La legislatura en suspenso: cómo se desmorona la mayoría que creyó indestructible

Dos votaciones rotas en el Congreso, una encuesta catalana que le niega cualquier colchón y unas urnas andaluzas que amenazan con sepultar al PSOE: convergen la falla y el temblor. Sánchez resiste, pero ya no gobierna; sobrevive por hilos con una legislatura en suspenso
FUENTE: EFE

La política española es un teatro de espejos, y Pedro Sánchez ha sido hasta hoy su ilusionista más aplicado. Convirtió minorías en mayorías, derrotas en victorias y pactos de conveniencia en discursos sobre la estabilidad. Pero las últimas semanas han rasgado el telón con una crudeza insólita: dos votaciones fallidas en el Congreso que evidencian la fractura de la investidura, una encuesta en Cataluña que certifica el desplome de su supuesto bastión y un horizonte andaluz que anticipa la derrota más amarga del PSOE en su tierra más simbólica, y con una legislatura en suspenso.

La legislatura, que Sánchez vendió como indestructible, está en suspenso. Ya no se trata de oposición férrea ni de conspiraciones mediáticas. Es la propia realidad política —la de las votaciones perdidas, los sondeos adversos y las urnas por venir— la que pone fecha de caducidad al espejismo.

El Congreso como espejo roto

El Parlamento es, en toda democracia, el escenario donde se mide la fuerza de un Gobierno. Y en septiembre, el Congreso ha dado dos golpes que Sánchez no podrá maquillar como simples tropiezos.

El primero: la reprobación de su ministra de Igualdad. Que la oposición arremeta contra un miembro del Ejecutivo es normal; lo anormal es que la moción prosperara con la abstención de socios que hasta ayer eran el oxígeno de La Moncloa. Esa votación fue algo más que un rapapolvo: fue la señal inequívoca de que la mayoría parlamentaria ya no existe, de que lo que Sánchez llama “bloque de investidura” es un mosaico resquebrajado de intereses irreconciliables.

El segundo: el fracaso estrepitoso de la ley para transferir competencias migratorias a Cataluña. El PSOE había pactado con Junts la medida como parte de la estrategia para seguir alimentando la maquinaria independentista que lo sostiene. Pero ni así consiguió sacar adelante el texto: Sumar se dividió, otros socios se borraron y el proyecto se hundió en el hemiciclo. Es difícil imaginar mayor humillación: una ley negociada con el chantajista de Waterloo, ofrecida como tributo, y rechazada incluso por los compañeros de viaje. Eso ya no es un Gobierno que tropieza; es un Gobierno que gobierna contra sí mismo.

Cataluña: el bastión de humo

Sánchez y los suyos repiten un mantra desde hace años: “Cataluña es la clave”. Y no les falta razón: el PSC se convirtió en refugio del PSOE cuando en el resto del país soplaban vientos adversos. Cataluña fue la coartada para vender la idea de que el socialismo seguía siendo mayoritario, de que el pacto con ERC y Junts no era un capricho, sino la traducción de una realidad electoral.

La encuesta publicada por La Vanguardia el domingo pasado dinamita ese relato. El PSC se hunde hasta los 36 escaños, incapaz de arrastrar a su alrededor una mayoría progresista. El bloque de izquierdas ya no suma, ni siquiera con el comodín de la CUP. Y mientras el socialismo retrocede, emergen con fuerza dos espectros que Sánchez juraba haber conjurado: Vox y Aliança Catalana, fuerzas que crecen precisamente porque el Gobierno ha decidido normalizar lo que nunca debió aceptarse: la impunidad independentista.

La ironía es amarga: al regalar la amnistía, al ofrecer competencias imposibles, al convertir a Puigdemont en interlocutor legítimo, Sánchez creyó domesticar al tigre. Lo único que ha conseguido es alimentar la bestia del populismo y dejar al PSC en tierra de nadie. Cataluña, lejos de ser colchón, es ahora un campo minado.

