Sánchez se queda solo con Sánchez

El PSOE firma otro hundimiento territorial y María Jesús Montero queda políticamente abrasada. Pero el presidente del Gobierno sale de Andalucía con algo que valora más que una victoria: más control interno, una derecha dependiente de Vox y el partido cada vez más sometido a su estrategia nacional.
FUENTE: EFE

Durante décadas, ganar Andalucía no era simplemente una victoria electoral para el PSOE. Era una forma de legitimidad. Era demostrar que el socialismo seguía conectado con la España trabajadora, con la España de las clases medias, con la España que aún asociaba al partido con movilidad social, estabilidad institucional y cierta idea de progreso colectivo. Hoy queda poco de aquello. Lo que anoche se confirmó no fue únicamente una derrota electoral. Fue el cierre, probablemente definitivo, de una época.

Nadie en La Moncloa reconocerá hoy en público la dimensión política de la derrota. Pero el golpe es severo. El PSOE andaluz ha vuelto a tocar suelo histórico con 28 escaños, perdiendo de nuevo representación y quedando muy lejos de cualquier posibilidad real de disputar el poder. El PP de Juanma Moreno gana con claridad, aunque pierde la mayoría absoluta y se queda en 53 diputados, obligado otra vez a mirar a Vox, que sube hasta los 15 escaños. La izquierda alternativa, además, conserva y amplía espacios propios, consolidando la fragmentación del electorado progresista. Los números son malos. Pero la lectura política es todavía peor.

María Jesús Montero no sólo ha perdido. Ha quedado políticamente dañada en el territorio que debía relanzarla. Y eso tiene una lectura inmediata: el proyecto de Sánchez vuelve a fracasar cuando se somete a examen territorial fuera de sus enclaves parlamentarios naturales. Ya ocurrió en Extremadura. Después en Aragón. Más tarde en Castilla y León. Ahora Andalucía confirma el patrón.

Pero sería un error interpretar la noche sólo como una derrota socialista. Porque, paradójicamente, el resultado también fortalece a Pedro Sánchez.

Montero cae porque era Sánchez

Todo el mundo sabía que Montero era una candidata difícil. Su perfil estaba asociado a demasiadas cosas al mismo tiempo: al viejo aparato andaluz, a la disciplina sanchista, a la gestión de Hacienda y, sobre todo, a la política de concesiones al independentismo que tan mal digiere una parte sustancial del electorado del sur.

Montero no era simplemente una ministra con proyección nacional bajando a pelear unas autonómicas. Era la encarnación política de una etapa. La dirigente que ha defendido una financiación territorial asimétrica mientras invocaba la igualdad entre españoles. La ministra que ha convertido el lenguaje económico en propaganda política. La portavoz más eficaz de una cultura de partido en la que el mérito hace tiempo dejó de ser tan importante como la utilidad para el líder.

Por eso la derrota no puede desligarse de Sánchez. Montero no representaba una alternativa al presidente. Era el presidente traducido al acento andaluz y los votantes lo entendieron perfectamente.

Cada derrota territorial deja menos partido y más líder

Hace no tantos años, un resultado así habría abierto una crisis interna de enormes dimensiones. Andalucía no es una federación cualquiera dentro del PSOE. Históricamente ha sido una de las estructuras más poderosas, más autónomas y más capaces de discutir decisiones de la dirección federal. Hoy ocurre exactamente lo contrario.

Lo que estamos viendo desde hace meses es un patrón cada vez más evidente. Ocurrió en Extremadura. Después en Aragón. Más tarde en Castilla y León. Ahora Andalucía. Cada derrota territorial no está erosionando realmente a Pedro Sánchez. Está eliminando, una a una, todas las estructuras internas que podrían ejercer algún tipo de contrapoder.

Cada barón que cae deja menos autonomía orgánica. Cada aparato debilitado deja menos discusión interna. Cada fracaso electoral concentra más capacidad de decisión en La Moncloa.

La paradoja es brutal, pero políticamente eficaz: el PSOE pierde territorios, pierde implantación y pierde prestigio institucional, pero Sánchez sigue ganando partido.

Moreno gana… pero tampoco del todo

La otra lectura importante de la noche está en el PP. Juanma Moreno vuelve a demostrar que sigue siendo uno de los dirigentes autonómicos más sólidos del centro-derecha español. Gana con claridad y mantiene Andalucía como principal bastión territorial del partido. Pero no logra cerrar del todo la partida.

La pérdida de la mayoría absoluta obliga otra vez a depender de Vox. Y eso tiene consecuencias nacionales que van mucho más allá de Sevilla. Porque el escenario ideal para Sánchez nunca ha sido derrotar al PP. Su escenario ideal siempre ha sido otro: que el PP necesite a Vox para gobernar.

Mientras esa dependencia exista, el presidente puede seguir construyendo el mismo relato. Puede seguir presentándose como el último muro frente a los extremos, aunque lleve años dependiendo de fuerzas que han cuestionado la unidad del Estado, la independencia judicial o incluso algunos consensos básicos de la Transición.

Moreno gana la elección. Pero Sánchez conserva el marco político.

El verdadero mensaje de Andalucía

La jornada deja una lección mucho más profunda que un simple reparto de escaños: el PSOE sigue perdiendo arraigo donde antes construía identidad, sus estructuras territoriales se debilitan, sus referentes autonómicos caen, sus candidaturas pierden credibilidad incluso en plazas históricas, y, sin embargo, Pedro Sánchez sale de cada derrota más fuerte dentro del partido que antes de sufrirla.

Montero probablemente firmó anoche el final de su recorrido electoral. Pero Sánchez ha vuelto a demostrar algo mucho más inquietante: que ha construido un partido donde perder elecciones ya no genera debate, sino obediencia.

Y cuando un líder consigue eso, el problema deja de ser electoral. El problema empieza a ser institucional.