
La primera semana completa del curso político ha bastado para recordar el tipo de legislatura en la que estamos.
FUENTE: EFE
Uno puede discutir durante meses si una legislatura está agotada, si el Gobierno conserva iniciativa o si la oposición exagera cada tropiezo hasta convertirlo en una crisis de Estado. Hay semanas, sin embargo, en las que el debate se vuelve casi superfluo porque los hechos adquieren una capacidad descriptiva difícil de mejorar. Esta ha sido una de ellas. No por un gran acontecimiento que lo explique todo, sino por la sucesión de episodios distintos que, colocados unos junto a otros, terminan componiendo un retrato bastante coherente del poder.
Empezamos descubriendo que el Ministerio del Interior había elaborado un documento de 54 páginas con fichas de 281 periodistas y colaboradores, incluyendo fotografías, medios, supuesta orientación ideológica y, en numerosos casos, su posición favorable o crítica respecto del Gobierno. El departamento de Fernando Grande-Marlaska reconoció su existencia y explicó que se trataba de un simple «documento de trabajo» interno, sin finalidad censora. Las principales asociaciones profesionales lo condenaron y hasta el portavoz socialista Patxi López admitió que no le gustan las listas que clasifican ideológicamente a los periodistas.
Precisamente la explicación agrava el episodio. Naturalizar que un Ministerio del Interior clasifique políticamente a periodistas porque resulta útil para su estrategia de comunicación significa haber perdido la noción de por qué determinadas prácticas son impropias antes incluso de preguntarse si son ilegales. El Estado no necesita elaborar una «lista negra» ni prohibir una publicación para atravesar una frontera preocupante. Basta con que una institución que dispone de policía, inteligencia y una extraordinaria capacidad de información considere normal confeccionar fichas sobre quién es de izquierdas, de derechas, afín o crítico con el Gobierno. El problema no está únicamente en la intención que tuviera quien encargó el documento; está en que a alguien le pareciera razonable hacerlo.
El Gobierno ya no distingue entre defenderse y tener razón
Unas horas después llegó Pedro Sánchez a TVE. Al presidente le preguntaron directamente por José Luis Rodríguez Zapatero, investigado en la Audiencia Nacional en relación con su presunta intervención en el rescate de Plus Ultra. Esta misma semana han declarado antiguos directivos de la compañía sobre pagos realizados al entorno profesional del expresidente y su supuesta participación en las gestiones del rescate; Zapatero niega irregularidades y conserva, naturalmente, toda su presunción de inocencia.
Sánchez podía haberse limitado exactamente a eso: defender la presunción de inocencia. Fue más lejos. «Yo creo a José Luis Rodríguez Zapatero», afirmó, y confirmó que contará con él para la campaña electoral de 2027 «como he contado siempre».
La frase resume bastante bien una forma de entender la responsabilidad política que se ha ido consolidando durante estos años. La Justicia deberá decidir si existe o no responsabilidad penal; ésa no corresponde anticiparla. Pero un presidente no tiene obligación alguna de convertir una investigación judicial sobre un antiguo presidente de su partido en una profesión pública de fe ni de anunciar, precisamente ahora, que seguirá utilizándolo como activo electoral. Entre condenar anticipadamente a alguien y actuar como si nada pudiera modificar una relación política existe un amplio espacio que antes llamábamos prudencia.
Y la misma entrevista dejó otra muestra. Sánchez descalificó la cautelar del Supremo sobre la llamada «ley de nietos» y acusó a la derecha de cuestionar la democracia. Un día después, en la apertura del año judicial, la presidenta del Tribunal Supremo, Isabel Perelló, tuvo que recordar que la crítica a las resoluciones es legítima, pero que la descalificación pública de los jueces no puede convertirse en instrumento de presión.
Cada resolución incómoda encuentra así una explicación exterior. Si el Supremo interviene sobre el censo, se cuestiona su actuación; si una investigación alcanza al entorno político, aparece el lawfare; si un medio revela algo incómodo, sabemos ahora que Interior podía tener clasificados a sus periodistas. El poder conserva siempre derecho a defenderse. Lo inquietante comienza cuando esa defensa exige presentar sistemáticamente como sospechoso a quien controla, investiga o contradice al poder.
Ceuta y PISA: la realidad tampoco coopera
El miércoles conocimos también los 40 documentos y comunicaciones oficiales desclasificados por el Gobierno sobre la crisis de Ceuta. El repositorio de La Moncloa incluye informes del CNI, Guardia Civil, Policía, Fuerzas Armadas y otros organismos correspondientes al mes de julio.
Los papeles no demuestran que nadie conociera de antemano la dimensión exacta del asalto, y conviene no atribuirles lo que no dicen. Demuestran algo suficientemente grave: sí existió información previa. El CNI emitió alertas sobre llamamientos multitudinarios en redes para entrar en Ceuta, se detectó un aumento de la presión, hubo peticiones de refuerzos y las comunicaciones alcanzaron tanto a organismos españoles como a los servicios marroquíes. Alguno de los documentos militares llegó a describir la conducta de Marruecos como negligente y pasiva y a contemplar motivaciones políticas. La entrada posterior alcanzó entre 70.000 y 80.000 personas.
