
Francia llega a 2027 atrapada entre una Asamblea fragmentada, una deuda próxima al 120% del PIB y una extrema derecha cada vez más fuerte. Alemania intenta salir de años de estancamiento mientras AfD crece y Berlín acomete una transformación industrial y militar gigantesca. Europa entra en una etapa especialmente frágil.
FUENTE: EFE
Europa se ha acostumbrado a funcionar con una premisa que hoy empieza a fallar: cuando aparecen los problemas, Francia y Alemania terminan poniendo orden. Una aporta el músculo político, militar y diplomático; la otra, el económico e industrial. Durante décadas, cuando Berlín y París lograban ponerse de acuerdo, buena parte de la Unión encontraba detrás una dirección. El problema es que los dos países están entrando simultáneamente en periodos de enorme dificultad interna.
Francia es el caso más evidente. Desde las elecciones anticipadas de 2024 vive con una Asamblea Nacional fragmentada y sin una mayoría estable. Dos primeros ministros han caído por disputas presupuestarias y el Gobierno de Sébastien Lecornu afronta ahora un nuevo presupuesto con 43.000 millones de euros en ajustes, una deuda que el propio Ejecutivo sitúa en el 119,3% del PIB y unos intereses que pasarán de 79.200 millones en 2026 a 91.200 millones en 2027. El proyecto presupuestario presentado por el Elíseo reconoce que Francia apenas crecerá un 0,5% este año y que su déficit seguirá por encima del 5%. Al mismo tiempo, las presidenciales de abril de 2027 ya condicionan cada decisión y la presión de Rassemblement National y de la izquierda radical reduce todavía más el espacio para cualquier ajuste. elysee.fr
Alemania atraviesa una crisis diferente. Después de años de estancamiento y de comprobar que buena parte de su modelo industrial dependía de energía rusa barata, exportaciones a China y seguridad norteamericana, Berlín está intentando reconstruir simultáneamente infraestructura, defensa y competitividad. Para hacerlo ha tenido que modificar incluso uno de sus grandes dogmas económicos: la disciplina constitucional de la deuda. El país ha creado un fondo extraordinario de 500.000 millones de euros para infraestructuras y ha sacado de los límites ordinarios de la deuda una parte importante del gasto en defensa. Sólo en 2026 prevé invertir más de 120.000 millones de euros desde el presupuesto federal y los fondos extraordinarios.
La economía alemana empieza a reaccionar y el crecimiento esperado para 2026 ha mejorado hasta alrededor del 1,3%, pero el problema político no ha desaparecido. AfD duplicó su resultado en las elecciones federales de 2025 y su avance en los Länder orientales ha convertido a la extrema derecha en una fuerza capaz de alterar la agenda política incluso sin participar en el Gobierno. Alemania está intentando transformar su economía y reconstruir su seguridad al mismo tiempo que cambia su sistema de partidos.
Francia y Alemania también sufren el caos. La diferencia es lo que tienen detrás
Sería absurdo sacar de esto la conclusión de que París o Berlín pueden permitirse indefinidamente la inestabilidad. Francia está comprobando en el mercado de deuda que tampoco existe impunidad para una gran potencia: el rendimiento de sus bonos a diez años se aproxima al 5% y sus costes de financiación han llegado a superar los de Italia. La incertidumbre política empieza a traducirse directamente en dinero. Financial Times
Pero Francia y Alemania poseen amortiguadores que España no tiene en la misma dimensión.
Entre ambas representan casi el 40% de toda la economía de la Unión Europea. Alemania concentra el 23,8% del PIB comunitario y Francia el 15,8%; España representa aproximadamente el 9%. No es una diferencia estadística: determina el peso industrial, la capacidad de financiación, la influencia regulatoria y el poder para trasladar las propias prioridades a Bruselas. Eurostat cifra el PIB de la Unión en 18,8 billones de euros y sitúa a Alemania y Francia claramente por delante del resto.
