El CIS ya no mide España: intenta administrarla

La última encuesta de Tezanos vuelve a conceder una cómoda ventaja al PSOE y a dibujar una oposición impotente. Puede discutirse su cocina, su sesgo y su credibilidad. Pero sería un error no entender para qué sirve hoy realmente el CIS: menos para describir el país que para influir sobre él.
FUENTE: EFE

Hubo un tiempo en que las encuestas públicas pretendían retratar la realidad política. Hoy da la impresión de que algunas aspiran a corregirla. El último barómetro del CIS vuelve a colocar al PSOE con una ventaja amplia sobre el PP, sitúa a Vox en una posición contenida, reduce al espacio de Sumar a la marginalidad funcional y ofrece, en conjunto, una imagen de estabilidad gubernamental que contrasta con la tensión política, judicial y parlamentaria de los últimos meses.

No es un hecho aislado. Es una pauta.

Cada nueva encuesta del organismo presidido por José Félix Tezanos produce ya una reacción mecánica. El Gobierno la celebra sin excesivo entusiasmo, porque sabe que incluso sus propios votantes la leen con prevención. La oposición la ridiculiza con entusiasmo creciente, porque le permite descargar en un demóscopo oficial frustraciones que en realidad son políticas. Y una parte de la ciudadanía la contempla como quien asiste a una ceremonia conocida: más pendiente de la intención del mensaje que del mensaje mismo.

Ése es quizá el cambio decisivo. El CIS ha dejado de ser percibido como una institución técnica neutral para convertirse en un actor más de la contienda nacional.

Una encuesta no sólo pregunta: también ordena

Toda demoscopia contiene decisiones subjetivas. Se elige qué preguntar, cómo preguntar, a quién llamar, qué respuestas ponderar y de qué modo traducirlas en estimaciones electorales. No existe una encuesta químicamente pura. Pero sí existen diferencias entre una institución que inspira confianza metodológica y otra cuya dirección se identifica de manera abierta con una causa política concreta.

Tezanos no inventó la politización de España, pero sí ha contribuido a politizar el principal organismo público encargado de medirla.

Por eso cada barómetro se interpreta menos como una fotografía del momento que como una pieza del ecosistema comunicativo del poder. Cuando el CIS otorga al PSOE una ventaja muy superior a la que suelen reflejar otros sondeos, el debate deja de centrarse en la sociedad y se desplaza hacia la intención institucional. ¿Se está midiendo una realidad o se está intentando inducir un clima?

La pregunta, por sí sola, ya revela el deterioro.

El sesgo existe, pero no lo explica todo

Sería cómodo para la oposición despachar cada encuesta como propaganda integral. También sería intelectualmente pobre. Incluso los instrumentos sesgados pueden contener información valiosa si se leen con criterio.

Que el PSOE conserve una base electoral resistente no es una fantasía completa. Que una parte del electorado progresista cierre filas ante el temor a la derecha tampoco. Que el espacio a la izquierda del PSOE se haya encogido tras años de fragmentación, personalismos y fatiga es una evidencia observable más allá del CIS. Y que el PP no haya transformado plenamente el desgaste del Gobierno en una expectativa arrolladora también merece atención seria.

Los porcentajes pueden estar inflados o corregidos interesadamente. Las tendencias de fondo, no necesariamente.

Por eso conviene distinguir entre dos planos: la cifra concreta, discutible; y el movimiento político subyacente, mucho más relevante.

El problema no se arregla atacando al CIS

Cada vez que aparece un sondeo favorable al Ejecutivo, una parte de la oposición actúa como si desmontar la encuesta equivaliera a ganar las elecciones. Es un error recurrente. Ningún gobierno se sostiene sólo por una cocina demoscópica. Ninguna mayoría alternativa nace de ridiculizar al encuestador oficial.

Si después de tantos escándalos, cesiones parlamentarias, desgaste institucional y agotamiento de legislatura el PSOE sigue siendo competitivo, la explicación no reside únicamente en el CIS. Reside también en las insuficiencias de quienes aspiran a sustituirlo.

La política española ofrece a menudo una oposición que denuncia con energía, pero convence con dificultad. Y mientras eso ocurra, cualquier aparato propagandístico encontrará terreno fértil.

Tezanos puede exagerar fortalezas ajenas. No fabrica desde cero debilidades contrarias.

Fabricar continuidad en tiempos de desgaste

La utilidad principal del CIS actual no parece ser la precisión electoral. Parece otra: transmitir sensación de permanencia. Cada barómetro insiste, con matices, en la misma melodía. El PSOE resiste. La derecha no remata. Vox limita. La izquierda alternativa se disuelve. El presidente aguanta.

No es una predicción; es una atmósfera.

Y las atmósferas importan. Influyen en donantes, cuadros intermedios, medios de comunicación, votantes dudosos y dirigentes nerviosos. Hacen creer a unos que la victoria sigue lejos y a otros que la derrota no llega nunca. En política, muchas veces, el clima precede al resultado.

El CIS funciona así menos como notario del presente que como instrumento para disciplinarlo.

Una institución degradada por su uso

Lo verdaderamente grave no es que un gobierno quiera sacar ventaja de los resortes a su alcance. Eso pertenece a la naturaleza del poder. Lo grave es que una institución pública pierda prestigio común hasta el punto de que millones de ciudadanos la reciban con ironía preventiva.

España necesita organismos creíbles, no organismos útiles al partido de turno. Necesita estadísticas respetadas, no boletines sospechosos. Necesita árbitros que no parezcan alineados.

Cuando se erosiona la confianza en quien cuenta los datos, no sólo sufre una encuesta. Sufre el tejido institucional entero, porque la sospecha se extiende después a todo lo demás.

Y recuperar prestigio siempre cuesta mucho más que perderlo.

La cifra más importante no aparece en el sondeo

Tal vez el PSOE no esté tan alto como dice el CIS. Tal vez el PP no esté tan bajo. Tal vez la distancia real entre bloques sea otra. Ya lo dirán las urnas cuando llegue su momento.

Pero hay una cifra que ningún barómetro de Tezanos publica y que, sin embargo, define mejor el problema español contemporáneo: el número creciente de instituciones que una parte del país ya no considera neutrales.

Ése sí es un dato decisivo.

Porque una democracia puede sobrevivir a encuestas erróneas. Lo que la debilita de verdad es acostumbrarse a que todo organismo público parezca trabajar para alguien.

1 comentario

  1. A. Javier dice:

    Correcto: otro ente público al servicio del partido de turno. La democracia burlada y manoseada…y nuestros impuestos a la basura.

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