Portugal, el espejo que nadie quiere mirar 

Las elecciones presidenciales portuguesas dejan menos ruido que advertencias, pero su lectura resulta incómodamente cercana para la política española 
FUENTE: EFE

Portugal ha votado presidente y, como casi siempre que ocurre algo relevante al otro lado de la frontera, en España apenas se ha prestado atención. Sin embargo, el resultado merece algo más que una nota a pie de página. No por lo que dice de Portugal, sino por lo que anticipa sobre un ciclo político que España ya ha empezado a recorrer. 

La elección presidencial portuguesa confirma una tendencia que se repite en toda Europa occidental: el agotamiento de los consensos tradicionales, la fragmentación del espacio político y la creciente dificultad de las fuerzas clásicas para representar mayorías sociales estables. La figura presidencial, en teoría moderadora y arbitral, se convierte así en un termómetro del malestar y no en su corrector. 

El fin del refugio institucional 

Durante años, Portugal fue presentada como una excepción. Un país capaz de gestionar crisis económicas durísimas sin caer en la radicalización extrema, con una izquierda que pactaba sin romper y una derecha contenida, casi técnica. Esa imagen empieza a resquebrajarse. Las presidenciales muestran que ni siquiera las instituciones diseñadas para amortiguar el conflicto están a salvo del desgaste político y social. 

El voto expresa algo más profundo que una preferencia personal: revela desconfianza hacia las élites, fatiga con el lenguaje político tradicional y una creciente tentación de castigo al sistema. No es un fenómeno portugués. Es europeo. Y España no solo no es ajena: va por delante en muchos de esos procesos. 

La normalización de los extremos 

Uno de los datos más relevantes es la consolidación de fuerzas que hace una década eran marginales. En Portugal, como en España, el descontento no se canaliza ya únicamente hacia la abstención, sino hacia opciones que cuestionan directamente los consensos básicos del sistema. No siempre con un proyecto claro, pero sí con un discurso eficaz: ruptura, denuncia y simplificación. 

La diferencia es que Portugal aún conserva ciertos reflejos institucionales que España ha ido perdiendo. Allí, el presidente sigue siendo una figura que, al menos formalmente, intenta preservar equilibrios. Aquí, la jefatura del Ejecutivo se ha convertido en el principal factor de polarización, colonizando todos los espacios y reduciendo los contrapesos a obstáculos. 

Gobernar sin mayoría social 

Las presidenciales portuguesas ponen sobre la mesa un problema común: se gobierna —o se aspira a gobernar— sin una mayoría social clara. Las victorias son cada vez más estrechas, más frágiles y más dependientes de alianzas defensivas. Eso debilita la legitimidad política y empuja a los gobiernos a refugiarse en el control del relato, la ocupación institucional y la excepcionalidad permanente. 

España conoce bien ese camino. Cuando un sistema deja de producir mayorías reconocibles, la tentación es sustituir el consenso por el procedimiento, la política por la aritmética y la responsabilidad por el cálculo. Portugal empieza a ver los síntomas. España ya convive con ellos. 

La lección que no queremos aprender 

Lo interesante del caso portugués no es quién gana o pierde, sino lo que todavía no ha ocurrido. Aún no se ha cruzado la línea de la ruptura institucional abierta. Aún no se ha normalizado la deslegitimación sistemática del adversario. Aún no se ha convertido el Estado en un botín repartido sin pudor. Pero las señales están ahí. 

España debería mirar a Portugal no con condescendencia, sino con atención. Porque lo que allí empieza a tensarse, aquí ya está en fase avanzada. Y porque cuando las presidenciales dejan de ser un espacio de consenso y se convierten en un campo de batalla simbólico, lo que se erosiona no es una figura concreta, sino la confianza en el sistema. 

Portugal vota. España mira hacia otro lado. 
Pero el espejo está ahí. Y no devuelve una imagen tranquilizadora. 

Deja un comentario