Andalucía: la sentencia adelantada

Si Cataluña fue durante años el refugio electoral del PSOE, Andalucía ha sido su corazón. Ganar en Andalucía era garantía de poder nacional. Y perderla, como ya ocurrió en 2018, fue el preludio del declive. Hoy, las encuestas anticipan un escenario demoledor: el PP de Juanma Moreno no solo consolidaría su mayoría absoluta, sino que el PSOE caería a su peor resultado histórico en la comunidad.

Lo que está en juego no son escaños autonómicos: es la propia viabilidad del socialismo como alternativa nacional. Si el PSOE no es competitivo en Cataluña ni en Andalucía, ¿dónde pretende sostener su proyecto? La respuesta es brutal en su sencillez: en ninguna parte. El PSOE se ha convertido en un partido de resistencia institucional, pero no de esperanza electoral.

Las tres piezas —Congreso, Cataluña, Andalucía— forman un retrato coherente: el de un proyecto agotado. Sánchez creyó que podía gobernar eternamente sobre la base de la aritmética y el relato. Que mientras hubiera números y propaganda, la realidad política se ajustaría a su voluntad. Pero la política, como la historia, siempre presenta la factura.

Hoy el Congreso le dice que ya no tiene mayoría. Cataluña le dice que su colchón se ha roto. Andalucía le advierte que su partido está en caída libre. Y el país entero empieza a intuir lo que hasta hace poco parecía imposible: que el poder de Sánchez no es indestructible, que su permanencia no es inevitable, que su relato se ha convertido en farsa.

El suspenso de la gobernabilidad

Sánchez ha gobernado como quien cree que el poder se eterniza. Cada cesión, cada humillación, cada pacto con quienes juraron destruir España, fue presentado como un acto de realismo político. La amnistía se vendió como pacificación. La entrega de competencias como descentralización avanzada. La claudicación ante Puigdemont como diálogo. Pero toda esa arquitectura retórica se desploma cuando los números no cuadran, cuando las urnas no respaldan y cuando los votantes ya no creen.

El problema no es solo que el Gobierno esté en minoría: es que el país percibe que esa minoría se ha comprado con moneda falsa. Y cuando la ciudadanía deja de creer en la legitimidad del poder, la política se convierte en un ritual vacío.

Las dos votaciones perdidas en el Congreso son el acta de defunción de una mayoría inexistente. La encuesta de Cataluña es la constatación de que el PSC ya no puede sostener el espejismo. Y Andalucía es la sentencia adelantada de un partido que se encamina a la irrelevancia en su propio feudo.

La legislatura está en suspenso. Sánchez sigue en Moncloa, pero su poder ya no está en pie: está suspendido en el aire, como un mal truco de ilusionista que los espectadores ya han descubierto. Puede prolongar la legislatura, puede seguir negociando amnistías y traspasos, puede seguir vendiendo humo. Pero el final está escrito: la legislatura no caerá por la oposición, sino por la fractura interna, por el desgaste territorial y por la verdad implacable de las urnas.

España se enfrenta de nuevo al dilema de su historia reciente: ¿gobernar para un país entero o sobrevivir gracias al chantaje de unos pocos? Sánchez ha elegido lo segundo. Y cuando la política se reduce a eso, el desenlace nunca es estabilidad: es ruina.

2 comentarios

  1. A. Javier dice:

    Si PS ha llegado hasta aquí, en contra de su programa electoral, sin presupuestos, etc., es porque falla la base de la Constitución. No hay poder del pueblo, sino de los partidos, y en estos de su secretario general. Hay que cambiar el sistema ya. Elección directa por distritos electorales. La “disciplina de voto” va en contra de la democracia y ayuda a la autarquía a perpetuarse.

  2. Estoy muy de acuerdo con el comentario anterior. ¿No será que la Constucion, que siempre hemos defendido, no instaura una verdadera separación de poderes ni una verdadera representación?
    Cuando la representación es real y existe separación de poderes entre legislativo y ejecutivo es absolutamenre imposible el chantaje de una minoría al presidente de Gobierno.

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