Desviando la atención a las vías

Saltaba en Barcelona hace unas semanas una noticia sin la menor trascendencia en el espacio público y mediático del panorama nacional: un cambio masivo de nombres de calles. Tanto los gobiernos de derechas como de izquierdas han recurrido al cambio de nombres de calles cuando lo han considerado necesario, sin que haya habido hasta la fecha una reflexión profunda, obviando ya no solo el valor histórico sino también los perjuicios que esto ocasiona a los ciudadanos que sufren los cambios.

Barcelona es un ejemplo más de lo que se hace recurrentemente con el callejero de ciudades y pueblos de España desde hace décadas. En esta ocasión, se decidió quitarle en nombre de los Reyes Católicos a una calle de Vallvidriera con el pretexto de la feminización del espacio público debido a que un grupo de vecinos, que pidió el cambio. Así, la calle ha pasado a llamarse «Elisa Moragas». Sin entrar a valorar si el cambio es positivo o negativo, es una acción que, más allá del simbolismo, no cambia absolutamente nada y
solo genera más confrontación en la sociedad y no por el hecho de que unos se sientan o no cómodos con el nombre, sino por aquellos que sufren los perjuicios en su día a día.

Puede parecer una tontería que se pueda producir un clima de confrontación por un tema tan banal,
pero el hecho de hacer caso a unos sí y a otros no cuando el cambio lo pagan todos los ciudadanos con
sus impuestos, y en una España tan polarizada y de extremos como en la que, por desgracia, vivimos
actualmente, cualquier situación politizada, como es el caso, puede hacer saltar a distintos grupos y
colectivos dentro de una población.

Vivimos en la era del populismo. Pocos se salvan ya de no ser catalogados, tanto políticos como las
medidas que toman como populistas para agradar a sus votantes, sin pensar en el bien común de
todos. Los políticos que tienen la oportunidad de gobernar han de hacerlo para toda la población y no
solo para unos cuantos, sean la mayoría o no. Así, la función del político es la de proteger los intereses y
cuidar a sus ciudadanos. Con esto no queremos decir que no haya nombres de calles que haya que
cambiar o que algunos cambios que se han hecho estén mal hechos, cuando muchos se han producido
en favor de la democracia y el progreso dejando atrás parte de la historia negra de nuestro país.

Como bien señala en un reciente artículo Andrés Trapiello: “¿Recordarán en Vallvidrera dentro de
cinco minutos a Moragas como seguimos recordando a Isabel de Castilla cinco siglos después?”. La señora Moragas no tiene culpa ninguna de este cambio y su nombre podría ser el de cualquier otra persona. El problema es la inconsistencia en la política de nombramiento de las calles en España y una cuestión todavía no resuelta sobre la idoneidad de quién o qué se propone como titular de una calle.

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