Gobernar aunque el Congreso diga lo contrario

El caos jurídico del último decreto de vivienda ha dejado algo más profundo que una batalla sobre alquileres. Ha dejado al descubierto una mutación silenciosa del poder: un Gobierno que empieza a descubrir que puede legislar durante semanas, producir efectos reales y mantener consecuencias jurídicas incluso cuando pierde después la votación parlamentaria.
FUENTE: EFE

La política española está entrando en una fase institucional mucho más delicada de lo que parece. El ruido de cada decreto, de cada negociación fallida o de cada bronca parlamentaria está ocultando una transformación de fondo que merece bastante más atención. No estamos sólo ante un Gobierno con dificultades para aprobar leyes. Estamos ante un Ejecutivo que empieza a aprender algo mucho más útil para su supervivencia: que puede gobernar incluso cuando pierde.

El último episodio lo hemos visto con el Real Decreto-ley 8/2026 sobre alquileres. La norma entró en vigor tras su publicación en el BOE el 21 de marzo, desplegó efectos inmediatos sobre miles de contratos, alteró relaciones jurídicas entre propietarios e inquilinos y generó nuevas obligaciones contractuales. Un mes después, el Congreso tumbó su convalidación. Formalmente, el Parlamento había hablado. Políticamente, el Gobierno había perdido.

Jurídicamente, no del todo.

Los efectos producidos durante la vigencia provisional del decreto siguen generando discusión entre juristas, pero la doctrina constitucional dominante apunta a que muchas de esas situaciones consolidadas sobreviven aunque la norma decaiga posteriormente. Eso significa algo políticamente explosivo: el Gobierno puede legislar por decreto, aplicar la norma, modificar conductas, alterar contratos y, aunque después pierda la votación parlamentaria, parte del efecto ya está producido y no desaparece automáticamente.

Y ahí es donde la cuestión deja de ser vivienda.

El Congreso ya no siempre corrige

El artículo 86 de la Constitución nació para responder a situaciones de extraordinaria y urgente necesidad. Era una herramienta excepcional para momentos excepcionales. Pero como tantas herramientas extraordinarias en política, el problema comienza cuando se descubre su utilidad cotidiana.

Durante años el abuso del decreto-ley ya había vaciado parcialmente al Parlamento. Gobiernos de distinto signo lo han utilizado. Pero lo que empieza a asomar ahora es un paso adicional: usar el decreto no sólo porque permite aprobar rápido, sino porque incluso una derrota posterior puede no deshacer completamente lo hecho. Ésa es la novedad.

Ya no se trata únicamente de legislar sin debate previo. Se trata de producir hechos consumados antes de que el control parlamentario llegue. Cuando el Congreso finalmente vota, una parte de la realidad jurídica ya ha cambiado.

Y la política, como siempre, aprende rápido cuando descubre mecanismos de poder.

Del BOE al hecho consumado

La clave de este modelo no está en la ley, está en el tiempo. El Ejecutivo publica el decreto, entra en vigor al día siguiente, ciudadanos y empresas adaptan su comportamiento, se firman contratos, se ejercitan derechos, se consolidan posiciones jurídicas. Después llega el Congreso, a veces semanas más tarde, y puede tumbar la norma. Pero para entonces una parte del recorrido ya está hecha.

Es el poder del hecho consumado elevado a técnica de gobierno.

El decreto de alquileres lo ha mostrado con crudeza. Inquilinos que solicitaron prórrogas, propietarios obligados a modificar decisiones, despachos jurídicos interpretando derechos nacidos bajo una norma que después ha muerto, operadores económicos actuando sobre una legislación políticamente rechazada pero temporalmente eficaz. La inseguridad jurídica es evidente, pero la utilidad política también. Porque el mensaje implícito es poderoso: aunque pierdas el Parlamento, puedes seguir condicionando la realidad.

Gobernar sin mayoría estable

Éste no es un problema técnico, es una consecuencia política directa de la debilidad parlamentaria.

Cuando un Gobierno pierde capacidad para construir mayorías estables, busca mecanismos alternativos para mantener iniciativa. Unas veces son acuerdos bilaterales con socios de supervivencia. Otras veces son cesiones presupuestarias. Y otras, como empieza a verse ahora, es el uso creativo de los márgenes constitucionales. No porque sea necesariamente ilegal, precisamente ahí está lo preocupante.

Las democracias no suelen degradarse sólo por rupturas abiertas. Muchas veces se erosionan por acumulación de usos formalmente legales pero políticamente desnaturalizados. Todo está dentro de la norma hasta que el espíritu de la norma deja de importar.

La tentación de un precedente

El problema del decreto de vivienda no son los alquileres. Ni siquiera Junts. Ni la pelea entre PSOE y Sumar. El verdadero problema es el precedente.

Si un Gobierno comprueba que puede dictar una norma, aplicarla durante treinta días, alterar relaciones jurídicas y después sobrevivir aunque el Congreso la tumbe, la tentación de repetir el mecanismo es enorme.

Vivienda hoy. Energía mañana. Fiscalidad pasado. Regulación laboral después.

No hace falta controlar el Parlamento si descubres que puedes llegar antes que él.

