceles y sugerir una intervención militar no son meras bravuconadas; son la hoja de ruta de un líder que desprecia el orden mundial para imponer una voluntad que se podría asemejar al imperialismo. 

¿Desde cuándo un líder electo se arroga el derecho de decidir qué territorios debe ceder otro país? Trump ha declarado que Groenlandia es vital para la «seguridad nacional» estadounidense, insinuando, de manera descarada, que Dinamarca no tiene derecho sobre la isla.

Estas afirmaciones no solo son ahistóricas, sino también delirantes. Su mención a la presencia de barcos chinos y rusos en la región como excusa para sus amenazas es un intento burdo de encubrir sus ambiciones imperialistas con el pretexto de proteger el «mundo libre». 

Más preocupante aún es la indiferencia con la que Trump coquetea con el uso de la fuerza. Cuando se le preguntó si descartaba medidas militares o económicas, su respuesta escalofriante fue un rotundo «No». Esta afirmación, propia de una era de barbarie geopolítica, es un retroceso al colonialismo más descarado.

Bajo su mandato, Estados Unidos parece dispuesto a emplear cualquier medio, por destructivo que sea, para satisfacer los caprichos de un presidente que ve el poder como un fin absoluto. 

El espectáculo no termina ahí. Mientras Trump amenaza a Dinamarca, su hijo, Donald Trump Jr., pasea por Groenlandia, un acto de provocación orquestado que roza lo grotesco. Este gesto revela una visión dinástica y depredadora de la política exterior, donde los intereses familiares se anteponen a cualquier principio ético o diplomático.

Europa no puede permitirse ignorar esta afrenta. Cada paso atrás frente a Trump es una victoria para un líder que desprecia las reglas y que sueña con imponer su visión del mundo a cualquier precio. 

La amenaza a Groenlandia no es un incidente aislado. Trump ha mostrado interés en el Canal de Panamá y ha cuestionado la integridad territorial de Canadá y México. Su retórica sobre «deshacerse de fronteras artificiales» es una declaración de guerra a la autodeterminación de los pueblos y una burla a la estabilidad global.

La obsesión por ampliar su influencia no conoce límites ni escrúpulos. Lo que está en juego no es solo Groenlandia; es el equilibrio global que tanto ha costado construir. 

Las palabras de Trump no solo revelan un desprecio hacia Dinamarca, sino hacia cualquier noción de cooperación internacional. Su política exterior, basada en la intimidación y la coerción, socava los principios que han mantenido la paz durante décadas. Este enfoque unipolar y autoritario recuerda a las peores épocas de la historia, donde el poder se imponía sin consideración alguna por los derechos de los demás. 

Europa, como bloque, tiene la responsabilidad moral y política de reaccionar con contundencia. La Unión Europea no puede permitir que un líder electo, todavía sin asumir el cargo, normalice amenazas de esta magnitud.

Ceder ante Trump no es solo aceptar su visión imperialista; es traicionar los valores que sustentan la paz y el progreso. Una respuesta unificada y firme es esencial no solo para proteger a Dinamarca, sino para enviar un mensaje claro: las amenazas y el expansionismo no tienen cabida en el siglo XXI. 

Los líderes europeos deben unirse para enfrentar esta amenaza con la fuerza de la diplomacia y, si es necesario, con medidas disuasorias firmes. La inacción no es una opción. Defender a Dinamarca es defender la esencia misma de la comunidad internacional: respeto, justicia y autodeterminación.

Además, se debe advertir a Trump que Europa no se dejará intimidar ni por amenazas económicas ni por bravuconadas militares. Si se permite que este tipo de conducta pase sin consecuencias, se abrirá una puerta peligrosa hacia un futuro donde las reglas las dicte únicamente la fuerza. 

Groenlandia, una región estratégica pero históricamente pacífica, merece algo mejor que ser el peón en el tablero geopolítico de Trump. Su soberanía debe ser respetada, y su futuro decidido por quienes tienen el derecho legítimo de hacerlo: su población y Dinamarca.