Eso no prueba que el Gobierno supiera exactamente lo que ocurriría. Sí hace imposible seguir escondiendo toda la responsabilidad detrás de la palabra «imprevisible». Hubo avisos suficientes para saber que estaba ocurriendo algo extraordinario y no se preparó una respuesta proporcionada. Después llegaron semanas de contradicciones entre departamentos, explicaciones cambiantes y una tardía concentración de medios.
La desclasificación, destinada a acreditar transparencia, ha terminado proporcionando el material con el que evaluar la imprevisión.
Casi simultáneamente, la OCDE publicó PISA 2025. España obtiene los peores resultados de toda su serie histórica en las tres grandes competencias: 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias, por debajo de la media de la OCDE en las tres. La caída se inserta en un retroceso internacional —sería absurdo atribuir todo el fenómeno a una ley española—, pero en nuestro país el deterioro ha sido especialmente intenso.
Resultó difícil no apreciar cierta perfección en la reacción oficial. La nota del Ministerio de Educación tituló que «el alumnado español reporta niveles de perseverancia ante el aprendizaje superiores al promedio de los países de la OCDE». Y es cierto. También destacaba curiosidad científica, equidad y sentimiento de pertenencia. Más abajo aparecía que España se encontraba por debajo de la OCDE en ciencias, lectura y matemáticas y que el empeoramiento absoluto había sido mayor que en el promedio de los países desarrollados.
No hace falta negar los indicadores favorables para advertir el mecanismo. Cuando un país obtiene sus peores resultados académicos desde que existe PISA, convertir la perseverancia en titular institucional no cambia la realidad; únicamente explica hasta qué punto la comunicación política ha terminado sustituyendo a la obligación de llamar a los problemas por su nombre.
Y al final de la semana, Parot
Todavía quedaba Henri Parot.
El Departamento de Justicia y Derechos Humanos del Gobierno Vasco, dirigido por la socialista María Jesús San José, le ha concedido el tercer grado penitenciario a propuesta de la Junta de Tratamiento. Parot estaba ya desde 2025 en régimen de semilibertad mediante el artículo 100.2 del Reglamento Penitenciario y había disfrutado de permisos. La Fiscalía puede recurrir la nueva clasificación.
No hablamos de una figura secundaria de ETA. Parot acumula condenas por decenas de asesinatos; entre sus crímenes figura la matanza de la casa cuartel de Zaragoza de 1987, en la que ETA asesinó a once personas, cinco de ellas niños, y dejó decenas de heridos. Covite cifra en 39 los asesinatos por los que fue condenado y sostiene que nunca ha mostrado un arrepentimiento público, sincero y verificable. El Gobierno Vasco fundamenta, en cambio, la progresión en su evolución penitenciaria, el buen uso de permisos y escritos en los que Parot rechaza la violencia y reconoce el sufrimiento causado.
Conviene atribuir correctamente la decisión. No la ha concedido el Gobierno de España, sino el Ejecutivo vasco, que ejerce desde octubre de 2021 las competencias penitenciarias transferidas por el Estado. Fue precisamente el Gobierno de Sánchez quien culminó aquel traspaso mediante el Real Decreto 474/2021, que entregó a Euskadi la gestión de la clasificación, los permisos, el régimen abierto y el tratamiento de los internos conforme a la legislación estatal.
La discusión jurídica sobre la reinserción existe y el tercer grado forma parte de nuestro sistema penitenciario. Pero también existe la memoria. Una democracia que derrotó al terrorismo tiene derecho a preguntarse qué exige moralmente de quienes participaron en sus peores asesinatos antes de permitir que terminen sus condenas en semilibertad. La reinserción no debería necesitar olvido y la legalidad penitenciaria no obliga a las víctimas a aceptar como suficiente cualquier fórmula privada de distanciamiento de la violencia.
Al terminar de ordenar la semana se comprende que su gravedad no reside en que todos los asuntos sean equivalentes. No lo son. Una lista de periodistas no es una crisis fronteriza; un desastre educativo no es una decisión penitenciaria; una investigación sobre Zapatero no equivale a una condena. Lo que los relaciona es otra cosa: una creciente incapacidad del poder para aceptar límites, asumir consecuencias y reconocer la gravedad de aquello que le incomoda.
Interior clasifica periodistas y lo llama documento de trabajo. El presidente anuncia su confianza electoral en un antiguo jefe del Gobierno investigado y presenta la cautela como virtud suficiente. Los documentos de Ceuta acreditan avisos previos después de semanas defendiendo la imprevisibilidad. PISA ofrece los peores resultados históricos y el Gobierno encuentra perseverancia para el titular. Un responsable de algunos de los crímenes más atroces de ETA avanza hacia la libertad mientras las víctimas vuelven a recordar que el arrepentimiento no puede reducirse a un trámite administrativo.
El problema de las democracias rara vez comienza cuando dejan de existir las leyes. Empieza antes, cuando quienes gobiernan aprenden a explicar cualquier hecho sin permitir que ningún hecho altere su comportamiento.
Ésa ha sido la verdadera noticia de esta semana. Ya no sorprende únicamente lo que pasa. Empieza a preocupar que, pase lo que pase, nunca parezca suficiente para que alguien asuma una responsabilidad.