La forma también es el fondo

La política española lleva años obsesionada con el contenido de cada batalla legislativa: impuestos, pensiones, vivienda, energía, inmigración. Pero empieza a pasar algo más profundo: la verdadera disputa ya no siempre está en qué se aprueba, sino en cómo se gobierna.

Y cuando un Ejecutivo empieza a descubrir que el BOE puede llegar más lejos que el Congreso, la cuestión deja de ser ideológica.

Pasa a ser institucional.

Porque una democracia puede soportar gobiernos débiles. Lo que empieza a volverse mucho más difícil es soportar gobiernos que aprenden a gobernar sin asumir plenamente sus derrotas parlamentarias.

La infamia de dar voz a un terrorista

En un acto que desafía toda lógica y decencia, el Congreso de los Diputados ha sido escenario de una afrenta sin precedentes: la comparecencia de Mohamed Houli Chemlal, terrorista condenado por los atroces atentados de Barcelona y Cambrils en 2017.

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Este individuo, responsable de la muerte de 16 personas inocentes, ha sido invitado a declarar en una comisión de investigación, no por un imperativo de justicia o esclarecimiento, sino como resultado de las maniobras políticas del partido que ‘manda’ en la política española, Junts per Catalunya, empeñados en alimentar teorías conspirativas infundadas que solo buscan sembrar la desconfianza y el caos. 

La presencia del terrorista en el Parlamento es una burla a las víctimas y a la sociedad española en su conjunto. Este individuo, que cumple una condena de 43 años de prisión por su participación en la masacre, ha sido utilizado como peón en el juego político de aquellos que, carentes de argumentos sólidos, recurren a la estrategia más vil: dar credibilidad a las palabras de un terrorista para respaldar sus propias agendas.  

Durante su comparecencia, Chemlal afirmó sin aportar prueba alguna que el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) estaba al tanto de las intenciones del imán de Ripoll y permitió que este «nos comiera la cabeza». Estas declaraciones, carentes de fundamento y provenientes de alguien cuya credibilidad es, cuanto menos, cuestionable, han sido acogidas con entusiasmo por los independentistas de Junts. Carles Puigdemont y su séquito no han dudado en amplificar estas acusaciones, utilizando las palabras de un condenado por terrorismo para reforzar sus delirantes teorías de conspiración.  

Es alarmante y profundamente irresponsable que representantes políticos otorguen plataforma y credibilidad a un individuo que ha demostrado su desprecio por la vida humana y los valores democráticos. Al hacerlo, no solo mancillan la memoria de las víctimas, sino que también ponen en entredicho la integridad de las instituciones del Estado. Esta actitud revela una desconexión total con la realidad y una desesperación por mantenerse relevantes, incluso a costa de la verdad y la decencia.  

La reacción de otros grupos parlamentarios no se ha hecho esperar. El Partido Popular, en un gesto de dignidad y respeto hacia las víctimas, abandonó la sala en señal de protesta, negándose a participar en lo que calificaron como un «espectáculo» indigno. Esta respuesta contrasta con la actitud de Junts, quienes parecen dispuestos a cualquier cosa con tal de alimentar sus narrativas, incluso si ello implica dar voz a un terrorista confeso.  

Es imperativo que, en momentos como este, las instituciones democráticas mantengan su firmeza y no se dejen arrastrar por maniobras políticas que solo buscan desestabilizar y dividir. Dar cabida a las declaraciones de un terrorista en el seno del Parlamento es una afrenta a la justicia, a las víctimas y a la sociedad en su conjunto. Las teorías conspirativas, especialmente cuando se basan en testimonios tan dudosos, no tienen lugar en un debate político serio y responsable. 

La ciudadanía merece representantes que actúen con integridad, que honren la memoria de las víctimas y que trabajen por el bien común, no aquellos que, en su afán de protagonismo, están dispuestos a ensuciar las instituciones y dar voz a quienes han intentado destruir nuestra convivencia.  

El bulo (que no es) de la cita previa

El otro día asistimos a un acalorado debate en el Congreso donde hemos podido presenciar un nuevo ataque de ira del ministro Escrivá, señal inequívoca de la inseguridad que provoca no estar de acuerdo con sus propios planteamientos.

FUENTE: EFE

El ministro de Seguridad Social acostumbra a tomar posiciones airadas, sea en las Cortes o incluso en las redes sociales, cuando alguien le lleva la contraria. Es lo que ha sucedido en estos días pasados en el Congreso tras la acusación por parte de la oposición sobre el hecho de que hay que pedir cita previa para ser atendido en las oficinas de la Seguridad Social, así como las advertencias de que algunos autónomos tendrían que devolver las ayudas por cese de actividad que recibieron al comienzo de la pandemia. 

El problema es que la primera acusación es bastante fácil de comprobar en la web de la propia Seguridad Social, en la que se indica claramente que «la atención al ciudadano en las oficinas de la Seguridad Social requiere disponer de una cita», aunque ahora el ministro Escrivá trate de enmendar su error diciendo que “al 25% de personas se las atiende directamente”, sobre todo a colectivos vulnerables y a realizar trámites urgentes. Lo que está claro es que el mensaje de la web del sistema no es una recomendación, sino más bien una orden. Escrivá ha errado. 