Europa no puede ni debe permitir que esta situación se deteriore aún más. Una postura débil enviaría un mensaje de vulnerabilidad que otros actores internacionales podrían explotar. 

Más allá de las palabras, se necesitan acciones concretas que frenen las ambiciones desmedidas de un líder que amenaza con desestabilizar el orden mundial antes incluso de asumir el poder. La defensa de Dinamarca es, en última instancia, la defensa de los principios que sustentan una comunidad global pacífica y cooperativa.

Frente a un líder que parece decidido a gobernar por la fuerza, Europa debe mantenerse firme y unida, recordando que la paz y el respeto no son concesiones; son derechos conquistados con esfuerzo y que no deben ser cedidos bajo ninguna circunstancia. 

La Constitución es la única celebración posible

Es bien sabido por todos que celebrar en este 2025 «Cincuenta años en libertad» con cien o más actos, es sólo el subterfugio para celebrar la muerte de Franco y también la penúltima de las mentiras de quien los promueve, el presidente de gobierno Pedro Sánchez.

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Ni la libertad empezó en España hace cincuenta años ni desenterrar el espectro de Franco logrará dividir a los españoles en dos bandos, como es su propósito. Con este su «a moro muerto gran lanzada» no hace Pedro Sánchez sino recordar una desdichada realidad: el prolongado fracaso de la oposición para acabar con un dictador decrépito y sanguinario que murió en la cama y la soledad y sacrificio de los pocos y heroicos luchadores que lo combatieron.

Llegó al Gobierno enfrentando a todos con todos y hoy como entonces camina apoyado en el báculo de la mentira» Con la Guerra Civil perdida para la República, su presidente Manuel Azaña pronunció su célebre «Paz, piedad, perdón». Dirigió esas palabras a todos los españoles, sin distinción de bandos. Sabía que ese era el único camino de la reconciliación tras una guerra que había abierto heridas muy hondas en todas las familias españolas, en un país partido por la mitad.

Casi noventa años después el presidente de Gobierno Pedro Sánchez ha decidido hacerlas suyas, en un tono guerracivilista ya olvidado: «Ni paz ni piedad ni perdón; perdón solo para los nuestros, piedad únicamente para los míos y paz para nadie». Sus siete años de Gobierno han sido los de la corrupción política e institucional más grave de nuestra democracia. A ella ha sumado ahora la mistificación histórica y su miserable recurrencia a la Guerra Civil y a la «memoria histórica», consistente en olvidar lo que no le aprovecha y recordar lo que le conviene. A un tiempo muro y cortina de humo. Un muro entre españoles y la cortina con que trata de ocultar toda su miseria personal, política y moral, y la de su entorno, y cuantos procesos judiciales lo acorralan por corrupción.

La inmensa mayoría de los españoles decidió dejar atrás definitivamente una guerra y una dictadura en la que no pocas de sus víctimas habían sido victimarios, en la que el dolor de unos no se podría comprender ni perdonar sin perdonar y comprender el de los otros. Quienes habían perdido la guerra renunciaron a la venganza y quienes la habían ganado, al poder que disfrutaban.

Sin memoria no hay justicia y sin olvido no hay paz. Reparar solo a unas víctimas es despertar en las otras los agravios, y olvidarse de estas, la mayor de las injusticias. Las víctimas son de todos, la memoria es personal e intransferible y la verdad es una tarea común. Hacemos desde aquí un llamamiento a todas y todos los demócratas, y en especial a las fuerzas políticas, a boicotear cuantos aquelarres se promuevan en torno a Franco por aquellos que dicen celebrar la libertad echando mano de la discordia, su mayor amenaza, y la reconciliación, promoviendo el encono civil. Los españoles ya estamos reconciliados. Lo hizo una abrumadora mayoría, y dio a ese pacto el nombre de Constitución de 1978. La única fecha de celebración posible y deseable.