Francia dispone, además, de arma nuclear, asiento permanente en el Consejo de Seguridad, una Administración extraordinariamente centralizada, grandes campeones industriales y uno de los aparatos diplomáticos y militares más potentes de Europa. Alemania conserva la mayor base industrial del continente, una capacidad fiscal que le ha permitido movilizar medio billón de euros cuando decidió abandonar parte de su ortodoxia presupuestaria y un peso económico que obliga a cualquier Gobierno europeo a escuchar a Berlín.
Esos resortes no eliminan sus problemas. Les proporcionan capacidad para absorberlos durante más tiempo.
España no parte del mismo lugar.
Nuestra situación macroeconómica inmediata es incluso mejor en algunos indicadores: la Comisión Europea espera un crecimiento del 2,4% para España en 2026, frente al 0,8% previsto para Francia en sus previsiones de primavera, y calcula que la deuda española descenderá por debajo del 100% del PIB. Pero España conserva una tasa de desempleo cercana al 10%, una productividad insuficiente, una posición industrial más reducida y entra además en 2027 sin el extraordinario impulso financiero que durante los últimos años proporcionó Next Generation.
El problema español no es, por tanto, que estemos inevitablemente peor que Francia o Alemania. Es que tenemos menos margen para desperdiciar aquello que sí funciona.
Tres años más no pueden consistir en sobrevivir
Ése debería ser uno de los grandes asuntos de la próxima legislatura.
Durante estos años España ha podido convivir con Presupuestos prorrogados, mayorías parlamentarias reconstruidas votación a votación y una política absorbida por problemas judiciales, territoriales y de supervivencia gubernamental. El Estado ha continuado funcionando y la economía ha crecido. Precisamente eso puede producir la impresión equivocada de que la estabilidad institucional es un lujo prescindible.
No lo es en el contexto que viene.
Europa deberá decidir en los próximos años cómo financia su defensa, cómo responde al proteccionismo estadounidense y chino, cómo transforma su industria, cómo gestiona la inmigración, cómo amplía la Unión hacia el este y qué parte de su modelo social puede mantener en una economía que crece mucho menos que Estados Unidos. El último Consejo de Ministros franco-alemán reconoció precisamente la necesidad de reformar la capacidad de acción exterior de la UE y reforzar su competitividad e industria.
En ese momento, Francia estará inmersa en una sucesión presidencial decisiva y obligada a resolver su crisis fiscal. Alemania seguirá intentando reconstruir su modelo económico mientras contiene una fragmentación política desconocida durante buena parte de la posguerra.
Eso abre una oportunidad para España, pero sólo si está en condiciones de utilizarla.
Un país que aspire a pesar en una Europa con sus dos grandes motores debilitados necesita presupuestos, una posición exterior coherente, capacidad administrativa, acuerdos básicos en defensa y energía y una estrategia económica que sobreviva a una legislatura. Si cada gran decisión continúa dependiendo de una negociación de última hora para mantener vivo al Gobierno, la ventaja que ofrecen nuestros mejores datos económicos terminará consumiéndose en política doméstica.
El argumento no es que Francia y Alemania estén fuertes y España débil. Precisamente ocurre algo más inquietante: Francia y Alemania atraviesan dificultades profundas y eso hace todavía más necesario que España no añada su propia parálisis al problema europeo.
Durante años pudimos permitirnos pensar que, llegado el momento decisivo, París y Berlín encontrarían una salida y los demás países podrían colocarse detrás. El contexto de 2027 será diferente. Europa necesitará más Estados capaces de aportar estabilidad, iniciativa y poder.
España es la cuarta economía de la zona euro y la cuarta mayor economía de la Unión. Es suficientemente grande para ser necesaria, pero no tanto como para creer que el deterioro político carece de coste.
Francia puede descubrir que ser Francia tampoco basta. Alemania está gastando cientos de miles de millones para recuperar en pocos años parte de lo que perdió durante una década.
España debería aprender la lección antes de necesitar pagar el mismo precio: en la Europa que viene, tres años dedicados fundamentalmente a sobrevivir no serán tres años perdidos sólo para un Gobierno. Serán tres años de influencia, inversión y capacidad nacional que otros ocuparán por nosotros.