Este modelo de citas, que lleva instaurado desde inicio de año, buscaba instaurar un orden y agilidad a la Administración que solo ha conseguido empeorar la asistencia. Con un sistema colapsado en el momento con más empleados públicos de la historia, algo digno de analizar más que de intentar desmentir, el clásico “vuelva usted mañana” se ha instaurado hasta en la vía telemática. 

La cita previa obligatoria pudo tener algún sentido en el momento inicial del caos que supuso la pandemia, pues se trataba de evitar las aglomeraciones y de salvar la vida de las personas.  Hoy en día, y pasada ya esta situación, ni tiene sentido ni cobertura legal. Por ello, sorprende la generalización que se está produciendo de este sistema. En rigor, solo debería tener sentido cuando se preste un servicio muy específico que requiera una especial atención a la persona, pero no en los registros administrativos ni en la generalidad de las Administraciones públicas. 

Esta herramienta se ha convertido en un trámite más que no está previsto expresamente en las normas que regulan los procedimientos administrativos.  Provoca un deterioro de los servicios públicos que solo encuentra explicación en una mala gestión y planificación por parte de los responsables y de los directivos públicos que la implantan. 

Lo más grave de esta situación son las acusaciones, recogidas por el periódico ‘El País’, de ciudadanos que tienen que recurrir a un “mercado negro de citas” para conseguir sentarse delante de un funcionario. La pandemia nos ha dejado la secuela de la cita previa, provocando la insuficiencia productiva del funcionariado, que han visto relajada su jornada con atenciones más espaciadas dejando como consecuencia el cuello de botella existente en la actualidad. 

En fin, la pandemia ya no puede justificar que se cambien los métodos de trabajo en la Administración. Es posible que exista una falta de funcionarios en muchas Administraciones, pero la solución no puede ser la cita previa obligatoria, sino una adecuada planificación del servicio y un redimensionamiento de las plantillas de personal. 

El uso (y abuso) de la figura del real decreto-ley

Desde 2018, España ha sufrido un aumento desmesurado de normas aprobadas a través de la figura del real decreto-ley. El actual Gobierno ha roto todos los récords históricos en proporción a los años de Gobierno y, en el año y medio que queda para el término de la legislatura, se espera que continúe usando este mecanismo que se critica muy duramente cuando se está en la oposición, pero se usa (y abusa) cuando se está en el Gobierno.

FUENTE: EFE

En cuatro años, esto es, de junio de 2018, cuando Pedro Sánchez llegó a la presidencia del Gobierno, a día de hoy, el Consejo de Ministros ha aprobado más de 120 decretos-ley. Sólo les supera los gobiernos de Felipe González con 130, eso sí, en 14 años de mandato, y José María Aznar con 127, en ocho. El récord se mantiene de forma porcentual, pero es más que probable que se superen las cifras totales en tan solo una legislatura.

Si bien es cierto que la pandemia obligó a tomar decisiones de emergencia que debían aplicarse de manera inmediata y su paso por las Cámaras ralentizaría su entrada en vigor, esto debe aplicarse en situaciones de excepcionalidad, nunca de forma normal. El Gobierno de coalición ha aprovechado esta circunstancia para aplicar medidas legislativas sin pasar por el Congreso cuando no había motivos para que no fuese así.

Más allá de la urgencia, las formas y el rigor son fundamentales. Esto no ha sido respetado por el Gobierno que, incluso cuando el Tribunal Constitucional se los tumba, quedan ahí flotando como si nada hubiera pasado. En ocasiones parece que el decreto-ley es un instrumento creado a la medida del presidente y su uso se ajustase más a sus imperiosas necesidades que a las del país mismo. Claro ejemplo fue la urgencia de colocar a Pablo Iglesias en la comisión de control del CNI.

Pero siempre que se analiza esta cuestión, aparecen enseguida las voces defensoras que esgrimen el argumento de que una parte sustancial de los reales decretos-ley convalidados en el Congreso pasan después a tramitarse como proyectos de Ley. Efectivamente esto es así, pero incluso en esta estrategia usada por los grupos minoritarios para condicionar su voto favorable a la convalidación a cambio de poder modificar posteriormente la norma introduciendo enmiendas, el Gobierno ha conseguido convertir este proceso en una ‘vía muerta’ legislativa. Nada le impide al Ejecutivo jugar a dilatar los plazos de tramitación de ese proyecto de ley indefinidamente a base de prórrogas.

De hecho, ya está pasando. Si ir más lejos con el Plan Nacional de respuesta a las consecuencias económicas y sociales de la guerra en Ucrania, cuyo decreto se aprobó en marzo, así como su tramitación como proyecto de ley, de la que poco se sabe hasta la fecha. Suma y sigue: el decreto de medidas urgentes de prevención y contención para hacer frente a la crisis del Covid; medidas en materia de empleo agrario; otras de apoyo al sector cultural y de carácter tributario o de medidas sociales en defensa del empleo y así hasta decenas de ellos.