Firman: Nicolás Redondo, Andrés Trapiello, Fernando Savater, Juan Luis Cebrián, Albert Boadella, Federico Jiménez Losantos, Félix de Azúa, Cayetana Álvarez de Toledo, Arcadi Espada, Teresa Freixes, Ignacio Varela, Teo Uriarte, Rosa Belmonte, Rafael Latorre, Félix Ovejero, Juan Abreu, Esperanza Aguirre, Iñaki Arteta, Enrique Baca, Jorge Bustos, Dolors Caminal, Jordi Canal, Ricardo Cayuela, Alejandro Cercas, Ramiro Cibrián, José Luis Corcuera, Pedro Corral, Mario Crespo, Rosa Cullell, Luis Alberto de Cuenca, Pablo de Lora, Álvaro Delgado-Gal, Guillermo Díaz, Rosa Díez, Antonio Elorza, Iñaki Ezkerra, Tomás-Ramón Fernández Rodríguez, Juan Fernández-Miranda, Mercedes Fuertes, Enrique Gimbernat, Juan Antonio Gómez-Angulo, José Ángel González Sainz, Alberto González Troyano, Santiago González, Felipe Hernández Cava, Andrés Herzog, Andreu Jaume, Jon Juaristi, Juan José Laborda, Carmen Ladrón de Guevara, Emilia Landaluce, Joaquín Leguina, Teodoro León Gross, Francisco Llera, Pilar Marcos, Carlos Mármol, Alfonso Meléndez, Mira Milosevich, Carlos Miranda, José Antonio Montano, Miriam Moreno Aguirre, José María Múgica, Clara Eugenia Núñez, Alberto Olmos, Pelayo Ortega, Maite Pagazaurtundúa, Ana Palacio, José Luis Pardo, Xavier Pericay, Tomás Pollán, Verónica Puertollano, Maite Rico, Javier Rioyo, Marta Rivera de la Cruz, Carlos Rodríguez Braun, Fernando Rodríguez Lafuente, Ramón Rodríguez, Octavio Ruiz-Manjón, Karina Sainz Borgo, Yaiza Santos, Paco Sosa Wagner, Miriam Tey, Gabriel Tortella, Manuel Toscano, Julio Valdeón, Paco Vázquez, e Iñaki Viar.

Crónica de un año en falso 

El año 2024 concluye bajo el peso de un Gobierno que ha hecho del espejismo su estrategia más audaz. Pedro Sánchez, siempre dispuesto a vestirse con los laureles del éxito, ha presentado un balance anual que bien podría figurar en un manual de ficciones políticas.

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En su narrativa, España no se rompe, sino que rompe récords; sin embargo, la realidad que asoma entre las grietas de su discurso dista mucho de ser motivo de celebración. 

Comencemos por el plano económico, que el Ejecutivo ha presentado como su joya de la corona. Si bien es cierto que los indicadores macroeconómicos han mostrado cierta resiliencia, la celebración de un crecimiento del PIB o la disminución del desempleo resulta superficial cuando ignoramos la precariedad estructural que subyace.

El mercado laboral español sigue atrapado en un esquema de temporalidad y salarios bajos que perpetúa la desigualdad y mina el poder adquisitivo de las familias. La ‘modernización’ del tejido productivo, ensalzada por el presidente, parece más un lema vacío que una transformación real. Las inversiones provenientes de los fondos europeos Next Generation han quedado atrapadas en un laberinto burocrático que retrasa su impacto tangible. 

La subida de las pensiones, uno de los principales anuncios del Gobierno, esconde también una paradoja amarga. Aunque resulta imperativo garantizar el poder adquisitivo de nuestros mayores, el sistema de la Seguridad Social sigue siendo insostenible. En lugar de abordar reformas estructurales que equilibren las cargas demográficas y financieras, el Ejecutivo opta por pan para hoy y hambre para mañana, posponiendo decisiones que otros Gobiernos deberán asumir con un coste político mucho mayor. 

En el terreno de las políticas sociales, la autocomplacencia también reina. Se habla de ‘récords’ en sanidad y educación, pero los usuarios de ambos sistemas cuentan otra historia. Las listas de espera en los hospitales siguen siendo interminables, las urgencias colapsan, y la atención primaria languidece por falta de recursos. En educación, la situación no es mejor: la inversión anunciada no se traduce en mejoras significativas en las aulas, y las desigualdades educativas persisten entre comunidades autónomas. 

El discurso sobre el cambio climático también merece un análisis minucioso. Si bien España ha avanzado en energías renovables, este logro se produce más a pesar del Gobierno que gracias a él. Las medidas adoptadas han sido tardías, y la planificación a largo plazo sigue siendo una asignatura pendiente. Mientras tanto, sectores clave como la agricultura y el turismo enfrentan los embates del cambio climático con escaso apoyo institucional, lo que amenaza el sustento de millones de ciudadanos. 

El impacto devastador de la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) dejó en evidencia, una vez más, la fragilidad de la planificación del país frente a eventos climáticos extremos. Inundaciones masivas arrasaron comunidades enteras, causando millones en daños materiales y pérdidas humanas irrecuperables. El Gobierno reaccionó con promesas de ayudas económicas y planes de reconstrucción, pero la lentitud en la ejecución de estas medidas ha generado un profundo malestar en las zonas afectadas. A pesar de su retórica climática, Sánchez ha fallado en liderar una estrategia nacional que refuerce la resiliencia frente a estos fenómenos, mientras los efectos del cambio climático se intensifican con cada temporada. 

El desequilibrio hídrico, marcado por una sequía persistente y eventos extremos, ha golpeado especialmente al sector agrícola. Los agricultores, atrapados entre las adversidades climáticas y la falta de apoyo estatal, enfrentan uno de los años más duros de la última década. El agua, bien escaso y cada vez más politizado, sigue siendo objeto de disputas territoriales sin que el Ejecutivo haya sido capaz de implementar una política hídrica sostenible y equitativa. 

Quizás el aspecto más preocupante sea el deterioro del clima político. Sánchez se queja del “tornado de crispación”, pero él mismo ha contribuido a avivar los vientos. Su Gobierno ha instrumentalizado el diálogo con los partidos independentistas para mantenerse en el poder, alimentando un sentimiento de agravio en amplios sectores de la población. La Ley de Amnistía, presentada como un gesto de reconciliación, ha dividido más que unido, y su implementación se percibe como un pago político más que como un paso hacia la cohesión nacional. 

En este contexto, las relaciones con las comunidades autónomas se presentan como un éxito, pero la realidad es que la llamada ‘cogobernanza’ ha sido un baile de cifras más que una colaboración efectiva. Las transferencias aumentan, pero la descentralización del gasto no siempre se traduce en mejoras para los ciudadanos. Las desigualdades territoriales persisten, y la sensación de abandono en algunas regiones se agrava. 

Lo más grave de este panorama es la falta de una visión de futuro. Este Gobierno se ha dedicado a apagar incendios, reales o imaginarios, en lugar de construir una agenda de Estado. Las políticas se implementan con vistas al corto plazo y con la obsesiva prioridad de preservar la coalición de Gobierno. El resultado es un país que avanza a trompicones, sin una dirección clara y con una ciudadanía cada vez más desencantada. 

La retórica triunfalista de Sánchez contrasta de manera dolorosa con la experiencia cotidiana de los ciudadanos. La inflación, aunque contenida en comparación con otros países, sigue erosionando los presupuestos familiares. Las promesas de equidad y modernización suenan huecas cuando se enfrentan a la realidad de la precariedad y la incertidumbre. En lugar de aprovechar el potencial de España para liderar en innovación y desarrollo, el Gobierno parece conformarse con maquillar cifras y presentar informes brillantes que poco tienen que ver con la vida real. 

‘Ganar’ como en Venezuela o ganar unas elecciones

En un ejercicio que desafía tanto la ética política como el sentido común, José Luis Rodríguez Zapatero se posiciona como el gran interlocutor de Nicolás Maduro, utilizando su «capacidad de diálogo» como escudo para justificar una relación que muchos consideran cómplice de un régimen que oprime. a su pueblo.

FUENTE: EFE

Esta admisión, lejos de aportar claridad, oscurece aún más su postura frente a una dictadura que encarcela, tortura y priva de derechos básicos a miles de venezolanos, entre ellos menores de edad como Mariana González y Chelsea Correa. 

Zapatero evita pronunciarse sobre si Maduro es un dictador o un demócrata, refugiándose en frases vacías como que “ha ganado muchas elecciones”. Este tipo de comentarios no solo eluden la responsabilidad de condenar un sistema electoral profundamente cuestionado, sino que también muestran una peligrosa ambigüedad frente a los atropellos de un régimen que ha desmantelado las instituciones democráticas en Venezuela. Al negarse a «hacer ni de órgano electoral ni de juicio electoral», Zapatero no se mantiene neutral, sino que valida, por omisión, un sistema que perpetúa la represión y el sufrimiento. 

En sus declaraciones, Zapatero asegura que su trabajo está «comprometida con los opositores», pero esta afirmación choca con su silencio frente a las violaciones sistemáticas de derechos humanos y la falta de libertades en Venezuela. ¿Cómo puede alguien que dice estar del lado de los opositores evitar condenar públicamente al régimen que los persigue? Este doble discurso es una confrontación no solo a los venezolanos, sino también a los valores democráticos que Zapatero, como expresidente de una democracia consolidada, debería defender sin ambages. 

En paralelo, Zapatero parece extender esta ambigüedad moral a su postura sobre la política interna de España. Su confianza en Carles Puigdemont, al que describe como alguien que «habla claro» y está en un «proceso de nueva actitud», refleja una preocupante desconexión con la realidad de un líder que ha desafiado las leyes españolas y cuyo retorno al diálogo se basa más en el cálculo político que en una auténtica voluntad de reconciliación. La visión de Zapatero de que el independentismo catalán puede «situarse dentro del juego político» ignorar el impacto destructivo de sus acciones pasadas y minimizar los riesgos de una política de apaciguamiento que amenaza con perpetuar las tensiones territoriales. 

Por otro lado, el contraste entre su defensa de Pedro Sánchez y su valoración de Felipe González es revelador. Mientras critica a González por su postura crítica hacia el actual presidente, Zapatero no duda en respaldar a Sánchez en un momento en que su liderazgo está marcado por pactos cuestionables y tensiones internas en el PSOE. Esta lealtad parece menos un acto de convicción que un intento de consolidar su propio legado como mediador y garantía del diálogo, aunque ello implica ignorar los riesgos de acuerdos como la Ley de Amnistía o las concesiones presupuestarias a Cataluña. 

La conexión entre su relación con Maduro y su postura en la política española es evidente: en ambos casos, Zapatero parece estar más interesado en construir una narrativa de diálogo y reconciliación que enfrente las realidades de líderes y regímenes que socavan los principios democráticos. Esta estrategia, basada en evitar definiciones claras y adoptar una postura de mediador eterno, termina siendo una renuncia a los principios fundamentales de la política: defender la justicia, la democracia y los derechos humanos sin reservas. 

El papel de Zapatero en el escenario internacional, particularmente su vínculo con Maduro, y su actitud en la política interna española contribuyen a una preocupante erosión de la credibilidad política de España. Al evitar condenar con firmeza la dictadura venezolana y al validar con sus palabras y gestos a líderes cuestionables, Zapatero envía un mensaje peligroso: que el diálogo y la neutralidad mal entendida pueden estar por encima de los valores universales. 

Este camino no solo perjudica a quienes, como Mariana González y Chelsea Correa, luchan por su libertad en condiciones inhumanas, sino que también debilita a España en el panorama internacional. Al anteponer sus intereses como interlocutor a los principios democráticos, Zapatero se convierte en un símbolo de la decadencia de una política que, en lugar de liderar con firmeza, elige mirar hacia otro lado mientras el mundo arde.